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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 8
Año III Enero 2005 |
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LA
MISIÓN DE LOS PENSADORES Y DE LA FILOSOFÍA HOY Mónica
Virasoro (Argentina)
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El tema que hoy nos convoca es “La misión de los pensadores y la filosofía hoy” y allí mismo en
el título de esta convocatoria veo despuntar un problema. Me animo, pues, a
comenzar con una sugerencia. No hablemos de misión porque el pensador, no
carga con ninguna misión, se trata tan
sólo de un quehacer que el mismo ha escogido. Hablar de misión conlleva algunos
supuestos que no entonan con lo que entendemos por este quehacer. En esto no hago diferencia entre filósofo y
pensador, asumo que la filosofía es ella misma la tarea del pensar, no una
profesión de eruditos que recogen y exponen conforme a ciertas reglas de
oficio el pensar de los otros, componiendo en el mejor de los casos el
concierto de la historia de la filosofía. Discurrir sobre estos supuestos
acaso sea, entonces, un buen comenzar para responder a la pregunta que nos
convoca, acaso un mal comienzo porque comienza con un no pero comienzo al fin. Enfoquemos entonces, en la palabra
“misión”, ella trae ecos de una actividad salvífica; nada más alejado de la
tarea del filósofo y de lo que de él se pueda esperar. El filósofo no es el
depositario de un saber esencial que ha de trasmitir para redimir a una
civilización en crisis, el filósofo es un carenciado, un aspirante, que en
tanto tal se pone en camino en esa tarea del pensar que es un tematizar, un
problematizar, un formular las preguntas, nunca las respuestas. La respuesta
si llega debe acogerse como la apertura de un nuevo interrogar. Por eso no es
la tarea del pensador ni pontificar ni tomar partido. Dejemos ese proceder
para los opinólogos los así llamados “nuestros intelectuales” quienes,
siempre prestos, tienen a mano una crítica, una adhesión, un juicio cuando no
un prejuicio, cuando no una solución. De sus discursos vacíos de tan
compactos porque siempre responden a uno de dos posibles esquemas ya
saturados, el del catálogo de los no,
siempre insatisfecho, instalado en el lamento, o el de las rápidas
adhesiones, presuroso en justificar lo dado porque ha perdido la capacidad
del paso atrás para percibir la distancia entre lo que es y lo posible,
resultan dos actitudes tan inocuas como frecuentes. O una mirada apocalíptica
y desesperanzada o un divagar embriagado con los espejismos de una tardo
modernidad enamorada de sí misma. En
ambos caso se clausura el pensar y se pierde el sentido originario del
filosofar. Mejor atengámonos a la etimología de la palabra donde ya va
inscripta como marca ese modo de estar siempre en camino, tarea sin fin
porque avanza impulsada por el deseo, filosofía como, aspiración que nunca se
consuma. El verdadero pensador permanece en la pregunta, alterna la palabra con
el silencio, este funciona como la pausa y respiración necesaria para
reanudar el pensar, eso que para los griegos era la más alta praxis, una
experiencia hecha de andar y recolectar esperando escuchar el titilar de una
pregunta. De Sócrates, el preguntón, me quedo con la frase que pone en su
boca Aristófanes en Las Nubes “No
concentres siempre el pensamiento en ti mismo sino suelta tu mente hacia el
aire como un escarabajo atado al hilo de una pata”. Un buen ejercicio para el pensador en acecho,
con la cabeza alerta y libre pero capaz a su vez de dejar el pensamiento
suspendido en el aire. La tarea del filósofo semeja la del bricoleur, un
coleccionismo de fenómenos extraños o cotidianos que trata de sopesar y
transformar en interrogantes. La consigna es escuchar la historia, barrenar
la ola del propio tiempo, transformarse en antena receptora con ojos y oídos
nuevos. Pero no se trata del laborioso trabajo del concepto, ese trabajo del
animal de presa que al tiempo que cree conocer, inmoviliza, sino de entrenar
la percepción para pensar lo no pensado, operar con un ojo para lo igual y un
ojo para lo diferente. En una era posmetafísica, marcada por la pérdida de
fundamento: necesidad de una estrategia abierta para habérselas con los
rasgos de la época. “Desencanto”, no es sólo pérdida de lo sacro, alejamiento
de los dioses; supone también
descreimiento de la objetividad, la historia se vuelve fábula, el pensar deviene andenken que no es trabajo del concepto, sino memoria de lo
ausente, de lo que ha sido y de lo que no ha sido. Y aquí hace entrada el
filósofo como narrador. No para hacer historia de los errores ni de los
momentos necesarios de la verdad al modo hegeliano, sino como recorrido de
los hechos bajo el lema: entre lo necesario como legalidad insobornable y lo
posible como ideal irrealizable, me quedo con lo real, ese humano demasiado
humano que es lo único que tenemos. Esta forma del
narrar llama a una atención devota por lo limitado, ese amor que se profesa a
lo viviente y sus huellas, a lo que
arrastra como herencia y puede llegar a iluminar el presente. Para ello es
necesario una toma de distancia, despegarse de las cosas y del negocio que
con ellas mantenemos según fines de supervivencia, abstenerse de todo telos; ser coleccionista de las
pequeñas cosas, especie de trapero de la filosofía. La tarea debe
mantenerse en el punto equidistante entre el impulso constructivo, ejercicio
de libertad absoluta de una razón que se abalanza contra las cosas para
apresarlas en su dominio y la actitud pasivo-receptora que sólo amontona
datos y experiencias con espíritu de fatalidad. Ni pura libertad entonces, ni
pasividad inerte, el equilibrio reside en
un estado de disponibilidad, un estado de abierto que libera de la
cárcel de la subjetividad y vincula al mundo y a las cosas. Este estado de
abierto es atributo del hermeneuta: que asume el pensar no como una operación
constructiva presurosa por las síntesis, sino, como ese mirar sobre las cosas
y la historia colocándose a la escucha y a la espera del evento dialógico. El
hermeneuta, no busca ni tiene nunca la última palabra; su habla es un
permanente hacerse y deshacerse, un tejido sin fin como el de Penélope, un
diálogo hecho de preguntas y respuestas siempre presto a recomenzar. Juega
con su material como con una masa siempre removible. Pero este deshacer
y remocionar, es operación un tanto diferente de la que practica el crítico,
el académico educado en el canon iluminista, siempre colocado en el papel de
“contra”, hurgando en las contradicciones, elaborando su personal catálogo de
errores. Esta modalidad supone que sea el cuerpo el que piense cuando la
mente está demasiado mareada con los vaivenes de la argumentación. Así la
filosofía se hace más retórica que lógica, más metáfora que silogismo, en
suma, más poesía. El filósofo no quiere argumentar, está cansado de los
forcejeos del concepto, de la perseverante persecución de las
contradicciones, del vano inventario de los errores, de la obsesión de los
cierres. El no quiere demostrar nada, no quiere ganar ninguna batalla. La
fuerza de las cosas le señala un sentido como dirección a tomar, éste
funciona como imperativo y rehusa toda fundamentación, tratarlo
discursivamente puede significar obturar el canal por el que el sentido
quiere fluir, el de las metáforas impensadas, las conexiones subterráneas, el
coleccionismo de las pequeñas cosas reunidas en un montaje personal guiado
por el único telos de la autonomía. La tarea del
filósofo comienza cuando las demás voces enmudecen y empieza siempre con un
silencio, porque es menester callar para poder escuchar, y es preciso
comenzar con un silencio para poder ser escuchados. El pensamiento como la
música se compone con sonidos y silencios. Pero la escucha del filósofo no es
sólo un cable tendido a la historia y el
mundo desde la caverna de la mónada, es siempre también un ojo y un
oído atento al evento dialógico, a la palabra del otro. Pensemos en Platón
que prefirió la forma del diálogo para eludir las desventajas de la palabra
escrita, palabra muerta que no contesta. Recordar que Heidegger llamaba a sus
clases conversaciones. ¿Y por qué conversaciones? Porque allí en el entre de
las voces hallamos lo que nos transforma lo que acaso nos pueda hacer
despegar de lo ofuscado de nuestra individualidad, no sólo por las coincidencias
sino también a través de las objeciones y de los desacuerdos. “La respuesta es una respuesta filosofante, -dice
Heidegger en ¿Qué es eso de filosofía?-
sólo cuando entablamos conversación con los filósofos. Este discutir punto
por punto uno con otro, es el hablar
como diálogo. Una cosa es establecer y describir opiniones de filósofos y
otra distinta discutir punto con punto con ellos. La respuesta a la pregunta
por la filosofía la hallaremos en conversación con lo que por tradición se
nos ha trasmitido”.
Pero
conversar no es discutir, no ese vano tironeo de la palabra cosificada.
Conversar supone ponerse en el lugar del otro nunca en su contra, ser incluso
el abogado del diablo para extraer de allí todas las consecuencias
enriquecedoras. Lo otro es quedarse en la crítica de lo obvio, en el abc como
extracto de lo que ha quedado de la disputa histórica. En la conversación con
un positivista no puede el hermeneuta o el filósofo de la teoría crítica
quedarse dando vueltas en torno a la corta acusación de la estrechez de su
visión que sólo atisba lo existente y se niega a lo posible. No se llega a lo
hondo si uno no abandona sus pieles. Conversar es siempre mucho más escuchar
que hablar, lo otro es la charlatanería, o bien decir su cosa como una forma
de afirmación del yo que camina siempre torpe con sus rigideces y endurecimientos. Se trata de un pensamiento
esclerosado que ha perdido su elasticidad originaria. Recordemos a Sócrates
quien decía preferir a los jóvenes porque eran materia más maleable. El
pensamiento se construye en diálogo, en conversación, siempre con otro. ¿Por eso será que
Heidegger habla de su afinidad con la amistad? Aún en la más solitaria de las
soledades, conversa el lector con el autor, el filósofo con la tradición. Todo
pensamiento se hace en un entre, en un entramado fecundado desde todas las
direcciones. Pensar entonces es entrar en diálogo y dejarse fecundar por la
palabra del otro. Pensar comienza por tener buen oído y saber aprovechar los
vientos favorables para colocarse en una posición más cerca al despegue. ¿Y entre nosotros, ahora y aquí
América Latina? Todo esto que venimos diciendo, filosofía de la escucha,
acaso se trate de una nueva noción de poder vinculado a la capacidad de poner
el oído a la historia, a los hechos y a las voces del entorno. Y este
proceder resulta paradójicamente más vinculado al rodl del líder que surge y
se legitima por aclamación, que al parlamentarismo de una democracia formal.
El líder es líder no porque sepa mandar sino porque supo escuchar. Ahora, aquí, más que
nunca, emprender la tarea del pensar. Pero nunca apremiados por la praxis, no
al menos en su malentendimiento cuando se la confunde con recetas. Praxis si en tanto quehacer con el lenguaje que a veces
encontramos gastado, sentimos que ya no nos sirve y que lo que llamamos
teoría está viciado por el hábito de colocar la realidad en categorías o
esquemas perimidos. Otras veces, las más, no sólo lo hallamos gastado sino
cargado de connotaciones, toda una constelación de significaciones que evoca
nuestras cargas ideológicas y lo hace estéril para expresar lo nuevo. Urge
por tanto renovar las formas; las maneras de ver y de escuchar, las maneras
también de interrogar a los hechos. Y
con esto no es que vamos a procurarnos soluciones acaso ni siquiera
respuestas provisorias porque al pensar le es consustancial, como decíamos
que la pregunta quede suspendida, que estemos a la escucha, atentos y
abiertos a la palabra del otro y a los hechos mismos. Muchas cosas nuevas están
ocurriendo que con justicia rechazan los viejos rótulos y las viejas
categorías. Pero no nos empeñemos tampoco en el trazado de nuevas categorías
éstas son pesos muertos, fósiles que traban el aleteo del pensamiento, nos
dominan y agotan nuestra energía. Pensar, entonces, como ese ponerse en camino de formular la pregunta y
en el límite acoger el silencio. La filosofía en tanto arte del preguntar y
de deconstruir las sedimentaciones de
sentido es tarea que bordea lo abismal y se codea con el peligro. Pensémonos
entonces sin el apremio por la respuesta. La filosofía no tiene nunca como
meta servirnos de abrigo o de
protección La filosofía, es abismo y es peligro. Para Nietzsche es Vivir voluntariamente en el frío y las
altas montañas; Para Heidegger ni la roca ni la montaña sobre
la que cabe construir la casa y la granja,
sólo el viento fuerte que sopla
alrededor. Aventurémonos entonces en esas
montañas en ese frío de los hielos, en esos bosques donde no hay morada y
construyamos nuestras preguntas que ya puede ser un gran paso en los pasillos
del laberinto. Pues donde hay peligro..., allí crece también lo
salvador. |
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