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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 9
Año III Junio 2005 |
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LO
QUE SE DICE DE LA VERDAD O LA VERDAD DE LO QUE SE DICE: DE
REFLEXIONES A DECISIONES Marisa
Villalba de Tablón (Argentina) Conicet |
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Resumen En el presente artículo se
analizan los principales lineamientos de las teorías de la verdad en Alfred
Tarski y Peter Strawson, filósofos contemporáneos destacados –entre otros- en
la discusión de esta problemática. Dichos autores son situados en el marco
mayor de la Filosofía actual, indicando en qué aspectos de sus obras se
vislumbran ciertos rasgos distintivos de la misma. Se propone que la reflexión
acerca de la verdad requiere la consideración de sus dos aspectos: el de
adecuación y el pragmático. En este sentido, las teorías detalladas
descuidan, en mayor o menor medida, alguno de ellos. La Filosofía actual manifiesta
una clara tendencia a “tematizar” conceptos que antes sólo utilizaba para
tratar, con su ayuda, determinadas cuestiones y, entre ellos, el concepto de
verdad es, sin duda alguna, un ejemplo representativo de dicha
transformación, tanto de su uso cuanto de su contenido. Los aportes a que ha
dado lugar la amplísima reflexión desarrollada sobre la cuestión, son tan
variados como las corrientes filosóficas que han ido cobrando vigencia
sucesiva o simultáneamente. En una obra reciente que
recopila importantes artículos y discusiones sobre este tema (i), se
mencionan treinta teorías de significativa relevancia y repercusión, las
cuales, a su vez, pueden agruparse y reagruparse, según criterios diferentes,
dado los puntos de contacto y o de diferenciación entre ellas. Creemos que
este dato “habla por sí solo” acerca del asombroso énfasis que en nuestros
tiempos se ha puesto en esta discusión. Por consiguiente, y a los fines
de esta presentación, sólo podemos optar por seleccionar algunos autores
dentro del poblado listado en el que se encuentran. Con esta salvedad, nos
permitimos considerar especialmente los aportes de Alfred Tarski y Peter
Strawson, dos filósofos cuya influencia, si bien notoria, no excluyen la de
otros pensadores abocados a la misma tarea. Alfred Tarski (ii) –todavía
dentro del ambiente más o menos positivista- se atreve a reflexionar sobre el
concepto de verdad, a riesgo de exponerse, así, a la condenación de
“sinsentido” por parte de los defensores del criterio empírico de sentido. No
obstante, se disculpa diciendo: “Aunque mis investigaciones
conciernen a conceptos de los que se ha ocupado la filosofía clásica, se las
conoce comparativamente poco en los círculos filosóficos a causa de su
carácter estrictamente técnico. Por esta razón espero se me excusará por
retomar el asunto” y más adelante “las palabras ‘noción’ y ‘concepto’ se usan
en este trabajo con toda la vaguedad y ambigüedad con que figuran en la
literatura filosófica. De modo que unas veces se refieren simplemente a un
término. A veces no tiene importancia determinar cuál de estas
interpretaciones se tiene en cuenta y en ciertos casos tal vez ninguna de
ellas se aplica adecuadamente. Si bien en principio comparto la tendencia a
evitar estos términos en toda discusión exacta, no he considerado necesario
hacerlo así en esta presentación informal”.(iii) Tarski intentó precisar la idea
de adecuación al señalar una condición que toda definición de verdad habría
de cumplir: “Con el fin de evitar toda
ambigüedad, debemos comenzar por especificar las condiciones en que la
definición de verdad será considerada adecuada desde el punto de vista
material. La definición deseada no se propone especificar el significado de
una palabra familiar que se usa para denotar una noción nueva; por el
contrario, se propone asir el significado real de una noción vieja. Por
consiguiente, debemos caracterizar esta noción con la suficiente precisión
para que cualquiera pueda determinar si la definición desempeña realmente su
tarea. En segundo lugar, debemos
determinar de qué depende la corrección formal de la definición. Por esto,
debemos especificar las palabras o conceptos que deseamos usar al definir la
noción de verdad; y también debemos dar las reglas formales a que debiera
someterse la definición. Hablando con mayor generalidad, debemos describir la
estructura formal del lenguaje en que se dará la definición”. (67-68) A fin de especificar la extensión del término “verdadero”,
Tarski efectúa las siguientes precisiones: “El predicado ‘verdadero’ se usa
con referencia a fenómenos psicológicos, tales como juicios o creencias,
otras veces en relación con ciertos objetos físicos –a saber, expresiones
lingüísticas y, específicamente oraciones [sentences]- y a veces con ciertos entes ideales llamados
‘proposiciones’. Por ‘oración’ entendemos aquí lo que en gramática se llama
usualmente ‘oración enunciativa’. (…) Por diversas razones, lo más
conveniente parece aplicar el término
‘verdadero’ a las oraciones; es lo que haremos. Por consiguiente, siempre
debemos relacionar la noción de verdad, así como la de oración con un
lenguaje específico; pues es obvio que la misma expresión que es una oración
verdadera en un lenguaje puede ser falsa o carente de significado en otro”.
(68) Según el autor, el significado
del término ‘verdadero’ o lo que llama intensión del concepto de verdad plantea dificultades muchas más
graves. Pretende que la definición resultante de su análisis haga justicia a
las intuiciones vinculadas con la concepción aristotélica clásica de la
verdad, que encuentran su expresión en las conocidas palabras de la
Metafísica: Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso,
mientras que decir de lo que es que es, o de lo que no es que no es, es
verdadero.(iv) A fin de adaptarse a la terminología
filosófica moderna, expresa esa concepción mediante la fórmula: La verdad de una oración consiste en su acuerdo (o correspondencia)
con la realidad. Atendiendo al uso popular del
término “designa” que se aplica no sólo a nombres, sino también a oraciones;
y basándose en el “acuerdo” de hablar de los designados [designata] de las oraciones como de “estados de cosas”, el autor
estima que podría usarse la oración siguiente: Una oración es verdadera si designa un estado de cosas existente. Sin embargo, para el autor,
ninguna de las definiciones anteriores puede considerarse una definición
satisfactoria de la verdad. Intentará arribar a ello a partir de un ejemplo
concreto: la oración “la nieve es blanca”, según la concepción clásica de
verdad –dice-, es verdadera si la nieve es blanca, y falsa si la nieve no es
blanca. Es decir: La oración “la nieve es blanca” es verdadera si, y sólo si, la nieve
es blanca. Tarski llama “equivalencia de la forma (V)” a
aquella en la que “p” sea reemplazada por cualquier oración del lenguaje a que
se refiere la palabra “verdadero”, y “X” sea reemplazada por un nombre de esta oración. De este modo,
tal equivalencia se simbolizaría: (V) X es verdadera si, y sólo si, p.(v) El uso adecuado del término
“verdadero”, desde el punto de vista material, supone, pues que pueda
aplicarse la equivalencia de la forma (V), aunque Tarski admite que toda
equivalencia de esta forma sólo puede considerarse una definición parcial de la verdad, que explica en qué consiste la
verdad de tal oración individual. La definición general debe ser, en cierto
sentido, una conjunción lógica de todas las definiciones parciales. El autor continúa su discurso
justificando la inclusión del concepto de verdad entre los conceptos
semánticos y afirma que el problema de definir la verdad resulta estar
estrechamente relacionado con el problema más general de echar los
fundamentos de la semántica teórica. La semántica
–dice- es una disciplina que se ocupa
de ciertas relaciones entre las expresiones de un lenguaje y los objetos (o
“estados de cosas”) a que se “refieren” esas expresiones. Como ejemplos
típicos de conceptos semánticos menciona los de designación, satisfacción y definición, según los ejemplos
siguientes: “La expresión ‘el padre de este
país’ designa (denota) a George Washington; la nieve satisface la función
proposicional [sentential] (la
condición) ‘x es blanca’; la ecuación ‘2.x=1’ define (determina unívocamente)
el número 1/2”. (Tarski, op. cit., 72) Aclara, sin embargo, que
mientras las palabras “designa”, “satisface” y “define” expresan relaciones
entre ciertas expresiones y los objetos a que se “refieren” esas expresiones,
la palabra “verdadero” expresa una
propiedad (o denota una clase) de ciertas expresiones, a saber, de oraciones.
Pero, puesto que todas las formulaciones dadas precedentemente, que tenían
por finalidad explicar el significado de esta palabra, no se referían a las
oraciones mismas sino a objetos “acerca de los que hablan” estas oraciones, o
posiblemente a “estado de cosas” descritas por ellas, ha incluido el concepto
de verdad entre los conceptos semánticos. Sin embargo, aunque el significado
de los conceptos semánticos, tal como se los usa en el lenguaje cotidiano,
parece bastante claro e inteligible, ha dado lugar a importante discusiones
entre filósofos, lógicos y filólogos. A fin de superar estas
dificultades y asegurar un uso coherente de los conceptos semánticos, Tarski
propone que el problema de la definición de la verdad sea “restringido” al
ámbito de los lenguajes formalizados: “El problema de la definición de la verdad adquiere un significado
preciso y puede resolverse en forma rigurosa solamente para aquellos
lenguajes cuya estructura se ha especificado exactamente”. (75) Por el contrario, nuestro
lenguaje cotidiano no posee una estructura exactamente especificada por no
ajustarse a las condiciones generales requeridas para tal fin, a saber: Caracterizar inequívocamente la clase de palabras o
expresiones que hayan de considerarse significativas [meaningful]; indicar todas las palabras que hayamos decidido usar
sin definirlas, y que se llaman “términos indefinidos (o primitivos)”;
debemos dar las reglas de definición para introducir términos definidos o
nuevos; establecer criterios para distinguir, dentro de la clase de
expresiones, aquellas que llamaremos “oraciones” [sentences]; formular las condiciones en que puede afirmarse una
oración del lenguaje; indicar todos los axiomas (u oraciones primitivas),
esto es, oraciones que hayamos decidido afirmar sin prueba; dar las llamadas
“reglas de inferencia” (o reglas de prueba) mediante las cuales podemos
deducir nuevas oraciones afirmadas a partir de otras oraciones afirmadas
previamente. Los axiomas, así como las oraciones que se deducen de ellos
mediante las reglas de inferencia, se denominan “teoremas” u “oraciones
comprobables”. En la actualidad –afirma- los
únicos lenguajes que poseen una estructura especificada son los lenguajes
formalizados de los diversos sistemas de lógica deductiva, si bien el campo
de aplicación es bastante amplio: podemos desarrollar en ellos varias ramas
de la ciencia, por ejemplo, la matemática y la física teórica. Asimismo,
considera importante lograr construir un lenguaje de este tipo a fin de
desarrollar una amplia rama de la ciencia empírica, pues esto justificaría la
esperanza de que los lenguajes de estructura especificada terminaran por
reemplazar el lenguaje cotidiano en el discurso científico. (74–75) Sin embargo, no se malentiendan
tales deseos, pues en el mismo artículo Tarski afirma: “Acaso valga la pena decir que
la semántica, tal como se la concibe en este trabajo es una disciplina sobria
y modesta que no tiene pretensiones de ser una panacea universal para curar
todos los males y las enfermedades de la humanidad, sean imaginarios o
reales. No se encontrará en la semántica remedio alguno para la caries
dental, el delirio de grandeza o los conflictos de clase. Tampoco es la
semántica un artificio para establecer que todos, con excepción del que habla
y sus amigos, dicen disparates”. (73) En nuestra opinión, la
aclaración sí ha valido la pena. A la concepción semántica de la verdad, desarrollada por Tarski sólo
para los lenguajes formalizados, podríamos contraponer la teoría de la redundancia (vi) de
Peter Strawson (vii). Strawson parte del hecho de que
frases enunciativas tales como “La nieve el blanca” no pueden ser verdaderas
por la sencilla razón de que no constituyen sino ficciones o, en el mejor de
los casos, abstracciones cuyo único fundamento in re reside en el uso o la
exteriorización aquí y ahora de frases determinadas. “... de los estados de cosas se
dice que tienen un comienzo y un final. Sin embargo, las situaciones y los
estados de cosas de los que se habla así (al igual que los hechos de los que
se habla así) son abstracciones que un lógico, si no un gramático, debe ser
capaz de examinar completamente. Uno de los dispositivos más económicos y
recurrentes del lenguaje es el uso de expresiones substantivas para abreviar,
resumir y conectar. Una vez que he hecho una serie de enunciados
descriptivos, puedo conectar comprensivamente con ellos el resto de mi
discurso mediante el uso de expresiones tales como ‘esta situación’ o ‘este
estado de cosas’; precisamente como, una vez que he presentado lo que consideraba
como un conjunto de razones para una determinada conclusión, me permito tomar
aliento diciendo ‘Puesto que estas cosas son así, entonces…’, en lugar de
hacer que la conjunción preceda a toda la historieta. Una situación o estado
de cosas es, dicho aproximadamente, un conjunto de hechos, no un conjunto de
cosas”. (Op. cit., 290-291) El uso o exteriorización de
frases enunciativas da por resultado afirmaciones (positivas o negativas).
Pues bien, mientras una persona no afirme nada, mientras sólo use una frase
enunciativa como ejercicio en el aprendizaje de un idioma o como parte de una
obra teatral, por ejemplo, sin propósito serio de auténtica afirmación, no
cabe pedirle cuentas sobre la verdad o falsedad de lo que dice. Una frase
enunciativa sin afirmar y, por tanto, sin fuerza asertiva, tiene en todo caso
sentido, pero no valor de verdad. Ahora bien, es nuestra opinión
que esta trasposición del problema de la verdad del plano semántico del
enunciado proposicional al plano pragmático de la afirmación, no implicaría
riesgo alguno si sólo alertara acerca del descuido de cierto aspecto que
forma parte de la cuestión. Sin embargo, la teoría de la
redundancia pretende un poco más. Lo decisivo es el acuerdo manifestado en
el acto de asentir. Si, asintiendo a lo que acaba de exponer mi
interlocutor, digo: “Es verdad lo que dices”, en el fondo no digo nada sobre
lo que dice o acerca de lo que habla mi interlocutor; ni tampoco digo con
ello nada que mi interlocutor no haya dicho por su parte. Más bien digo, exactamente,
lo mismo que él, si hay acuerdo: de ahí el título “teoría de la redundancia”; en cambio, sí hago algo que mi interlocutor no había hecho: asentir o darle la razón (viii). “Es inútil preguntar sobre qué cosa
o evento estoy hablando (además del tema del enunciado) al declarar que un
enunciado es verdadero; pues no hay tal cosa o evento.(…) Suponer que siempre
que usamos un sustantivo singular estamos usándolo, o deberíamos estarlo,
para hacer referencia a algo, es un error antiguo, pero no respetable ya por
más tiempo”. (283) “Si una situación se trata como
‘tema’ de un enunciado, entonces no servirá como el término no lingüístico de
la ‘relación de correspondencia’ (…) y si se trata como término no lingüístico
de esta relación, no servirá como tema del enunciado”. (291) “Todo el encanto que proporciona
el hablar de situaciones, estados de cosas o hechos como incluidos en, o
partes de, el mundo, consiste en pensar en ellos como cosas y grupos de
cosas. (…) Si leemos ‘mundo’ (una palabra tristemente corrompida) como
‘cielos y tierra’, hablar de hechos, situaciones y estados de cosas, como
‘incluidos en’ o ‘partes de’, el mundo, es, obviamente, metafórico. El mundo
es la totalidad de las cosas, no de los hechos”. (291-292) “Los hechos son lo que los
enunciados (cuando son verdaderos) enuncian; no son aquello sobre lo que son
los enunciados. A diferencia de los acontecimientos que ocurren sobre la faz
del globo, los hechos no se presencian ni se oyen ni se ven, no se rompen ni
se trastocan, no se interrumpen ni se prolongan, no se les da un puntapié, no
se destruyen, no se les enmienda ni tampoco meten ruido”. (288-289) “El daño está hecho al plantear
la pregunta ¿cuándo usamos la palabra ‘verdadero’? en lugar de ¿cómo usamos
la palabra ‘verdadero’?” (ix). (297) “Si alguien nos pregunta ‘¿Es X
Y?’, podemos enunciar (a modo de réplica) que X es Y diciendo ‘Sí’. Si
alguien dice ‘X es Y’, podemos enunciar (a modo de negación) que X no es Y,
diciendo ‘No lo es’ o diciendo ‘Eso no es verdadero’; o podemos enunciar (a
modo de corroboración, acuerdo, garantía, etc.) que X es Y diciendo
‘Efectivamente lo es’ o ‘Eso es verdadero’. (…) Me parece evidente que en
estos casos ‘verdadero’ y ‘no verdadero’ están funcionando como dispositivos
de abreviación para enunciados de la misma clase general que los otros que se
han citado. Y parece también evidente que la única diferencia entre esos
dispositivos (…) la constituye sus diferencias respecto a sus estructuras
gramaticales, esto es, el hecho de que ‘verdadero’ aparece como predicado
gramatical”. [Por otra parte] “no hay seguramente ninguna diferencia
significativa entre las frases que no emplean la palabra ‘verdadero’ y
aquellas que la emplean: todas ellas piden el acuerdo de la misma manera”.
(298-299) Reflexiones
finales De alguna o de otra forma, los
textos mencionados cuestionan la teoría clásica de verdad, con la pretensión
de “dar la espalda a viejos errores” -retomando la expresión de Strawson-.
Por ello intentaremos sintetizar algunas conexiones que tiene el tratamiento
de la verdad tal como se ha mostrado, con las líneas fundamentales de la
concepción clásica al respecto, representada fundamentalmente por Tomás de
Aquino. Pues bien, la doctrina
aquinatense considera tanto el concepto “operativo” de verdad –adecuación-
cuanto el concepto “temático o reflexivo” –congruencia- (x), si bien esta terminología
brota de las discusiones contemporáneas. Acerca del primer aspecto, es por
todos conocido que la fórmula adaequatio
rei et intellectus, que el autor atribuye a Isaac Israeli, juega un papel
preponderante en su obra. En cuanto al segundo aspecto,
tal vez sea conveniente recordar que Santo Tomás atribuye la verdad, de modo
preeminente al juicio (xi), precisamente porque en el juicio, a
diferencia de la simple aprehensión, la mente reflexiona sobre sí misma y
conoce, entonces, su conformidad o adecuación con las cosas. Dicho en otras
palabras, es la misma adecuación, de alguna manera, objeto de la reflexión
característica del juicio. En sentido estricto, no son dos
conceptos de verdad sino dos elementos necesariamente entrelazados y
constituyentes de la misma. El primero, su aspecto semántico; el segundo, su
aspecto pragmático; el contenido proposicional con su componente de
adecuación o de no adecuación, por un lado, y la fuerza alocucional o el usus orationis (xii) con su
componente aseverativo o afirmativo, en el caso específico de la verdad o
falsedad, por otro. Podemos luego advertir que la
transformación contemporánea del concepto de verdad a la que hacíamos
referencia al comienzo del trabajo, admite ser caracterizada por su mayor o
menor descuido de alguno de estos dos aspectos que exige la consideración del
asunto, al mismo tiempo que “localiza” la reflexión no sólo desde el lenguaje sino en el lenguaje. La concepción semántica de
Tarski enfatiza el modelo de adecuación, del que da, por cierto, una depurada
interpretación para los lenguajes formalizados. Pero deja de lado el aspecto
pragmático del lenguaje en el cual, sin lugar a dudas, se entremezclan
elementos y factores difícilmente verificables empíricamente, acaso los
elementos que hacen efectivamente “humano” al lenguaje. Al parecer, la “ley del péndulo”
ha conducido la reflexión a insistir en la fuerza alocucional o aspecto
pragmático de la verdad, al punto de prescindir del contenido proposicional y
con ello de la dimensión semántica o de adecuación de la misma. En este sentido, el núcleo de la
verdad se centra, empieza y termina en el acuerdo
mutuo. De ahí el título de teoría
de la redundancia de la verdad en Strawson, pues con la palabra verdad, o con el giro “es verdad” no se dice, sólo se
hace prácticamente algo nuevo: mostrar el acuerdo, asentir. Es lo que
hemos querido señalar en el subtítulo de nuestro trabajo, pues, de ser la
verdad objeto de reflexión ha acabado por ser objeto de decisión más o menos
consensuada. Así, la verdad se identifica con
la apariencia, es decir, con la opinión o “sentido” más o menos plausible o
generalizada o generalizable, sin más fundamento que los requeridos por la
opinión misma (xiii). El peligro de esta posición ya
fue advertido por Aristóteles y retomado por Tomás de Aquino en muchos
pasajes de su obra, por ejemplo, frente a la posición de Protágoras: “Unde non potest dici quod omnia
relative dicantur ad opinans, nec per consequens quod omne apparens vel
opinans sit verum” (n. 717). (xiv) Más aún, si todo lo que aparece
así o de otro modo es verdadero, es verdad que no todo lo que aparece así o
de otro modo es verdadero. Por eso consideramos acertadas las palabras de
Mauricio Ferraris: “es imposible, no se puede vivir sin los procedimientos
que conducen a la verdad. O más bien: uno puede muy bien vivir sin alétheia, pero no sin adaequatio”. (xv) ¿O alguien puede negarlo? Y, si
lo niega, ¿puede hacerlo con certeza? i Nicolás, J. A. y
Frápolli, M. J. (1997). Teorías de la
verdad en el siglo XX, Madrid:
Tecnos. ii (1901-1983).
Profesor de Lógica en Varsovia desde 1926 hasta 1939. Posteriormente fue
profesor de Matemática en la Universidad de California en Berkeley, desde
1942. Uno de los más influyentes teóricos de la Lógica y de la Matemática de
nuestro tiempo. iii The Semantic Conception of Thuth and the Foundations of Semantics, Philosophy and Phenomenological Research,
IV (1944), 341-375. Utilizamos aquí la traducción al español de E. Colombo, La
concepción semántica de la verdad y los fundamentos de la semántica, en:
Nicolás, J. A. y Frápolli, op. cit., 65-108. iv El autor hace
explícita referencia a: Aristóteles, Metafísica,
(1), Gamma, 7, 27. v Empleando la terminología lógica medieval, “p”
figura en suppositio formalis,
mientras que “X”, en suppositio
materialis. vi Cfr. Strawson, P. Truth, Proceedings
of the Aristotelian Society, sup. Vol. XXIV, 1950. Empleamos aquí la
traducción al español de A. García Suárez y L. M. Valdés, Verdad, en:
Nicolás, J. A. y Frápolli, M. J., op. cit., 281-307. vii (1919- ).Profesor de Metafísica en Oxford.
Destacado miembro de la Escuela de Oxford, orientada hacia la llamada
Filosofía del lenguaje ordinario. Conjuga esta orientación con el pragmatismo y cierto kantismo. viii Cfr. Inciarte Armiñán, F. (1974). El Reto del Positivismo Lógico.
Madrid: Rialp, 54-71. ix Se refiere
expresamente a la pregunta así formulada por John Austin, en su artículo:
Truth, en Proceedings of the Aristotelian Society, vol. XXIV (1950), 111-128.
En general, todo el artículo de Strawson que estamos considerando tiene el
carácter de crítica (en ocasiones polémica) de dicha obra. x Cfr. Inciarte, F. El problema de la verdad en la
filosofía actual y en Santo Tomás, en Veritas
et Sapientia, en el VII centenario de Sto. Tomás de Aquino, Pamplona:
EUNSA, 1975, 43-59; García López, J. (1967). Doctrina de Santo Tomás sobre la verdad. Comentarios a la Cuestión I
“De Veritate” y traducción castellana de la misma. Pamplona: EUNSA. Hemos tratado con cierto detenimiento la doctrina tomasiana de la verdad
en Villalba de Tablón, M. (2003). Formalismo
e intersubjetividad. El olvido del intelecto. Mendoza: Facultad de
Filosofía y Letras, U.N.Cuyo, 215- 245. xi Cfr, De Veritate, q. xii Cfr. Tomás de Aquino, comentario al De
Interpretatione de Aristóteles. xiii Tales “requerimientos” de la acción
comunicativa han sido detalladamente propuestos por Jürgen Habermas. Por
razones de espacio no abordamos su teoría en esta presentación y remitimos al
lector interesado a Villalba de Tablón, M. (2000). El discurso no consensuado
de Jürgen Habermas, Sapientia, LV,
207, 431-485. xiv Cfr. Comentario
al libro IV de la Metafísica de Aristóteles, lect. 15, nn. 712-717. xv Ferraris, M. (2003). La hermenéutica. México: Taurus, 113. |
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