Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 12 Año III Mayo 2006

 

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EL PROBLEMA DE AMÉRICA

Ernesto Mayz Vallenilla (Venezuela)

 


 

 

 

 

 

 

El siguiente capítulo pertenece al libro El Problema de América, Dirección de Cultura,

Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1969,

 y Konvergencias lo reproduce como homenaje al pensador venezolano

y a su actualidad de definiciones y planteamientos.

 

 

INTRODUCCION

 

Por todas partes se oye repetidamente expresar el deseo de crear una cultura americana que acuse rasgos de originalidad. En este programa se postu­la casi siempre que la cultura de América debe ser autóctona. Que debe buscarse lo original americano. Que debe desecharse todo patrón, modelo o para­digma que pueda velar, ocultar o desvirtuar lo originario. En esto se encerraría la manifestación absolutamente singular de un nuevo espíritu dentro de la Historia Universal. El afán por alcanzar autoctonía nos está diciendo desde ahora que nues­tra América -Latinoamérica- lucha por conse­guir un puesto dentro de la Historia Universal.

 

Pero aún antes de responder si esto es posible a la altura de nuestro propio tiempo, si es tarea verificable o realizable mediante los recursos de que disponemos, a todo meditador que no se engañe y examine el fenómeno en lo que tiene de existencial y propio, no puede ocultársele una cosa: que se­mejante búsqueda y proyecto de crear una cultura original nace de fuentes y raíces muy recónditas que es preciso analizar para explicarse su razón de ser y sus auténticas posibilidades de realización.

 

¿A qué se debe, en efecto, que el americano de hoy clame tanto por la originalidad como desiderá­tum absoluto e indispensable de todo afán cultural genuino y absolutamente auténtico? ¿De qué raíz se nutre ese deseo de hacer una obra que sea tan peculiar, propia y personal, que al mismo tiempo pueda erigirse como definición y signo elocuente de una vida y de un modo de existir perfectamente individualizado dentro de la Historia Universal? No aventuraremos por lo pronto una respuesta ab­soluta a esa pregunta.

 

Mas ya es posible vislumbrar que el afán de originalidad -en cuanto preocupación histórica­ viene condicionado al propio tiempo por una visión, o quizás una vivencia, de la propia His­toria Universal. ¿Cómo se siente el americano de hoy dentro del concierto de la Historia Universal? El hecho mismo de que se ensaye una búsqueda tan apasionada por la originalidad del gesto y de la obra, ¿no nos está diciendo que ello traiciona una profunda insatisfacción -y aún más radicalmente dicho-, una radical inseguridad ante la historia? ¿Qué otra explicación cabe dar a un fenómeno como el apuntado si no es la de que se busca la origina­lidad (y hasta la originariedad) porque no se tiene? Para intentar conseguir algo, ¿no debe el hombre comenzar por sentirse menesteroso de ello? ¿No nos está diciendo, acaso, esa desesperada búsqueda de la originalidad en el hombre americano, que éste ha comenzado por sentirse como un ser inde­finido dentro de la Historia Universal y busca afa­nosamente asegurarse de aquello que considera un requisito indispensable para empezar a ser? ¿Y por qué ese afán de empezar a ser distinto y radicalmente nuevo frente a los demás? ¿Por qué ese temor de ser confundido con otros, que lo impulsa tan ardien­temente a la búsqueda de su modo de ser original y originario?

 

Sin aventurar una respuesta categórica a seme­jantes interrogaciones, bien podríamos decir que ese síntoma de fragilidad y precariedad históricas, de inconsistencia e indefinición, de no sentirse aún plenamente realizado -de no-ser-todavía-, parece encontrarse plenamente reflejado en el afán que embarga hoy al hombre americano y que traslucen sus quehaceres culturales.

 

Pero la meditación no puede detenerse aquí. Pues es necesario y urgente preguntarse si un sínto­ma como el que revelamos tiene su razón de ser auténtica -casi su justificación- o si, por el contrario, brota de una falta de claridad en la manera misma de plantearse el hombre americano la posibilidad de realizar un quehacer cultural original. Si fuera esto último, el afán por la origi­nalidad, antes que rasgo de valor positivo, reve­laría una maligna fuente y un signo incluso nega­tivo: una falta de fuerza y potencia en nuestro espíritu para comprender nuestro propio destino. En tal caso la búsqueda y el afán de originariedad sería lo menos original del mundo. Ello traicionaría un grave complejo de inferioridad histórica. ¿No mueve, acaso, semejante complejo de inferioridad histórica, a muchos de los planteamientos "indigenistas" que se ensayan hoy dentro del quehacer cultural americano? ¿Cómo diferenciar de semejan­tes tendencias negativas aquellas en que el afán de originalidad es auténtica manifestación de un espí­ritu positivo y fruto del encuentro de nuestro modo de ser históricos?

 

Nuestra opinión en tal sentido se inclinaría a creer que, si partimos del supuesto de que nos falta originalidad en nuestro modo de ser, y que para alcanzarla debemos incardinar un pretérito (que no es el nuestro) a nuestra historia -o ser de otra manera a como hasta ahora hemos sido-, lo que ganaríamos sería algo perfectamente negativo. Antes que una base positiva y firme, aquel comienzo representaría un terreno movedizo, lleno de ante­cedentes incontrolables y hasta absurdos, que en lugar de favorecer un auténtico y radical punto de partida, atentaría incluso en contra de la posi­bilidad de una genuina autonomía en la creación cultural. Partiendo de semejantes bases llegaríamos siempre a una situación que nos impediría movemos libremente y alcanzar a ser verdaderamente origi­nales. En otras palabras, estaríamos embargados por un complejo de inferioridad histórica que no nos dejaría movemos libre y espontáneamente en la búsqueda de nuestro propio ser, porque nos ocul­taría nuestra radical originariedad.

 

La originalidad de nuestras creaciones no la alcanzaremos desvirtuando nuestro modo de ser actuales -yendo de alguna manera en contra de nuestra propia historia de criollos-, o proyectando ser de una manera radicalmente nueva o novedosa. Esto no pasaría de ser un programa a priori, inte­lectual o teórico, pero en forma alguna un genuino quehacer cultural que nazca preñado de fuerzas verdaderamente originales y libérrimas. El único recurso que queda para ser originales y originarios en las creaciones es entregamos a vivir lo más auténticamente posible nuestro propio modo de ser... hombres en un Nuevo Mundo.

 

Esto quiere decir que no debemos partir de la falsa base de creemos -desde ahora- faltos de originalidad o carentes de originariedad histórica. Es decir, truncos en nuestro ser, simples imitadores de otros, o herederos de un pasado (indígena u occidental) que no nos pertenece como verdadera tradición. Al contrario, debemos afirmamos en la creencia de que, haciendo lo que hagamos, y siendo fieles a la altura de nuestro propio tempo histórico, si lo hacemos con radicalidad y no nos traicionamos, puede ser que -sin proponérnoslo y sin siquiera saberlo -estemos alcanzando la originariedad de nuestro propio ser hombres del Nuevo Mundo y con ello, también, un estilo original de ser histó­ricos dentro de la Historia Universal.

 

¿En qué consiste este ser americanos? Plan­tearse así la pregunta es una cuestión a la que falta todo sentido y autenticidad. El ser del latino­americano no puede revelarse súbitamente, ni por obra de un discurso intelectual preparado a priori. Como ser histórico que es, él necesita irse revelando pacientemente en el tiempo y en la historia. (1) Atentos sí debemos estar para descubrir e interpretar aquellas manifestaciones que lo anuncien y denuncien. Para cumplir esa tarea nada mejor que atender a los poetas: instrumentos del ser y portadores de sus misterios.

 

Mas tampoco los poetas, y los artistas en gene­ral, deben impacientarse por ser "originales". La realidad del ser no aparece obligándola a presentarse afanosamente. Sólo en la medida en que los poetas y artistas se dejen ganar por los misterios, y hagan de ellos su cotidiana morada, se les reve­lará lo original del ser. No despunta éste en relámpagos furtivos; necesita apacentarse con pa­ciencia. Es lo cotidiano y familiar, lo que todos dicen sin saber ni darse cuenta que lo dicen, lo absolutamente cercano e íntimo al poeta: lo que mora en las moradas del poema.

Vana ilusión y camino equivocado son, pues, querer descubrir nuestra América siendo programáticamente "originales" o reconquistando un preté­rito que no nos pertenece para fijar en él nuestra originariedad. Dejemos que América aparezca y la experiencia del ser venga a la luz a través del tiempo extasiado de futuro. ¿Implica esto un quie­tismo, una actitud meramente receptiva, o un rastro de alquimismo realista? La sola pregunta -y su conciencia- implica eo ipso su denegación. Nuestra actitud sólo se entenderá rectamente si se tiene en cuenta que partimos de una idea que combate, por igual, a toda actitud receptiva (realista) o fin­gidamente creadora (falso idealismo). Ella es la que se condensa en la siguiente enunciación: por ser americanos, ya en este nuestro "ser" nos está dada la comprensión original de América.

 

El camino diseñado para la hermenéutica exis­tencial del ser americanos -hombres del Nuevo Mundo- debe ser, entonces, iluminar aquella com­prensión preontológica del mundo en que vivimos y en el que somos seres-en-el mundo. Pero esto se opone a todo falso planteamiento que intente buscar una originalidad como algo de que todavía care­cemos. Pues semejante planteamiento parte de la falsa base de suponer una carencia de aquella comprensión. O -lo que es más fatal todavía-­ de concebir la tarea cultural de la búsqueda de la originariedad como obra de un sujeto a quien falta su mundo y la inherente comprensión preontológica de su ser-en-el-mundo. De ello, como una grave consecuencia, resulta ese afán de ser "originales" por la "originalidad" misma. Partiendo de concebir a un sujeto que carece de mundo, o que no está seguro del suyo, hay por tanto que "asegurarse" previamente la existencia de éste haciéndolo incluso aparecer como "original".

 

He aquí que estamos frente al pecado original de América: la radical inseguridad y desconfianza de aquellos que pretenden buscada, pero que no sienten ni tienen comprensión para su posesión originaria.

 

¿Cómo superar semejante desconfianza e inse­guridad? Sólo un camino queda. No el de la ciega fe o la creencia en un Nuevo Mundo que ya --por obra de una providencia o de un azar histórico ­nos esté dado como una realidad "nueva'; no tampoco el de mostrar a priori, intelectual o teo­réticamente, la "originalidad" del Nuevo Mundo; sino plantear el problema desde la base enunciada. Como americanos que somos nuestro "ser" tiene ya, en cada caso, una comprensión originaria de América en la que se halla implícito el sentido de ser nuevo -original- de este Nuevo Mundo.

 

Dejar que el sentido del ser original de América venga a la luz mediante la analítica existenciaria de nuestra preontológica comprensión de seres-en-un-nuevo-mundo...he aquí el camino a recorrer a lo largo del tiempo y de la historia: la historia original de América.

 

¿Pero no nos está diciendo ya esto que el primer paso a dar debe ser justamente aclarar qué es lo nuevo –el novum- de nuestro ser-en-el-mundo? ¿En qué radica semejante novedad? ¿Cómo entenderla? ¿Desde dónde?

 

 

 

NOTA

 

 

(1) Aparte de las propias y peculiares dificultades que se plantean por obra misma del terreno en que hemos colocado la cuestión, no son de ignorar tampoco los mÚltiples problemas inherentes a la adecuada metodología que habría de emplearse si se quisiera llevar a cabo la tarea de describir el ser histórico del hombre americano. Pues, ¿cuál procedimiento habría de ser utilizado para realizar aquella descripción? ¿El procedimiento científico­naturalista o el método fenomenológico?

 

Si preferimos el primero, entonces, al proceder como científicos de la naturaleza, nuestra tarea debería comenzar por constatar la presencia de un fenómeno real (la exis­tencia espacio-temporal-histórica del factum que hemos llamado "Latinoamérica"). Observar y anotar luego, de la manera más demorada posible, las características de semejante fenómeno, según los cánones establecidos por la metodología en juego; y, por último, abstraer, gene­ralizar, inducir y deducir consecuencias, hasta llegar a fijar la presencia, las características y leyes del fenó­meno. "Todo ello nos conduciría a resultados esen­cialmente contingentes, que no pueden responder incluso de su propia validez (Cfr. mi libro Fenomenología del Conocimiento, Capítulo 1).

 

Si, por otra parte, damos preferencia al método fenomenológico y hacemos uso de su peculiar proce­dimiento (Descripción, Reducciones, Reflexión, Ideación, etcétera), no menores problemas y dificultades nos acechan. Pues:

 

a) ¿Son, sin más, susceptibles de "reducción" e "in­tuición eidética", los fenómenos históricos propiamente tales? ¿Puede la índole ontológica de ellos -esencialmente sometida a la variación de los procesos temporiformes- ­ser captada íntegra y adecuadamente por un procedimiento de intuición eidética?;

 

b) Suponiendo que lo fuera (acercándose con ello peligrosamente la Historia a las Ciencias eidéticas exac­tas)..., ¿respondería la intuición que se obtuviera a un horizonte de datos absolutos o simplemente a la "altura" de la perspectiva histórica. desde la cual haya sido divisada y obtenida? ¿No acecha, con esto último, un peligroso reducto por donde puede colarse fácilmente el más devas­tador relativismo?;

 

c) Mas suponiendo -de nuevo-- que, dando cima a un trabajo fenomenológico de este tipo, pueda extraer de mi propia conciencia trascendental (que ya no "sub­jetiva" ni "psicológica") una serie de intuiciones eidé­ticas..., ¿qué derechos me asisten para hacer de estos "datos" de mi conciencia un registro testimonial del llamado "ser histórico del latinoamericano"?

 

Con acallar estas dificultades no se ganaría absolutamente nada. Hemos preferido consignarlas aquí, jus­tamente en el comienzo, para evitar que se nos confunda con "ingenuos" tejedores de mitos y metáforas. Por eso, nada se halla más alejado de nuestras intenciones que hacer "poesía" filosófica del "ser americano". Lo que aquí queda consignado es el fruto de un riguroso proceder científico -aquejado, quizá, de algunos vicios por natu­raleza insuperables- pero que, como toda genuina teoría que sea consciente de sí misma, espera sólo que sus afirmaciones se confirmen o se nieguen por obra de una instancia que ella misma no posee 'ni es capaz de aportar en plenitud.