|
Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año II Nº 4 Primer Cuatrimestre 2007 |
|
|
JORGE EDUARDO EIELSON: LO TRÓPICO COMO PAISAJE, APAREADO, DE HECES SOMBRÍAS Y SANTAS SALOMÓN VALDERRAMA CRUZ (PERÚ) |
|
|
|
|
|
En mi
mesa muerta, candelabros J. E. E. Conquistar o seducir debe ser la prevalecencia
que instintivamente como un animal imaginariamente puro, salvaje, trata de
incorporar, taladrar, en la existencia como vida y simiente de algún
desconocido principio en el arte. Vida y obra indivisible o fingidamente
deformable. Así todo lo que uno ejecuta diferencialmente entre lo concreto y
lo imaginario, lo que provoca asiduo actuar o pensar, será siempre el
reconocimiento de lo universal, de lo único, del Todo. Esto lo que provoca es
que toda obra de arte sea tangente a eso que la metafísica trata de llegar.
Será un referente absoluto, pero no así cuando la obra sobrepasa, se
distiende y penetra, secante, para volver a salir y en un instante olvidar o
restaurar una idea de belleza por otra de cruel belleza o de maldad. Lo que
trato de decir es que todo hombre sea cual sea la vida que ocupe, entretenga
o desempeñe, ineluctablemente será tangente a ese todo por el simple hecho de
encajar en eso que entendemos, hasta ahora, por vivir. No así el que en cabal
ideal trata de inventar o descubrir alguna otra razón para sustentar,
justificar o vaciar aquello con lo que se relaciona esa abstracta vida. Desde
luego, únicamente aquel que desdoble y repliegue esa encontrada e impuesta
totalidad será capaz de multiplicar esa antes ajena y ahora propia y secreta
belleza. Que dependerá de la estructura en la que está cimentada para
consolidar en una temporalidad espacial ese arraigo y nuevo entender en el
ordinario mirar. Esta complejidad es lo que hace que sean muy pocos los
artistas que logran esta suspensión en las generaciones paralelas y
venideras. Aquellos en los que la veta parece infinita. Es el caso de José
Lezama Lima, de Wifredo Oscar de la Concepción Lam y Castillo; de Pablo Ruiz
Picasso, de Francisco Gómez de Quevedo y Villegas; de Jean Arthur Rimbaud, de
Oscar Claude Monet; de Jorge Eduardo Eielson, de César Abraham Vallejo
Mendoza; de Nicanor Parra Sandoval, de Roberto Matta Echaurren. Todo lo anterior se puede sintetizar en lo
que dice Jorge Eduardo Eielson: La
poesía es aquello que brota del encuentro entre la mente, la mano, el corazón
y los materiales sobre los que interviene el artista. Es como una chispa
encerrada en toda materia. Aún en la
más miserable y trivial. Basta con saber extraerla. Entonces, en este
discurrir y meditar la transmutada belleza en la obra de Jorge E. Eielson,
trataré sin demasiado pecar de traslucir o enlazar a otra cruel belleza. Previniendo
que ésta será aquella que he aprendido o pervertido a ver y por lo tanto soy.
La poética de lo desconocido Podríamos suponer toda forma de
aparecer de ese extraño bicho, camino o llamado oculto para hacer arte. Pero
sólo en el que se gesta se sabrá a cabalidad lo que esto significa y por lo
tanto construye. El poeta Marco Martos lo entiende muy bien cuando escribe en
Paul Celan, poeta acorralado (2002): A
diferencia de las obras científicas que existen casi siempre merced a la
colaboración entre muchos investigadores, la obra de arte en general, y la
literatura en particular, tienen la marca, el sello de agua del talento
individual. Por lo mismo deberíamos poder ver que en el momento en que
aparece el artista, éste está lleno del enigma que le precede y, ahora, lo
contiene. El enigma del enigma. La duda que perseguirá hasta la muerte. Ser
artista hasta morir. Ésta es la belleza, función principal, que se aprecia
cuando uno se atreve y desnuda el poema que inicia Reinos, Reino primero: Sobre
los puros valles, eléctricos sotos, / Tras las ciudades que un ángel diluye /
En el cielo, cargado de heces sombrías y santas, / El joven oscuro defiende a
la joven. La mística brutalidad que de fortuito se presenta y amenaza,
sin querer, todo lo que encuentra. La misma que en frágil pero contundente
luminaria debe evitar a cómo de lugar una perenne abortarle consecuencia. Fuerza
que a pesar de ser inadmisible invade y trunca a las otras bellezas que aún
no han tenido el tiempo ni el espacio suficiente para consolidar su novata y
alegórica hermosura. Es lo que le sucedió a Las Quimeras (1854) de Gérald de Nerval frente a la inaudita, explosiva
y carcelaria luminosidad de Las flores
del mal (1857) de Charles Baudelaire. Felizmente esto no le pasó a Reinos
por ser aceptado desde un principio con el Premio Nacional de Poesía (1945),
cuando Eielson sólo tenía 23 años y una experiencia literaria que
somáticamente lo emparientan confundiéndolo o seduciéndolo a una peligrosa,
abstrusa fruición carnal y a la vez divina en Rainer Maria Rilke y primitiva
hacia la poesía entendida como rito o consagración de ella misma y no como
exultación en San Juan de la Cruz. Asesina y sin embargo delicada
efervescencia que se detecta, refuta e impacta en Reina de cenizas: Violo tus exequias, amada, difunta mía, /
Párpados de lys, corona de doradas cucarachas, / Donde el reptil amargo y
verde sueña. / Consuélame en mi trono de sangre, amada, / Donde a solas,
rodeado de antorchas, me he dormido / Y no he escuchado tus heraldos, / Con
fuego en la gorguera, cantar tu santa muerte. Aquí hay que precisar una
conexión con César Vallejo en el influjo escatológico del amor en Los heraldos negros (1918): Primavera vendrá. Cantarás "Eva"
/ desde un minuto horizontal, desde un / hornillo en que arderán los nardos
de Eros. // ¡Forja allí tu perdón para el poeta, / que ha de dolerme aún, /
como clavo que cierra un ataúd! Y con Edgar Allan Poe por la mórbida traslación
del yo vivo en el yo muerto, en Berenice
(1835): Sus ojos no tenían vida ni
brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa
para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una
sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se
revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de
verlos, hubiese muerto! Cabría afirmar de lo anterior que otro de los
temas principales de Reinos es el amor. El amor que por ser pervertido,
degenerado, destructor o surreal (homosexual, heterosexual, orgiástico y
mortal), el libre trata de salvar el intersticio del amor aún puro y redentor
de los reinos atávicos del amor. Lo que se manifiesta lúbricamente en Último
reino: Aura suprema, besa mi garganta
helada, / Confiéreme la gracia de la vida, dame / El suplicio de la sangre,
la majestad / De la nube. Que en cada gota del diluvio / Haya tristeza,
sombra y amor. ¡Oh, romped / Hervores materiales, cráteres radiosos! / El sol
del caos es grato a la serpiente / Y al poeta. Las nieves que ellos funden
Así evidenciamos en concreción y consternación que Reinos cablea la simbiosis
con lo recóndito y armonioso de lo cotidiano, ejercicio que proyectará toda
la vida del poeta. La vida como origen y fin en un mismo espacio: De piedra, o un esqueleto deslumbrado.
En Canción y muerte de Rolando (escrito
hasta 1943 y publicado en 1959) la clave de análisis será muy traicionera ya
que este memorable poema se basa en el epopéyico héroe de Roncesvalles y como
Eduardo lo ha confesado en esa época no sabía francés, pero "leyó el
texto en francés", aquí hay un vacío que únicamente el gran poeta sabe
encubrir y hacer de ese símbolo, incógnito, una primordial existencia
revelada como se siente en el preludio del poema: Dulce Rolando, crecido y muerto sobre la yerba de los corazones, con
esplendor de hierro y poma de sueño: santa es tu canción, sabida de Dios y de
Eliseo. Tapiado con sabios anacronismos y tópicos reveses convertidos en
religiosidad; todas propiedades de un iluminado que sigue los arquetipos de
Rimbaud, la poesía como sistema del absoluto. Tu cabeza recibía toda la gloria
de Dios en una viva, relumbrante corola de muerte. De tus espuelas subía una
última música, cansada. Lo que ha llevado a
algunos estudiosos a afirmar que el poema es uno de los más hermosos no sólo
en la lengua española, sino de la literatura universal. Ese adverso nacer
también se ve en su obra plástica, a partir de su primera exposición
individual en 1948, cuando todavía estaba en Lima. Obra en la que
constantemente confluyen y combaten pírricamente los lenguajes de la estética
de la vanguardia con la estética prehispánica que el poeta entiende y
transmuta. Dicotomía que se aliará en su magistral serie QUIPUS y que luego se transformará en contundentes Nudos y viceversa. Estructuras o
lenguajes siempre abiertos a esa posibilidad o enigma, fluido, infinito: como
llave o solipsismo para conjugar y comprender pasados, presentes y futuros,
hasta cuando sea un verdadero desierto, lo desconocido. O cuando ya no exista
nada por conocer. Ese Apocalipsis o instante en que el arte defina sólo arte
y la vida sólo vida. Cimentación que se lee en Las ínsulas extrañas de Emilio
Adolfo Westphalen (1990), de Camilo Fernández Cozman: El hombre moderno, en algunas sociedades, ha abandonado el mito.
Domesticado por la sociedad de consumo, el ser humano va perdiendo los lazos
con el pasado y la capacidad de acoger la utopía que da sentido a su vida.
Westphalen -como poeta del siglo XX- asume el mito a través de la imaginación
poética, el mito de que el mundo se regenera y, en definitiva, se transforme
para que el hombre, entre otras cosas, asimile cabalmente el gran aporte del
pensamiento primitivo. Hay que recordar que en la cosmovisión prehispánica
todo concepto de mundo está entendido como constante Continuum, lo primitivo y lo moderno, ésta es la razón por la
cual son inhumados con todo aquello que los ata a ese mundo (ornamentos,
utensilios, mascotas...) Continuidad que se revitaliza en un nudo, estructura
cerrada, circular, continua, y cuya plenitud es el quipu: suma varia de estos
mundos. Reconquista del Mediterráneo A pesar de sus cabellos opacos, de su misteriosa
delgadez, / de su tristeza áurea y definitiva como la mía, / yo adoraba a mi
esposa, / alta y silenciosa como una columna de humo. // Cuando la conocí,
María vivía en un barrio pobre, cubierto de deslumbrantes y altísimos
planetas, atravesados de silbidos, de extrañas pestilencias y de perros
hambrientos. / Humedecido por las lágrimas de María, todo el barrio se hundía
irremediablemente en un rocío incontenible. // María besaba los muros de las
callejuelas y toda la ciudad / temblaba de un violento amor a Dios. / María
era fea; su saliva sagrada. Como absortos testigos leemos la
desbordante belleza y formalidad con que atropella este marital poema, Primera muerte de María (1949). Donde
trasunta una belleza meliflua, musical, que avasalla y transforma el símbolo
mismo en el que es recogido el poema. María, ya no solamente como imagen
bíblica, distante, sino como popular, divina y universal. Este rigor y gran
metáfora se asemeja a la propuesta del poeta José Watanabe en Habitó entre nosotros
(2002). Hecho que también se especta en El Evangelio según Jesucristo (1991)
de José Saramago. Y que llega a plenitud con la Teología de la liberación-Perspectivas
(1971) de Gustavo Gutiérrez. Todas, obras en las que se suprime la ortodoxia
religiosa para empezar una entera recuperación, purga, catarsis, y así evitar
el olvido de un pensamiento que aún nos puede salvar. Esta amalgama de
liberación y en extremos de perdición compendia una armonía representada en Doble diamante (1947): Deja rodar mis lágrimas en cambio / Sobre
el espejo que adoro / Sobre la viva atroz remota clara / Desnudez que me
disuelve / Sobre el diamante igual que me aniquila / Sobre tantísimo cielo y
tanta perfección enemiga / Sobre tanta inútil hermosura / Tanto fuego
planetario / Tanto deseo mío. Estandarización, ubicación y olvido es lo
que le espera a la ideología que se somete a sí misma y no está abierta a las
que vendrán o ya han venido. Al decir de que todo está escrito pero que nada
se aplica bien o que se ejecuta lo que todavía no se debe. Como tuerto o
incompleto en lo imaginario de la cercenada panorámica; un imposible. Hoy
sabemos que todo afecta a todo, en vías directas o indirectas, activas o
pasivas, irracionales o racionales, vivas o muertas, conocidas o desconocidas.
Como presupone Hernando de Soto en El Misterio del Capital (2000): No soy un obcecado del capitalismo. No veo
al capitalismo como un credo. Mucho más importantes son para mí la libertad,
la compasión por los pobres, el respeto por el contrato social y la igualdad
de oportunidades. Pero por el momento el capitalismo es la única carta
disponible para lograr estas metas. Es el único sistema conocido que nos
aporta los instrumentos requeridos para crear valor excedente masivo.
Desperdiciando: Revoluciones que no se dan, son revoluciones que se opondrán.
La poesía, la
literatura, el arte es la única manera de conocer, presentir y totalizar los
métodos de saber y de vivir humano. Vivimos aterrados ante la consciencia gélida
de entender que lo que somos o lo que creemos ser únicamente está verificado
por la ingente y real ambigüedad. Nuestro supremo deseo de ser inmortales reparada
en la gnóstica idea de un Dios, omnipotente y omnipresente, ante la
irrelevancia de una vida concreta, conocida y común. Nuestro evolucionado o
malhadado deseo de querer cambiarlo todo, antípoda del: Incivil, bárbaro, huérfano de sensibilidad y torpe de habla,
ignorante y ventral, negado para la pasión y el erotismo, el mundo sin
literatura de esta pesadilla que trato de delinear, tendría, como su rasgo
principal, el conformismo, el sometimiento generalizado de los seres humanos
a lo establecido. Quijotescas palabras de Mario Vargas Llosa en su
discurso, La literatura y la vida (2001). Totalidad que rasga, sortea y goza
a plenitud en el colosal poema Azul
ultramar (1952): mediterráneo
ayúdame / ayúdame ultramar / padre nuestro que estás en el agua / del tirreno
/ y del adriático gemelo / no me dejes vivir / tan sólo de carne y hueso /
haz que despierte nuevamente / sin haber nunca dormido Lo que le
proferirá al poeta la recta voluble, volátil y circular. La elucubración
maestra. Dice Carlos
Henderson en La poética de la poesía póstuma de Vallejo (2001): La poesía de Vallejo es fuerte porque los
opuestos se están cogiendo de la mano. Este botón también se aplica a la
obra de Eielson. Acercamiento palmario pero a la vez infinitesimal y cósmico
en Mutatis mutandis (1967): existirá una máquina purísima / copia
perfecta de sí misma / y tendrá mil ojos verdes / y mil labios escarlata / no
servirá para nada / pero tendrá tu nombre / oh eternidad Todo lo que se
transfigura en inevitable agujero negro o vacío que sustancialmente lo
absorbe o borra todo. Defenestrando el
artificio que en un principio le incita a erigir su poética, usa el cuerpo y
hace con él el armazón que lo yergue y traslada como materia recién reconocida
de esplín y libre de ideal. Lo concretiza. En Noche oscura del cuerpo (1955) todo se vuelve en indumentaria, en
silencio, en espanto terrenal. El fantasma somático y colorido que nos
subvierte en trayectoria de infinita inutilidad. Relación escatológica de Último
cuerpo: Cuando el momento llega y llega
/ Cada día el momento de sentarse humildemente / A defecar y una parte inútil
de nosotros / Vuelve a la tierra Viva de habitación, muerta. Paleación del infinito Rechazándolo todo,
en quince años, el poeta consagra su 'poesía
escrita' al silencio abortado de hombre en el centro de la selva virgen,
prueba o prisión, que lo obligarán a atravesar La Jungla (1943) o laberinto
de Wifredo Lam. Así maternita Ptyx
(1980). Desde la ordinaria pero al fin propia casa hasta los límites del
universo. Tal como diluye Renato Sandoval en PTYX: Eielson en el caracol (1994):
El poeta, pues, ha regresado. Ha
retornado a la casa, a la vida, a la infancia; se ha reencontrado consigo
mismo y también con lo más propio: el misterio de la poesía y del amor. Luego
de un largo y acaso penoso peregrinaje por las sendas perdidas de la
existencia en la que nada ha cambiado, pese a la rica experiencia ganada a lo
largo de tantos años de hallazgos y extravíos, de logros y fracasos, de
esperanzas y desilusiones, el poeta ha vuelto al fin al hogar. Lo
expuesto, existencia holista, integrado en lo aparentemente baladí en el
poema o "escena" XV, como lo declara José Miguel Oviedo en Arte,
palabra y gesto de Eielson (2006): La Risa Clara del Payaso / Despedazó
nuestra Costumbre / Y el Mundo nos pareció fresco e intacto / Como acabado de
hacer / Desde entonces / Nunca más nos ocultamos / Para acariciarnos soñar o
defecar Génesis o Término
inconsútil que abarca una repetida e interminable regeneración de anfibio;
recordemos que Jorge E. Eielson sale de Lima por ver que en ella no podrá ser
plenamente verdadero: un artista y un homosexual. Una de las
características principales del poeta Eielson es, sin duda, su
multiterritorialidad, en sus dimensiones como poeta, novelista y artista plástico,
tal vez por su íntima dualidad. Particularidad que persigue a ese grueso
número de artistas que hacen, hicieron y harán arte. De su novela Primera muerte de María (1988),
Eielson ha revelado: Sólo más tarde
comprendí que los materiales que yo necesitaba para ese añorado texto, no
eran las palabras. Es decir, no eran los personajes..., ni los sentimientos
ni las circunstancias que los movían, sino simplemente los colores, el
espacio, las texturas. Pero, sobre todo, el espacio, puesto que era el
espacio -el elemento más sutil del paisaje- el que rodeaba, en un estéril
abrazo, la ciudad en que nací. Paraíso e infierno, pero única grandeza
permitida a los limeños, era también su dimensión más secreta, era el
silencio de las dunas al atardecer, eran los juegos de la sombra y de la luz
sobre el territorio amado. Era la arena del desierto. Esta aclaración o
confesión nos muestra cuánto le afectaba, al poeta, vivir alejado,
espacialmente, de Lima, de la costa, de una también hermosa parte del Perú. Cómo
pues no va ha extrañar si es aquí donde encamina su vital obra, además de la
que huye, conoce y amista con José María Arguedas, con el flavo pintor
Ricardo Grau, con Javier Sologuren. Concretizados en la escultopictórica
novela que es su transitoriedad. Como se ejemplifica en el paisaje: Sin embargo, para mí que nací exiliado y
moriré exiliado, porque el exilio es mi estado natural, geográfico, social,
afectivo, artístico, sexual, Lima no es una ciudad para vivir sino, al
contrario, un lugar ideal para morir: un cementerio. En ningún lugar creo yo,
la presencia de la muerte es tan palpable y persistente; en ninguna otra
ciudad, su mano enjoyada nos invita, a cada paso, con tanto cinismo, tan
exquisita seducción. La población subterránea de Lima es otra invisible
metrópoli de huesos que duplica la ciudad visible. Cráneos y esqueletos
prehispánicos, a varios metros de profundidad, aderezados de plumas, mantos y
collares, soportan el peso de otros cráneos y esqueletos de capa y espada, sayo,
sotana y crucifijo. Si bien la muerte, como la gripe de triste memoria,
siempre ha sido española, su versión limeña resulta quizás menos filosófica,
pero mucho más chistosa y presumida. Nada que hacer tampoco con la muerte
mexicana, alegre y bulliciosa, siempre dueña de la fiesta, populachera. No.
La muerte limeña ¡no faltaría más! es una dama callada, distinguida,
dignamente ataviada, aunque muy venida a menos, gracias a la proliferación de
los temblores, asesinatos indiscriminados y accidentes de tráfico, que todo
lo confunden. Ahora, esto me hace rememorar lo que apunta el poeta
Eduardo Chirinos, en función a las palabras de Rimbaud, en El Fingidor,
Revista de Literatura (2003): "La
humanidad se desplaza, simplemente" cinco palabras que desmoronan más de
un sistema ideológico basado en promesas utópicas o mesiánicas, desde el
marxismo y el darwinismo social de los neoliberales, hasta los paraísos
religiosos de musulmanes y cristianos. Y así se entiende por qué Eduardo
tituló a una de sus más radicales series pictóricas como El paisaje infinito de la costa del Perú, porque este paisaje
propio y ajeno en su genealogía imparcialmente lo destruyó y lo forjó un
artista en cuya conjunción de mente, de manos, de corazón y encontrados
artefactos, magma brota. Cuando se habla de
José Lezama Lima en Historia de la Literatura Latinoamericana (1984) de dice:
Centro de la concepción literaria
lezamiana es la imagen que en él se confunde con el mito o lo que en otros
momentos llama sobrenaturaleza. Para Lezama la imagen se logra cuando se
halla la trascendencia y para ello hay que trazar un puente entre lo
incondicionado y lo causal a través de sucesivas cadenas de metáforas. Precisamente
esto es lo que se cumple en Sin título
(2001). Imágenes concretas y primordiales que delimitan lo único que es
válido en la vida: lo evocado en el placer, en la felicidad o en el sentir de
la muerte. Nanométricos instantes en que la vida se versifica. Trueque o
tráfico de mutismos irrepetibles que se puede ver en el poema, Amo los astros los amaneceres: Las aguas amargas / Las anguilas y las
algas / Los árboles antiguos y las alimañas / Amo los armarios las agujas /
Las habitaciones amplias y sin almohadones / Los ángeles atroces pero
arrodillados / Los amores de antes algo amarillentos / Casi siempre absurdos
y aterciopelados / Y todas las palabras que empiezas por A / Aunque no digan
/ Ah Eyaculación de amor escalado en devastación o en salvación. Pleonasmo
que toma a toda la poesía sincrónica y diacrónica en pos de la inmediación. Lo
que hasta ahora digerimos como real y verdadero. Para circundar este
copular extraño citaré a un filósofo olvidado, como lo fue Jorge Eduardo
Eielson en sus inicios y como lo es la poesía, un delicado y secreto olvido
para volver y hacerlo todo, nuevamente, hombre/bestia que pervierte al bestia/hombre
(El hombre supera infinitamente al
hombre. Pascal), así debe ser, en la concreción de la primera vez que lo
ejecutó, que sangró, que vivió. Escuchando la voz de Antenor Orrego en
Libertad, Fe e Inmanencia (1956): El
sentimiento de la libertad surge, pues, en nosotros porque la libertad reside
en nuestro ser, desde nuestro nacimiento, como 'Inmanencia', como disposición
o facultad latente que necesita desplegarse en una realidad concreta. La
libertad, en su dimensión de inmanencia está como recogida en sí misma,
sellada en su entraña críptica, como clausurada y prisionera -¡valga la
paradoja!- en su broche primigenio, como el vuelo de la oruga que yace
amortajada en la crisálida. La inmanencia es una espera del ser, es la libertad dando la espalda a la existencia
como si estuviera sumida todavía en un sueño abismático y denso. Con un juego
de palabras un tanto artificial podría decirse que la libertad inmanente es, pero, que todavía no existe, a pesar de que la distinción
entre esencia y existencia no pasa de ser una simple convención
escolástica, un mero artificio verbal que no responde a la realidad que es
unitaria e indivisa. Ahora cerraré con
dos de mis poemas predilectos, ambos de Reinos:
La tumba de Ravel Fantasma que estás en el arpa y la yedra, Librería enterrada ¿Qué libros son estos, Señor, en nuestro abismo, cuyas hojas |
|