|
Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 2 Año I Enero 2003 |
|
|
UN
CAMINO REAL Graciela
Cohen |
|
|
|
|
|
Los siguientes párrafos pertenecen al primer capítulo
de Un Camino Real, de Graciela Cohen, terapeuta gestáltica formada por
Adriana Schnake, quien desarrolla su tarea junto a Claudio Naranjo y Joseph
Zinker. También trabaja con su maestro de investigación Bert Hellinger. Se
declara discípula de Osho. Dirige el Centro Gestáltico de Estudio y
Meditación Luz de Luna. En estos párrafos podemos encontrar sus relatos
de tareas iniciales (¿iniciáticas?) en el Hospital Neuropsiquiátrico Borda
de Buenos Aires, referencias a sus estudios con Adriana Schnake y su
desarrollo dentro de la epistemología gestáltica, como asimismo su apoyo en
Osho y filosofías zen. LA TERAPIA En los años 70, un anhelo de entender al hombre más allá
de las comprensiones objetivas que habíamos alcanzado, llevó a algunos
terapeutas a viajar por India, Japón y China. Y así como estadounidenses y europeos iban a Oriente
para nutrirse con otro punto de vista, los latinoamericanos empezamos por
selvas, desiertos y montañas en Amazonia, Atacama y los Andes. En esos años; no entendía de qué se trataba ser una
ciudadana del planeta Tierra y llevar adelante una vida con articulaciones
sociales. Había «algo» que no podía relacionar. Mi punto de encaje encontraba maneras tibiamente
razonables de ser llevado; el estado de des-encaje era una aventura que me
resultaba más interesante investigar y eso se llamaba, según entendía,
«estudiar psicología», fue así que comencé mis estudios. Desde el principio tuve la bendición de encontrarme con
profesores que no tenían el prejuicio de considerar el estudio de los
enfoques de Watson o de Freud, como la única psicología posible en la
formación universitaria. Desde el comienzo me parecía extraña la exclusión en
los ámbitos académicos, de vidas como la de Artaud con «La carta a la
vidente», donde desafiaba con una pasión inigualable la institucionalidad de
la cura, o la correspondencia de Van Gogh a su hermano, algún texto de
Nietzsche, con quien podemos entender la locura del mundo y su plasmación en
nuestro espíritu, o «algún» comentario sobre la existencia de los gabinetes
de exploración de la conciencia que en ese mismo momento funcionaban en Chile
o México y donde se investigaban otras «realidades», que también componen el
movimiento del alma. Me parecía difícil entender que la psicología fuera
solamente el estudio de lo que nos mostraban esos caballeros de levita y
mujeres de miriñaque que veíamos en las fotos, gente que hablaba de falos y
vaginas como quien agarra un durazno caído, lo mira a distancia, tapándose la
nariz y estudia las distintas forma s de la «machucación». Siempre entendí,
guiada por los antiguos, que la psicología era el estudio del alma; esta
esencia podía encontrarla en los hechos de sus vidas y en la lectura de su
correspondencia más que en sus teorías. Aún admiro y me impresiono con el brillo de esas mentes
y la capacidad de observación de esas personas. De todos modos no me
resignaba a entender la desesperación como ansiedad por deseos reprimidos, o
un malestar horrible que hay que aguantar como quien está abajo del agua y
hace fuerza p ara contener la respiración. Era con algunos poetas, filósofos o místicos con los que
podía encontrarme más cerca. Empecé a ver que todos ellos tenían algo en
común: desafiaban la cultura de la que partían e iban más allá de ella y por
diferentes vías llegaban a una actitud donde el centro era el silencio. Moviéndome a ciegas, me sorprendió como un fogonazo la
obra de Ronald Laing. A partir de ese momento se transformó en un impecable
guerrero de luz que me guiaría a ver en mi existencia el efecto
esquizofrenizante de la incidencia del mecanismo del mundo. Desarticulaba
esta «máquina» a partir de su comprensión de cómo se nos imponen los
introyectos sociales en nuestro ser, a través de voces familiares y así nos
alejan, inhiben, distorsionan, tuercen y separan de la experiencia espontánea
de vivir. El nos mostraba como las fantasías nos enredan en una gran cantidad
de complicaciones, alejándonos, por su falsedad, de la vivencia directa de
existir. De ese modo empecé a reconocer el anhelo de buscar mi
propia ruta y así me encontré amigos y hermanos mayores que me ayudaron a
saber como cada uno de nosotros puede desarrollar en su interior la capacidad
de abrirse camino a través de la oscuridad. Fue precisamente con esa actitud de búsqueda que me
encontró por primera vez la obra de Fritz Perls, «Dentro y fuera del tarro de
la basura» y «Sueños y existencia». Llegue a estos libros gracias a Alfredo
Moffat, quien lideraba la comunidad terapéutica Carlos Gardel. Tuve el regalo
de participar en esa "cura virtuosa", como miembro del equipo de
base, durante los años que existió. UNA CURA VIRTUOSA La comunidad terapéutica Carlos Gardel fue mi primer
espacio «virtual consciente». Entrábamos al manicomio (así llamábamos al
Neuropsiquiátrico Borda, de acuerdo con la semántica de «los compañeros de
adentro») en un momento sociopolítico donde volvía a hablarse de democracia,
eran los años 70. Nosotros, el «grupo de afuera», armábamos y desarmábamos
un espacio diferenciado bajo un gran árbol rodeado por una construcción
circular de cemento a la que bautizamos como La Placita. Al principio fue "una experiencia de campo"de
alumnos de la escuela de Psicología social avalados por el psicoanalista
Enrique Pichón Rivière y luego se transformó en un «experimento» único, donde
convergían psicólogos y alumnos , actores, trabajadores corporales, locos
sueltos, filósofos, ingenieros, químicos y periodistas que se sumaban a la
diversidad psicosociocultural de los internados. Lo que empezó siendo una actividad recreativa de rescate
de las raíces enajenadas por la institución, se convirtió en una complicidad
declarada que nos permitió desarrollar un método terapéutico específico,
basado en tres pilares: el grupo de mateadas liderado por Basilio Benítez, el
grupo de teatro Las Ánimas, al que yo pertenecía, y la cooperativa donde
todos podíamos aprender nuevos oficios. La consigna, «cada uno le enseña al otro lo que sabe»,
generaba hechos insólitos, como ver a Charly -un viejo inglés, iracundo y
cascarrabias, internado hacía más de veinte años, aborrecido por todos y
encargado de cuidar los cerebros en formol- preparando como un abuelito
cariñoso a Paula, estudiante de psicología, para su examen universitario de
inglés. ¡Qué decir del entrenamiento en sustancias tóxicas que
tenían los compañeros internados y que minuciosamente nos transmitían! Ningún tratado podría igualar la información que
recibimos acerca de la compraventa, usos y efectos del alcohol, la cocaína y
las anfetaminas. Aquellas fueron las mejores clases que tomé no sólo respecto
de las drogas, sino de las razones existenciales de crímenes apasionados
expresados en la desnudez de un corazón abierto, o las historias escondidas
detrás de los hijos «locos», descastados por la vergüenza social o la
especulación económica de familias de alta burguesía. Gente atrapada en extraños nudos de historias
familiares, que convivían con personas de provincias, que simplemente se
habían vuelto «locas» cuando llegaron a la capital y vieron «todo junto y tan
rápido». En la Peña contábamos con el apoyo de terapeutas ya
formados y nos contenían con su interés, como Tato Pavlovsky, Dicky Grimson o
Marta Berlín, que unos años antes se habían unido para hacer un movimiento
muy importante dentro del campo de la psicología; separarse de la APA
(Asociación Psicoanalítica Argentina) para seguir sus propios desarrollos. Sin embargo, no a todos los universitarios les resultaba
fácil integrarse, algunos veían frustradas sus expectativas de una práctica
hospitalaria tradicional y otros terminaban desilusionados cuando descubrían
que era inútil darle algunas pautas a Francisco, el presidente de la Peña,
alcohólico en estado de recuperación, hombre de espíritu puro y acción
directa que tenía la peculiaridad de que si percibía que no le hablaban desde
el alma, se ponía «loco». Decía que sólo el corazón muestra la verdad de las
cosas. Lo máximo que logramos fue que controlara su furia si le disgustaba lo
que escuchaba, y se retirara sin mucho barullo. No fue fácil lograrlo. Recuerdo la primera vez que entré al manicomio: lo hice
con la seguridad que me daba ser una estudiante universitaria, trabajadora de
teatro y militante. Ni bien atravesé el portón me vi interceptada por caras
desencajadas, manos frágiles y voces subhumanas, pidiéndome de todo.
Pidiéndome lo que sea. Enmudecí por dentro y por fuera. Así llegué a La Placita, el mandala vivo que separaba
«el ser de la nada». La Placita-mandala marcaba un borde: fuera de ella sólo
había mendicidad y desintegración; dentro de ella, un mundo confiable.
Guirnaldas de colores, carteles con frases inspiradoras, música en un viejo
tocadiscos, el fuego de la parrilla que empezaba a encenderse y ... ¡¿quién
es quién? ¿quién estaba loco y quién cuerdo?! Se me acerca un hombre mayor elegantísimo y me invita a
bailar. Acepto con un gesto simple y un único cambio: el bolso que tengo
cruzado en bandolera, me lo coloco de mochila. Es un hombre alto y rubio, que tiene aproximadamente la
edad de mi padre. Por el tacto descubro que lo que parece un traje es un
pijama celeste, limpio y planchadísimo. Mientras que el pañuelo bordó en el
bolsillo de arriba es sólo un decorado, no pasa lo mismo con sus ojos
celestes, que me miran desde acá y desde allá alternativamente. Se presenta: «Sanguinetti». Pone su mano temblorosa en mi hombro en un gesto de
suave contacto y apoyo, yo respondo con igual delicadeza abriendo la palma de
la mano izquierda y rozando su espalda revestida en seda. Me pregunta mientras bailamos: -¿Tenés miedo? -Sí -respondo, espontáneamente y con asombro. Y él me dice: -Cerremos los dos los ojos a la vez, así
te puedo poner dentro de mí y cuando estés allí, ya nadie te va a poder hacer
más nada. Así lo hicimos. Sanguinetti era el hijo «raro» de una familia pudiente,
estaba internado desde hacía una eternidad. Cada tanto, lo veía un juez
distinto que confirmaba la locura declarada por sus parientes para justificar
la administración de su herencia. Era un caballero romántico con la fe quebrada, un hombre
culto y elegante que escribía poesías y ahorraba palabras porque no podía
hablar mucho: le daba vergüenza, no podía controlar la baba ni el temblor
producido por la medicación excesiva. Fui testigo de sus lágrimas y de su
impotencia por esta limitación. Una hermandad subterránea nos envolvía; todos los que
estábamos allí sólo queríamos estar allí. Pasamos navidades míticas, años
nuevos mágicos, inolvidables cumpleaños... Pertenecí al equipo base de los organizadores de la
Peña, allí experimenté la posibilidad de encuentros humanos verdaderos bajo
cualquier condición. Estábamos diseñando un método de curación para este
tiempo y nuestra gente, con el que todos nos curábamos de un mal común: la
gran locura que nos envuelve, la locura de sentirnos solos y fuera de la
vida, ese infinito desamor que arrasa con todo. Sobre esa base crecí, y experimenté muchas dinámicas de
grupos de trabajo, variaciones frente al poder, diferentes niveles evolutivos
con relación a dar, distintas comprensiones acerca del trabajo de un líder,
la dinámica de los opuestos y el freno de esa dinámica a través de la
oposición, la diferencia entre un liderazgo llevado adelante desde las
estrategias políticas, y un liderazgo llevado adelante por la fuerza de lo
nuevo, que no puede detenerse para compaginar acciones que dejen a todos
contentos. Éramos habitantes de un espacio impregnado de religiosidad:
tal como lo indica la etimología de esta palabra, allí se producía la
«reunión de lo disperso». Los directivos del Neuropsiquiátrico se actualizaban al
vaivén de las nuevas orientaciones en psicoterapia, y nos «permitían» montar
la Peña cada vez que íbamos. Los sábados, domingos, lunes, miércoles, martes y
jueves, llegábamos como nómades, armábamos nuestro oasis y después lo
desarmábamos hasta el próximo día. La experiencia de la Peña me nutrió para el compromiso
que después asumí como terapeuta gestáltica. Y como dije antes, fue allí
donde me encontré con Perls. Compartíamos la lectura y puesta en práctica de las
ideas de Fanon, Freire, Laing o Cooper (a este último, cada vez que venía a
Buenos Aires, lo recibíamos como a alguien de la familia). Un día Alfredo nos sorprendió con un cartel en el que
aparecía una foto ampliada de Perls. La había tomado d e la tapa del libro «Sueños y
Existencia» publicado por Cuatro Vientos, la editorial que Pancho Huneeus y
Nana acababan de tener la visión y generosidad de fundar para difundir en
castellano el Enfoque Gestáltico. Alfredo se subió a un banquito y colgando el cartel del
árbol de la Peña anunció: «Les quiero presentar a un amigo nuevo, es un
doctor y se llama Fritz Perls. Tiene un nombre medio raro porque es alemán,
pero no se asusten ... es un alemán de los buenos, no le tiene miedo a la
locura y sabe, como nosotros, que cada uno tiene la locura que Dios le dio.
Todos somos un poco locos y él también. Es otro Pancho Sierra; pero cura por
la palabra, no por el agua. Es un gran médico que ya es profesor y para nosotros, un
amigo. No hace falta que se acuerden del nombre completo porque es difícil.
Con llamarlo Fritz va a estar bien; nos acompañará con esta foto, como un
pariente que vive lejos y queremos». Ese día recibí una foto de Perls como si fuera una
estampita. Y llegó el día en que se nos prohibió entrar al
hospital, era inminente el comienzo de la dictadura. Nunca más podría volver a cantar la canción con la que
cerrábamos la experiencia de los sábados, en un clima de comunión animado por
la voz tierna y graciosa del Abuelo de la Peña. Aquella vieja tonada italiana permanece inalterable en
mis oídos. a la Rosina bella
dove vai, a la Rosina bella
come stai Después nos tomábamos de las manos y en una inmensa y
extrañísima ronda cantábamos nuestro himno, el tango Mi Buenos Aires Querido,
en un coro que despertaba el anhelo mayor de cada uno: todos cantábamos el
deseo de que no hubiera «más penas ni olvidos». Durante mucho tiempo no pude ni quise regresar al Borda.
Pero allí se hacían las prácticas de psicopatología y no podía tener más
faltas sin recursar la que sería mi última materia. Tuve que enfrentarlo y
volver. Era un viernes de invierno por la tarde cuando me vi
frente a aquello que parecía una catacumba pestilente: atacada, en un
anacrónico rito vacío, por los pobres diablos de la puerta, representantes de
ese tríptico desquiciante de locura, miseria y pobreza. Crucé como una sombra entre sus eternos pedidos:
«Señorita, ¿me da un cigarrillo, un peso, un mate, un beso, conoce a mi
hermanamm ... no se lo diga, la taza, quiero la taza, no tiene un cigarrillo,
un cigggarrrrillllo ... un, un, un?» Sentía que podía tocarme el alma que se sostenía por un
pelo. Así llegué al pabellón donde estaban mis compañeros de estudio. Los
veía a través del vidrio de la puerta, sentados clásicamente en círculo: el
profesor explicaba mientras los alumnos observaban a alguien que estaba de
espaldas a mí y era «el cuadro» a investigar. Cuando entré al salón, el «caso» que estaba sentado en
el centro se dio vuelta: era Carlitos, el oligofrénico de la Peña y escudero
del Abuelo. Aquella tarde, cuando me vio, dejó de ser un objeto de
estudio asumido y se levantó como un resorte, corrió hacia mí, antes de
llegar empezó a caminar más lento y levantó los brazos invitándome a bailar
evocando esa memoria que todavía bailaba en nosotros. Así lo hicimos: bailamos por código, bailamos por los
locos, bailamos por los oligofrénicos y por los tarados, bailamos por todos,
bailamos porque cada uno se ilumina como Dios quiere y bailamos porque no
podíamos dejar de bailar, porque nos bailaba el alma cuando nos reconocimos y
bailamos porque se nos dio la gana. Durante unos minutos imposibles de relatar reímos y
lloramos, mirándonos a los ojos y enviándonos simultáneos e-mail. Nos dimos
un abrazo, saludé a todos y me fui. Esa tarde marcó un antes y un después. Ahí fue que «la
máquina» perdió supremacía en mí, el sistema no me controlaba: había bailado
y reído con la inocencia en medio del desastre. Nunca más volví. UN NUEVO VUELO DEL
ANTIGUO PÁJARO ERRANTE Después de esa extraordinaria experiencia que fue la comunidad
terapéutica Carlos Gardel, necesitaba un método de integración que me ayudara
a re-unirme y recuperar la fuerza, fue en ese momento que retomé la lectura
de las conferencias de Perls y allí lo encontré: un camino claro, dicho en un
lenguaje familiar, libre y consistente. Comencé a seguirle la pista a la manera de aquel
momento: estudiando e investigando. En ese momento descubrí al Fritz alemán, viviendo
inmerso en un campo cultural formado por la influencia de Hegel, Kierkegaard,
Nietzsche . Comencé a preguntarme cómo siendo tan joven, había
acumulado suficiente coraje para rechazar una cruz de honor que querían darle
por su intervención como medico en la Primera Guerra Mundial. Ese gesto de
autodeterminación me llevó a sospechar de su participación en una «corriente
invisible» que lo sostenía. Encontré una indicación que me conformó en una
investigación publicada por mi amigo Miguel Grimberg, donde cita un libro de
Stanley High, llamado «La revuelta de la juventud» de 1923, que dice: « En
Alemania, la revuelta de la juventud esta señalando un camino que es una
esperanza para el futuro y que los estadistas no pueden ver. Con una flamante
contracultura que se alza contra el materialismo desalmado de la sociedad
comercial, desde cada ciudad uno ve este vuelo acompañados por guitarras,
guirnaldas de flores, festivales al aire libre que anuncian el regreso al
espíritu de la naturaleza. Prevalece la camaradería y la libertad sexual.
Nada tan detestado como una autoridad convencional; reina una creencia de que
está amaneciendo la Edad Dorada de la humanidad: los participantes se
manifiestan contra la política y fuerzas espirituales están en aumento». Este
«paisaje humano» me resultaba familiar. Seguí indagando, hasta descubrir que aquel movimiento ya
se había manifestado a fines del 1800, con jóvenes del Berlín suburbano, que
se retiraban al bosque para volver a encontrar el significado de sus vidas.
De esta forma se fue gestando una cultura juvenil. Una vuelta de la fiesta de
Dionisio. En 1913, Gustav Wyneken -uno de los líderes del
movimiento- había realizado una apasionada denuncia en contra de la guerra.
El joven Perls estaba entre los muchos que habían ido a la guerra y que,
después de la derrota, se inclinaron hacia la búsqueda de un poder fuera del
mundo objetivo, ya se anticipaba el nazismo. Así supe que en Alemania, era frecuente que se
publicaran ediciones populares y completas dedicadas a temas taoístas o el
Bhagavad Gita, el libro hindú más poderoso y antiguo que describe "el
modo de ser de las cosas". Seguí ahondando y supe que dentro de este proceso, de
1924 a 1929 había aparecido en Alemania el movimiento de los Wandervogel (los
pájaros errantes), jóvenes que se congregaban en torno de experiencias
emocionales, cantos, narraciones de aventuras y la confianza en que sus
problemas personales podían superarse con el poder del amor y la amistad. El autor predilecto era Hermann Hesse, en quien había
influido hondamente el misticismo oriental, la crítica del romanticismo a la
sociedad burguesa y el psicoanálisis. Con estos datos, no me resultó difícil comprender cómo,
muchos años después, Perls se sintió tan cómodo en la California de los años
'70, cuando decidió empezar otra vez a una edad en la que otros hubieran
preferido estar solos y descansar. No lo movía ninguna pretensión académica sino el estar
satisfecho con su destino. Como él mismo decía, haber encontrado «algo útil
para que la gente pueda ser ella misma». El Perls de la Gestalt nos mostraba un nuevo vuelo del
antiguo pájaro errante que todos llevamos en el alma. ¡Qué alegría! Así pude entender con más claridad sus relatos de
visitas a monasterios Zen como si fuera a la casa de un vecino, o la
sensación de renovación que se siente cuando nos cuenta su modo de dejar la
práctica académica y vuelve a la experiencia de vivir como alguien que retoma
algo que, en otro momento, comprometió una gran porción de su alma. Para el campo de la psicoterapia, Perls estaba haciendo
una ruptura epistemológica «El neurótico no ve lo obvio, el neurótico no ve lo
obvio», repetía una y otra vez. ¿Qué es lo que no ve el neurótico?: no ve que está en
sus sueños autohipnóticos, en su diálogo interno, en su mundo especular y
proyectivo que sólo le devuelve retazos de sí mismo. ¿Qué es lo obvio? La realidad aquí y ahora, la primera y
única realidad. Él decía: recuperen el sentido común, no sean tan serios
escuchando «bostas de toros». Le molestaban los argumentos y al escuchar hablar
«acerca de» Dios, el conocimiento o lo que fuera, decía -como Osho- que todo
eso era barullo mental, contribuía al gibberish y consideraba como Heidegger,
que era «pura habladuría». Esto lo había llevado a hacer una jerarquía de «bostas»:
fue su modo de bautizar los argumentos interpretativos. Y la verdad es que cuando uno escucha un disparate, ¿qué
se puede hacer? discutirlo, analizarlo, «fijarlo», o reaccionar de un modo
más espontáneo: desinteresarse, reírse ... Eso es lo que hacen los sufis y algunos maestros
budistas, y ese era el modo en que Perls rompía con el discurso neurótico. Para mí esa era una manera normal: mi formación
manicomial me había dado paradójicamente un permiso hacia la sensatez. En
este sentido fue una escuela increíble para lo que después gracias a la guía
de Nana pude profundizar, desarrollar y luego transformar en mi profesión:
terapeuta gestáltica. Mis estudios de Jung, que ya llevaban algunos años, me
habían guiado a reconocer que la dirección del esfuerzo debía estar orientada
a convivir con la dualidad y que la actitud correcta en la formación era la
de investigar, a esto le debo valorar la duda como un encuentro con lo
indudable. Con Perls y su enfoque gestáltico me ubiqué conscientemente en la
experiencia de vivir en un mundo inmenso e infinito, de contradicciones
constantes, y así gané confianza. Con la duda construí puentes y con la confianza reconocí
el ser. Poco más tarde, tuve la bendición de conocer a la
doctora Adriana Schnake, Nana, y avanzar así en la práctica real: entraba en la
«vida viva», en la sacralidad del aquí y ahora. Nana me abrió sus brazos con amor, así pude re-unirme y
sus seminarios de formación gestáltica fueron la tierra donde formamos a lo
largo de ya mas de ... un montón de años , una nueva familia, la de los
terapeutas gestálticos. Allí crecimos, aprendimos y reconocimos,
fortaleciendo nuestros dones singulares. Mi agradecimiento y amistad
inacabable son para mi Nana y este libro en muchas de sus paginas lo
testimonia. Más tarde la vida, me impulso a atravesar otros puentes
y el ser fluyó a nuevos bosques y jardines que me esperaban… y mi vínculo con
Osho lo guardo en mi corazón. LA TAREA DEL
TERAPEUTA La curación no es algo que pueda ser localizado en
alguna parte y entonces alguien puede indicarnos donde está. No es un objeto,
es un significado abierto que cada persona tiene que crear. Es un proceso que se profundiza en cada tramo de la
vida, por lo tanto no está acabado y más la reconocemos por sus resultados que
por tener una claridad anticipada acerca de cómo movernos. Si el movimiento que realizamos trae tranquilidad,
inteligencia, serenidad y un respiro renovador entonces hemos tomado el
camino de la cura, si agrega confusión o rigidez, es lo contrario. No podemos conformarnos con el movimiento «relativista»
que nos hizo reflexionar acerca del «significado de la cura, la salud y la
enfermedad». La salud no es un valor relativo, lo que es relativo es nuestro
entendimiento ya que no podemos estar más o menos sanos. De todas maneras es
bueno decir que la salud es absoluta y la cura es un proceso. El relativismo de los conceptos no puede ocupar el lugar
de la realidad, sino estaría frenando la confianza en la percepción fresca
que tiene la nueva generación de terapeutas y estudiantes de saber, por
vivir, que «la cosa está terrible». La locura está desatada; no sólo hay una globalización
de las políticas sino también una globalización de la locura que reclama por
su opuesto, la salud. No estoy haciendo un juicio moral, no podría decir si
estamos peor o mejor o si esto es bueno o malo, ya que como dijo Laing:
«¿Quiénes somos nosotros para saber lo que es irremediable?», lo que tiene
valor es saber cómo tratamos lo que nos toca vivir. Debido a la dinámica natural de la ley de las
compensaciones, cuanto más enfermedad, más cura, cuanto más muerte, más vida
esperando su momento. Poner en juego simplemente las enseñanzas que Perls nos
dejó es de una ayuda inigualable. Podemos sentirnos cerca de ellas a través
de su lograda síntesis dada en la «oración de la gestalt». percibíamos así la
fragancia del camino del Enfoque Gestáltico respondiendo a esta invitación. Sentarse frente a otro; amigo, marido, esposa, hijo...
mirarlo a los ojos y decirle gentilmente... Yo soy yo y vos sos vos No estoy en este mundo para cumplir con tus expectativas No estás en este mundo para cumplir con las mías Vos sos vos y yo soy yo Y si nos encontramos es hermoso Y si no, no hay nada que podamos hacer Decir esto con conciencia da como resultado la
liberación del yo de identificaciones patológicas. Esto es posible sólo si
somos pacientes y nos damos el tiempo de que el otro aparezca como persona y
a pesar del malentendido y las esperanzas frustradas podamos percibirnos y
reconocernos. A veces me encuentro con críticas a esta oración. Es
comprensible si provienen de personas que recién comienzan sus búsquedas,
pero si se trata de encumbrados terapeutas o teóricos de la gestalt sólo
encuentro en ellos la precariedad de su autoconocimiento. La sencillez de esta oración y los infinitos mundos que
nos permite reconocer en los diferentes momentos de nuestro desarrollo, sólo
es comparable a la invitación de un maestro Zen. Joshu preguntó: «¿Has estado antes aquí?» «No, Maestro»; dijo el monje. Joshu le dijo: «¡Toma una taza de té! ¡Oh, mi hermano!» Otro monje llamó y el Maestro dijo otra vez: «¿Has estado antes aquí?» «Sí, Maestro»; fue la respuesta. El Maestro dijo: «¡Toma una taza de té! ¡Oh, mi hermano!» Permanentemente la vida esta invitándonos con una taza
de té, y a cada momento podemos encontrar la expectativa que nos impide
tomarla. Esto es lo que se nos revela en el proceso terapéutico, que puede:
llevar años, hilvanarse con los sucesos de la vida o cabalgar en algunos
tramos detrás de su sombra sosteniéndonos con algo de luz. En el despliegue de este proceso podemos despertar una
matriz que portamos como humanos y que nos ayuda a desarrollar aquel viaje
irremplazable, anunciado en cuanto libro serio de filosofía, psicología,
psiquiatría, sociología o poética existió alguna vez. Ese despertar puede resumirse en la letanía quechua que
dice: Nos vamos para arriba, nos vamos para abajo, para buscar al hombre. En la cima de los cielos o en el fondo de los pozos, es lo mismo si sabemos «ver». Nos vamos para arriba, nos vamos para abajo, para buscar al hombre. Pertenezco a la generación que aprendió a vivir «in
situ», con maestros o hermanos mayores. En el viaje por las culturas
indígenas, ese lugar lo ocupó Rodolfo Kusch, autor, escritor, filósofo,
antropólogo, amante de Jung y del tango; que con ojo agudizado y pasión
fundamental en el corazón me condujo a ver desde adentro. Entiendo, entonces, lo saludable como la posibilidad que
tiene cada uno de expresarse y recuperar un presente vital para escuchar la
voz interior que trama el destino individual. Aprender a seguir ese eco nos
serena, da esperanzas y autoriza a renovarnos. En este sentido el lugar psíquico especial que vamos a
preparar es el espacio de la curación, por eso la terapia es el exorcismo de
algunas heridas curadas, mientras otras nos muestran un camino de apertura
hacia una nueva gestalt. ¿Qué es gestalt? A LOS ESTUDIANTES Como resulta una pregunta corriente merece una
consideración y para aquellos que estamos destinados a responderla
necesitamos asumir el esfuerzo especial que supone reunir múltiples elementos
y encontrar síntesis cada vez más trasparentes. Para ponernos a resguardo de la dificultad que esto
trae, no me parece gran cosa inventar técnicas y crear nuevas terapias que
por afinidad intrínseca podrían estar unidas al conjunto de herramientas
existentes; sería más sencillo ponerlas al alcance de todos los terapeutas
para que puedan implementarlas, considerando la que le resulte más afín. Tampoco me parece de ayuda usar elementos de distintas
corrientes sin hacer las elaboraciones necesarias para asimilarlos dándoles
una forma personal. Laura Perls, co-fundadora con Fritz Perls de la terapia
gestáltica, insistió mucho en la diferencia entre combinar e integrar, ya que
como en cualquier expresión de lo vivo, hay siempre «algo de anormal» en los injertos
y resulta sustancialmente diferente aquello que se integra con el trabajo de
elaboración. Ella decía: «Para mí ninguna teoría es sagrada. Una
teoría es una hipótesis en base a la que podemos trabajar, una herramienta
útil que cada uno de nosotros puede emplea r para descubrir y comunicar su
enfoque personal. Y en la práctica prefiero hablar de estilos (un estilo es
una forma unificada de comunicarse y expresarse). En términos del conocimiento y práctica gestáltica, lo
que incorporamos comienza a formar parte del estilo de trabajo y a su vez
muestra una nueva estación en el desarrollo de quienes lo practican». El terapeuta gestáltico lleva adelante una acción
terapéutica no una actividad, no es algo a lo que se dedica es algo que es.
Puede resultar más claro si diferenciamos acción de actividad. Entiendo la acción como la expresión de posibilidades
vitales en busca de lo nuevo. La actividad, en cambio, es un incesante movimiento
hacia ningún lugar. Una acción es el producto de un diálogo que se disfruta
al llevarlo a cabo, y cuando termina también se disfruta descansando; en la
actividad hay un monólogo que no encuentra un camino de realización: por eso
no puede parar. Al entrar a un manicomio, lo primero que vemos es gente
que va desde la reja del edificio hasta la reja principal y desde ahí a la
puerta; algunos caminan en zigzag, mientras otros parados, mueven sus manos
como si fumaran incansablemente. Si se les quita esa actividad entran en
pánico. En un diálogo íntimo con su tarea, en su acción, el
terapeuta gestáltico entra en un romance; en esta proximidad obtiene pautas
que le permiten saber que se está moviendo y así se orienta para dejarse
llevar por las corrientes, es entonces cuando encuentra una dirección
personal. ¿Qué es gestalt y que no lo es? Considero perturbadora y
producto de viejos esquemas la interrogación acerca de «qué es esto, y si
esto, en realidad, es lo otro»; una manía de la pequeña mente tentada otra
vez a juzgar y con obstinados análisis dificulta la tarea de relacionar. Así como la geometría euclidiana fue superada por los
nuevos conceptos en física, algo parecido ocurre con el entendimiento de los
fragmentos como juicios. Pensar que dos puntos se unen en una recta implica
sostener, todavía, que la tierra es plana. La mera idea de lo lineal es una
hipótesis sin sentido. No existen rectas; empezamos por un punto que, si
tenemos el coraje y la paciencia de seguirlo, termina en sí mismo atravesado
por sus transformaciones en ese recorrido. Hace mucho que los mejores de los nuestros se han puesto
de acuerdo acerca de la unidad del acontecer. A manera de ejemplo, los místicos dicen que cada gota de
lluvia es un ángel que viene a visitarnos, y los nuevos científicos afirman
que el agua tiene memoria. Para explicarlo, recuerdan que si le sacamos una
foto a una gota de lluvia en el momento en que rebota en el piso y la
ampliamos, lo que podemos ver es que siempre toma la forma de una roseta. Sabido es que esas formas son un recordatorio de la totalidad,
como los vitraux de las iglesias, como los mandalas, las flores, los cuerpos
y los ángeles. Así antiguos místicos y nuevos científicos abandonan sus
paraguas y disfrutan hermanados bajo la lluvia. ¿QUÉ ES GESTALT? Responder a esta pregunta con hondura y satisfacción es
entrar en un desafío liberador, ya que lo que determina cada gestalt es un
todo entregándose a totalidades cada vez más abarcadoras y encontrándose a sí
mismo en cada partícula que lo forma. Por todo esto una gestalt es el camino que cada uno está
haciendo. No es «algo» hecho que requiere un entrenamiento para ser usado. Es
el romance de las formas en que cada uno encuentra la totalidad y a su vez
entra en una totalidad que lo contiene. ¡¿Y quién puede decir cuándo esto está terminado?! Aquellos que estarían autorizados para responder, por
tener una postura afinada y un «ojo despierto», disfrutan de una actitud cada
vez más existencial, basada en la aceptación de que lo que Es. Así afirman su
presente, limitándose, sin demasiado escándalo, a mostrar cómo las partes
encuentran su camino al reunirse y totalizarse. Osho dice: «Hay tres aproximaciones a la realidad: una
es empírica, de la mente científica que experimenta con el mundo objetivo y a
menos que algo pueda ser probado, no lo acepta. Otra es la mente lógica, que
no experimenta sino simplemente piensa, argumenta y a través de un esfuerzo
mental razona y concluye. Y hay una tercera aproximación, la metafórica: la de la
poesía y la religión. Estas son tres dimensiones por medio de las cuales uno
puede dirigirse a la realidad. La ciencia puede ir más allá del objeto, la
experimentación es sólo posible con lo externo. La filosofía y la lógica pueden ir más allá de lo
subjetivo. La ciencia es objetiva y la lógica y la filosofía son subjetivas. La religión va más allá, la poesía también; son puentes
de oro que unen el objeto y el sujeto donde todo se vuelve un caos, todo se
mezcla. Quisiera decirlo de otra manera: la ciencia es una
búsqueda a pleno día, donde todo es claro y es posible distinguir todo bien.
La lógica es una búsqueda nocturna, tropezando en la oscuridad. La poesía y
la religión son búsquedas crepusculares; implican una aproximación
metafórica, una relación entre dos mundos, el ‘cómo’ significa que estoy
tratando de relacionar mi conocimiento de otro mundo con tu conocimiento de
éste». Mi gestalt incluye estas tres aproximaciones: es
objetiva, subjetiva y metafórica. Es objetiva en el sentido de considerar la investigación
y su método, la duda, como un camino necesario para apreciar los detalles y
aproximarnos a la verdad del diseño de los hechos. Es subjetiva en el sentido de ubicar el centro de esa
indagación en la conciencia de aquel que indaga. Es metafórica por crear nuevos significados vivenciales
que nos permiten trascender el plano con el que iniciamos la indagación. De esto tratan las palabras escritas en este libro. |
|