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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 5
Año II Diciembre 2003/Enero 2004 |
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CUADERNOS DEL TROPICO (Letras, Arte,
Memoria)
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Konvergencias ha
recibido con sumo agrado Cuadernos del Trópico, publicación dirigida
por Santos Vergara, editada en Orán, ciudad de la Provincia de Salta,
Argentina. Santos Vergara es Profesor de Literatura y escritor, habiendo
publicado, entre otros textos, Las Vueltas del Perro (novela), El
Cuentista (cuentos), y poemas. Pero, creemos,
a la vez es historiador nato, no de aquellos que estudian en su escritorio el
desarrollo de una cultura, sino de los relatores in situ, de los que
andan para contar lo visto, lo oído, lo vivido, con pies de Heródoto y pluma
de narrador: el norte argentino bien sabe de su huella aquí y allá (nuestros
lectores deberían estar cuando cuenta que lo llaman, por ejemplo, de escuelas
remotas, perdidas en los montes, para que vaya y les relate el origen y
desarrollo de las lenguas aborígenes, o las características de sus culturas,
y para allá parte Santos Vergara, sacrificando horas de descanso después de
su semana de clases de literatura, y de los montes van bajando los pobladores
en localidades de trescientas, quinientas personas, dispuestas todas a escuchar
sus propias historias en boca de este oranense). No es
fácil, ni siquiera para los propios habitantes de Argentina, entender este
país. Sin profundizar detalladamente, por un lado están las grandes ciudades,
fuertemente industriales, en el puerto o próximas a él, con una cultura y
pasado migratorio de gran influencia europea (especialmente España e Italia);
y luego varios tipos de interior del país: la pampa húmeda, de riqueza
ganadera y cerealera, y luego el sur y el norte del país, con diferencias muy
notorias: un sur frío, territorio muy dilatado, entre la Cordillera de los
Andes y el Atlántico, de riqueza ovejera, con fuerte presencia anglosajona y
aborígenes mapuches y fueguinos, y el norte, donde se sitúan las culturas de
pasado incaico y guaraní, junto a las árabes y españolas y en menor medida
las de la Europa Oriental hacia el noreste. Santos
Vergara pertenece al universo del trópico oranense y sintetiza, como pocos,
todas estas convergencias de culturas. Daniel
López Salort Viaje
al corazón de la copla Santos
Vergara (publicado
en Cuaderno del Trópico, Orán, salta, 2003) Emprender un viaje hacia los
bellísimos parajes del Oeste de Orán es una invitación a la aventura y al
asombro, y no solamente por lo azaroso del viaje en sí, a través de las
míticas Yungas, sino porque en el extremo del camino nos espera el contacto
directo con lo más profundo de América. Entre las expresiones culturales
todavía vigentes entres los pobladores ancestrales del lugar se encuentran la copla y el culto a la
Pachamama. En busca de ellas nos aventuramos en nuestro primer viaje. La generosa invitación vino de
Eugenio Condorí, miembro de la comunidad kolla de Los Naranjos. En ese lugar
y en los primeros días de agosto, desde hace varios años, se comparte con los
habitantes de la ciudad la celebración a la Madre Tierra y se reúne a los más
auténticos copleros de toda la comarca para un memorable encuentro de cajas y
tonadas. Pero llegar a Los Naranjos no
es tarea fácil, sobre todo para quien no conoce el camino ni posee la
movilidad propia, ya que no existe una línea regular de colectivos y la ruta
es de tierra desnuda, por cornisas, ríos y selva cerrada. Queda entonces
abordar uno de los varios vehículos particulares que parten hacia allí en
tiempos de fiesta, repletos de gente, para lo cual es necesario madrugar y
aceptar el polvo del camino. Pero la relativa incomodidad del viaje para
quien no está acostumbrado a ello se compensa plenamente con la belleza del
paisaje y el interesante diálogo con los paisanos que comparten la deliciosa
travesía. El camino se inicia cerca de
Orán, a un costado de la Ruta 50, inmeditamente después del Puente del Río
Blanco, girando hacia la izquierda. Luego de superar La Cornisa y atravesar
El Oculto, el camino de tierra se bifurca con destinos diferentes. El de la
derecha se dirige hacia la Isla de Cañas (Departamento de Iruya) y el de la
izquierda desciende hacia el río con destino a San Andrés (Departamento de
Orán). Por allí, desafiando el agua y luego la tupida selva, se interna el
vehículo. Avanzamos entre grandes árboles, por un túnel vegetal, mientras
vemos en las alturas el vuelo de las aves y adivinamos en la espesura el
movimiento de la comunidad animal de la selva. Son las famosas Yungas, ahora
declaradas Reserva Natural. Más adelante el camino tiene dos desvíos: el
primero lleva a Río Blanquito, y el segundo hacia Los Naranjos, siempre sobre
la izquierda, mientras que la ruta principal continúa hacia San Andrés. Luego de un recorrido de
aproximadamente 60 kilómetros que nos lleva más de dos horas de viaje desde
Orán, trepando las alturas, arribamos a nuestro destino, donde nos recibe un
gran letrero: “Bienvenidos a Los Naranjos, corazón de Las Yungas”. El pueblo
está constituido por unas cuantas casas dispuestas alrededor de la escuela y
la plaza. Al final de la calle principal, un cerro de poca altura exhibe una
cruz, y más al fondo, emerge el cordón montañoso del Zenta, límite
salto-jujeño. El encuentro coplero se inicia
con las primeras sombras del anochecer en el local comunitaria del Centro
Kolla. De todas las direcciones han llegado las delegaciones con sus cajas y
ponchos a cuesta, dispuestas a mostrar la vigencia de una expresión que tiene
sus raíces en España pero que en América adquirió formas propias, mezclándose
con el canto indígena. La copla cantada con caja, conocida también como
“baguala” es canto mestizo, muy antiguo y de incalculable valor cultural. Así
que poder compartir este canto directamente en sus fuentes, como se comparte
el agua en la misma vertiente, es todo un placer y un privilegio que uno debe
agradecer siempre. Frente al vecindario y
eventuales visitantes, planta su delgada figura Alfredo Ala, procedente de
Río Blanquito, y golpea el parche de una caja sonora para lanzar sus primeras
coplas en su típica tonada: No soy un cantor de
pueblo ni menos de la ciudad; yo soy cantor de estancias y en caso de necesidad. Mi garganta no es de palo ni hechura de carpintero. Si quieren verme cantando echen chichita primero. Con risas, aplausos y gritos
los presentes celebran el pedido. Poesía simple, espontánea, vivencial,
dialógica, es la copla en estos parajes. Mientras el primer coplero cumple
con el deseo de humedecer su garganta, una pareja de Isla de Cañas se hace
cargo del escenario para desgranar un cálido contrapunto: Él: Me gusta la cinta
verde porque es color de
esperanza, arrimate, pues, vidita, no me tengas desconfianza. Ella: El hombre que a mí me quiera cuatro cosas ha’i de tener; olla, platos y cucharas, y qué darme de comer. Él: No me tirés con piedrita que me vas a lastimar; tirame con tus amores que
me voy a enamorar.
Ella: En la punta de aquel cerro suspiraba
un tero-tero, y
en el suspiro decía:
-Runita, cómo te quiero.
Él: De querer te estoy queriendo,
pero la gente está viendo.
La gente nada se calla;
Qué dirá el otro sabiendo. Ella: El marido que yo tengo:
ese no sabe celar, cuando
me voy con el otro él
se queda a cocinar. Como bien lo manifiesta Federico García Lorca en su
conocido romance de “La Casada Infiel”: no quiero decir, por hombre, las
cosas que ... siguen después. Pero la retirada queda cubierta con la voz
de otra mujer, Rosalía Murga, procedente de San Andrés, quien derrama sus
coplas en el mismo sentido que la anterior, en una interesante versión de
liberación femenina: Permiso, digo, señores, permiso, voy a pasar. Traigo mis alforjas llenas, propósitos para cantar. Cuando tenía catorce años busqué novio y me casé. Ahora tengo dos catorce quiero casarme otra vez. Soy casada, soy soltera, tengo ganas de joder. Sin presencia de mi pareja, soy dueña de proceder. Mi abuelo, mis bisabuelos hacían fuego de la piedra; cómo no voy a hacer yo las labores que yo quiera. Por supuesto, la aprobación de
los presentes es unánime. Rostros sonrientes, color de América y funcional,
pero también es ficción, palabra que deleita. Todos tienen una copla a flor de
labios. Tanto desafío femenino despierta el orgullo de los
varones y ahí nomás sale al ruedo don Victoriano Saavedra con su caja: Unos ojitos estoy viendo debajito de un sombrero. Esos ojitos tienen dueño y así con dueño los quiero. El amor que yo te doy es como la hojita ‘ituna; así te queda doliendo, sin esperanza ninguna. Florcita de verde oliva dentro del amor floreciste, desde el vientre de tu madre para mis brazos naciste. Dame tu mano, mocita, quiero llegar a tu nido, he sabido que andas sola, por eso a verte he venido. Abrigame con tus alas como la gallina al huevo. Olvidate lo pasado, volveme a querer de nuevo. La mujer que a mí me quiera tres cosas ha de tener: lindos ojos, linda boca, lindo modo de querer. Ella: Vidita, si me querís, vamos al par caminando. Vamos a la vista de todos, que sólo queden mirando. Pero el manantial de las coplas no se agotan ahí nomás,
insistiendo en la temática del querer, sino que a veces toma rumbos
inesperados, asumiendo otras preocupaciones del habitante de estos lugares.
Así lo percibimos en las coplas cantadas por un representante de Islas de
Cañas en las que se refiere, luego de su presentación, a la situación
económica del país y a la cultura del trabajo: Camino de Los Naranjos, medio quenqueneando,
quenqueneando. Aquí he llegado, señores, descansando, descansando. Las coplas que vu’a cantar, cantares del alma son. Han de formar un rosario, Prendidas al corazón. Dicen que están afligidos, que no han cobrado todavía. Si no les pagan, señores, la pancita está vacía. Vamos a trabajar la tierra, para sembrar papa y maíz, para alimentar a los tekis; crisis hay en el país. Si les faltan las chirolas, no se aflijan mis paisanos; teniendo vida y salud, las chirolas están en la mano. Pero ellas también quiere
expresar otros sentimientos y por eso pide disculpas: “Voy a cantar unas
coplitas para todos los runitas, con mucho respeto”, dice, y la caja marca el
ritmo de su canto: Quince novios he tenido y a los quince los dejé. A uno anduve queriendo y con él yo me casé. Si los rubios son de chala, los negros, de maíz quemao. Me quedo con mi morocho, que es el color acertao. Ya me despido,señores, ya me retiro de aquí. Puede ser que para el año vuelva pa’cantar así. El encuentro de los copleros
continúa toda la noche, incluso más allá de la organización oficial, en los
fogones de la amistad donde chicha es un río que moja por dentro, alegrando
los corazones y soltando las voces. Ponchos apretados y sombreros metidos hasta
la oreja ayudan a soportar el frío, mientras la copla se entibia junto a los
rescoldos de la madrugada. Imposible reproducir aquí tantos versos derramados
bajo el cielo nocturno de Los Naranjos, en víspera del día de la Pachamama.
También se baila en ronda al compás de la caja, alternando la caña, el
erchenko y la quena, ejecutados por conocidos músicos de la región, como Juan
Condorí (Los Naranjos), Francisco Ala (Orán), Arturo Condorí (San Andrés) y
Pablo Ala (La Tablada), entre otros. Hombres simples, aferrados al duro
trabajo cotidiano, que solamente en estas celebraciones hallan la oportunidad
para distenderse en el canto y la música, para la alegría fraterna. Al día siguiente el vecindario y
los invitados se reúnen alrededor de la Apacheta, construida en el tronco de
un naranjo de la plaza. Allí se cumple con el ritual en homenaje a la
Pachamama, ofreciendo sus frutos, alimentos y bebidas en señal de
agradecimiento por los dones recibidos de la tierra y rogando por un nuevo
año, pleno de salud y de cosechas abundosas. También aquí la copla sirve de
canal para manifestar los anhelos: Pachamama,
santa tierra, no
me comas todavía; mirá
que soy jovencito, tengo
que dejar semilla. En la tarde, mientras la caña
lanza sus quejidos al aire y los hombres apuran sus últimos sorbos de chicha,
abandono el caserío de Los Naranjos, acomodado entre los paisanos, en la caja
de una camioneta. La selva parece tragarnos en su oscuro follaje, dejando
afuera los rayos moribundos del sol. Pero yo sigo emocionado, repleto de
voces, de sonidos de cajas y de llanto de las cañas. Cierro los ojos para
paladearlo mejor. Pienso que estuve ahí, tocando la raíz de la música, el
canto autóctono de América; estuve en el corazón mismo de la copla. Es el
fondo de todo, pienso, más allá no existe más nada. El viaje valió la pena.
Ahora, quien me quita lo escuchado; será mi tesoro para siempre. |
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