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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año I Nº 2 Abril 2006 |
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TRAKL
Y TEILLIER; PARA
HABLAR CON LOS MUERTOS Adolfo Vásquez Rocca |
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La poesía de Georg Trakl, de estilo abrupto y violento, poseía
una rara densidad, en ella se une la nostalgia de la ternura y el
presentimiento del fin del mundo. Sus premoniciones de desolación no podían
ser comprendidas por sus coetáneos, confiados todavía en las apariencias del
esplendor finisecular. Tampoco se podía comprender la videncia del poeta ruso
Andrés Biely, el que escribía en 1921: “El mundo volará / por el estallido de
una Bomba Atómica / en gavillas de electrones. / Descarnada hecatombe!”. En
Trakl aparece un mundo de nostalgia y decadencia. Ya en 1917 Rilke escribía:
"la poesía de Trakl es para mí el más conmovedor de los lamentos ante un
mundo imperfecto". La de Trakl es una poesía que alude con melancolía a la casa de sus
antepasados; a su ciudad natal, al paisaje de la comarca. Allí aparece un mundo de nostalgia y
decadencia, propio de una ciudad que durante la Edad Media había tenido un
gran esplendor, y que vivía de un pasado irrecuperable. Por oposición a la
ciudad, Trakl se vuelve a la naturaleza, a la que ve exenta de la culpa de la
caída (2). Así la ciudad de Trakl es imagen de la decadencia del mundo
occidental que está relacionado con la figura poética del forastero, el
solitario, el apátrida, cuya culpa radica sólo en el hecho, por lo demás
inevitable, de existir en este mundo donde sólo habitan exiliados. En contraposición a este tipo de nostalgia, la obra del poeta Jorge
Teillier -el fundador de la tendencia conocida como poesía lárica,
giro que denomina un tipo de escritura que pone énfasis al recuerdo del
"paraíso perdido" de la edad primigenia, en la tierra ancestral,
indagando los orígenes primordiales del ser humano- hace alusión constante al terruño, a la
infancia, al hogar y al paisaje rural, pero como el lugar idílico al qué volveremos,
de allí su particular nostalgia, la nostalgia del futuro. La forma de
representación del mundo lárico es, en Teillier, el idilio, que se despliega
como representación estática de una particular forma de vida -donde los
habitantes de la aldea establecen relaciones de cooperación, correspondencia
y armonía consigo mismo, con la colectividad y la naturaleza. Una unidad de vida y
paisaje preservada sólo por el poeta, por el guardián del mito. Para Teillier “el poeta debe dar cuenta primero del mundo que lo
rodea a trueque de convertirse en un desarraigado". Este esfuerzo de
arraigo comporta una doble y simultánea operación: Por una parte una
integración al paisaje al cual el poeta pertenece y por otra, la
comparecencia de los antepasados que actúan en el proceso integrador como
figuras míticas capaces de revelar en la realidad invisible un rango más alto
de realidad, y por ello posibilitando reconocer lo que aún perdura en ella de
auténtico a pesar de la ruinosa y desoladora cotidianidad. Como indica Rilke.
"Para nuestros abuelos... cada cosa era un arca en la cual hallaban lo
humano v en la cual agregaban su ahorro de humano". En este sentido
puede hablarse de lo lárico teillieriano como una poesía genealógica que
salva la paradoja entre la aparente ahistoricidad del mito y la historicidad
concreta de la existencia humana, una realidad impregnada de trasfondos
arquetípicos, que posibilitan al lenguaje transfigurar la anécdota en mito
(3). La instalación del poeta en la patria de su infancia, en el
universo mítico de los ancestros, se cumple mediante las coordenadas
espaciales del viaje, en un caso en ferrocarril desde la capital al pueblo
sureño natal y en otro mediante el retorno poético al dominio perdido del sujeto, la infancia
tutelada por sus antepasados. "La muerte esa manzana llevada por la bruja ahora golpea los muros sin dejarnos dormir La muerte será una hoguera junto a la cual nos agruparemos Quizás alguna vez he muerto. Y era otro Todos seguimos alguna vez nuestro cortejo y hemos resucitado tantas veces en el moscardón que ronda las casas" (4). Así, desde los primeros inmigrantes colonizadores de la frontera,
van compareciendo los seres y los objetos que poblaron ese dominio perdido de
la aldea con sus generaciones y sus pequeños acontecimientos locales (juegos,
amoríos, festejos, vendimias, paseos, etc.), que descuellan únicamente por
contraste con la cíclica repetición de siembras y cosechas que acontece según
el imperecedero orden agrario. En Chile la palabra “agrario” no puede sino remitir al proyecto
utópico- socialista que el gobierno de Salvador Allende intentó implementar -la
reforma agraria (5)
- pero curiosamente, en la obra de
Teillier no encontramos referencias de
orden político. Su inspiración -de carácter no ideológico- ligada más bien a
experiencias universales de la naturaleza, la infancia y la muerte; el
carácter "arcaico" del poeta como sobreviviente de un paraíso
perdido, como testigo visionario -hoy forzosamente marginal- de esa edad
dorada de lo humano, y como "guardián del mito y de la imagen hasta que
lleguen tiempos mejores", evoca más bien a Hölderlin y a cierto clima
neorromántico propio del influjo telúrico de Georg Tralkl. Los lares de Teillier, la Frontera
en cuestión parecen ser una trasposición de mundos eslavos y germánicos sobre
la experiencia nativa del sur de Chile. En relación con lo anterior, la investigadora Carolyne Wright en "In Order to
Talk with the Dead: Selected Poems of Jorge Teillier" (6) señala que a diferencia de otros poetas latinoamericanos, en
la obra de Jorge Teillier hay una curiosa e interesante ausencia de tópicos
políticos. La violencia sobre el históricamente (re)fundado mundo de La
Frontera - los conflictos con las comunidades indígenas que habitaban esas
tierras y que fueron relegadas a territorios marginales, sintomáticamente
llamados reducciones, de manera análoga a la reducción de los restos humanos
en las tumbas, para hacer lugar a otros- no aparece en la poesía de Teillier.
Esta ausencia no puede atribuirse a un descuido del poeta - que era
profesor de historia- , sino a una condición
poéticamente necesaria para hacer posible y verosímil el ensueño de una
comunidad en que estén conciliados la naturaleza y la cultura, el pasado y el
presente, el hombre y su prójimo. Las preocupaciones políticas y sociales con las que se han
comprometido tantos escritores, no juegan, pues, en Teillier un papel relevante. Aunque "Retrato de mi padre, militante
comunista" revela la afinidad de Teillier con el ideal revolucionario,
él ha aclarado explícitamente que su poesía no ha de ser plataforma para
polémicas ideológicas (sintomáticamente, aun en "Retrato" describe
la utopía revolucionaria de su padre en términos bucólicos). En el prólogo a Muertes
y maravillas, que constituye su ideario poético, escribe: “... a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a
ideología alguna... Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una
injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las
miserias” (7). Pese a todo, en su crítica a la modernidad -Teillier- rechaza las
valoraciones de la sociedad capitalista y sus consecuencias -el exacerbado
consumismo y la desigualdad social- y propone excluirse de la vida ciudadana
o, más bien, convertirse en “poeta residente” en la Provincia, en
"comunidades" que, en su caso, afirman una forma de vida generosa y
de aldea.
Trakl: Profeta de Occidente. También la poesía de Trakl alude profusamente a la melancólica casa
de sus padres, donde era un niño que
al claro de luna salía a dar de comer a las ratas. El paisaje decadente del
otoño, la infancia, la muerte, serán los grandes temas de su poesía. Trakl, se sabe, fue un alumno mediocre, y al llegar la adolescencia
se tornó poco sociable, hablaba corrientemente del suicidio y se aficionó al
uso de las drogas. Algunos de sus biógrafos sugieren que pudo aficionarse a
éstas por influencia de su madre, la cual era opiómana. Probablemente estudió farmacia a fin de tener un más fácil acceso a
las drogas. Estudió dos años en la Universidad de Viena y de este entonces
parece datar su repulsión a las grandes ciudades. En 1953, en su estudio sobre Georg Trakl, Martin Heidegger lo llama
"poeta del occidente aún oculto, de una nueva generación renegada que
sucederá a la actual" (8), considerándolo el sucesor de Hölderlin. En su
análisis de Trakl, Heidegger señala que el destino histórico de occidente es
también el destino del linaje humano. Para Heidegger, es el habla la
que habla a través de nosotros. Habría un recíproco destino entre humanidad y
lenguaje. Es allí donde la noción de lugar es también la de reunión. Pues
tanto como existe en lo humano una extrañeza del mundo, existe en el mundo
una extrañeza del hombre, del cual el lenguaje guardaría un residuo inasible.
Heidegger, en este texto, vuelve la mirada a un idílico estado
preindustrial, mirada que se corresponde con la sensibilidad neorromántica de
los poetas líricos como Trakl, quienes están constantemente intentando
regresar a la aldea –al pueblo natal– como muestra de rechazo (velado o
inconsciente) de la ciudad moderna, creando un mundo imaginario en el cual
declara verdaderamente habitar, y en donde se da el verdadero arraigo, la
vuelta al mundo de la infancia y la confianza en la memoria y la leyenda. La
memoria como dimensión del inconsciente de la modernidad, el momento en que
acontecimiento y experiencia se singularizan en un momento único y a la vez
fundante. En la obra de Heidegger se está constantemente buscando retornar al
origen, ya sea por el camino hermenéutico, ya por las señales de ruta dejadas
en el devenir etimológico de las palabras o mediante la reconstrucción de
sentidos primigenios a través de ejemplos tomados de una vida de aldea, en la
cual se puede percibir una gran nostalgia, la misma que él –Heidegger
–reconoce en la poesía de Trakl. Una nostalgia por aquel mundo del orden
inmemorial de las aldeas y de los campos, en donde siempre se produce la
misma segura rotación de las siembras y las cosechas, de sepultación y
resurrección, tan similares a la gestación de los dioses propios de la poesía
de Hölderlin. En las obras de Heidegger vemos las cosas dotadas de vida, las
cosas vividas, el trato con las cosas cotidianas, con las cosas admitidas en
nuestra confianza, esto es lo que Heidegger entenderá como el ser de lo útil.
Poesía, naturaleza e
historicidad. Los poetas son fundadores del ser; son, por lo mismo, los
depositarios de los mitos fundacionales de un linaje, de una familia y más
tarde de un pueblo, son los únicos capaces de revelarnos el origen y la
esencia en cuya pérdida andamos arrojados en una existencia que nos vela su
manifestación. La poesía es el nombrar fundacional del ser y de la esencia de
todas las cosas, un decir por el cual sale a lo abierto por primera vez todo
aquello con lo cual luego tratamos en el lenguaje cotidiano. Por eso la poesía
nunca toma el lenguaje como una materia prima preexistente, sino que es la
poesía misma la que posibilita el lenguaje (9). La poesía es fundación del
ser por la palabra. La poesía es el lenguaje prístino de un pueblo histórico.
Un pueblo al que el poeta, como sobreviviente de un paraíso perdido, quisiera
regresar, como testigo visionario –hoy forzosamente marginal– de esa edad
dorada de lo humano. El mundo del verdadero arraigo, donde “la jornada de
trabajo en el molino y el lugar de residencia del campesino reciben el saludo
(…) Donde el molino prepara el grano que sirve para la preparación del pan”
(10). En atención al pan piensa el poeta en ese lugar de trabajo; el lugar
del trato cotidiano con las cosas, donde acontece el cuidado de lo humano. Es así como el dominio de la poesía es el de las palabras
fundacionales de lo humano, palabras que preservan una forma de vida. La
poesía es, pues, una ocupación. Su labor, como guardiana del mito, es
instalar constantemente al hombre en su origen, en su pertenencia a la
tierra, entendida ésta como la provincia, en oposición a la vida de la urbe,
donde con el advenimiento de la técnica ha acontecido el oscurecimiento del
ser (Ge-stell). Ese ver la tierra como el lugar del origen, primer y último reducto
de la lucidez, implica una reverencia religiosa ante el mundo, un temblor,
una sensación de —para decirlo con Rudolf Otto, que ejerció cierta influencia
sobre Heidegger— estar bajo la dependencia absoluta de lo sagrado. Aquí pues, la tierra es entendida como aprendizaje. Aprendizaje que
tiene lugar en el trato con las cosas mismas en su cotidianidad y el mundo es
comprendido como la resolución de la “intimidad”. La intimidad se resuelve en
el lenguaje, en el lenguaje sentido a la vez como amenaza y como inocencia.
La amenaza a través de la posibilidad del ocultamiento (pseudos); la
inocencia, a su vez, como la descuidada apertura al natural transcurrir de
los días corrientes, en el uso del mundo del lenguaje, y de las palabras como
instrumentos. Ese particular arraigo y sentido de pertenencia hace del hombre
un ser histórico. “El hombre –como dirá Ortega (11)– no tiene naturaleza sino
que tiene historia”. El hombre es lo que conserva en sí, lo que acumula. “El
hombre tiene la edad de su primer recuerdo” (12). El hombre es quien hace que
dentro de él, eso que fue, siga siendo en la forma de haberlo sido (13). El habla es pues, un acontecer que funda, que coloca un mundo, que
“pone” el ser del hombre. Este ser, es un ser dialogante, un ser que porta la
existencia como diálogo porque éste es la unidad del ser histórico, que reúne
lo que permanece con lo que se ha ido (14). Existir en el tiempo es pues
sentir nostalgia; una gran nostalgia, no sólo del pasado sino también del futuro.
Es así como el poeta no es el que escribe poesía, sino el que habita
poéticamente el mundo. El morar fundante del poeta consagra un modo de vida
ya ido, pero que el reproduce y recrea constantemente, todo esto en la
esperanza de que algún día seremos leyenda (15). Notas (1)TEILLIER,
Jorge, “Para hablar con los muertos”, en Muertes y maravillas, Ed.
Universitaria, 1971. (2)TEILLIER, Jorge, “Georg Trakl, el profeta de occidente”, En El Mercurio, Santiago (11.02.1962),
p.12. (3)DE NORDENFLYCHT,
A., En AA.VV. El Descenso. Centro
de Estudios Elénicos.UMCE. Colección
Itex. Ensayos. Santiago, 1995. (4)TEILLIER, Jorge, Crónica del
forastero, Santiago: Imprenta
Arancibia Hermanos, 1968. (5)En
las primeras décadas del siglo XX la sociedad rural chilena mantuvo la
agraria tradicional, fundada en el predomino del gran latifundio y una
jerarquía social rígida, autoritaria y paternalista. En vista de esta
situación las demandas por una reforma agraria fueron desde comienzos de
siglo una propuesta permanente de los sectores progresistas del país, como
fue en el caso de la campaña presidencial del Frente Popular en 1938. Sin
embargo, una vez en el poder los gobiernos radicales decidieron privilegiar
la industrialización en el mundo urbano, postergando al rural. Como
consecuencia, cientos de miles de campesinos emigraron a las ciudades en
busca de un mejor futuro, mientras que la economía agraria comenzó a
experimentar una crisis profunda caracterizada por su incapacidad productiva,
siendo necesaria la importación de alimentos en los años cincuenta. A
mediados de la década de 1960 con la llegada al poder de la Democracia
Cristiana, a través de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, el proceso de
reforma agraria alcanzó un impulso vertiginoso. Bajo el lema “la tierra para
el que la trabaja” el programa reformista del nuevo gobierno buscó la
modernización del mundo agrario mediante la redistribución de la tierra y la
sindicalización campesina. El nuevo
gobierno Socialista de Salvador Allende continuó el proceso de reforma
agraria, utilizando los instrumentos legales promulgados por el anterior
gobierno, con el fin de expropiar todos los latifundios y traspasarlos a la
administración estatal, cooperativas agrícolas o asentamientos campesinos.
Este proceso también estuvo acompañado de una gran efervescencia campesina
que se expresó en la ocupación o tomas masivas de predios, desatándose en el
mundo rural un clima de violencia y enfrentamiento. Al producirse
el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 la Unidad Popular había
expropiado cerca de 4.400 predios agrícolas, que sumaron más de 6,4 millones
de hectáreas. El viejo orden latifundista que había prevalecido por más de
400 años había llegado a su fin. En las dos décadas siguientes el modelo neoliberal
irrumpió en el mundo rural, produciéndose el traspaso de la tierra a nuevos
capitalistas, quienes modernizaron la producción agrícola y convirtieron en
proletarios a los campesinos del campo. (6)WRIGHT, Carolyne, In order to talk with the Dead, -Parahablar con los muertos- Universityof
(7)TEILLIER, Jorge, Muertes y maravillas:
Poemas 1953-1954. Santiago, Chile, Editorial Universitaria, 1971, p. 13. (8)HEIDEGGER, Martín, Interpretaciones de la poesía de Hölderlin,
Barcelona, Ariel, 1983. (9)HEIDEGGER, M., Interpretaciones sobre la
Poesía de Hölderlin, Ed. Ariel, S. A., Barcelona, 1983, p. 63. (10)HÖLDERLIN, Recuerdo, Poema (IV,
61 ss.), aparecido por primera vez en el Almanaque de las Musas de
Seckendorft, el año 1808. (11)ORTEGA Y GASSET, Historia como sistema, VI, p. 40,
Revista de Occidente, Madrid, 1958. (12)BARQUERO, Efraín, En artículo “Los Poetas de los Lares” escrito
por Teillier y Compilado por Ed. Sudamericana como “Jorge Teillier, Prosa”,
Santiago, 2001. (13) Aquí, ante el peligro de concebir al
hombre como un ser constituido fundamentalmente de pasado - “el hombre es lo
que ha sido”-, cabe aclarar que en el marco de la concepción existencialista,
tanto de Ortega como de Sartre, el hombre aparece también como proyecto y
porvenir. En este sentido son clarificadoras las afirmaciones de Sartre en El
Ser y la Nada, “Soy el ser por el que el pasado viene al mundo, pues para que
‘tengamos’ un pasado es preciso que lo mantengamos en la existencia gracias a
nuestro proyecto hacia el futuro” (L’etre et le néat, p. 580), de modo que es
el futuro el que decide si el pasado esta vivo o muerto. (14)Aquí queda abierta otra reflexión, la de
los “no lugares” y su relación con la absoluta simultaneidad –lo que en otro
apartado llamo La era de la llegada generalizada-. Al respecto cabe decir, de
manera sucinta (dado que el paso de lo real a lo virtual nos sitúa en otro
imaginario), que “en la realidad virtual, la transparencia absoluta converge
con la absoluta simultaneidad. Esta instantaneidad de todas las cosas en la
información global es lo que –con Baudrillard –llama ‘tiempo real’. El tiempo
real puede verse como el Crimen Perfecto (Baudrillard, J. Barcelona 2000)
cometido contra el mismo tiempo: porque con la ubicuidad y la disponibilidad
instantánea de la totalidad de la información, el tiempo alcanza su punto de
perfección, que es también su punto de desaparición.” Y, esto por supuesto,
porque un tiempo perfecto no tiene memoria ni futuro. BAUDRILLARD,
Jean, La Ilusión Vital,
Pág. 57, Ed. Siglo veintiuno, Madrid, 2002. (15)TELLIER, J. “Noreste” (Periódico de poesía, Santiago, 1989):'Tener nostalgia es tener patria en el tiempo'. |
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