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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 3
Año I Abril/Mayo 2003 |
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EL
TEMA DE NUESTRO MUNDO Arturo García
Astrada (Argentina) |
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Sine
ira et studio En
1923 Ortega y Gasset escribió El tema de nuestro tiempo. La íntima
vinculación entre tiempo y mundo es tan obvia que en la Edad Media, por
ejemplo, los conceptos de mundus y saĕculum llegaron casi
a identificarse. Con esta advertencia, y como homenaje a Ortega, a esta
conferencia la hemos titulado El tema de nuestro mundo. Es
indudable que el destino nos ha deparado vivir en una época difícil. Època es
una palabra derivada del griego ĕлохή, epojé,
que significa poner entre paréntesis, detener algo de mayor extensión. Pues
bien, la infinitud de la realidad última y Total –cualquiera sea el nombre
que demos a lo que en verdad es inefable- y su infinito ir aconteciendo no se
muestra total y simultáneamente en ningún momento determinado, en ningún
momento finito. Muestra algo de su infinitud y oculta el resto; practica,
pues, una ĕлохή. El resultado de ésta es una
época. La realidad se va mostrando, pues, epocalmente y esto supone que una
época nace y, como todo lo que nace, también muere. Desde la Edad Media, a
una época larga desde la cual se empiezan a contar los años, se la llama era.
Cada
época vive su propia limitación, su esencial finitud, su inevitable fracaso
pero, al mismo tiempo, lucha por superar sus limitaciones y por trascenderse
a sí misma. Esta lucha, sin embargo, no es igual para todas las épocas. Las
hay en que ella se realiza desde un coherente sistema de ideas, de creencias,
de valores, que en su conjunto constituyen un mundo pleno de luminosidad. En
cambio pareciera que lo propio de la nuestra fuese la desorientación, el
desarraigo, el vivir en medio de una intemperie que implacablemente nos
castiga. Hemos nacido tardíamente para un mundo que va perdiendo su vigencia
y tempranamente para otro que comienza. Por eso la nuestra es una época
crepuscular: una luz está apagándose y la otra aún no ha llegado. Pero
nosotros no debemos desesperar de esta situación, sino hacernos cargo de
ella, hacer cada uno su propia experiencia y abrirnos al diálogo y al ámbito
de la esperanza. Para
comprender el mundo actual pareciera que los sistema filosóficos resultasen
insuficientes. Un riesgo que siempre ha acechado a éstos es caer en un
escolasticismo, de cualquier índole que éste sea. Es posible que nosotros
encontremos un amplio y hábil despliegue de la razón y que, sin embargo,
advirtamos al mismo tiempo, que este despliegue racional fuera como si se
moviese en el vacío. Muchas veces pareciera que tras una construcción
racional implacable no hay una experiencia que la funde y le dé su constante
sustento. Librada a sí misma, la razón puede llegar a los más inverosímiles
extremos. Goya, a uno de sus grabados lo tituló El sueño de la razón
produce monstruos. Por
cierto que la razón es la vía correcta que nosotros debemos seguir para
desarrollar cualquier demostración. Pero el problema que se plantea es que la
razón para seguir un proceso de demostración parte de ciertos principios que
ella no puede demostrar. El principio se muestra, pero no se demuestra. El
proceso demostrativo, pues, no se basta a sí mismo sino que depende de un
principio que escapa a la razón ya que ésta sólo a partir de ese principio
puede ejercerse. La crisis de las ciencias se origina cuando se llega a tener
conciencia de esta limitación. Nuestra
época hace un despliegue colosal de la razón y los éxitos de la ciencia y de
la técnica son un ejemplo de ello. Pero pareciera que este mismo despliegue
fuera envolviendo la conciencia del hombre, aprisionándola en una red que
cada vez más va mostrándose como carente de sentido. El hombre se mueve asfixiado
dentro de ella, sintiendo el total irracionalismo de esta extraordinaria
construcción racional. Ésta no le da tregua para que pueda recogerse en sí
mismo, para ensimismarse, para llegar a conocerse a sí mismo. Es como si el
hombre fuera enredándose y desplomándose en aquella red, incapaz de
recuperarse a sí mismo y tener una auténtica experiencia. Nunca,
y menos en momentos como los actuales, debemos apartarnos de la experiencia;
ella es la que nos suministra todo el saber de que seamos capaces. Mientras
recorramos sus senderos, mientras no la extrapolemos, ella es un ámbito
seguro. Pero la experiencia es múltiple y muy diversa. La más extendida, la
más sencilla, la más modesta es la experiencia sensible. Esta experiencia,
sin embargo, corre el riesgo de ser desorbitada al considerarla el fundamento
único y excluyente de todo pensar y conocer. En la medida que cometamos esta
extrapolación y la consideremos el único criterio de verdad, la llamada
experiencia sensible deja, inmediatamente, de ser experiencia, porque nada
tiene para experimentar. Sólo puede vagabundear ciega, en un ámbito que no le
pertenece. Junto
a la experiencia sensible están, entre tantas otras, la experiencia del
pensar, la experiencia poética, la experiencia del lenguaje, la experiencia
del amor, la experiencia existencial. Esta última tiene, a primera vista, una
connotación que quizás convenga tenerla presente cuando se hable de las otras
experiencias. En la experiencia existencial, el sujeto que hace la
experiencia somos nosotros mismos y el objeto experimentado también somos
nosotros mismos. Sujeto y objeto diluyen sus límites; sujeto y objeto son lo
mismo. Esta falta de límites, esta inmediatez, este ser lo mismo el sujeto y
el objeto, ¿podrá, de algún modo, ser extensivo a otras experiencias? (Dicho
entre paréntesis, esta experiencia donde sujeto y objeto confunden sus
límites es la que encontramos también en esa extraordinaria aventura del
pensamiento que es la física actual, la física relativista, la física
cuántica, la física subatómica en general. Es, en verdad, una especie de
mística contemporánea). Nos
quedemos, por el momento, con la experiencia existencial o sea la experiencia
que el hombre hace de sí mismo y consigo mismo. Pero ¿dónde termina el hombre
y comienza lo Otro, si es que hay Otro? Dilucidar este tema no es el
propósito de esta conferencia. Sólo recordemos que el hombre es un ser en
el mundo, recordemos que yo soy yo y mi circunstancia; que el
hombre se proyecta en el mundo y que el mundo se proyecta en el hombre y que,
quizá, en estas proyecciones muchos caminos sean los mismos. Por no
ser ahora nuestro tema, silenciemos lo que el hombre es y sólo repitamos,
haciéndolas nuestras, estas palabras de Heráclito: "No podrás descubrir
los límites del alma aunque recorras todos sus caminos y ello es debido a la
profundidad de su Logos" (Diels, Frag.45). Empecemos,
entonces, por lo aparentemente más fácil, o sea por el mundo. Pero no por el
mundo en general, no por el mundo como horizonte para la realización del
hombre, ni tampoco por el fascinante mundo de la física cuántica, sino por
este mundo que actualmente habitamos, por este 2001 Odisea del espacio. Nuestra
época no es solamente una más en el sucederse de los años, sino que tiene
características exclusivas tan graves que hacen que, en la historia conocida,
nunca el hombre haya protagonizado una situación semejante. En otras
ocasiones he registrado algunos de los hechos que configuran nuestro presente
que, insisto enfáticamente, no tienen ningún antecedente en la historia. Éstos
son: 1) El
maravilloso avance de la ciencia y de la tecnología hasta alcanzar niveles
insospechados. Hay que señalar, sin embargo, en lo que respecta a esta
última, sus aspectos positivos y sus aspectos negativos. 2) Los
viajes espaciales, la llegada del hombre a la Luna y los actuales estudios
para una posible colonización de la misma y de Marte. 3) Dos
guerras mundiales y, prácticamente, una ininterrumpida sucesión de guerras en
el escenario del planeta Tierra. 4) Las
bombas atómicas caídas en Hiroshima y Nagasaki y, desde entonces, una
permanente amenaza nuclear que, como espada de Damocles, pesa sobre la
humanidad, la que podría desaparecer, ya sea por un acto de locura del
hombre, o por una falla de la tecnología. 5) Los
holocaustos, los genocidios y la casi continua acción de las guerrillas y la
represión de las guerrillas. 6) La
globalización del terrorismo, de consecuencias imprevisibles y catastróficas
como lo han puesto de manifiesto los ataques del 11 de Septiembre del 2001 a
los centros neurálgicos del poder militar y del poder financiero de la única
Superpotencia del mundo actual, que tuvo que soportarla en medio de una total
y absoluta indefensión. No hay Guerra de las Galaxias ni Escudo
Antimisilístico que pueda evitar el peligro. Se trata de una nueva guerra
donde el enemigo puede estar, como fantasma, dentro de las fronteras del
propio país. Se trata, como dice el presidente de los Estados Unidos, George
Bush, de un enemigo diferente. 7) Una
nueva forma de terrorismo biológico: las armas bacteriológicas y los gases
neurotóxicos, ante los cuales los ténicos han declarado su impotencia para
contrarrestar esta clase de violencia. 8) El
enfrentamiento, durante 13 siglos, entre el Islam y Occidente, llega en nuestros
días a una crisis que parece definitiva. Una décima parte de las profecías de
Nostradamus, escritas en el Siglo XVI, están dedicadas a este tema. 9) La
degradación ecológica ha empezado a alarmar a los científicos. El meteorólogo
británico M.Hulme dice que en los últimos 25 años el mundo se ha calentado a
un ritmo de entre 0,1º y 0,2º centígrados por década y agrega que si esto
continúa habrá más sequías, más huracanes, más inundaciones y más
enfermedades, todo con consecuencias incalculables en la sociedad humana. Se
estima que a fines de este siglo la temperatura promedio se habrá
incrementado en 6 grados. En 1970 el Club de Roma hizo una severa advertencia
a la humanidad: los recursos del planeta Tierra se acaban. 10)
Los Protocolos de Kioto son, también, alarmantes. El efecto invernadero causa
el acelerado deshielo de los casquetes polares que elevará el nivel de los
males poniendo en peligro extensas áreas de las costas y, por tanto, ciudades
como Nueva York, Londres, Buenos Aires, Río de Janeiro y muchas otras. 11) El
descubrimiento del código genético con las imprevisibles consecuencias que
puede acarrear la ingeniería genética, donde todo es posible, desde el cambio
de sexo hasta la procreación sin sexo, por medio de la clonación. 12) La
falta de trabajo y de empleo para el hombre, hecho que será cada vez más
dramático y que la tecnología no puede solucionar porque es una consecuencia
de la tecnología. Sofisticados ordenadores, la robótica, las
telecomunicaciones, la realidad virtual, son pulverizadores de los puestos de
trabajo. 13) La
globalización de la economía. Dineros oriundos de diversas naciones se reúnen
en Multinacionales y se desentienden de sus respectivas naciones, circulando
en busca de mejores posibilidades. El Estado ya no tiene poder, sino que el
Poder usa a los Estados para que ayuden a administrar el dinero con el cual
se ha consustanciado. El Poder, que ya no reconoce límites, tiene un rostro
anónimo, es una sociedad anónima que, por el momento, actúa con la máscara de
la democracia. En este proceso de la globalización, una institución creada
después de la Segunda Guerra Mundial, como las Naciones Unidas, ha sido
desbordada y se ha vuelto obsoleta. Como ironía del destino, o quizás, como
una nostálgica despedida, a esta Organización se le ha concedido el Premio
Nobel de la Paz 2001. 14) El
enriquecimiento a razón geométrica de unos países y el empobrecimiento de
otros. Igualmente, dentro de un país, la acumulación de riquezas en unos
pocos y la miseria en los demás. 15) La
explosión demográfica. Según proyecciones realizadas por un grupo de
demógrafos reunidos en Austria para analizar los datos de la población
mundial, ésta-si no pasa nada extraño- alcanzaría a fines de este siglo 9000
millones de habitantes, de los cuales el 40% tendría más de 60 años. En la
actualidad, nueve de cada diez niños nacen en lo que hasta hace poco se
llamaba el Tercer Mundo. 16) El
problema del lenguaje en el cual ha sido puesta prueba de fuego la palabra
ante el avance del ordenador que va imponiendo nuevos lenguajes como
consecuencia de combinaciones binarias. Desde la rigidez de esta dualidad, el
ordenador va embotando y alienando la conciencia del hombre con una
avasallante sucesión de códigos, siglas y slogans, donde el contenido
semántico, acumulado por siglos, es un convidado de piedra. En la actualidad
hay una difundida opinión de que el lenguaje sólo es un instrumento de
comunicación y de información, y así como hay una máquina de calcular,
también puede haber una máquina del lenguaje. Con ella el lenguaje se
quedaría en el más bajo de los niveles, sólo apto para expresar relaciones
superficiales. 17)
Caducidad de conceptos, valores, instituciones y costumbres desde las cuales
el hombre ha vivido por milenios. 18)
Como consecuencia de todo lo anterior, la corrupción y la impunidad de la
corrupción, como mancha de aceite se extienden por el mundo. Esta corrupción
se acrecienta en los poderosos. Quien tiene este poder y es inescrupuloso no
quiere reconocer nada que esté por encima de su voluntad. Por eso siente
necesidad de infringir leyes y valores y acumular riquezas que, para
consumirlas, la eternidad le sería insuficiente. Siente además, la necesidad
de llevar a su máxima expresión la impunidad porque de este modo su voraz
ambición lo hace sentirse cercano a la morada de los dioses de la cual sólo
le falta expulsar a la Divinidad para que no haya problemas y todo resulte
más fácil. Al respecto hay una parábola que ilustra esta situación. Un
general vencedor de una batalla descansa al pie de una montaña que acaba de
conquistar. En determinado momento levanta la cabeza y en la cima ve a
alguien que no conoce. Sube muy enojado a la montaña y le pregunta quién es.
El desconocido le contesta con otra pregunta: "¿Quién es tu superior?".
"El rey", le contesta el general. "¿Y quién está encima del
rey?", vuelve a interrogar el extraño. "No hay nada por encima del
rey", dice el militar. "Pues bien", termina afirmando el
extraño, "yo soy esa Nada". En
verdad, pareciera que en nuestro mundo se cumpliesen las palabras de
Nietzsche cuando afirmaba que el desierto crece y profetizaba el
advenimiento del nihilismo. Todo este panorama, bastante preocupante, tiene
en virtud de la informática y de la isocronía universal, una vigencia actual
en todos los lugares del planeta. Aunque en este caso a nivel tecnológico,
uno recuerda las palabras del poeta escocés James Thompson: No toca uno
una flor sin perturbar alguna estrella. El totalitarismo tecnológico
anticipado por George Orwell en su novela 1984 tiene ahora vigencia
casi plena; también la tiene el nihilismo profetizado por Nietzsche. Desde
el siglo pasado las mentes más lúcidas de Europa vienen dando testimonio de
esta crisis terminal. Quisiera recordar algunas expresiones acuñadas por esos
pensadores. Hegel,
en la Fenomenología del Espíritu escribe: "El Espíritu que se
forma va madurando lenta y silenciosamente hacia la nueva figura, van
desprendiéndose, fragmento tras fragmento, de la estructura de su mundo
anterior y los estremecimientos de este mundo se anuncian solamente por medio
de síntomas aislados: la frivolidad y el tedio que se apoderan de lo
existente y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos
premonitorios de que algo otro se avecina". En forma parecida se expresa
Feuerbach cuando dice que "quienes entienden el lenguaje que habla el
espíritu de la historia del mundo no se podrán sustraer al acontecimiento de
que nuestro presente constituye el término de un gran período de la humanidad
y de que, precisamente por eso, es el comienzo de una nueva vida". El
mismo sentido tienen estas palabras que Goethe dirigiera a su amigo Eckerman:
"Me parece ver llegar la época en que Dios no encontrará ya alegría en
ella y tendrá que dispersar todas las cosas para lograr una creación rejuvenecida".
También Nietzsche, quien vivió tan dramáticamente su siglo, experimentó que
una época moría y una nueva comenzaba. En el Anticristo escribe:
"Y se computa el tiempo partiendo del dies nefastus con que nació
esta calamidad, ¡desde el primer día del cristianismo! Y por qué no, mejor,
desde el último. ¿Desde hoy?". De Augusto Comte son estas palabras:
"Sin un nuevo poder espiritual, nuestra época, que es una época
revolucionaria, producirá una catástrofe". Un lúcido pensador católico
español, Donoso Cortés, decía alrededor de 1849 que "este cataclismo
universal va haciéndose inevitable". Y en su Discurso sobre la
situación de España, agregaba: "Todo anuncia ... una crisis próxima
y funesta ... Hoy día ... todos los caminos conducen a la perdición ..." Desde el
ámbito de la filosofía citemos finalmente a Heidegger. Escuchemos lo que dice
en Gelassenheit: "Ningún humano, ningún grupo humano, ninguna
comisión, aunque sea de eminentes hombres de estado, investigadores y
técnicos, ninguna conferencia de directivos de la economía y la industria
pueden frenar y ni siquiera encauzar el proceso histórico de la era atómica.
Ninguna organización solamente humana es capaz de ejercer dominio sobre la
época". En una entrevista que le hiciera la revista alemana Spiegel
en 1966 y que, por pedido de Heidegger, recién se publicó después de su
muerte, éste dijo que "sólo un dios puede salvarnos". Leamos aun
otras palabras de Heidegger que están en Superación de la metafísica:
"Antes que el Ser pueda acontecer en su verdad original... debe el mundo
ser forzado a su desmoronamiento y la tierra a su desvastación y el hombre a
su puro trabajo. Después de un largo tiempo de este hundimiento acontece el
súbito instante del comienzo". Desde
el punto de vista de la poesía contemporánea, una descripción apocalíptica la
encontramos en T.S.Elliot, uno de los grandes poetas de este siglo. En 1922
escribió La tierra yerma, donde leemos estos versos: Qué es
ese sonido alto en el aire murmullo
de lamento nocturno, quiénes
son estas hordas encapuchadas pululando por
llanuras sin fin, tropezando en tierra agrietada cercada
sólo por el liso horizonte qué es
esa ciudad sobre las montañas que se
agrieta y se reforma y estalla en el aire violeta torres
que caen Jerusalén,
Atenas, Alejandría, Viena,
Londres, irreales? Podríamos
seguir acumulando testimonios de que todo lo que nace en el tiempo en él
también muere. Podríamos escuchar lo que dice la física, cuando enuncia el principio
de entropía, lo que dice la astrofísica cuando habla de agujeros negros
o del Big Crunch; lo que dice la astrología, cuando basándose en
la teoría de la precesión de los equinoccios, enunciada por Hiparco de Micea
(190-120 a.C.) afirma que estamos viviendo el fin de una era, la de Piscis, y
entrando en otra, la de Acuario; lo que nos dice la tradición Hindú, cuando
designa a nuestra época como el período final del Kali-Yuga o sea el
final tenebroso de un Manvatara que, para esta tradición, significa el
ciclo completo de una manifestación del Universo. La
idea de que toda época llega a su caducidad y término no es nueva, por
cierto, en la historia del pensamiento humano. El hombre arcaico ya tenía
conciencia del principio y del fin de un período temporal, y que en su
transcurso, en el transcurso del mundo profano, todas las formas vigentes en
él se iban gastando. Producido el desgaste final, esas formas vuelven a la
unidad primordial, a la cointidentia oppositorum, donde sus límites y
sus individualidades se disuelven. Se retorna, pues, al Caos previo a
la creación. Por eso el hombre arcaico creía en la necesidad de ciertos
ritos, de ciertas fiestas, de ciertas orgías mediante las cuales se producía,
por el acto cosmogónico de la creación, un nuevo mundo. El primitivo veía
este proceso de fin y de regeneración como un ciclo siempre repetido, o sea
que postulaba el eterno retorno. La misma actitud encontramos en las
venerables tradiciones de sabiduría como la persa, la hindú, la egipcia, la
griega, la azteca, etc. En
Grecia, el eterno retorno no es sólo la consecuencia de una herencia mítica,
sino también el resultado de un lúcido pensar y del ejercicio de la razón.
Esta teoría ya está presente en el inicio de su filosofía y tiene sus
supuestos en el más antiguo de sus fragmentos, el de Anaximandro,que dice:
"Desde donde las cosas tienen su origen, ţŇ ä∏єįρov
lo ilimitado, allí regresan necesariamente. Dicha teoría encuentra su
culminación en Aristóteles quien hace una explícita afirmación del eterno
retorno, como podemos leerlo en De Generatione et Corruptione:
"La generación es necesariamente cíclica y, por tanto, si es necesario
que tal cosa exista en este momento, también es necesario que haya existido
antes; y si tal cosa es necesario que exista ahora es necesario que ella se
produzca después, y así eterna y continuamente ..." (Lib.II, XI, 338,
a.10). En
Occidente, por influencia de San Agustín, que condenó la teoría del eterno
retorno, éste se eclipsó totalmente. Recién vuelve a insinuarse con Hegel
para quien, como para Aristóteles, la circularidad del Absoluto supone el reencuentro
del fin con el principio. ¿Supone esto el eterno retorno? Al respecto Hegel
guardó silencio y este silencio fue motivo de crítica de Schelling, quien
dijo que la explícita afirmación del eterno retorno tendría que haber sido la
necesaria consecuencia del pensamiento hegeliano. Recién
fue Nietzsche quien reactualizó, en forma brillante, el eterno retorno. En Voluntad
de Poder, afirma que "el que todo retorna es la más extrema
afirmación del mundo del Devenir al mundo del Ser. Cumbre de la meditación".
Escuchemos estas palabras que están en Gaya Ciencia: "Qué pasaría
si un demonio te persiguiese de día y de noche en tu más apartada soledad y
te dijese: Esta vida, tal como la vives y has vivido deberás vivirla aún una
vez más y aún incontables veces; y nada nuevo habrá en ella sino que cada
dolor y cada alegría y cada pensamiento y cada suspiro y todo lo
indeciblemente pequeño e indeciblemente grande de tu vida debe repetirse en
tí y todo en la misma serie y sucesión; e igualmente esta araña y también
este instante y yo mismo". En la
poesía argentina hay algunos casos en que el eterno retorno está presente.
Está por ejemplo en estos versos del Martín Fierro donde José
Hernández, hablando del tiempo, canta: No
tuvo nunca principio Ni
jamás acabará. Porque
el tiempo es una rueda Y
rueda es eternidá. Está,
por cierto, en La noche cíclica de Borges, que empieza con estos
versos: Lo
supieron los arduos discípulos de Pitágoras Los
astros y los hombres vuelven cíclicamente. Pensar
la eternidad es pensar la eternidad del Ser que eterna e interrumpidamente
está aconteciendo. Pero, como ya dije antes, en este eterno acontecer el Ser
va donándose epocalmente y esto significa que lo hace en forma rítmica y
acompasada. A cada
uno de estos lapsos o compases con que la eternidad se va midiendo los
griegos lo llamaron eón. Aristóteles, en su obra juvenil Sobre la
filosofía, vincula cada eón a grandes figuras históricas. Los
griegos toman esta teoría de la Persia de Zoroastro pero, en realidad, está
en todas las tradiciones del pensar. En el hinduísmo, por ejemplo, se habla
de kalpas, es decir de períodos de la eternidad que van desde el
nacimiento hasta la destrucción de un mundo. La eternidad, entonces, va
donándose en estos kalpas o eones cuyas duraciones son
aproximadamente de 2000 años y aún más. Algunos
historiadores, Mircea Eliade entre ellos, afirman que en el
judeo-cristianismo la eternidad no se da bajo la forma de eterno retorno lo
cual, en líneas generales, es más o menos aceptable. Sin embargo, podemos
advertir admirables excepciones, tanto en el Antiguo como en el Nuevo
Testamento. Veamos este paisaje del Eclesiastés: "Lo que fue,
eso será. Lo que ya se hizo, eso es lo que se hará; nada nuevo se hace bajo
el sol" (1,9). Y leemos estas palabras de la Segunda Carta de San
Pedro: "En otros tiempos hubo cielos y hubo tierra, salida del agua y en
el agua asentada por la palabra de Dios; por lo cual el mundo de entonces
pereció anegado en el agua, mientras que los cielos y las tierras actuales
están reservados por la misma palabra para el fuego en el día del
juicio..." (11,5-7). La idea de mundos anteriores fue sostenida también
por algunos Padres de la Iglesia como Clemente de Alejandría y Orígenes. En
esta teoría de la sucesión de los eones había cambios profundos en el
paso de uno de ellos a otro pero no, necesariamente, un apocalipsis,
en el sentido no sólo de revelación sino también de destrucción total y nueva
creación. Sin embargo, en uno de esos pasos se produciría un apocalipsis y,
en la idea de eterno retorno, una sucesión de ellos. Parecería que en el caso
de una destrucción total apocalíptica se centrara la causa en un elemento.
Hemos visto en la citada carta de San Pedro que la destrucción del mundo
anterior fue por el agua, la del presente será por el fuego. Santo Tomás en
el tratado de los Novísimos, confirma las palabras de San Pedro:
"El mundo anterior, dice, fue destruido por el diluvio; más al final
todo será destruido por el fuego" (Sum.The.,q.74,a.3). Para
limitarnos sólo a Occidente, en lo que se refiere a cambios apocalípticos
recordemos a Empédocles, cuando hablaba de las eternas creaciones y
destrucciones del mundo debidas a la supremacía alternativa de los principios
del amor y del odio. Recordemos el fragmento 30 de Heráclito, donde dice que
"este mundo que fue eternamente, es y será un fuego siempre viviente que
se prende y se apaga con medida". Recordemos estas palabras de Platón
que podemos leer en el Político, 2.c.: "Este universo, que es el
nuestro, ora la Divinidad conduce el conjunto de la revolución circular, ora
lo abandona a sí mismo, una vez que las revoluciones han alcanzado en
duración la medida que conviene a este universo...". Y, a continuación
Platón nos dice que el cambio de dirección va acompañado de terribles
cataclismos destructores de los cuales se suceden nuevas y eternas
regeneraciones. Recordemos, también, los textos apocalípticos del judaísmo
tardío como las visiones de profetas como Ezequiel, Zacarías y Daniel, la ya
citada carta de San Pablo y, fundamentalmente, el Apocalipsis de San
Juan. Para
terminar en estas eras de cambios apocalípticos, veamos cómo se
mitologizaron desde América (¿América es Occidente?). Recurramos al Popol
Vuth, verdadero génesis de los indios quichés que poblaron lo que hoy es
Guatemala. Leamos: "Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso,
todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado y vacía la extensión del
cielo ... Llegó entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la
oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí ... se pusieron de acuerdo,
juntaron sus palabras y sus pensamientos. Entonces se manifestó con claridad,
mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre ...
Entonces fue la creación ... de la tierra; del lodo hicieron la carne (del
hombre). Existieron y se multiplicaron ... pero no se acordaron de su
creador, de su Formador; cayeron en desgracia ... un gran diluvio se formó
... y fueron muertos, fueron anegados ... se oscureció la faz de la tierra y
comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una llevia de noche" (1,
cap.1-3). Esta
teoría de una repetición eterna, de una destrucción y una reconstrucción
periódica del Universo, no sólo pertenece al ámbito del mito y del pensar,
sino que también se ha instalado en la problemática más actual de la ciencia,
y lo curioso es que se haya instalado en ella a raíz de lo que parecía más
contrario a una repetición cíclica: la idea de la irreversibilidad del
tiempo, la llamada flecha del tiempo –idea sugerida del segundo principio de
la termodinámica-. Esta tesis es desarrollada por Prigogine –Premio Nobel- y
se basa en una nueva interpretación del Big Bang y la muerte térmica del
universo. El rechaza la singularidad del Big Bang y, por lo tanto, de un
origen único del universo, lo que hace concebible que otros universos hayan
precedido al nuestro y puedan sucederle. De este modo Prigogine sostiene que
el orden de nuestro Universo no es un orden superviviente de una progresiva
degradación, sino un orden producido a raíz de una explosión entrópica.
Nuestro Universo no sólo se encamina sino que también procede de un proceso
entrópico anterior. En su libro El nacimiento del tiempo sintetiza su
teoría diciendo que "hace comenzar el Universo de una inestabilidad, que
es un concepto muy distinto al de singularidad. En el caso de inestabilidad
la aparición del Universo se puede comparar a un cambio de fase. El Universo,
como nosotros lo vemos, es entonces el resultado de una transformación
irreversible, y proviene de otro estado físico". ¡El Universo, agregamos
nosotros, una ave Fénix, muriendo siempre y siempre renaciendo de sus propias
cenizas! El
cambio de era anterior al nuestro fue, dicho históricamente, el fin
del Imperio Romano y el comienzo del cristianismo; dicho astrológicamente, el
paso de Aries a Piscis. De ello han pasado 2000 años y, por lo tanto, estamos
ahora en una situación en cierto modo semejante. Ahora también estamos en el
cambio de un eón a otro; en el cambio de Piscis a Acuario. Ciertamente
nadie puede saber que el paso de un eón a otro sea apocalíptico, con
terribles cataclismos destructores. Según palabras de Jesús él no lo sabía y
sólo lo sabía el Padre. Al
paso anterior de una era a otra, Roma lo vivió dramáticamente y estaba muy
extendida la creencia de que podía estarse frente a un cataclismo. Creían
vivir en la Edad de Hierro (recordemos que Hesíodo hablaba de las edades de
oro, plata, bronce y hierro) y en medio de ella se debatían los habitantes
del imperio. Dos
grandes poetas de Roma asumen una de las dimensiones esenciales del poeta, la
dimensión de vate, y cantan desde esta situación: son Horacio y Virgilio.
Horacio lo hace en forma más negativa y hace alusión a otra edad –altera
aetas- en la cual Roma se rinde vencida. Sin embargo el poeta mantiene su
temple y canta: Si
fractus illabatur orbis Impavidum
ferient ruinae. Si
cayese el mundo hecho pedazos Impávido
permanecería ante sus ruinas. El
caso de Virgilio es distinto y verdaderamente asombroso. El asume
explícitamente su carácter de vate y dice que es llegada la hora de los
cantos proféticos y preanuncia la llegada de un nuevo orden de siglos y habla
de un niño y de una virgen. Virgilio, en suma, profetiza la Era Cristiana, el
Eón Cristiano. Escuchemos algunos versos de la Egloga IV: Ya llegaron
los tiempos de los cantos proféticos Un
nuevo orden de siglos tiene su cadena; Ya
desciende la virgen, Ya del
viejo Saturno se restaura el imperio Y una
danza divina nos envían los cielos ... Se
propicia al infante con quien muere La
edad de hierro y nace generación de oro ... La
vida de los dioses alentará en tí ¡niño! Tú, al
paterno centro, prestarás resplandores, Siendo
pastor de pueblos en un orden pacífico. Casi
en los límites finales de la era profetizada por Virgilio –con las
características exclusivas y graves que señalamos al principio- otro gran
poeta, Hördelin, parece acercarse a nosotros para decirnos: Wo aber die Gefahr ist, wächst Das
Rettende auch. Pero
donde está el peligro Surge
también la salvación. Para
terminar trataremos de sintetizar y de interpretar lo que hemos estado
diciendo y, para hacerlo debemos ejercer una de las experiencias de las que
hablé al comienzo de esta conferencia; debemos apelar a la experiencia del
pensar. Pero el pensar es esencialmente topológico y por ello se ejerce desde
un Ţóлoş, lugar. Tenemos que pensar, pues, desde la nueva
localización que nos toca vivir que es la de nuestro mundo en el fin de un eón,
a la cual tenemos que asumirla en su plenitud. Heidegger habla que en el
presente el Ser está torsionado, verwunden wird; a esta torsión
la interpreto como la entrada del Ser –dentro de su infinito acontecer y
donarse epocalmente- en una nueva época, en una nueva era, en un nuevo eón.
Un más extenso y fundado desarrollo de este tema lo hago en mi libro Uno-Todo.
Ahora trataré de que esta reflexión sea lo más breve posible. Lo
primero que deseo advertir es acerca de la dificultad de hablar de los quiero
hablar; quiero hablar de la Realidad Ultima y Total, del Uno-Todo más allá de
lo cual nada hay. Como ese Uno_Todo es infinito no se lo puede definir.
Definir es poner fines, es poner límites para distinguir unas cosas de las
otras. Por ello mismo es inefable y el silencio contemplativo sería la
actitud más auténtica. Sin embargo, si algo queremos decir, si algo queremos
comunicar, tenemos que recurrir a las palabras y no tiene mucha importancia
el nombre que usemos pues todas son insuficientes. No nos rasguemos las
vestiduras por las palabras. Llamar
Ser a ese Uno-Todo es posible, es legítimo y, al hacerlo, nos insertamos en
las venerables tradiciones, tanto de Oriente como de Occidente. Además,
utilizar la palabra Ser tiene la ventaja, cuando se lo entiende como verbo y
no como sustantivo, de permitirnos una más fluida relación entre la Unidad y
la multiplicidad. El participio del verbo ser es ente, así como el de vivir
es viviente. Pues bien, todas las cosas de la realidad son entes en la medida
que participan de esa Realidad Total y Unica que llamamos Ser. ¿Y qué
relación diremos que hay entre el Ser y los entes? ¿Diremos que el Ser es
causa, principio o fundamento de éstos? Establezcamos diferencias para lograr
una mejor comprensión de lo que queremos decir. Prefiero no llamarlo causa,
porque por causa entiendo esencialmente la causa eficiente, la cual queda
siempre fuera de lo por ella causado. El escultor es la causa eficiente de la
escultura, pero él no está en la escultura, sino que se mantiene trascendente
a ella. Igualmente prefiero no llamarlo principio por un motivo semejante. El
principio de la primavera en el Hemisferio Sur es el 21 de Septiembre, pero
esta fecha no se da en toda la duración de esa estación. A la
relación del Ser con los entes prefiero llamarla Relación de Fundamento,
pero tomando nuestras precauciones. Por fundamento entiendo no aquello que
funda y queda fuera, trascendente a lo fundado, sino aquella que funda y
nunca queda ajeno a lo por él fundado, sino que interiormente sigue
fundamentándolo. Los fundamentos de un edificio, por ejemplo, pertenecen a
éste y permanentemente lo están fundamentando y sosteniendo. Los fundamentos
de una ciencia pertenecen intrísecamente a ella. En el Todo el fundamento es
inmanente al Todo mismo y a cada uno de los momentos de ese Todo, aunque
respecto a cada uno de estos momentos el Uno-Todo es trascendente, pues cada
uno no lo agota, aunque en ellos esté presente. El Ser es inmanente y
trascendente simultáneamente, según la perspectiva desde la cual se lo
considere. Si digo que el fundamento es al Divinidad, digo simultáneamente
que la Divinidad está en el celo, en la tierra y en cada uno de nosotros. El
Ser, que es el fundamento, al irse proyectando, al irse participando, se va
donando. No va donando un Ser igual a sí mismo, sino que se va donando en
entes finitos; va creando un mundo. Y no va creando todo junto y al mismo
tiempo, sino que lo va creando, como dijimos al principio, epocalmente, es
decir en eras sucesivas. Al hacerlo, lo hace libremente porque el Ser, que es
fundamento, no está fundado por nada, no depende de nada, es Abgrund,
es su propio fundamento y es libre (1). Cada
era, cada mundo fundado, tiene un principio y un fin. Principio, en griego,
se dice φpxń y permítanme (por los motivos que se verán) que siga
utilizando esta palabra. El φpxń de un mundo, de una era, rige (aunque
en el transcurso del tiempo con vigencia cada vez más debilitada) toda la
extensión de esa era. En torno a él se estructura todo un sistema de
conceptos, de valores, de leyes -aun de leyes físicas-, de costumbres, etc.
Desde este mundo, con mayor o menor libertad, nosotros esbozamos nuestras
respuestas y adecuamos nuestra praxis. El ţЄλoş
está en función de su φpxń y por ello nuestra teoría y nuestra
actividad tienen su horizonte de comprensión y de justificación desde el
φpxń y el ţЄλoş del mundo que nos toca vivir.
Pero como todo lo que nace muere, cada era muere y antes de morir entra en un
progresivo proceso de decadencia y corrupción. Su φpxń comienza a
debilitarse, a oscurecerse, hasta llegar al final a perder su vigencia.
Paralela suerte corre, por cierto, su ţЄλoş hasta llegar
al momento de su resquebrajamiento total. Es entonces cuando las cosas
comienzan a perder su sentido y a desconocerse cuál es el fin de todo, y el
tedio y la frivolidad cunden. Esa es una época, para decirlo con palabras de
Nietzsche, en el que el desierto crece. La cosa es muy sencilla: todo
lo que principia acaba. El fin al que se llega ya estaba en el comienzo; son
las dos caras de la misma moneda. Recordemos estos versos de Quevedo: Lo que
llamáis morir Es
acabar de morir, Y lo
que llamáis nacer Es
empezar a morir Y lo
que llamáis vivir Es
morir viviendo. Con
los mundos sucede como en la vida: así como el nacimiento supone la muerte,
así el φpxń lleva en sí mismo lo aparentemente opuesto, su φv
φpxń. Resulta entonces que el φpxń que ha cohesionado,
estructurado y regido una era, al final se transforma en su principio de
anarquía. Este es el momento oportuno para recordar unas palabras de
Jesús: "!Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede haber menos
que escándalos; pero ¡ay de aquel por quien viniere el escándalo!"
(Mat.18,7). Pasan
los mundos pero el Fundamento y la Palabra Creadora quedan. Pero el Todo que
sin exigencia de nadie ni de nada ha creado un mundo, puede de las cenizas
del anterior fundar otro. Si aceptamos la teoría del eterno retorno, éste
será una repetición igual de lo mismo. Si aceptamos la teoría de la flecha
será una repetición no igual de lo mismo. Y, entonces, ¿qué es lo mismo que
nunca muere y siempre se repite? Lo Mismo es el Ser como Fundamento, lo Mismo
es la Divinidad para quien no rige el fue, ni el será, porque siempre está
presente. ¿Podremos llamar a lo Mismo, al Uno-Todo, al Ser, Dios? Superando
sutiles matices del pensar, ante los cuales el pensar es impotente, quizás
sí, en cuyo caso terminemos esta conferencia con unas palabras de Santa
Teresa: Sólo Dios basta. |
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