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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año II Nº 4 Primer Cuatrimestre 2007 |
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CUANDO UN HIJO SE VA... REFLEXIONES EN TORNO A LA MUERTE, DE PRIMITIVO MARTÍNEZ
FERNÁNDEZ RUBÉN SOTO RIVERA (PUERTO RICO) |
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Artículo-reseña de Cuando
un hijo se va... Reflexiones en torno a la muerte, de Primitivo
Martínez Fernández (Buenos Aires - México: Editorial Lumen, 2005) Artículo-reseña leída en una sesión de la Sociedad
Puertorriqueña de Filosofía (17 de noviembre de 2006, Universidad
de Puerto Rico, recinto de Humacao). La misma
aparece aquí retocada y un tanto ampliada para ajustarla a esta publicación. Dedicamos este escrito Primitivo Martínez Fernández cita unos famosos versos de
las "Coplas por la muerte de su padre", de Jorge Manrique. En el
siguiente razonamiento se echarán por conocidos. Si los ríos van a dar en la
mar, y si nuestras vidas son [comparables con] los ríos, entonces nuestras
vidas [son las que] van a dar en la mar. Si la mar es [comparable con] el
morir, y si los ríos son en última instancia la mar, entonces la mar es
[comparable con] el morir. Si la mar es, -según Martínez-, un estado
primordial, y si nuestras vidas son [comparables con] la mar, entonces
nuestras vidas son, -según nuestro autor reseñado-, un estado primordial.(i) Con
Antonio Machado, diremos también que somos "los hijos de la mar".(ii), -según Julia de Burgos, poeta predilecta de Martínez(iii)-: “la inercia”.(iv) Si,
-según Miguel Hernández-, varios tragos son la vida, y si la muerte es -según
Hernández-, un solo trago, entonces la muerte es la vida. Lo
conceptuado por Hernández "en los veneros del pueblo", y lo
conceptuado por Julia "en la ribera de la muerte", coinciden en S/Fer-mentar (es decir: "hay algo, / alguna
voz" [Julia]) una respuesta alterna y verosímil a la inmemorial
pregunta segismundiana: ¿Qué es la vida?
Un frenesí. ¿Qué es la vida?
Una ilusión, una sombra, una
ficción, y el mayor bien es
pequeño; que toda la vida
es sueño, y los sueños, sueños son. El Sueño, hermano de la Muerte, es una representación de
una situación límite entre la vida y la muerte. En palabras de Martínez: “Se
muere al vivir y se vive al morir, en simultaneidad.”(v) La muerte, o, mejor
dicho, el acto acabar de morir, nos contiene en vida, de tal modo que, -como
pensaba el neoestoico Quevedo-, nacer es empezar a
vivir; estar vivo, ir muriendo cada vez; caer muerto, acabar de morir. De
acuerdo con Primitivo, esta contradicción, más que en lo lógico, rompería
ondulatoriamente en lo paradojal: “La voluptuosidad de haberse mantenido en
un estado de pura posibilidad, sin llegar a existir, presupone el existir, o
sea es una contradicción, y siempre se puede llegar al estado primordial
añorado a través de la muerte, de la propia muerte, de la eutanasia, a la que
todo ser humano, en circunstancias límite, tiene derecho.”(vi) En efecto, nuestro autor
reseñado está plenamente convencido por razones médicas y humanísticas de la
viabilidad tanto ética como legal de la eutanasia en casos clínicos en los
cuales mantener, por razones religiosas o económicas, con vida a un enfermo
con, por ejemplo, muerte cerebral, es un acto de ruin crueldad no sólo contra
el paciente sino además contra los seres queridos de éste que presencian su
agonía, o muerte en vida. Martínez argumenta kantianamente(vii) que la persona es anterior (prius)
al Derecho, lo precede y es su fundamento(viii), y
que toda persona es libre y autónoma(ix), y que la
autonomía personal tiene valor prioritario para impedir la prolongación de
una vida sin calidad humana y conseguir una muerte digna.(x) Concluye aquél
que: "Se trata de legislar lo que muchos consideramos un verdadero
derecho: el derecho prioritario del ser humano a elegir una muerte
digna."(xi) Martínez como defensor de la
eutanasia está consciente de que la definición de lo que sea la muerte
condiciona nuestra reacción hacia la eutanasia. El autor reseñado cita una
definición de la muerte: "Así, el Black´s
Law Dictionary (1968)
la define: 'Muerte. El cese de la vida; el cese de la existencia; definida
por los médicos como una interrupción total de la circulación de la sangre y,
por consiguente, un cese de las funciones animales
y vitales, como la respiración, el pulso, etc.'”(xii) Pero, para quienquiera que redefina la muerte como la
pérdida irreversible de la capacidad de conciencia(xiii) le será más lógica y ética el
recurso a la eutanasia. Hay pacientes terminales con esta convicción:
"Pienso que mi dolor es mío y los demás no tienen por qué sufrirlo"(xiv); y la eutanasia es un modo altruista de
prevenir que los demás sufran innecesariamente el dolor mortal de alguien que
tampoco desea hacer sufrir más a sus seres amados. También, propulsa,
Martínez, la donación de órganos vitales nuestros para que, una vez muramos,
podamos continuar, como individuos, sirviendo a la especie.(xv) Mas, volviendo al hilo de la argumentación anterior a
éste de la eutanasia, a saber, en palabras del autor: "La incineración,
el fuego, crisol ecológico, el retorno al polvo, la integral entrega
cósmica"(xvi), retomando el título de un libro
de Octavio Paz sobre el romanticismo, expresaríamos con aquello que, -según
Martínez-, somos como "hijos del limo". Con Primitivo: Los científicos, de cuyas manos asidos intentamos asomarmos a este maravilloso y complejo mundo de la vida,
hablan de unos cinco mil millones de años desde que surgió de aquel caldo
prebiótico marino la vida; pero el mismo caldo prebiótico necesitó otros
millones de años para lograr el propicio ambiente de la eclosión vital.(xvii) El autor reseñado parte de una concepción materialista
del fenómeno de la vida, diciendo: "Todos los seres vivos están formados
por las mismas moléculas y proceden de la misma química: la del carbono en
agua líquida."(xviii). De acuerdo con
Martínez, la contradicción, de haberla, radicaría en una negación
teologizante de la perspectiva biológico-evolucionista, a saber, en palabras
suyas: Si el individuo llegara a vivir para siempre, se
convertiría en una contradicción del evolucionismo, pues sería un organismo
portador de genes no cambiantes, incapaz de adaptarse a un medio ambiente
cambiante. Todos y cada uno de nosotros somos un mosaico de otra gente y de
otras influencias, ensambladas por las circunstancias en un todo intergrado. Como personas, morimos, pero nuestros genes
pasan a las siguientes generaciones por un proceso biológico en el cual cada
nueva concepción representa un nuevo eslabón en la evolución.(xix) Iluminadoras palabras éstas, sin duda.(xx) Teólogos monoteístas con su dios autodenominado: “Yo
soy el que soy”, y filósofos con un horror vacui,
(sus sucedáneos), fabulan un Ser-ente inmune
a cualquier nulidad y, concomitantemente, fundan los tres principios
del razonamiento lógico-formal: el de identidad, no-contradicción y
tercero excluido en la disimulación abstracta de una falacia de petición
de principio. Han pretendido hacer pasar un ens rationis por un Ens realissimum, soslayando sus propias advertencias
contra la falacia naturalista de derivar lo que debe ser de lo que es,
o la cuestión de iure a partir de la cuestión de facto. Según Martínez asevera: "Horror al pensar cuando
la conciencia indica ausencias, vacíos imposibles de llenar cuando se
troncha un destino en lugar de coronarlo."(xxi)
Religiones y filosofías, hay, que sirvan para crearnos semejante ilusión
de que no hay tales vacíos, de modo que nuestro horror ante su posibilidad
no sería vacuo, o vano. Sólo que hay ilusiones más alucinantes que otras.(xxii).
Una de estas ilusiones bastante desilusionante
a la luz de la historia de las ciencias médicas es la prohibición del
suicidio que se halla en el Fedón,
de Platón. El autor reseñado se refiere a dicha prohibición y a su imaginería
a través de estos pasajes: Es el colmo de las incongruencias, pero se siguen sosteniendo
en la moral tradicional, hoy, en el siglo XXI. Nosotros, seres humanos,
administradores de nuestra persona, que le pertenece a otro (deidad)
y a sus representantes (sacerdotes), intérpretes del silencio de las
deidades. ¡Ya es demasiado! El administrador no es dueño, luego nuestros
cuerpos y nuestras vidas ya no serían nuestras. Los sacrificios humanos
se apoyaron en estas aberraciones(xxiii). Recordando una declaración ortegiana,
Martínez nos desengaña de un mito teológico, o filosófico, que fomenta la
creencia e idea en un Ser Absoluto e Inmutable, del cual la Vida participaría
de algún modo de la inmutabilidad de Este, diciendo el autor que reseñamos
que: "La vida, se diría más tarde, es un gerundio no un participio, un
haciéndose no un hecho, es por eso que se escapa a la inteligencia que capta
lo estático."(xxiv) La noción de alma inmortal
se funda en la noción del Dios
trascendente, inmutable, ontológicamente otro que su Creación, y, a su
vez, esta creencia e idea valida la noción de la inmortalidad del alma,
humana. Citando a E. M. Cioran, Martínez está consciente de que, para épocas
pasadas de la Historia humana y para ciertas personas de la época presente:
"Es obvio que Dios era una solución y que nunca se encontrará otra
igualmente satisfactoria."(xxv) Ni siquiera
Cioran pudo obliterar tales personas del presente, ni mucho menos las pasadas
épocas preponderantemente monoteístas, y nos confiesa que: "Por más que
intento, no consigo despreciar todos esos siglos durante los cuales no se
hizo otra cosa que aclarar una definición de Dios."(xxvi)
Pero, para nuestro autor reseñado, aquellas nociones son subproductos de la
imaginación en función de nuestras pasiones: "El devenir es un deseo
inmanente del ser, una dimensión ontológica de la nostalgia. Nos hace inteligible
el sentido de un 'alma' en el mundo", dice Cioran.(xxvii) Desde el
inicio de su libro, Martínez se auxilia de decires de poetas para pensar lo
que desde la perspectiva de la lógica formal sería contradictorio, pero que,
desde su pensar filogenético, no lo
es, o, como máximo, es paradojal:
“El vacío, entonces, enreda y aturde; vacío existencial y esencial que roe
las entrañas del ser y destruye la ilusión necesaria para vivir.”(xxviii) No obstante, con Cioran, el autor reseñado nos
advierte que un consuelo contra la muerte que se retrotrae hasta Epicuro y Arcesilao es insatisfactorio para ciertas conciencias
actuales: ¿Por qué temer al vacío que nos espera si no difiere en
nada del que nos precedió? Este argumento de los antiguos contra el miedo a
la muerte no puede servir de consuelo. Antes, se tenía la suerte de no
existir; ahora se existe, y es esa parcela de la existencia, o sea de
infortunio, la que teme desaparecer. Parcela no es la palabra, puesto que
cada cual se prefiere, o, por lo menos, se iguala, al universo."(xxix) Nos luce acertadísima la observación de que antes, se
tenía la suerte de no existir, pero que ahora se existe y que sea esa parcela
de existencia, o de infortunio, la que tememos que desaparezca. Miguel de
Unamuno sería un caso ejemplar de esta inconformidad con que, del polvo,
hayamos sido tomados y que, al polvo, habremos de ser tornados. Unamuno se ha
esforzado por creer en cierta inmortalidad personal del individuo, o, -como
afirma Martínez, citándolo: “sobrevivir con fama en la memoria de los
hombres, constituirse en historia de la humanidad. ‘La creación de nuestro yo
ideal e imaginario nos salvará’, piensa Unamuno.”(xxx)
Concorde con la angustiosa fe de Kierkegaard,
Unamuno habría consentido este aforismo de Cioran: "No tengo fe,
afortunadamente. Si la tuviera, viviría con el temor constante de perderla.
Así, lejos de ayudarme, no haría más que dañarme."(xxxi)
Unamuno proclama desde sus fueros internos aquella mixtura de confesión y
súplica evangélica que reza: “Creo; ayuda mi incredulidad”.(xxxiii) Estas palabras son de un padre de un hijo
sordomudo y epiléptico, dichas en respuesta del siguiente comentario de
Jesucristo: “Si puedes creer, al que cree todo es posible”.
Tras el exorcismo del muchacho, éste quedó como muerto, de modo que muchos
decían que estaba muerto, pero Jesús, tomándole de la mano, lo enderezó y
aquél se levantó. Este incidente evangélico no sólo revincula el libro de
Martínez que reseñamos con Unamuno, sino que pone de relieve el amor
paternal, o maternal, por un hijo y el vacío existencial que agudiza su
pérdida, como Cuando un hijo se va…
nos relata las muertes accidentales de dos hijos de dos familias españolas
amigas de Martínez, quien tanto es padre de dos hijos y autor de varios
libros. Esta circunstancia intensifica la angustia existencial de Primitivo. ¿Acaso no es un hijo, o hija,
una garantía de sobrevivir con fama en la memoria suya y en la de su prole?
¿Acaso no es un libro como un hijo del entendimiento, siendo comparable el
autor a un padre? Pero ¿qué hay cuando un hijo se va?, o
¿cuándo un libro se olvida, se pierde, se destruye, o, simplemente, nunca se
escribe? Siendo la Fama, un aplazamiento de una sentencia de muerte, la
paternidad, o autoría, ¿no son acaso, éstos, los únicos subterfugios juriprudenciales para hacerse famosos? En latín liberi (masc.
pl.) significaba “los hijos”; el adjetivo liber
sustantivado significaba “hombre libre”; y liber, “libro”. Los hijos son a
los padres, como los libros son a los escritores; la memoria de los padres se
perpetúa en la de los hijos, como la de los escritores en la fama de sus
libros. Aulo Gelio nos
informa una curiosidad lingüística e histórica a la vez, diciendo que: Los oradores antiguos, historiadores
y poetas, empleaban el plural liberi
para designar un solo hijo, varón o hembra. He encontrado empleada
de este modo la palabra en muchas obras antiguas, y últimamente acabo
de ver notable ejemplo en Sempronio Aselión,
en el libro quinto de sus Memorias. Este Aselión
fue tribuno militar bajo el mando de Escipión
el Africano, al que siguió al sitio de Numancia:
escribió el relato de los acontecimientos realizados ante sus ojos y
en los que tomó parte; y en un pasaje en que refiere la muerte de Tiberio
Graco en el Capitolio, después de haber dicho: “Graco no salía jamás sin que le siguiesen tres o cuatro
mil ciudadanos”, añade estas palabras: “Comenzó a rogar al pueblo que
defendiese a él y a sus hijos” (ut
se dedenferent liberosque suos); en seguida, presentando al único hijo que le
quedaba, lo recomendó a los asistentes, casi llorando (Capítulo XIII:
Los antiguos decían liberi, en número
plural, hasta cuando hablaban de un sólo hijo o hija).(xxxiii) Pero en el caso del
libro que reseñamos, las causales que Martínez considera como hilos de
engarce en sus reflexiones en torno a la muerte consisten en la muerte por
accidente de dos hijos de dos familias. Por tanto, circunscribámonos al
estado de ánimo de los padres sobrevivientes a las muertes de su prole. El autor reseñado como un ilustrado tolerante tanto
pasiva como activamente, auspicia una praxis conceptuosa que
preferiría hacernos pensar que morir es descansar en paz, regresar a un
estado primordial, a la inconsciencia, a donde todos iremos(xxxiv), no obstante, con una genuina empatía con el dolor
ajeno, está más que consciente de que las religiones, o ciertas filosofías,
amortiguan al menos la trágica angustia de nuestro ser para la Nada.(xxxv) La religión es un consuelo ante la incertidumbre
de la muerte, porque, -según Martínez dice-: "Y lo que se percibe
como real, es real en sus consecuencias, se dice en psicología."(xxxvi) El autor que reseñamos declara honestamente que: “Nos
cuesta mucho aceptar la pérdida del hijo y nuestro ser se rebela
creativamente con mitos terapéuticos.”(xxxvii)
Parece que estamos ante cierto evemerismo. Nuestro
autor se torna intolerante y con sobradas razones ante la manipulación
ideológica de los mitos como instrumentos de sumisión.(xxxviii) Se trataría de una tragicomedia. Asistimos a la
puesta en escena en la mente del autor y, en consecuencia, en las de sus
lectores, de dos explicaciones que parecen contradictorias, mas no lo son. Unamuniamamente, Martínez piensa que: "La fe en la
inmortalidad se alimenta siempre de la duda, y en esto consiste la
tragedia."(xxxix) Lo cómico de esta comedia
consistiría en una divina co/media, o
co-mediación entre la primera convicción de que:
"La muerte es el regreso a un estado primordial en el que no existe
sufrimiento, ni angustia ni ansiedad. Y esto está científicamente
demostrado"(xl); y la segunda afirmación, o sospecha, evemerista de
que: "Es la mitificación del ser querido; así han surgido las religiones."(xli) Con Martínez, decimos que: "Estas creencias
equivocadas sólo reflejan nuestra ignorancia; pero los símbolos tienen su
propia lógica, ajena a la científica, atada más al sentimiento que al
intelecto."(xlii) Sin embargo, tampoco se
trata de que el sentimiento sea el correlato del yo-alma inmortal de las
religiones dualistas soteriológicas. El autor reseñado basado en
conocimientos médicos confiesa que: "Cuesta todavía mentalizarnos acerca
de que el sentimiento es una reacción química producida en el cerebro (en el
tálamo e hipotálamo), con sus correlativas sensaciones fisiológicas: el
corazón late más de prisa, la respiración se acelera, las palmas de las manos
sudan, se siente debilidad en las rodillas, etc."(xliii)
Pero los iniciados en la filosofía gozarían de un consuelo ante la
incertidumbre de la muerte, o una "consolación de la filosofía" (cfr. Boecio(xliv)),
que Martínez ha hallado reactualizada en una
sentencia de Cioran, la cual dice: "La certeza de que no hay salvación
es una forma de salvación, es incluso la salvación. Lo insoluble como
solución, como única salida."(xlv) Es decir,
ni dogmatismo ni nihilismo, sino una vía media, crítica y pragmática, a la
vez. En efecto, ubicamos desde la perspectiva de nuestra
investigación histórico-filosófica grecorromana preferida, el libro de
Martínez en la tradición humanista de los tratados de consolación filosófica,
iniciada por el platónico Crantor. De acuerdo con
Marco Tulio Cicerón: Pero, decidme: ¿de dónde sacáis que la antigua Academia
haya sentado alguna vez como principio que el espíritu del sabio no
puede conmoverse ni turbarse? La Academia recomendaba un término medio
y reconocía, en toda emoción, un cierto límite natural. Todos hemos
leído el tratado de Crantor, filósofo de la antigua Academia, acerca del duelo;
no es muy extenso, pero, en cambio, es un libro de oro, merecedor de
que se le aprenda de memoria; así se lo recomendaba Panecio
a Tuberón. Decían también aquellos filósofos
que la naturaleza puso en nuestras almas las emociones con el fin de
que nos fueran útiles: el miedo, para ponernos sobre aviso; la misericordia
y pesadumbre, para que seamos clementes; la cólera misma es, según ellos,
como la piedra en que se afila nuestra fortaleza. En otra ocasión veremos
si tienen razón o no. Ignoro de qué manera pudo hacer irrupción en la
antigua Academia la dureza de tus doctrinas. Yo las considero intolerables,
no porque exista en ellas algo que me desagrade (la mayoría de esas
máximas extraordinarias utilizadas por los estoicos llaman proceden
de Sócrates), sino porque ni en Jenócrates
ni en Aristóteles, a quienes casi consideráis como uno mismo, se encuentra
nada de eso (Acad. 2.44).(xlvi) Estas disquisiciones filosóficas e históricas ciceronianas
acerca de la continuidad y ruptura del platonismo en la sede de la Academia
con el transcurso de sus jerarcas, se idearon no sólo como una tertulia
inteligente y racional entre tres eruditos, sino además como un consuelo
por la pérdida de una hija por parte de Cicerón. Ático apunta al hecho
cuando le exhorta: "Olvídate de ciertas cosas que no podemos preguntar
ni oír sin dolor y pídele si hay alguna novedad relacionada con su persona.
Las musas de Varrón guardan silencio más tiempo
del acostumbrado no porque él haya dejado de escribir, sino porque,
en mi opinión, esconde lo que escribe."(xlvii)
Cicerón está dispuesto a escuchar a Varrón
contestar su pregunta acerca de en qué consiste la diferencia entre
el platonismo de Antioco de Ascalón
y el de Filón de Larisa, y, por consiguente,
replantear la antigua disputa entre el platonismo de Arcesilao
de Pitane y el estoicismo de Zenón de Citio, pero antes quiere hacer constar que su interés no
es meramente la de un historiador anticuario, ni monumental, sino la
de un historiador crítico que procura encontrar la pertinencia tempestiva
de sus estudios para la etapa de la vida que vive. Citémosle: Yo, por mi parte, y para decir las cosas tal como son,
mientras la ambición, los honores, las causas jurídicas y no sólo el cuidado,
sino también la administración de los asuntos públicos, me tenían como
asediado y prisionero de múltiples ocupaciones, dentro de mi espíritu
encerraba mis conocimientos filosóficos y, para no olvidarlos, procuraba
cuanto podía refrescarlos mediante la lectura. En cambio hoy, herido por el destino con el más terrible
de los golpes y libre al fin de la pesada carga de los negocios públicos,
busco en la filosofía remedio a mi
dolor; de esta forma noble y placentera ocuparé mi ociosidad. Tales
estudios son los más apropiados a mi edad, los que se hallan más en
consonancia con los actos dignos de alabanza que haya podido realizar durante
mi vida, si es que hice alguno, y los más útiles para la instrucción de
nuestros conciudadanos, y suponiendo que las cosas no sean así, no veo otra
tarea a la que consagrarme ([realce
nuestro]).(xlviii) Según Agustín Millares Carlo, traductor de las líneas antes citadas, Cicerón
tenía entonces sesenta y dos años, estaba condenado por los disturbios
políticos a vivir lejos de Roma, buscaba en la filosofía un consuelo que
mitigase sus íntimos dolores; "me refiero” –dice Millares-, “a su
divorcio de Terencia, 708 (46), y, sobre todo, a la
muerte de su hija Tulia -su Tulliola-,
reducida a la miseria y vilmente engañada por Dolabella,
709 (45)."(xlix) Como un paralelo con esta
situación angustiosa ciceroniana, citemos esta opinión de Martínez: “Perder un hijo de quince años creo que es lo más
duro que le puede ocurrir a una mujer.”(l) Plutarco
de Queronea, simpatizante del platonismo de la
Academia Media de Arcesilao y, por consiguiente,
antipático contra el estoicismo, en un escrito consolatorio, atribuye a Arcesilao la sentencia consoladora que, en su Carta a Meneceo, Epicuro expresa, y que la historia de la
filosofía griega ha hecho sinónima del epítome de la cuasi
escatología epicureísta: Efectivamente
es gracioso aquello que dice Arcesilao: “Eso que
llamamos mal, la muerte, es el único de los males supuestos que, cuando está
presente, no causa pena alguna a nadie, pero la produce cuando está ausente y
es esperado.” Pues, en realidad, mucha gente a causa de su estupidez y su
miedo a la muerte muere por los esfuerzos que realiza para no morir (Escrito
de consolación a Apolonio, 110a).(li) Recordemos que Epicuro sentencia: "Así, pues, el
mal que más pone los pelos de punta, la muerte, no va nada con nosotros,
justamente porque cuando existimos nosotros la muerte no está presente, y
cuando la muerte está presente entonces nosotros no existimos. Por tanto, la
muerte no tiene nada que ver ni con los vivos ni con los muertos, justamente
porque con aquellos no tiene nada que ver y éstos ya no existen."(lii) Contra dicha sentencia epicureísta, Martínez comenta críticamente: "Curiosa
su teoría, pero se da la coexistencia de la vida y de la muerte cuando se nos
muere el ser querido, cuando presentimos la propia muerte y vivimos el
extraño fenómeno de la agonía progesiva."(liii) A diferencia de Epicuro, nuestro autor reseñado
cuenta con unos conocimientos científico-biológicos que le permiten dialectizar las nociones de vida y muerte que en el atomista
ateniense parecen tan homogéneamente deslindadas(liv);
Primitivo escribe que: La vida humana está preestablecida biológicamente.
Llevamos el certificado de la muerte escrito en nuestra estructura celular.
La inevitable conclusión de los científicos es que todas las células mueren.
Los descubrimientos más recientes parecen indicar que los humanos, al igual
que cada una de las células de nuestro cuerpo, tenemos un contrato limitado
de vida.(lv) El autor reseñado asevera que la muerte es parte de ese
ímpetu vital al que Henri Bergson llamaba élan
vital, ímpetu que es inagotable que causa las variaciones, o mutaciones,
que producen especies nuevas.(lvi)
Platón argumentaba en el Fedón que, si de la vida surge la muerte,
entonces ¿por qué no al revés, es decir, que de la muerte surgiera la vida?
Pero el Cisne de Apolo pretendía con este argumento y otros por el estilo
convencernos de la inmortalidad del alma. Martínez, a pesar de su diferendo
con aquella famosa sentencia de Epicuro, se alinearía sin duda con éste antes
que con aquél. A juicio de aquel autor que reseñamos: "Las nuevas
especies sólo pueden surgir con una nueva vida, una nueva máquina de vida que
de alguna forma inefable puede ayudar al gran proceso de la evolución de las
especies de una manera más eficiente que si fuéramos inmortales."(lvii) Parafraseando a Platón y
editándolo a la vez, diremos que no hay muerte sin vida, ni vida sin muerte,
pero sin trascendencia. Los extremos se reúnen, o los opuestos se atraen.
Así, por ejemplo, el Dios judeo-cristiano, Fuente
de Vida por excelencia, nos ocasionaría la muerte, si miráramos directamente
a Él en su mismísima Gloria: Y
Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado
gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre. El
entonces dijo: Ruégote que me muestres tu gloria.
Y respondióle: Yo haré pasar todo mi bien
delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y
tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el
que seré clemente. Dijo más: No podrás ver mi rostro:
porque no me vera hombre, y vivirá.
Y dijo aún Jehová: He aquí lugar junto a mí, y tú estarás
sobre la peña: Y será que, cuando pasare mi gloria, yo te
pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya
pasado: espués apartaré mi mano,
y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro (Exodo,
33:17-23).(lviii) Por su parte, Martínez nos explica que la homeostasis
(el termostato) -reguladora de funciones corporales vitales, como la
respiración, la circulación de la sangre, la temperatura corporal, los
sentimientos y las emociones, nos induce a vivir como si no fuésemos a morir,
a un estado de equilibrio, porque la visión directa cara a cara de la
muerte nos podría producir, pienso, la misma muerte.(lix)
Entre el dogmatismo de un Dios judeo-cristiano-musulmán
y el nihilismo de la Muerte misma, debemos hallar una vía media, crítica y
pragmática. Nuestro autor reseñado adscribe a la sospecha un valor
epistemológico que supera la creencia y el hábito humeanos,
conservándolos como otros criterios empiristas más para validar ciertos saberes. Martínez dice: Nietzsche, Marx y Freud crean
determinadas concepciones muy influyentes en la crítica de la cultura, lo que
Paul Ricoeur ha llamado "la escuela de la sospecha", porque los
tres toman en consideración una dimensión de la conciencia humana que no
había sido tematizada en la filosofía anterior, su
capacidad de fabulación y de autoengaño inconsciente, lo que se ha llamado
"la falsa conciencia".(lx) La modernidad del escepticismo de dicha escuela
de la sospecha no basta con retrotraerla hasta Nietzsche, Marx y Freud, sino que hay que rastrearla hasta Francisco
de Quevedo, quien a su vez la atribuye a un médico español renacentista
y a un griego discípulo del atomista Demócrito: "Es cosa averiguada,
así lo siente Metrodoro Chío
y otros muchos, que no se sabe nada, y que todos son ignorantes, y aun
esto no se sabe de cierto, que a saberse ya se supiera algo; sospéchase. Dícelo
así el doctísimo Francisco Sánchez, médico y filósofo, en su libro cuyo
título es Nihil Scitur,
no se sabe nada."(lxi)
Antes que Descartes y mejor que él, el ingenio español ha puesto de
relieve el rol epistemológico de la duda en la filosofía moderna. Ahora
bien, la sospecha no es un escepticismo radical, sino moderado; un recurso hábil de la prudencia. Como suele
decirse popularmente: "Ante la duda, saluda". La sospecha
como un modo privilegiado de la prudencia, o discreción, nos pone al
tanto de la validez de que: "Una cosa es lo que tiene que ser y
otra muy distinta lo que es."(lxii) Nuestra condición humana de seres
finitos y mortales debería guiarnos en la preferencia de la sospecha
ante el problema de la muerte. Ni un asentimiento dogmático, ni una
nihilista abstención total del juicio podrán servirnos en esta tragicomedia
existencial, o con este sentimiento trágico de la vida. Primitivo Martínez
se aúna en el pensamiento con las contribuciones de Fernando de Rojas
y Miguel de Unamuno para redefinir la epímeleia ante la muerte, -según la cual Platón definió la
consistencia de la filosofía.
En caso de la producción intelectual de Martínez, se han vuelto a confirmar
las palabras de Aristóteles en el sentido de que la admiración es el
origen [tanto diacrónico como sincrónico] de la filosofía,
y de que el filómito es de cierto modo filósofo,
porque tanto el mito como la sabiduría tratan de lo admirable, o asombroso.
En Cuando un hijo se va..., hallamos una
serie de pasajes con un estilo bastante personal suyo que expresan su
asombro de que los seres, o entes, sean como son, y, especialmente,
en las ciencias naturales halla, nuestro autor, ocasiones para asombrarse.
A continuación, enlisto una serie de pasajes que recogen expresándolo
tan visceralmente la experiencia sobrecogedora (diríamos
mejor: "overwhelming"), del asombro
de nuestro autor: "Los T, muy eficaces contra los virus, atacan
directamente matando. Existen, entre ellos, jerarquía, estrategias de
combate y planificación de batallas. Son, por lo tanto, muy inteligentes,
así como suena."(lxiii)
"El virus, una vez instalado, se reproduce hasta que una cantidad
suficiente de nuevos virus puede liberarse, dejando tras de sí, muerta
la célula colonizada. Increíble, pero cierto."(lxiv) "Atónico, intenté comprender el prodigio
y observé -la mayor parte del tiempo- cómo aquella escena familiar con
esposa e hijas era posible."(lxv) Culminemos
esta reseña con tres otras frases de Martínez, a propósito del asombro
filosofante: "fui testigo del milagro"(lxvi);
"el milagro de la vida"(lvii); "quedó
el misterio, el de la vida, y el dolor a cuestas”.(lxviii) Mucho más podríamos reseñar y comentar de Cuando un hijo se va…, pero baste con
estas reflexiones en torno al mismo como una invitación a leerlo y meditarlo
a la luz de la historia de la muerte en Occidente. Sobre todo, nos honra, su
autor, a los puertorriqueños, con su predilección por la poesía de nuestra
Julia de Burgos, de la cual nos ha hablado además en privado de su deseo
haberla conocido personalmente y de su confesa imposibilidad de poder decir
tan bien, o mejor, lo que la Poeta del Río Grande de Loíza
ha dicho en sus versos. NOTAS (i) Cuando un hijo se va, p. 13. (ii)
Op. cit., p. 12. (iii) De principio a
fin, nuestra Julia de Burgos, está en el pensamiento de Primitivo Martínez,
quien le ha dedicado un capítulo de su libro a la Poeta del Río Grande de Loíza. (iv) Op. cit., p. 13. (v) Op. cit., p. 74. (vi) Op. cit., p. 98. (vii)
Citando a Kant, quien dice: “La humanidad misma es
una dignidad, porque el hombre no puede ser tratado por ningún hombre (no por
otro, ni siquiera por sí mismo) como un simple medio, sino siempre, a la vez,
como un fin” (Op. cit., p. 115). (viii) Op. cit., p. 116. (ix) Op. cit., p. 101. (x) Op. cit., p. 116. (xi) Op. cit., p. 117. (xii) Op. cit., p.
108. (xiii) Op. cit.,
p. 109. “En Estados
Unidos, el Comité sobre la Muerte Cerebral de Harvard (1968) dice: ‘Nuestro principal objetivo es definir el coma
irrevesible como un nuevo criterio de muerte’” (op. cit., p. 108). (xiv) Op. cit.,
p. 102. (xv) "El señor Duró vivía gracias al corazón de Paquito" (Op.
cit., p.
57). "Paquito vive en todos los que llevan sus
órganos; hace posible la felicidad a sus portadores, y vive en todos los que
lo conocimos, en nuestra mente o, siguiendo la tradicional simbología, en
nuestro corazón, Julián es un afortunado, lleva su corazón" (Ibid.) (xvi) Op. cit., p. 98. (xvii) Op. cit., p. 62. “La vida, que necesitó miles de millones de años -desde aquel
caldo prebiótico hasta hoy día-, no puede ser valorada en un instante con
palabras y frases por muy bonitas que éstas sean” (Op.
cit., 92). (xviii)
Op. cit., p. 63. “Los organismos vivos se
forman a partir de moléculas asimétricas denominadas "quirales" (del griego kheir,
mano). La materia viva -según los científicos de la vida- está hecha de
aminoácidos L y nucleótidos D, y no al a inversa” (Op. cit., p.
64). (xix)
Op. cit., p. 61. (xx)
La cita correspondiente a la nota precedente me parece un óptimo comentario
de qué sea el karman en el budismo,
cuya primera verdad reza que todo es insatisfactoriedad
porque todo cambia. (xxi)
Op. cit., p. 73. (xxii)
Cita de Cioran: "Por muy desengañados que
estemos, es imposible vivir sin alguna esperanza. Siempre conservamos una, a
pesar nuestro, y esa esperanza inconsciente compensa todas las demás,
explícitas, que hemos agotado o rechazado" (Op. cit., p.
94). (xxiii)
Op. cit., p. 114. “No somos
administradores, sino dueños. De aquí
arrancan la deontología y la bioética en un contexto de respeto hacia
nosotros mismos, los demás racionales, los animales y las plantas… Una ética
más sensible, más global, más ecológica. Los mitos y sus derivados tienen su
campo: el de la mitología, y su época; la extrapolación ha denigrado la vida
en nuestro planeta. Vida, en todo el sentido de la palabra, sobre la que se
deben cimentar todas las éticas que los humanos elaboremos en nuestro
recorrido por las diversas culturas y tiempos, éticas de respeto que faciliten
la armonía de la madre Naturaleza, de acuerdo con la visión holística
(del griego holos, totalidad).” Op. cit., p. 113. (xxiv) Op. cit., p.
91. (xxv) Op. cit., p. 96. (xxvi) Op. cit., p.
94. (xxvii) Op. cit., p. 75. Cioran citado de nuevo: "'La
verdad permanece oculta para aquel que está lleno de deseo y de odio'
(Buda)... Es decir, para todo ser viviente" (Op.
cit., p. 95). (xxviii) Op. cit., p. 74. (xxix) Op. cit., p. 95. (xxx) Op. cit., p. 90. (xxxi) Op. cit., p.
97. (xxxii) Marcos 9:14–29; véase también Mateo 17:14–21. (xxxiii) Noches áticas.
Capítulos jurídicos, trad. de Francisco
Navarro y Calvo, Buenos Aires: Ediciones Jurídicas Europa-América, 1959, p.
57. (xxxiv)
"Luisma descansa en paz, que regresó a un estado primordial, a
la inconsciencia, adonde regresó a un estado primordial, a la inconsciencia,
a donde todos iremos, y que Luisma no desea su
penar como buen hijo que había sido" (Op. cit., p. 102). (xxxv)
"La ansiedad trágica de ser para la nada se
amortigua al menos" (Op. cit., p. 102). (xxxvi) Op. cit., p. 103. (xxxvii) Op. cit., p. 103. (xxxviii)
"El mito de la creación y otros posteriores
se han manipulado como herramientas ideológicas, como instrumentos de
sumisión" (Op. cit., p. 107). (xxxix) Op. cit., p. 89. (xl) Op. cit., p. 72. Martínez
cita de Cioran que: "En lo más íntimo
de sí mismo, el hombre aspira a alcanzar la condición que tenía antes
de la conciencia. La historia es sólo el rodeo que da para conseguirlo"
(Op. cit., p. 96). (xli) Op. cit., p. 73. (xlii) Op. cit., p. 56.
(xliii) Op. cit., p. 56. "El hipotálamo controla el hambre, la sed, la agresividad,
el sexo y las emociones. La verdad es que filtramos la realidad. La
relación entre la realidad externa y la percepción interna es muy compleja;
y lo cierto es que los estímulos son manipulados en nuestro cerebro
para que coincidan con nuestras preconcepciones. Existen barreras en
la comunicación: semánticas, fisiológicas, psicológicas, culturales.
Los significados no son siempre los mismos ni transmisibles. Las mentes
humanas no tienen filtros idénticos, ni las palabras, gestos, expresiones
y otras formas simbólicas tienen el mismo significado para todos. La
realidad, con sus infinitos matices, siempre se nos escapa, y hay que
interpretarla" (Op. cit., pp. 56-57). (xliv)
"Boecio, filósofo del siglo VI, definió
persona como una sustancia individual de naturaleza racional (rationalis
naturae individua substantia),
la misma que utilizaría Tomás de Aquino, y que completaría John Locke,
filósofo inglés del XVII: 'Un ser pensante inteligente que razona y
reflexiona y que se puede considerar a sí mismo como sí mismo, el mismo
ser pensante, en diferentes momentos y lugares'” (Op. cit.,
p. 114). (xlv)
Op. cit., p. 93. (xlvi)
Marco Tulio Cicerón: Cuestiones Académicas, trad.
de Agustín Millares Carlo, Madrid: Espasa-Calpe, S. A., Colección Austral #
1485, 1972, p. 133. (xlvii)
Cicerón: Discursos - Diálogos - Sobre
la República - De las Leyes - Cuestiones Académicas, trad. de Martínez
Herranz, Gayo Arias, Aldo Berti (supervisión), Madrid: E.D.A.F., 1973,
p. 1587. (xlviii)
Cicerón: Discursos - Diálogos - Sobre
la República - De las Leyes - Cuestiones Académicas, p. 1591. (xlix)
Marco Tulio Cicerón: Cuestiones Académicas, p. 9. (l)
Cuando un hijo se va, p. 99. "Y así
debía ser, pues el cinco de enero, volviendo de ver la cabalgata de
Reyes, un coche lo atropelló y ya no volvió a recuperar la conciencia.
Al día siguiente se marchó" (Ibid.) (li)
Obras morales y de costumbres (Moralia) II, trad.
de Francisco Martín García, Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 1987,
p. 78. La cita se recoge en Dióg. Laer.,
1.32. Epicteto repite una aseveración parecida:
"Lo que turba a los hombres no son los sucesos, sino las opiniones
acerca de los sucesos. Por ejemplo, la muerte no es nada terrible, pues,
de serlo, también se lo habría parecido a Sócrates; sino la opinión
de que la muerte es terrible, ¡eso es lo terrible!" (Enquiridión,
trad. de José Manuel García de la Mora, Barcelona: Editorial
Anthropos, 1991, pp. 17-18). (lii)
Epicuro: Obras completas, trad. de
José Vara, Madrid: Ediciones Cátedra, 1995, p. 88. La cita se recoge en Dióg. Laer., 1.32. Epicteto repite una
aseveración parecida: "Lo que turba a los hombres no son los sucesos,
sino las opiniones acerca de los sucesos. Por ejemplo, la muerte no
es nada terrible, pues, de serlo, también se lo habría parecido a Sócrates;
sino la opinión de que la muerte es terrible, ¡eso es lo terrible!"
(Enquiridión, trad. de José Manuel
García de la Mora, Barcelona: Editorial Anthropos,
1991, pp. 17-18). (liii)
Cuando un hijo se va, p. 83. (liv)
En su polémica contra los estoicos, Epicuro y sus discípulos se referirían
a la Muerte (Thánatos)
como un dios, hermano del Sueño (Húpnos), y a la manipulación astrológica de las creencias
míticas de los griegos del período helenístico. (lv) Op. cit., p. 69. (lvi) Op. cit., p. 90. (lvii)
Op. cit., p. 62. (lviii)
Sociedades Bíblicas Unidas, Reina Valera 1909, (Impreso en Corea:
Sociedades Bíblicas Unidas) c 1999. (lix)
Cuando un hijo se va, p. 69. (lx)
Op. cit., p. 85.
(lxi)
"El mundo por de dentro", en Sueños y discursos. (lxii)
Cuando un hijo se va, p. 101. (lxiii) Op. cit., p. 66. (lxiv) Op. cit., p. 67. (lxv) Op. cit., p. 57. (lxvi) Op. cit., p. 57. (lxvii) Op. cit., p. 57. (lxviii) Op. cit., p. 57. |
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