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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 9
Año III Junio 2005 |
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ENTREVISTA A MARTIN HEIDEGGER: EL
SENDERO DEL CAMPO Abel Posse (Argentina) |
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Cuando
conocí a Martin Heidegger, en 1973, me encontré más bien con un campesino
suavo que por su indumentaria casi tiraba a personaje de Brueghel. No
quedaban en él, a sus 85 años, rastros de profesor o de palidez de vida
académica. No parecía ni un intelectual ni un pensionista, y esto es
importante para la vejez de un filósofo. Tampoco había enloquecido. En aquel
momento era todavía un exiliado de las universidades alemanas. Padecía el
consabido complot de los moralistas: era el apogeo de la Escuela de
Francfort. No se le citaba, se le ninguneaba. No se le citaba, pero no le
negaban la dimensión de lo excepcional, de la genialidad.
Lucía
una camisa azul a rayas, de esas antiguas, sin cuello pero con un ojal para
abrochar aquellos postizos de celuloide de los años 30. Llevaba un chaleco de
traje, zurcido en los cuatro bolsillos, que no coincidía con el pantalón más
que en haber pasado juntos la segunda guerra mundial. Lo más notable eran los
botines o borceguíes, con muchas mediasuelas, tan "cargados de
existencia" como los zapatos pintados por Van Gogh que le inspiraran uno
de sus más lúcidos ensayos sobre el arte. Estaba de paso por Friburgo. Ya no
le gustaba abandonar su casa de madera (sin luz eléctrica ni agua corriente)
que se construyera entre los bosques y los altos prados, muchos años...
Estimado
señor Posse: Trataré
de responder con la mayor concisión a sus preguntas referentes al tema de Lo
Abierto: 1)
Para la concepción europeo-planetaria, la proyección hacia Lo Abierto (das
Offene) y la consiguiente superación de la conciencia limitada a las cosas,
será recién y únicamente posible si se logra un retorno al "ser
ahí", extático (ver en Ser y Tiempo). Esto significa, al mismo tiempo,
la condición de que el hombre obtenga la gracia de poder concebir un justo
conocimiento de la esencia dei Gestell (en el sentido expresado en mi obra La
pregunta acerca de la técnica). 2) En
cuanto al socialismo: mientras el socialismo se mantenga adherido a un
equivocado cálculo científico acerca del mundo, en su esfera no será posible
ninguna liberación del hombre hacia Lo Abierto de un universo sagrado que lo
pueda determinar. Por ahora, estas proyecciones deben ser conducidas y
guiadas por una elite que, sin embargo, se tiene que mantener ajena a toda
voluntad de poder. Le
saluda amablemente con los mejores deseos, Martin
Heidegger.
En lo
que hace a los temas de este artículo, pese a que estábamos a veinte años de
la actual crisis mundial y todavía con ambas superpotencias en auge y
confrontación, tenía la seguridad de que tanto el capitalismo como el
comunismo se acercaban a un catastrófico "1984" por distintos
caminos, pero por el mismo motivo esencial: la insumisión de la técnica a
todo dominio humano. (Hace veinte años era sorprendente la convicción que
tenía acerca del fracaso y del inmediato fin de las superpotencias). Su
pensamiento era el mismo de 1923 y el que expresara en 1934 acerca de la
cultura europea apresada entre los extremos de "la gran tenaza formada
por Rusia y los Estados Unidos". Esa tenaza llevaba al mundo hacia una
catástrofe sin precedentes. Tal como lo expresara sintéticamente en la carta
que se acompaña, veía al socialismo "adherido a un equivocado cálculo
científico acerca del mundo". Agregaba: "En su esfera no será
posible ninguna liberación del hombre hacia lo Abierto de un universo sagrado
que lo pudiera determinar". En cuanto a Occidente, lo que él llamaba la
concepción europeo-planetaria, su fatalidad residía en torno al problema de
la técnica. Afirmaba exactamente la visión que manifestara en sus famosas
lecciones de Metafísica: "El oscurecimiento del mundo, la huida de los
dioses, la destrucción de la tierra, la masificación del hombre, la sospecha
insidiosa contra todo lo creador y libre han alcanzado en todo el planeta
tales dimensiones, que categorías tan pueriles como las de optimismo y
pesimismo se han convertido en risibles". Entrábamos
en un triste, anunciado y largo final. En tiempos de ocultamiento, de
eclipse. El conocimiento y el pensar viven tiempos de retracción, sostenidos
apenas como por una conspiración de iniciados, "una elite que, sin
embargo, se tiene que mantener ajena a toda voluntad de poder". Hablaba
de Lo Abierto y de lo sagrado. Era como si su pensamiento hubiese culminado
una verdadera odisea "a contracultura" hasta alcanzar una dimensión
verdaderamente presocrática, una reunión del pensamiento lógico con la
dimensión poética y religiosa. En su entrevista póstuma concedida a la
revista Der Spiegel, afirma que ahora "Sólo un Dios podrá
salvarnos". (Un nuevo dios es una convulsión, una presencia
arrebatadora, alienante, un escándalo de la realidad). En
nuestro diálogo traté de entrever la presencia de la cultura española en sus
valoraciones. Sólo recibí un eco al nombrar a Ortega. El nombre de Unamuno lo
dejó perfectamente indiferente. Se interesó por las cosmovisiones
precolombinas y me instó a escribir sobre esa materia que le parecía
vinculada al presocratismo, a un conocimiento esencial y previo sobre el que
se hubiesen impuesto las religiones y las filosofías como atroces dialectos
nacidos de la pobre razón humana. Como mi entrevista iba a ser publicada en
periódicos de difusión extensa (El País
y La Nación), le pregunté qué
podría decirle a un filósofo joven. Fue terminante: no pisar la Universidad,
no leer más allá de los presocráticos. Tuvo
la gentileza de concederme la posibilidad de la traducción de El sendero del
campo, un texto poético que condensa su desesperación ante el suicidio
tecnolátrico que vivimos. El sendero del campo El
Feldweg (sendero del campo) es una rareza literaria dentro de la obra
heideggeriana: por primera vez el filósofo se expresó en forma de relato
poético tomando por protagonista del mismo e hilo conductor de profundísimas
sugerencias a un simple sendero campestre, de los tantos que recorría en sus
meditativos paseos por los alrededores de Friburgo. Se trata de un sendero
delineado a través de los campos por el paso secular del hombre. No ha
surgido de un proyecto ni de planes específicos, nació de la cotidiana
relación de los vecinos con el ambiente natural. Calladamente cumple su
función durante añares y las generaciones sucesivas reiteran sus pasos sobre
él porque es necesario. El
sendero sabe de la cruz que cerca de él se alza en el campo, del poderoso
roble decenal, de los textos de los filósofos leídos por un joven en un banco
a su borde, de los juegos de los niños en primavera y de los jóvenes
sacrificados en las dos grandes guerras. El
sendero es señal de una "una justa medida" del paso del hombre
sobre la Tierra. En el simbolismo del Feldweg heideggeriano hay un eco
taoísta, de filósofo que expresa su conocimiento mediante las parábolas del
sabio, con un estilo que se emparenta con el de aquellos místicos alemanes
Tauler, Silesius y Eckhardt que Heidegger no dejó de admirar. De los
múltiples significados de esta curiosa pieza poética es posible señalar dos
direcciones; hay una respuesta serena a la máxima preocupación del Heidegger
de los últimos años y se refiere a la técnica o mejor, a la esencia de la
técnica como desvío probablemente aniquilador de las sociedades industriales,
ya que la tecnología, creciendo no por voluntad humana sino impulsada por
leyes propias, alcanza en nuestros días el peligro de determinar e
instrumentalizar al hombre su creador.
El
otro tema, brillantemente solucionado en dos líneas, apunta al tiempo: el del
reloj del municipio y el de la campana de la iglesia, "pues ambos
sostienen su propia relación con el tiempo y la temporalidad". Pero sólo
la vieja campana del pueblo, después de sonar "casi con retardo"
las once de la noche, cobija ese silencio que alcanza a los sacrificados, a
los muertos antes de su tiempo natural por la trágica violencia de los
hombres. Para
Beda Allemann, autor del conocido Holderlin
y Heidegger (Ed. Fabril, Buenos Aires, 1965), el Feldweg es prueba, en su
propio texto, del esfuerzo heideggeriano por "esclarecer la poesía a
través de la palabra esencial": las asociaciones poéticas giran en torno
al centro del pensar, mediante palabras aisladas de un estricto curso
narrativo, con un procedimiento semejante al del Holderlin de los grandes
himnos: aislar rítmicamente la palabra más importante potenciándola en otro
nivel de significación dentro del contexto. Martin
Heidegger, poco antes de morir, calificó su Sendero del campo como "una breve obra significativa"
dentro de la totalidad de sus escritos. |
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