Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

KONVERGENCIAS LITERATURA

Año I Nº 3 Septiembre 2006

 

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Arte e Ideología en la Poesía Novohispana

 

Sixto Rodríguez Hernández (México)


 

 

 

 

 

En el presente ensayo me propongo poner de manifiesto las relaciones contradictorias entre la poesía novohispana y la sociedad del momento, ejemplificando con la figura siempre actual de Sor Juana Inés de la Cruz, cómo el arte, no obstante estar íntimamente ligado a las clases hegemónicas, que posibilitan su existencia, es, a la vez, un discurso que de manera abierta o velada cuestiona los fundamentos del poder y aporta los elementos necesarios para el ejercicio de la liberación de la conciencia y la desalienación del hombre, al permitirle mirarse ante el espejo de la escritura y revelársele su ser en el mundo.

 

Desde su inicio, la literatura mexicana, como casi todas las literaturas del mundo –excepción hecha de la que se produjo –y se produce, aunque cada vez menos en los países socialistas, que requeriría una explicación particular– ha sido una literatura que ha nacido ligada a los grupos de poder hegemónicos dentro del ámbito político, cultural e ideológico, porque son éstos los que han hecho posibles las condiciones materiales para que esta expresión estética florezca al crear un aparato de producción de la literatura como mercancía, así como un circuito de distribución y consumo, representado por los aparatos de distribución comercial (editores, agentes literarios y  libreros profesionales), por instituciones de cultura como las universidades que albergan en su seno importantes centros de información y distribución del conocimiento.

 

Lo anterior pone de relieve que siendo una literatura una práctica estética clasista, de manera natural, conlleve en sí la visión del mundo y la ideología de las clases dominantes, excepción hecha de cierto tipo de literatura minoritaria y marginal como la literatura proletaria que se produjo en el estado de Veracruz hacia los años 20 del pasado siglo y, por supuesto, pequeñas muestras de literatura, también marginal o underground, y, en general, todos los discursos subyugados y periféricos.

 

Sin embargo, no son pocas las muestras que contradicen este supuesto de relación causa-efecto, ya que ponen en evidencia que, salvo contadas excepciones, la literatura, sin ser una expresión revolucionaria, que se hubiera propuesto dinamitar todas las estructuras sociales, si ha presentado una posición crítica y liberadora aún dentro del establishment en que se produce y consume.

 

Durante la Colonia, en el ámbito de la literatura mexicana,  los géneros que más se cultivaron fueron la poesía lírica (barroca y neoclásica), el teatro (derivado del teatro español del Siglo de Oro), y hacia el siglo XVIII y principios del XIX la prosa.

 

La poesía fue secular y religiosa; la secular, salvo contadas excepciones como el caso de Bernardo de Balbuena, y algunos otros, no tuvo un papel relevante desde ninguna perspectiva, porque era un mero ejercicio retórico que más bien funcionaba como entretenimiento entre los miembros de la nobleza virreinal y la multitud de poetas que pululaban en los círculos del poder.

 

La poesía religiosa se cultivó durante el periodo barroco, y, obviamente, estaba ligada al ámbito de la iglesia católica. Al igual que la poesía secular, habría pasado inadvertida, porque mucha de ella era, igualmente, puro juego retórico, a no ser por la presencia fulgurante de Sor Juana Inés de la Cruz, su mayor exponente. La poesía barroca novohispana es un género cuya temática, ideología y preocupaciones centrales concuerdan, en muchos casos, con los intereses e ideología de la élite religiosa y de la nobleza novohispana que detentaba el poder económico y político, en connivencia con la iglesia, a quien le había dejado el control de las conciencias. No está de más recordar que la iglesia católica en México era una institución también clasista que respondía a los intereses políticos del momento, legitimando el ejercicio autoritario y patrimonialista del poder que ejercía la decadente nobleza española, así como la visión retrógrada del mundo que iba a contracorriente del pensamiento científico más avanzado en aquel momento, en consonancia con el movimiento contrarreformista que se había dado algunos años antes en España.

 

Sin embargo, como bien lo han planteado diversos estudiosos del fenómeno estético desde la perspectiva del materialismo histórico, la relación del arte con la sociedad en la que se produce no es mecánica, y la poesía novohispana no es la excepción, particularmente en el caso de Sor Juana Inés de la Cruz, que desde la posición de poder cultural, que ejercía dentro de la institución literario-religiosa de su momento, planteo propuestas estético-ideológicas, pero sobre todo ideológicas, que no sería aventurado calificar como de avanzada para el nivel de la conciencia de su tiempo, particularmente, en su “Respuesta a Sor Philotea de la Cruz” o “Carta Athenagórica”, donde polemiza con padre Vieyra, un destacado clérigo portugués acerca de problemas de índole teológico que la llevan a fijar una posición radical respecto al papel de la mujer en esa sociedad patriarcal y clasista. Otro ejemplo, bastante conocido de su postura contestataria, dentro de los estrechos márgenes que le permitían los grupos de poder religiosos y políticos, fueron sus famosas redondillas, particularmente la redondilla quinta: “Hombres necios que acusáis a la mujer…”

 

Finalmente, no podría haber sido de otra manera en ese asfixiante mundo, Sor Juana Inés de la Cruz sucumbió ante el poder de los grupos dominantes y fue obligada a dejar de escribir y hasta de leer, pues tuvo que entregar todas sus pertenencias, entre ellas, su rica biblioteca, así como sus aparatos científicos. Sor Juana fue un ingenio de su tiempo que encarnó la siempre necesaria contradicción entre el arte y la sociedad, sin la cual la práctica artística no podría cumplir su función sublimadora y liberadora de la conciencia.

En conclusión, espero haber demostrado que el arte en la gran mayoría de los casos, pese a su origen clasista, no necesariamente responde a los intereses de la clase dominante que hace posible la existencia del aparato de producción y circulación de la literatura como mercancía, sin dejar de considerar que también es posible la existencia de una práctica artística al servicio de los intereses de clase, o de los grupos hegemónicos, lo cual viene a ser otra manera de la contradicción, porque en este caso la función estética estaría en contradicción con los fines sublimes que la humanidad por consenso le ha otorgado a la praxis estética.