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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 9
Año III Junio 2005 |
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ENSAYO
CRÍTICO SOBRE LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD José Repiso
Moyano (España) |
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EN TORNO A MI ENSAYO SOBRE LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD Estas concretas aclaraciones son importantes: Si yo digo que el ser humano no es una piedra no tengo
por qué exponer qué es un ser humano, qué es la vida, sino sólo demuestro que
“un ser humano no es una piedra”. Es decir, no me contrapongo con otra
teoría, sino demuestro como errónea la aludida, como imposible. Los términos científicos son términos asimismo
filosóficos –conseguidos por el “saber” que es reflexivo y analítico-. Por
ello el término “existir” es un término filosófico al igual que científico:
algo existe porque se prueba argumentativamente con términos –contenidos de
conceptos- que es un hecho empírico, que es real. No obstante, hay términos que acumulan varios
significados o connotaciones, pero es su contexto concreto el que clarifica
–porque lo delimita- su significado. La Teoría de Einstein se basa en principios de “relatividad”
y él la ofreció “científicamente” en dos partes: la relatividad restringida y
la relatividad general, complementarias. Bien, cuando uno habla de ella,
habla de las dos como una sustento de la otra, o sea, que la ha engendrado. Existe, “hay” –si es más científico- una
interdependencia de todo con todo si existe en un contexto. Lo que no
significa que las partes –los elementos o las propiedades dimensionales- de
ese contexto no se puedan desunir en otro. Por ejemplo: el oxígeno y el
hidrógeno están unidos –dependen uno del otro- en… el agua, pero están
desunidos en otra complejidad o, mejor
diríamos, compuesto. Algo no se mueve con respecto a nada, sino se mueve
simplemente y demostrativamente por su evidencia de “cuerpo que se
transforma”, y con respecto a todo. Por lo tanto los sistemas de referencia
inerciales no existen sino para nosotros como utensilio, en tanto que un
cuerpo –por moverse, moviéndose siempre- tiene o puede tener infinitos y
ninguno en concreto, fijo, constante, determinado. Luego si no lo tiene éste,
uno empíricamente demostrado, no existe un sistema de referencia empírico
–sólo se usa para distinguir unos movimientos de otros, distinción que no se
puede obtener plenamente, con medición total, pero sí advertir absolutamente-.
Por ejemplo: es imposible medir el movimiento de algo, porque se mueve, pero
sí advertir que el movimiento de “algo” es diferente o sigue otras pautas de
transformación a “otro algo”, en cuanto se diferencia, no es igual. En claro, esos sistemas sirven para distinguir, nunca
para "saber el movimiento" y de inmediato -caprichosamente o
soberbiamente- destinarle un veredicto de "relativo", pues un
cuerpo no tiene un sistema tal sino ése que a uno -a un ser humano- le sirve
y, también, infinitos podrían ser; luego son imaginarios -pero que sirven
como guía que porta contenidos, como las palabras que no existen en la
realidad pero sirven porque nos simbolizan contenidos-. Sobre los “puntos de referencia” utilizados por el
lenguaje humano: Cuando existe una intencionalidad existe a su vez una
fijación –un servirse de ella por voluntad para “crearse” un modelo ético o
social-, algo que no es propio de la realidad extrasimbólica o de la realidad
en general –exenta de la intención humana-. Ejemplos: una rosa no es “un
punto de referencia” para un jardín ni un grano de arena es “un punto de
referencia” para un desierto, únicamente son elementos de contextos más o
menos amplios. Ni el mundo ni un jardín poseen una intención, una
“dirección iluminada” por favorecer a uno de sus elementos, es decir no dejan
un testamento diciendo que tal rosa es “un punto de referencia”, pues sólo
supone ser un elemento más; y sólo el ser humano hace o inventa que un
elemento en concreto trascienda o sirva para su honor imaginario (para su
voluntad) de ser “un punto de referencia”. Del mismo modo un jardín no es “un punto de referencia”
para un rosa, sino que “está” en los contextos que está, y éstos no son
puntos: son contextos, complejidades que integran diversos elementos
existenciales. Término y concepto: No me opongo a ningún término, ni
siquiera al término “referencia”, sino a un concepto concreto, a un contenido
o a una expresión delimitada. El término “referencia” conlleva “alusión” por
lo que nunca es prescindible (al ser la misma esencia de la comunicación); un
concepto “se refiere a”, “es propio a “, luego identifica de forma absoluta
contextualmente, pues “se refiere a”, diferencia, determina propiedades y
principios a… algo. Pero no ocurre eso cuando ese término califica porque,
entonces, no dice en realidad que “se refiere a” (algo concreto), sino
que “es un referente” –para nuestro
uso- pero, ahí, “referente” (un punto, una fijación) adquiere una alta
ambigüedad e imprecisión (porque la deciden gustos), primando o anteponiéndose
un referente ante infinitos; un error. Así que, en mi ensayo, me opongo
solamente al “punto de referencia” respecto a un sistema de referencia,
respecto al sistema de referencia einsteiano. Las transformaciones de Lorent no indican que algo sea
relativo o no-constante dadas unas condiciones de su contexto que le sean
constantes, sino que la masa se le cambia a algo cuando esa masa equivale a
una mayor energía porque equivale asimismo a un mayor movimiento. En mi ensayo llamo “contexto A” a aquel en el cual
“cualquier” objeto se mueve, y significa que el espacio “ya es” un contexto,
el espacial –donde metemos la cabeza- o si se quiere entender el general: el
contexto base. Cuando me refiero a “El movimiento (el ser)…” es que
“algo es” movimiento (el movimiento alude a un ser, a un algo, a una clase de
energía que se mueve) que actúa con unas pautas de transformación diferentes
a otro algo, quiero decir, es “lo que se mueve” como elemento de todo lo que
se mueve. Luego, al ser un elemento, se mueve diferente por la demostración
racional de que, si no fuera un elemento, todo entonces se movería igual por
una sola acción o movimiento –lo que implicaría ser fijo-. Todo científico se apoya en argumentaciones racionales,
por lo tanto lo que aduzco está dentro de lo científico, de lo racional. Uno
cualquiera apoya sus argumentos sobre bases empíricas, por mi parte sólo hago
cohesionar referencias empíricas –que eso es la razón-. El movimiento no lo sujeto o lo vinculo, de ninguna
manera –pues sería irracional-, a términos estrictamente de sistemas de
referencia inerciales, porque ya he dicho y demostrado que no existen como
tales; algo que no ocurre con el movimiento en tanto que indica o conlleva
una transformación, por ciclos también demostrados, evoluciones con respecto
a ningún punto de referencia. Por ejemplo: la desembocadura de un río no
tiene algún punto de referencia, sino confluyen allí una serie de elementos y
condiciones. Asimismo todo lo que os guste que os demuestre empíricamente. No
digo lo que me gusta, ¡qué más quisiera yo! La geometría cuadridimensional no posee alguna prueba, y
además supondría que algo puede estar al mismo tiempo en otro lugar; por lo
que nada tendría –nada estaría en un…orden, más bien en una locura- que
seguir una evolución ni un ciclo al encontrarse por arte de magia
predispuesto, prefijado, inmóvil al perder el pilar esencial de toda
transformación: la continuidad. Sólo algo es (existe) si continúa siendo, si sigue
un proceso, de continuidad de sí
mismo, sobre unas mismas o coherentes condiciones dimensionales de
continuidad. Por último, que el corrimiento del perihelio de mercurio
se verificara en 43 segundos de arco por siglo no, no significa que el tiempo
y el espacio ya estén casados como siempre y para siempre, y en todas las
condiciones por igual. HIPÓTESIS Y ERRORES DE EINSTEIN Einstein sostiene su teoría de la relatividad en que la
velocidad de la luz es fija, que no depende ni de alguna fuerza ni del
espacio, o sea, que es absoluta. De hecho, eso se ha demostrado una y otra
vez: es así. La velocidad de la luz es un movimiento constante al igual que
otros movimientos dadas unas circunstancias; porque la constancia es lo único
que garantiza un orden, un desarrollo o cualquier ciclo; pero ¿qué ocurriría
si lo que existe fuera únicamente constante?, pues que no permitiría una
diversidad, una libertad de interacción del “todo con el todo”. He ahí que
son deparadas unas constancias absolutas junto a otras que, también
absolutas, sólo se comportan como tal vinculadas a unas circunstancias, en
claro, a unos desarrollos que han derivado. Ahora bien, antes de profundizar sobre cualquier aspecto
existencial se debe precisar sobre la propiedad más inherente –la fundamental-
de lo que existe: el movimiento. Así pues, éste existe, y existe de forma
absoluta, ya que lo que existe sólo existe al actuar, al desmarcarse de lo
que “no posee” capacidad para algo o “ser nada” (inexistencia). El movimiento
conlleva “siempre” el que “algo se mueve”, y no sobre sí mismo sino sobre o
dentro de un contexto amplio que podríamos llamar contexto A o “espacio”; por
lo que toda la ciencia se fundamentará sobre lo que es, en todo caso, firme
base real: el movimiento y el espacio. Empero no puede “unirse”, porque será
muy preciso el distinguirlos, pues un
movimiento se moverá siempre “hacia” un espacio al que aún no ha
llegado –sólo llegará moviéndose-, luego el movimiento “no es” el espacio,
sino éste se dirige –podríamos decir- a otro espacio –al moverse siempre-.
Por lo tanto, el que algo deje un espacio no tiene por qué determinarlo en
cuanto que ya no sabe nada de él, no lo “sabe” ocupando otro y, además, “no
sabe” el que luego vaya a ocupar; es decir, un movimiento jamás podrá
determinar un espacio al que nunca ha llegado. Pese a quien pese, de hecho un
movimiento nunca podrá influir a ese espacio en el que nunca haya estado;
concretemos, por ello, en que algo en movimiento influye con una serie de
fuerzas a todo lo demás o a aquello que, en verdad, es alcanzado por sus
fuerzas o por sus capacidades de interacción. En suma, al movimiento no le es propio un espacio
estable, más bien se conforma abnegándose por obligado a un espacio estable
o… influido. El movimiento (el “ser”) ya ha quedado dicho -por mí-
que “está en espacios” que le favorecen una “continuidad” de interacciones;
sin embargo, hay algo más: el movimiento dura o, al menos, dura en el proceso
al que se encuentra vinculado. Si es un movimiento máximo de la energía, por
supuesto mantiene una constancia –un límite, una limitación, una regla firme
que consiste en que algo no puede sobrepasar un límite: en esto se basa
cualquier constancia-; si por el contrario ése se constituye dentro de una
estructura compleja donde actúan diferentes fuerzas, pues “transcurre”
dependiendo de ellas o en atención a ellas se regula o se delimita. En efecto, un movimiento dura –normalmente “prosigue” un
movimiento en otro- al margen de que el ser humano lo mida; pero el ser
humano –por su atrevimiento- lo mide y no más que con unos intervalos o
recurriendo a unas referencias de distancia que denomina “tiempo”. Bien, lo
hace para una utilidad suya; no obstante, ¿existe el tiempo sin distancia?
Pues sí, la respuesta es sí al poderse medir el movimiento por referencias a
lo que ya le es connatural: por ciclos, por desarrollos, por logros de
límites, etc. Es decir, el tiempo se mide según qué aspecto del movimiento se
quiera medir considerando que tal tarea, el medir, será como “sujetar” al
movimiento si se hiciera únicamente con unas referencias de distancia –un
error que comete ya el ser humano, pues debería decirse “distinguir las
duraciones”-. En esos términos, sí, el problema más grave de la
ciencia empezó cuando el ser humano se obsesionó por medir el tiempo con esa
idea de relacionarlo a la fuerza con la distancia pues, si con “perfección”
la naturaleza lo “admite” o lo distingue por ciclos o desarrollos (por
ejemplo, la vida dura lo que dura el proceso desde que se inicia la formación
de los órganos de un ser vivo hasta que se descomponen o al perder esos el
control funcional de su sistema nervioso), el ser humano lo extrapola, lo
lleva al inventado y tendencioso “tic-tac” logrando, así, una tabla rasa
ficticia para todos los desarrollos existentes -a veces totalmente distintos
unos de otros-. No, con contundencia no sólo existe el tiempo que un
movimiento recorre una distancia porque, asimismo, existe el tiempo que un
movimiento resiste a otro movimiento –el de una masa “más en reposo” ante
otro movimiento-. Hay que tener en cuenta, por tanto, que el movimiento –o la
vida- no recorre un “espacio base” –algo que está esperándole- o un espacio
estable en virtud de que transcurre o prosigue por “espacios” nunca
idénticos; aún más, el movimiento no puede recorrer en el fondo nada, sino
que se va formando –se mueve nunca en una misma base- o conformando y, a su
vez, deformando en el espacio en general. Aclarándose: el movimiento se
conforma –al interaccionar siguiendo un modelo estructural o su desarrollo- y,
al mismo tiempo, se deforma –por factores que frenan más o menos el que siga
a ese modelo estructural-: cuando chocan dos estructuras complejas por
ejemplo. Con lo dicho, el espacio no puede quedar preestablecido
por una concepción de distancia porque son “espacios”, ocupaciones
continuamente las que determinan cada
movimiento; y advirtiendo que de
algunos “espacios” nunca un movimiento sabrá nada, es decir, les serán
siempre ajenos “existencialmente”, ni los que en verdad poseen no son un
“uniforme” para siempre. Con el tiempo ocurre lo mismo, que no lo dicta un
movimiento en particular –que comporta sólo uno-; por ello, sí, habría que
hablar de “tiempos”. La teoría de la relatividad expone, en cambio, la
acertada relación que intensifica todo movimiento con su masa, con su
expresión de energía condensada o de materia; esto es, el movimiento que se
realiza es equivalente a su masa, de una forma proporcional y de ahí que la
referencia a esa proporción sea la constante de la velocidad de la luz para
una formulación en concreto (E = m . c al cuadrado) significando que, cuando
algo varía energéticamente, varía en proporción su masa. Por de pronto eso es así, pero Einstein habla de tiempo también,
que éste decrece cuando un movimiento se acerca a la velocidad de la luz con
respecto al punto de referencia inicial, o sea, con respecto al lugar en
donde se originó. Sin duda, si algo se mueve “más rápido” que el planeta que
deja –que nunca alcanzará un movimiento cercano al de la luz- envejecerá
menos que tal planeta y lo que esté en él – es evidente, un tonto lo sabe-;
según la ecuación de Lorentz: t =
tiempo inicial (l – v elevado a la potencia 2 . c elevado a la potencia -2)
elevado a -1/2, conforme a la relación v elevado a 2 . c elevado a 2. Si un objeto se aleja de nosotros cercano a la velocidad
de la luz, desde nuestra observación o sistema de referencia la longitud del
objeto disminuye –considerando que atiende a una curvatura, nada va en línea
recta- y su duración –al ir a tal velocidad con respecto a otro sistema de
referencia- aumenta. Claro, razonable es que aumente si el movimiento en el
cual se encuentra contenido es mayor con respecto a otro –considerando
siempre que en un movimiento cercano al de la luz todo dura menos, está más
cerca del límite, se necesita más energía para estar ahí-; pero no en el
instante algo consigue tal velocidad, en realidad muy poco y nunca una
estructura compleja como la nuestra. Einstein cae en el facilismo de atribuirle un “tiempo de
utilidad” a lo que ya está demostrado como constante en cualquier sistema de
referencia; conque será “tiempo” para él la distancia que se deduce de esa
velocidad, y la impone como “duración sucedánea” a todos los movimientos (un
procedimiento reflexivo así: si en una distancia hay tiempo, ¿cómo no?, pues
utilizo esa distancia constante para hablar de tiempo, sin restricciones; si
en el tocino hay velocidad –alguna hay-, pues utilizo el tocino como medida
de velocidad). De antemano, una estructura compleja cercana a la
velocidad de la luz dejará de inmediato de forma irreversible de ser ella:
ocupará rápidamente más espacios, o sea, abandonará una naturaleza a la que
no, no volverá intacta o intentando seguir con aquél añorado tiempo, el de su
anterior sistema de referencia. Por ejemplo: El señor A va en un tren X y el movimiento
de este tren lo mide “participando” en ese movimiento, es decir, dándolo como
adherente a sus medidas; pero el señor B que se sitúa fuera del tren X lo
medirá con el movimiento adherente al suelo, a su sistema de referencia, lo
que determina una “desubicación” para medir por igual el movimiento que
corresponde al tren X. A ver, dado esto, el señor A participa –no tiene, pues
él “per se” no puede alcanzar más que su movimiento- en el movimiento
adherente más cercano al de la velocidad de la luz. Ahora bien, si
hipotéticamente el señor A tuviera el movimiento cercano al de la luz y luego decidiera volver a otro movimiento
menos rápido, por supuesto, seguiría viviendo en el tiempo que ahí le
corresponde y… más joven que el señor B. El señor A, sin duda, habría vivido dos movimientos
adherentes; todo un privilegio con respecto al señor B que seguiría con el
suyo. Esto se ha imaginado así; pero es una… falacia, puesto que la medición
–la que se ha realizado- sólo ha atendido a las medidas de movimiento del
señor B cuando, en realidad, el señor A no ha atendido a la suya misma ni a
sus “posibilidades” con respecto al señor B. Más claro: Imaginen dos personas viviendo en un mismo
tren que hipotéticamente viaja cercano a la velocidad de la luz; bien, aunque
en un principio los dos se encuentran en el primer vagón, uno es más
libertino y decide alejarse –corriendo- hacia el último vagón. De esa forma,
en efecto, siempre “el que se queda” llega antes a la muerte –porque sólo
cuenta con un tiempo o con un sistema de referencia, no tiene otro recurso ni
truco ante él-; sin embargo, “el que se aleja” resta movimiento a ese proceso
y, a la par, tiempo. Además, ahí, advertido lo ocurrido, otro señor fuera del
tren puede admitir que un señor envejece menos, eso es lo que dice-¡ah!, pero
no deja de envejecer porque también le afecta el…tiempo-. Pues bien, si los dos que se encuentran dentro del tren
quisieran verse, “el que se alejó” tendría que volver y precisamente en esa
acción usaría -“perdería”- la energía
–la ventaja- que necesitó para alejarse, el otro movimiento adherente al que
estuvo vinculado: al final se verían como lo hicieron inicialmente, en un
mismo contexto, sobrellevando unas mismas reglas de tal contexto, fuera de
fantasías o de trucos. Y es que con el movimiento cercano a la velocidad de la
luz no se juega, por razón de que no es algo que corresponda a una decisión
de ida y de vuelta, de “súbete a la velocidad de la luz y date una vuelta”,
ni menos de dimensiones inventadas (una vida en cuanto deja de ser vida con
otro movimiento no puede construirse tal como se dejó). Einstein sostuvo que el Sol no atrae a la Tierra, sino
que la Tierra “porque sí” está encerrada en la curvatura del espacio que el
Sol provoca; y que la Tierra continúa arrastrada por su propia inercia. Por
eso, la cantidad de energía concentrada no hace sino influir en el espacio
que la rodea y, así, lo que hay en éste se dirige por su propia inercia hacia
el centro de la curvatura: hacia la mayor energía concentrada. Entonces,
dicho tal cosa mientras no se censure al que demuestra, todo curva su
movimiento a causa de una curvatura existente siempre por concentraciones de
energía. En tal supuesto, si se curva la distancia, el tiempo también; y todo
–así concibe la gravitación-. Durante un eclipse de Sol la luz de las estrellas nos
vienen gracias al eclipse: la luz se desvía de su trayectoria cuando pasa
cerca de una mayor masa. Por otro lado, Einstein se atrevió a revolucionar el
espacio euclidiano de tres dimensiones añadiendo otra, espacio-tiempo, donde
el espacio es continuamente espacio-tiempo de forma constante o absoluta. Bien, en primer lugar, una dimensión del espacio es por
menos una “dirección” que la posee siempre el espacio, incluso con la
carencia de energía; conque en un espacio lo más próximo a nada -o
imaginablemente nada- nunca le será “demostrado” esa dimensión de
espacio-tiempo que la depara como una propiedad energética más que como una
propiedad … espacial. Si es así, si en verdad toda la materia del Universo se
concentra y ya ha predeterminado –según dice él- una curvatura infranqueable
en torno a ella, entonces “ya” la materia estaría condensada para no salir de
ahí, de la inevitable inacción a la larga, pues, el probado punto subatómico
o fondo de radiación desde luego
crearía tal “hundimiento” del espacio que de inmediato se cerraría o “se
instalaría” en la inacción por tal confinamiento establecido; o sea, ninguna
fuerza de implosión podría franquear esa predeterminación espacial tan
absolutamente… cerrada. Bien, Einstein no probó sino una evidente constancia de
la velocidad de la luz pero, con aforo a eso, confundió lo demás. Porque él
mismo demostró sin darse cuenta que su supuesto tiempo es absoluto –el que
tarda la velocidad de la luz en recorrer una distancia- y después como
conclusión precipitada soñando en “viajes” lo señaló como relativo, algo que
jamás ha demostrado y ni en sueños. La luz viaja en todas direcciones como lo hace todo lo
demás –se expande-: un protón no curva él el espacio para que los electrones
le obedezcan, únicamente eso es así. “Dios no juega a los dados” era su obsesión que nada
tiene que ver con una coherencia que siempre rompió o que rompía a cada
instante, como queriendo predeterminar que cualquier movimiento siguiera a su
imaginación, a sus reglas de “juego de ajedrez”, y que incluso respondiera a
un “tiempo único”o a un “espacio único” – todo mezclado- de ida y de vuelta. En definitiva,
Einstein como resultado elude la coherencia; sí, descubre en una
fórmula una constancia energética pero, de ahí, deduce lo que nada tiene que
ver: la existencia de un espacio-tiempo. Y ¿por qué no –de paso- la
existencia de un espacio-tiempo- energía-antienergía? Y ¿por qué no la
existencia de un tiempo-antitiempo frente a un espacio-antiespacio? Él fue
un… fabulador, uno que mezcló todo
para que saliera algo; por confundir confundió hasta lo imposible con enredos
imaginarios porque vinieran luego otros y los desenredaran. Las fuerzas, sí, se han demostrado que existen, según
qué interacciones la energía conlleva unas fuerzas o maneras de proyectar las
consecuencias de esas interacciones de movimiento. La energía en estado potencial
ya es una fuerza: una capacidad para atraer más movimiento y, de hecho, el
electromagnetismo… existe. El movimiento no preestablece como “inamovible” el
espacio; nada se concentra en una predeterminación -para que algo vaya a ser-
que antes hizo el movimiento (por nebulosas se forman concentraciones o
galaxias no en función de hundimientos, no en función de algo o de un guión
de movimientos que todos deben leer-, es decir, no lo origina o no es la
causa el espacio mismo, sino la acción de algo, sino determinándose
conjunciones de movimientos, los cuales interaccionan entre sí. Una mayor cantidad de movimiento actuará siempre sobre
una menor cantidad de movimiento, no sobre la nada: la energía dirige su
acción –para que sea acción- a la menor energía cercana. La Tierra actúa
sobre la atmósfera porque sencillamente mantiene una constante interacción
con ella, digamos, le es propia en una conjunción de fuerzas o se encuentra
en su ámbito de acción; pero, aún más, la gravitación es limitada como cualquier
fuerza y contrarrestada por otras fuerzas o por otras gravitaciones. La
Tierra atrae a la Luna en una misma proporción -con respecto a la masa y a la
distancia- que el Sol atrae a la Luna marcándose, así, un equilibrio estático
–todo lo posee-. Es decir, no sólo la Tierra atrae a la Luna en su rotación
elíptica sino que es atraída la Luna por la misma inercia de su masa en el
espacio, por la rotación y gravedad de la Tierra y, a su vez, por la inercia
y gravedad del Sol. El espacio es imprescindible para la energía, absoluto;
el tiempo también; y cada elemento que exista es necesario energéticamente, y
no es una imposición fantástica de nadie. Luego nada ni nadie ha demostrado
jamás que algo sea relativo (es una locura imponerlo, por sinrazón, por dictadura). |
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