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De modo que cuando digo que la literatura grande es necesariamente seria, no me estoy referiendo a esa correcta apariencia funeraria que caracteriza a los figurones criollos. Hablo de otra cosa. Serio, por supuesto, es Tolstoi, pero también lo es Moliére en sus lavativas gigantes y Gombrowicz en Ferdydurke. No nos engañemos, en efecto, con los palos que llueven sobre el Quijote y hasta sobre el pintoresco Sancho: en cuanto nos descuidamos tenemos lágrimas en los ojos. También Puchkin, cuando oía aquellas comiquísimas historias de Gogol, entre carcajadas equívocas decía: "¡Dios mío, qué triste es Rusia!". Queriendo significar, naturalmente, qué triste es el hombre en general y qué espantoso es su tránsito sobre la tierra.

Literatura seria, pues, es la descripción de la tragicómica dualidad de la criatura humana; esa tragicomedia que resulta de su doble condición de sapo y ángel; esa grotesca (pero patética) dualidad que lo hace hablar de eternidad cuando todos sabemos que viviremos alrededor de sesenta años; esa estúpida (pero heroica) dualidad que lo lleva a ocuparse del absoluto y de las ideas puras cuando está perfectamente comprobado que terminará convertido es una inmunda pasta hirviente de gusanos.

En suma, llamo gran literatura, a la que se propone la investigación de la condición humana. Y casi diría a la investigación feroz, pues la ausencia de ferocidad me hace dudar sobre el auténtico propósito de ese investigador. Ya que un hombre que no se plantee ese problema con indignación, un escritor que no esté impulsado por una despiadada furia cpntra Dios o contra la Nada es muy improbable que tenga posibilidades (o ganas) de atravesar el abismo.

Ernesto Sábato: La gran literatura no es cosa de broma, en Heterodoxia, p.110, Emecé, Buenos Aires, 1951.