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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 3
Año I Abril/Mayo 2003 |
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NUEVE
MODOS DE NO HABLAR DE DIOS Raimon Panikkar (España) Traducción: Daniel López Salort |
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Los
siguientes nueve puntos son un intento de contribuir a resolver un conflicto
que desgarra a muchos de nuestros contemporáneos. Parecería, de hecho, que
mucha gente no logra solucionar el siguiente dilema: si creer en una
caricatura de Dios que no es sino una proyección de nuestros deseos
insatisfechos, o creer absolutamente en nada y, consecuentemente, ni aun en
uno mismo. Al menos desde Parménides, la mayor parte de la cultura Occidental
ha estado centrada en la experiencia-límite del Ser y la Plenitud. Un gran
parte de la cultura Oriental, por otra parte, al menos desde las Upanishads,
está centrada en la consciencia-límite de la Nada y el Vacío. La primera es
atraída por la palabra de las cosas como ellas nos revelan la trascendencia
de la Realidad. La otra está atraída por el mundo del sujeto, el cual nos
revela la impermanencia de la última Realidad. Ambas están preocupadas por el
problema de la "ultimidad", a la que muchas tradiciones han llamado
Dios. Las breves nueve reflexiones que presento no dicen nada de Dios. En su
lugar, simplemente esperan indicar las circunstanciasen las que el discurso
sobre Dios podría ser adecuado y mostrar por sí mismo ser fecundo, si tan
sólo nos ayudara a vivir nuestras vidas más total y libremente. Esto no es
ofrecido como una excusa sino tal vez como la más profunda intuición: no
podemos hablar de Dios como lo hacemos de las otras cosas. Es importante que
tomemos en cuenta el hecho de que la mayoría de las tradiciones humanas
hablan de Dios únicamente en el vocativo. Dios es una invocación. Mi
reflexión de nueve aspectos es un esfuerzo por formular nueve puntos que, me
parece, deberían ser aceptados como las bases para un diálogo que la
conversación humana no puede por más tiempo reprimir, a menos que aceptemos
ser reducidos a nada más que robots completamente programados. En cada punto
he agregado tan sólo unas pocas consideraciones, concluyendo con una cita
cristiana que sirve como una ilustración. No
podemos hablar de Dios sin haber logrado antes silencio interior. Así
como es necesario hacer uso de una cámara Geiger y matrices matemáticas para
hablar inteligentemente sobre electrones, necesitamos tener una pureza de
corazón que nos permita escuchar la Realidad sin ninguna interferencia de la
propia búsqueda. Sin este silencio de proceso mental, no podemos elaborar
ningún discurso de Dios que no sea reducible a simples extrapolaciones
mentales. La pureza del corazón es equivalente a lo que en otras tradiciones
se llama vacío – manteniéndose uno mismo abierto a la Realidad, sin ningún
interés pragmático ni expectativas en una mano, o resentimientos o ideas
preconcebidas en la otra. Sin tales condiciones, solamente estamos
proyectando nuestras propias preocupaciones, buenas o malas. Si estamos buscando
a Dios para hacer uso de lo divino para algo, estamos trastocando el orden de
la Realidad. "Cuando desees, reza", dice el Evangelio, "ve a
la parte más silente y profunda de tu casa". Hablar de Dios es un discurso que es sui generis. Es
radicalmente diferente de un discurso sobre cualquier otra cosa, porque Dios
no es una cosa. Hacer de Dios una cosa sería hacer de Dios un ídolo, aun
cuando fuera solamente un ídolo de la mente. Si Dios fuera simplemente una
cosa, oculta o superior, una proyección de nuestro pensamiento, no sería
necesario usar tal nombre. Sería más preciso hablar de un superhombre, una
supercausa, una metaenergía o pensamiento, o no sé qué. No sería necesario,
para imaginar a arquitecto muy inteligente o un ingeniero extremadamente poderoso,
usar el término Dios; sería necesario hablar de un super-desconocido detrás
de aquellas cosas que no hemos llegado a conocerlas completamente. Este es el
Dios de los huecos, cuyas estratégicas retiradas nos han sido reveladas
durante las tres centurias pasadas. "No tomarás el nombre de Dios en
vano", dice la Biblia. El discurso sobre Dios es un discurso de nuestro
entero ser. No
es asunto de sentimiento, razón, el cuerpo, ciencia, o filosofía y/o teología
académica. El discurso sobre Dios no es una especialidad elitista de ninguna
clase. La experiencia humana en todas las edades ha tratado siempre de
expresar "alguna cosa" de otra, como son al fin de cuentas muchos
de los fundamentos de todo, sin excluir nada. Dios, si Dios "existe",
no es ni la izquierda ni la derecha, ni arriba o abajo, en el estricto
sentido de estas palabras. Querer colocar a Dios en nuestro lado, como otras
cosas, es simplemente una blasfemia. "Dios no es con respecto a las
personas", dice San Pedro. No es ningún discurso sobre ninguna iglesia, religión,
o ciencia. Dios
no es el monopolio de ninguna tradición humana, aun de aquellas que se llaman
a sí mismas teístas o que se consideran a sí mismas religiosas. Cada discurso
que tratara de poner a Dios en una alguna ideología, cualesquiera sea,
simplemente sería sectarismo. Es completamente legítimo definir el campo
semántico de las palabras, pero limitar el campo de Dios a la idea que un
grupo humano dado tiene de Dios, termina defendiendo una concepción sectaria
de Dios. Si allí existe "algo" que corresponde a la palabra
"Dios", no podemos confinarla en ningún apartheid. Dios es el todo (to
pan); la Biblia Hebrea dice esto también, y las cristianas escrituras lo
repiten. Es un discurso que siempre toma lugar por medios de
una creencia. Es
imposible hablar sin lenguaje. Igualmente, no hay lenguaje que no transporte
una u otra creencia. Sin embargo, no deberíamos confundir el Dios del que
hablamos, con el del lenguaje de la creencia que da expresión a Dios. Ahí
existe una relación trascendental entre el Dios que el lenguaje simboliza y
lo que realmente decimos de Dios. Las tradiciones occidentales han hablado
frecuentemente de un mysterion –el cual no significa un enigma o lo
desconocido. Cada lenguaje está relacionado y se enlaza a una cultura.
Además, cada lenguaje depende del contexto concreto que nos provee su
significado y sus límites al mismo tiempo. Necesitamos un dedo, ojos, y un
telescopio para localizar la luna, pero no podemos identificar los medios de
los que hacemos uso. Es necesario tener en cuenta la intrínseca adecuación de
cada forma de expresión. Por ejemplo, las pruebas de la existencia de Dios
que fueron desarrolladas durante el período del escolasticismo cristiano
pueden demostrar solamente la no racionalidad de la existencia divina para
aquéllos que ya creen en Dios. Por otra parte, ¿cómo podrían conocer que las
pruebas demuestran lo que estaban buscando? Es un discurso sobre un símbolo, no sobre un concepto. Dios
no puede ser el objeto de ningún conocimiento o creencia. Dios es un símbolo
que es tanto revelado como oculto en el símbolo del que estamos hablando. El
símbolo es un símbolo porque simboliza, no porque es interpretado como tal.
No hay hermenéutica posible para un símbolo porque es en sí mismo
hermenéutico. Lo que hacemos en orden de interpretar el así llamado símbolo
es el verdadero símbolo. Si el lenguaje es solamente un instrumento para
designar objetos, no habría discurso posible de Dios. Los seres humanos no
hablamos simplemente para transmitir información, sino porque sentimos la
necesidad intrínseca de hablar –esto es, vivir totalmente por la
participación lingüística en una universo dado. "Nadie ha visto nunca a
Dios", dice San Juan. Hablar de Dios es, por necesidad, un discurso
polisémico. No
puede estar limitado a discurso estrictamente analógico. No puede tener un primum
analogatum puesto que no puede haber una meta-cultura fuera de la cual el
discurso es constituido. Sería ya una cultura. Existen muchos conceptos sobre
Dios, pero ninguno "concibe" a Dios. Esto significa que tratar de
limitar, definir, o concebir a Dios es una empresa contradictoria: lo que
produce sería solamente una creación de la mente, una creatura. "Dios es
más grande que nuestro corazón", dice San Juan en una de sus epístolas. Dios no es el único símbolo que indica lo que la
palabra "Dios" desea transmitir. El
pluralismo es inherente, al menos mínimamente, en la condición humana. No
podemos "entender" o significar lo que la palabra "Dios"
significa en términos de una sola perspectiva o aun comenzando con un único
principio de inteligibilidad. Aun la palabra "Dios" no es
necesaria. Cada intento de absolutizar el símbolo "Dios" destruye
no sólo relaciones con el divino misterio (el cual entonces no es absoluto
–por ejemplo, más allá de cualquier relación), sino también con hombres y
mujeres de otras culturas que no sienten la necesidad de este símbolo. Este
reconocimiento de Dios siempre se logra en tándem con la experiencia de la
contingencia humana y nuestra propia contingencia en el conocimiento de Dios.
Es un discurso que inevitablemente se completa a sí
mismo en un nuevo silencio. Un
Dios que fuera completamente trascendente –además del hecho de que sería
contradictorio esperar hablar sobre ese Dios- sería un hipótesis superflua,
si no perversa. Un Dios completamente trascendente negaría la divina
inmanencia al mismo tiempo que destruiría la trascendencia humana. El
misterio divino es inefable y ningún discurso puede describirlo. Es
característico de la experiencia humana reconocer que es limitada, no
únicamente en un sentido lineal por el futuro, sino también intrínsecamente
por su propio fundamento, el que es dado. Excepto sabiduría y amor,
corporeidad y temporalidad están unidas, no hay experiencia. "Dios"
es una palabra que agrada a mucha gente y desagrada a otras. Esta palabra, al
romper el silencio del ser, nos permite redescubrirlo una vez más. Nosotros,
que somos la ex-sistencia de una sistencia que nos permite prolongarnos (en
el tiempo) , extendernos (en el espacio), substancial (con el resto del
universo) cuando insistimos, en orden a vivir, en continuar con nuestra
búsqueda, mientras resistimos la cobardía y la frivolidad, y subsistimos
precisamente en ese misterio que muchos llaman Dios y otros prefieren no nombrar.
"Quédate en silencio y conoce que Yo Soy Dios", declara el Salmo.
Algunos reclamarán que, a pesar de todo lo que he dicho, tengo un idea muy
precisa de Dios. Respondería que, mas bien, tengo una idea muy precisa de lo
que Dios no es –y aun que esa idea cae bajo el ataque de la crítica de estos
nueve puntos. Sin embargo, esto no constituye un círculo vicioso, sino mas
bien un nuevo ejemplo del círculo vital de la Realidad. No podemos hablar de
la Realidad mientras permanecemos fuera de ella, o fuera del pensamiento,
como si pudiéramos amar sin amor. Quizás el misterio divino es lo que da un
sentido a todas estas palabras. La más simple experiencia de lo divino
consiste en devenir consciente de lo que quebranta nuestro aislamiento, al
mismo tiempo que respeta nuestra soledad (identidad). Una filosofía intercultural nos podría mostrar que otras
civilizaciones, sin negar sus aspectos negativos, han tenido otros mitos que
les han permitido tener una vida plena –evidentemente para aquéllos que han
creído en ello. Pero aquí debemos añadir de inmediato que no se trata en
manera alguna de idealizar el pasado o de ver sólo los aspectos positivos de
otras culturas. Y esto es precisamente lo que nos lleva a la
interculturalidad. Raimon Panikkar. Polylog, Vol.1,
Munich, 2000. (Fuente: Ilu, Revista de Ciencias de las Religiones 1, 1996) Recomendamos
muy especialmente el artículo Religión, Filosofía y Cultura en: www.polylog.org |
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