Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 7 Año III Agosto/Septiembre 2004

 

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 CLONACION DE JESUS DE NAZARET

OPERACIÓN RESURRECCIÓN

 

 Lidio Esteban Mosca (Argentina)

 


 

 

 

 

Konvergencias presenta el primer capítulo de esta novela, editada en Viena, Austria, aún no distribuida en el área de habla castellana, y agradecemos profundamente la gentileza del autor.

 

 

 

Capítulo 1

El profesor Swoboda descubre la tumba de Jesús de Nazaret

          Todos los seres humanos tienen sueños. Si esos sueños van acompañados de una gran pasión suelen realizarse, por imposibles que parezcan. El paleontólogo y  arqueólogo austríaco  Hans Swoboda, profesor de la Universidad de Viena, vivía obsesionado por descubrir el auténtico sudario de Nuestro Señor Jesucristo. Pero su sueño no terminaba ahí; él deseaba también realizar la clonación del Mesías. Por eso, cuando luego de muchos años de esfuerzos, dio finalmente con el auténtico sudario del Jesús de Nazaret, buscó obsesionado hallar restos biológicos que le permitieran esa fantástica aventura... y los encontró. Entre las fibras del tejido había restos de cabellos. Algunos de ellos pertenecían al hombre aquel que el Nuevo Evangelio cuenta que era el mismo Dios hecho hombre. Esta es la historia de la segunda resurrección de Jesús, el Cristo.

         Erwin Wiedner, arqueólogo investigador, hombre de enorme fortuna  e inconmensurable fuerza espiritual para todo aquello que se relacionara con la búsqueda de nuevos conocimientos del pasado humano, se hallaba en una de sus casas de campo en Austria. Era un día sábado del mes de enero de un día en la primera mitad del siglo XXI. De todas las viviendas que poseía, ésta era la más íntima y secreta; ningún amigo, ningún pariente conocía su existencia. Se retiraba de vez en cuando a ella cuando sentía la necesidad de hallarse completamente solo, costumbre que tenía desde su más temprana juventud. En él había algo de monje de clausura, se decía, porque, aunque era un hombre de mundo, rompía de vez en cuando los lazos de unión con la vida ruidosa y variada y se recluía. Pero ese retiro se le tornaba insoportable en muy poco tiempo y así como de repente lo sentía indispensable, también lo abandonaba de un minuto a otro y se reintegraba a los grupos de amigos, ex colegas de trabajo y otros conocidos.

Después de su jubilación, podía administrar con mayor facilidad esa necesidad de estar con gente y de romper de golpe el contacto con ella. Justamente había regresado de un paseo solitario en esquí a través del bosque; ya en casa, se había dado una buena ducha después de dos sesiones de sauna con Aufguss, para las que utilizaba un chorrito de Schnapps que echaba a las brasas, para limpiar los poros de la piel por medio de la profusa transpiración. Con el añadido de esa bebida de alta graduación alcohólica, sentía un agradable ardor de la piel cuando comenzaba el efecto del intenso calor en el aire. Estaba ahora su cuerpo envuelto en una enorme toalla y se hallaba sentado frente a la estufa, la misma que imitaba un gran hogar a leños. La imagen de llamas y leños era simulada y también lo era el crepitar de la madera inexistente, ruido que siempre había amado entrañablemente, porque lo transportaba a la vida atávica del hombre antiguo, al torrente de sangre nómada y de cazador que todo hombre posee arraigado en un pequeño rincón de la memoria profunda y eterna. Estaba en ese momento sentado en su sillón preferido, pensando en el paseo en esquí que había tenido: la nieve era alta y había que ser un excelente esquiador para no quedarse pegado con los esquís y para que no se le hundieran luego los pies en ella. Una soledad absoluta lo acompañaba cuando descendía hacia el valle esquiando a baja velocidad y observando el paisaje: lo sorprendía una que otra ardilla que bajaba o subía por el tronco de un árbol, a buscar deprisa una avellana o para escapar de su presencia, que le ocasionaba miedo. Las ramas cargadas de verdaderas masas de nieve terminaban por ceder y de vez en vez unos puñados de blancos copos se desprendían y precipitaban al suelo. Dentro del bosque la temperatura es un poco más elevada que en los terrenos abiertos, al contrario de lo que piensa el que desconoce la naturaleza de esos lugares, porque la  luz y los débiles rayos solares apenas si llegan a su interior. Pero no es así; la materia biológica, las ramas, las hojas y los troncos irradian una agradable temperatura, tal como lo hacen los cuerpos de las personas  cuando se encuentran unas cercas a otras en un recinto cerrado.

         Se arrebujó en una manta que se echó encima y cerró los ojos; se proponía dormitar, cuando el chillido del teléfono lo sacudió. Lo buscó con la mano un poco indecisa y sin demora oyó la voz inconfundible de Hans:

-¡Lo he hallado, Erwin! ¡Lo he hallado!

Con la voz grave, sumergiendo de los primeros peldaños descendientes de un sueño interrumpido contestó:

         -¡No, no me hagas bromas!

Conocía a Hans Swoboda desde la escuela primaria, lo conocía más que a sus propios hermanos y sabía, sí, realmente sabía que Hans no era amigo de hacer bromas de esa naturaleza. Sabía también que el profesor Swoboda era de los que cuando afirman que han encontrado lo que buscan, están diciendo la mismísima verdad... de manera que se quedó con la mente en blanco; por un instante tuvo los sentidos paralizados y a duras penas atinó a coordinar un par de sílabas con sentido:

         -¡No, Hans, no, no me hagas bromas!

         -¡No, Karl, no te hago bromas, lo he hallado, tengo la total seguridad de que es el auténtico! ¡No quiero darte detalles, tú me entiendes, claro que sí! ¡Tú me entiendes! ¡Iujú, Iujú! ¡Nada más ni nada menos que el auténtico! ¿Me entiendes? ¡El auténtico!

         Por lo visto Hans estaba fuera de sí y por lo visto era verdad que lo había hallado. Él sabía que su amigo no lo hubiera hablado si no tenía la máxima seguridad de autenticidad. Y si había alguien en esa galaxia de antropólogos que gozaba de la fama de seriedad científica, era justamente su amigo Hans, arqueólogo y antiguo profesor de la Universidad de Viena.

         Ante la afirmación del amigo, la piel de Erwin Wiedner cambió de tono. El tinte rosado que había adquirido en el baño turco y frente a la fantástica estufa de simulación cambió al de la cera.

         -Por favor, Hans, por favor, sólo te pido un gran favor: cuídate mucho, no lo comentes a nadie. Yo sé que está de más que te lo recomiende, conozco tu discreción cuando trabajas, pero también conozco tu entusiasmo, tu enorme deseo de que el mundo entero sepa de tus descubrimientos. ¡Escúchame, escúchame, Hans! ¡Escúchame muy bien lo que te estoy diciendo! ¡Si es cierto que has hallado el auténtico... por favor, cuida el secreto como se cuida la propia vida! ¡Qué estoy diciendo! ¡Si pierdes el secreto pierdes también la vida! ¿Lo entiendes?

         -¡Sch! ¡No digas nada, todo eso está de más, créemelo! Mira, ahora tengo que dejarte, pero en cuanto esté en Viena te llamo. ¿Me entiendes?

         -Sí, pero llámame a mi apartamento de Viena, porque mañana por la mañana regreso. ¿De dónde me llamas? ¿Dónde estás ahora?

         -Está bien, sí, está bien. ¿Qué dónde estoy? Eso no importa. Eso no importa. Iujú, iujú.

La conversación se cortó, seguramente la había cortado el mismo Swoboda. Notaba que el amigo no cabía ya en su cuerpo, que la alegría amenazaba con explotarle el corazón. Hubiera querido decirle eso: que tomara las medidas necesarias para que, en caso de que si a él le pasara algo serio, el descubrimiento no cayese en el olvido. Intentó llamarlo a su teléfono celular, pero le fue imposible, estaba desconectado. Lo intentaría más tarde. Desde la noticia, Erwin tampoco tuvo tranquilidad. El hallazgo no cambiaría solamente la vida de su amigo Hans Swoboda sino también la de todos lo que, de alguna manera, compartían la vida con él. Exactamente como pasa cuando explota una bomba. Si la explosión es la de una bomba con pólvora u otro material, el radio de destrucción es relativamente pequeño y localizado, pero la bomba que llevaba debajo del brazo Hans Swoboda era una bomba nuclear, y si detonaba, quedarían afectados sus parientes, sus amigos y hasta algunos ex colegas. 

         Cuando llegó a Viena tomó la precaución de llamar antes al portero de su edificio y averiguar si no había llegado nadie preguntando por él.

         -Lo habitual, señor profesor Wiedner.

         -Aja. Pero, dígame, Rupert, nada de prensa, ¿no?

         -No; ¿esperaba usted prensa, señor?

-No, Rupert, no. Pero te pido que si llega algún periodista le dices que no estoy en el país. Túya sabes. Tú me entiendes.

         -Claro, señor profesor, no se preocupe.

         Temía que Hans hubiese dejado alguna pequeña pista que destapara la caja del secreto, no en forma consciente, claro que no. Bastaría con un pequeño desliz, un pequeño comentario involuntario... para que un ejército de investigadores y periodistas se movilizasen. Pero lo que más lo preocupaba no era la actitud que su amigo adoptaría en el futuro, no; lo que lo preocupaba realmente era si aquél había ya dado precio de su gran tarea. Lo que sí se sabía desde hacía  un tiempo era que Swoboda andaba detrás un gran descubrimiento y que todo lo que había hallado hasta el momento no eran sino pequeños eslabones de una cadena que lo llevaría o no a un tesoro mayor, al máximo de los tesoros. Así era. El mundo científico conocería entonces lo que él buscaba y bastaba un exceso de alegría de parte de su amigo, un desmedido gesto que expresara conformidad con lo realizado para que una jauría de oportunistas se lanzase sobre él.

         Al día siguiente no quiso salir del apartamento, pensó que Hans llegaría al menos al medio día. La intranquilidad lo mantuvo caminado de habitación en habitación. Karla, el ama de llaves checoslovaca, se lo hizo notar.

         -Señor profesor, permítame que se lo diga, pero está usted muy nervioso. ¿Desea que le prepare unas gotas de baldrián?

Ella sabía muy bien que no debía preguntar nada, pero también sabía que si

Erwin Wiedner la mantenía tantos años a su lado era justamente porque ella tenía una pizca de indiscreción que le satisfacía. Era una indiscreción que no salía de ellos dos y que, por lo tanto, no podía afectarlo en lo más mínimo. En definitiva, Karla sabía que no tenía que preguntar qué le pasaba, por las reglas éticas de su trabajo, pero sí le estaba permitido preguntar si le pasaba algo. Ese pequeño límite era el que Karla sobrepasaba con frecuencia. Esa vez, sin embargo, el instinto de la mujer le decía que la circunstancia era especial y que su patrón habría preferido que no le planteara esa pregunta.

         -Me sentiría muy bien si no me preguntara qué es lo que me pasa –dijo Wiedner.

         -Lo sé, señor profesor, no se preocupe –contestó ella y agregó una pequeña sonrisa de complicidad.

         -Me imagino que no hay novedades, ¿no?

         -No, señor profesor, que se las hubiera dado...

         -Claro..., claro.

         -Señor profesor... no me contestó si desea que le prepare unas gotas de baldrián.

         -Sí..., no..., sí..., bueno... ¡cómo usted quiera!

         El profesor tenía la cabeza lejos de allí, todos sus sentidos puestos en Hans, por eso no oyó lo que la mujer le preguntaba y cuando estuvo ella de regreso con un pequeño vaso de agua sobre un platillo, extendió la mano y bebió, sin preguntar nada, sin saber lo que hacía, ignorando si en ese vaso había un poco de agua con unas gotas de baldrián o un poco de estricnina.

         No se calmó en todo el día y al llegar la noche no se había movido casi de la biblioteca, ni siquiera había abandonado el gran sillón que tanto amaba. Tenía una gran predilección por esos sillones de cuero repujado. Se sentía tan bien en ellos que había comprado uno para cada una de sus viviendas ya se encontrase en Viena, Nueva York, Barcelona o en otra ciudad donde poseyera un departamento o una casa. Así contaba siempre con uno de esos sillones sin los cuales, decía él, no podía pensar, no podía vivir y no era nadie. Los llamaba con cariño “mis mamás” y decía que el mismo útero no podía ser más cómodo que uno de esos sillones maravillosos en los cuales se sentía hundir un poco, tan solo un poco, no demasiado. Sentía el contacto suave y cálido de la superficie del cuero en las palmas de las manos. Sí, eran más cómodos que un útero, sin olvidar que en un útero se la pasa uno un buen tiempo en posición invertida, con la cabeza para abajo, que el espacio es bastante reducido para moverse, que cualquier contracción de las paredes hace presión sobre el cuerpo del feto, cosas que no pasaban cuando se sentaba en cualquiera de “sus mamás”.

         El tiempo pasó lentamente, tan lentamente que comenzó a desesperarse, se dijo que no soportaría ya más tiempo allí, tenía que salir a la calle, sentía que se ahogaba..., pero... ¡qué pasaba si justamente cuando salía llegaba Hans!

         Intentó llamarlo otra vez más, pero la comunicación continuaba interrumpida, cuántas veces lo había probado durante el día... ¿diez... veinte veces?

         Se quedó dormido. Soñó que se hallaba en la pirámide de Keops, el tamaño de su cuerpo era tan pequeño que sus colegas le decían que él era el que debía entrar por ese pequeño canal que se prolongaba en los muros ascendiendo y que desconocían en donde terminaba. Soñó que se negaba. No, no, no lo hago, les decía. Y transpiraba profusamente por el aprieto en el que se hallaba. Un hombre de gran tamaño, que no era sino el profesor Walla, justamente el mismo que le había tomado su último examen hacía ya cuarenta y cinco años atrás, justamente él era el que le repetía una y otra vez, enojado, que sí tenía que hacerlo. Wiedner miró una vez más su propio cuerpo: no era más grande que el de una de esas muñecas con las que juegan las niñas. Una enorme angustia le ahogaba la respiración en el pecho... ¡se había convertido en un enano! Luchó desesperado para despertarse, pero no lo logró. La angustia crecía en él. “Mírenos, alumno Wiedner, mírenos  muy bien... ¿le parece a usted que alguno de nosotros tenemos lugar en ese hueco? Para nosotros eso no es sino un pequeño hueco con un canal muy angosto en el que apenas podemos introducir un brazo, pero para usted eso es un verdadero pasadizo. Haga de cuenta que entra usted a una mina y que al final de esa mina hay una fortuna en oro...”  Él transpiraba cada vez más profusamente, sentía cada vez más miedo, miraba hacia adentro del hueco y veía sólo pura oscuridad. “No, profesor, lo siento mucho, pero yo no puedo entrar allí, eso es pura oscuridad, no sé yo si hay animales...” La risa del profesor sonó estruendosa y sarcástica: “Animales, animales. Por favor, no sabe usted lo que dice. Estamos en una pirámide de Egipto. Entre, entre y olvídese de todo lo que está diciendo. Y si no lo hace pronto nosotros nos veremos obligados a no dejarle pasar el examen”. Los hombres se miraron entre ellos indignados porque él no se decidía a cumplir con esa orden. Luego los tres profesores lo tomaron de los brazos para empujarlo adentro del hueco y, de repente, vio que tenía el tamaño normal de siempre mientras que aquella apertura en el muro seguía siendo un pequeño orificio cuadrado de unos veinte centímetros de lado y ahí querían introducirlo a él por la fuerza. El profesor Walla le había tomado la cabeza y se la presionaba por el mismo hueco en el momento en que Karla lo despertó y le dijo que tenía una pesadilla, que no gritara, que ella lo acompañaría hasta su cuarto.