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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año II Nº 4 Primer Cuatrimestre 2007 |
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EL DUEÑO PORFIRIO MAMANI MACEDO (PERÚ) |
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Onel quedó callado, mirándose
los pies desnudos llenos de polvo de tanto haber andado. Quizá no pensaba en
nada, pero miró los pies del hombre que le franqueaba la puerta. Es posible
que todo fuera un sueño o un error para el hombre de la puerta, no para Onel,
él simplemente regresaba a su casa, aquella donde había plantado en su
infancia un pino, como un juego y no como de un desafío. —A mí me la alquilaron —dijo el hombre—,
sólo después pude comprarla. Tuve que vender todas las cosas que tenía y
también las de mi mujer. Onel sólo miraba los rincones de la casa
casi desierta. Imposible saber lo que pensaba ni lo que le hacía recordar
cada sombra, cada trozo de pared, ni la puerta, ni las ventanas que en ese
momento estaban abiertas. —A mí me la alquilaron —volvió a decir
el hombre. Onel se quedó mirando la puerta de
madera con una ternura indescifrable, parecía que se le iban a caer los ojos.
No lloraba. No había rencor en su mirada, sólo miraba quizá recordando una
imagen o un gesto de su madre. Tal vez le hubiese gustado ver a su padre
entrando por la puerta, pero nada. Sólo escuchaba la voz de un desconocido
que le estaba repitiendo la misma cosa desde que entró. —Tuve que vender mis cosas —dijo el hombre.
Nada de lo que había le hacía recordar
algo a Onel; sólo los muros, las ventanas y la puerta que no habían cambiado
mucho. El rincón donde su padre se sentaba a leer el periódico, estaba allí;
sin embargo él miraba un vacío inmenso, y en ese rincón parecía concentrarse
la infinitud, el principio y el fin de todo. —No me regalaron nada —dijo el hombre. Onel quería levantarse y también echarle
una mirada a la cocina, a la huerta, allí donde pasó gran parte de su
infancia; subir al techo para ver si aún se veía todo lo que él veía antes,
pero nada. Quedó con la vista pegada en una fisura de una de las paredes,
fisura que llegaba hasta el techo ennegrecido por el excremento que habían
dejado las moscas. —Esta es mi casa —dijo el hombre. La ranura se había ensanchado un poco.
Del techo tal vez goteaba aún, como cuando llovía antes. Luego Onel cerró los
ojos para intentar olvidar lo inolvidable. Quizá era preferible irse y no
reclamar nada, tampoco volver a ver esos muros, ni la ranura que esta vez lo
estaba viendo a él; como si quisiese devorarlo. La única resistencia de Onel
era desviar la vista hacia otro punto,
hacia un vacío absoluto de donde no rebotase nada. —Estas son mis cosas —dijo el hombre—,
todo lo he comprado con el sudor de mi frente. He tenido que trabajar como
una mula para tener todo esto. Esa voz no llegaba a la conciencia de
Onel. Tal vez ni siquiera se daba cuenta de la presencia de ese hombre que
trataba de explicar su existencia. Se oía una voz, otra más lejana y más profunda,
una voz que pesadamente arrastraba el viento. A ratos Onel miraba sus manos
como se mira las piedras, como se mira el polvo que nadie ha tenido el
cuidado de limpiarlo, de tiempo en tiempo, de los muebles de una casa
abandonada. Estaba cayendo la tarde y todo se iba
inundando de sombras apagadas, envejecidas, trashumantes. La mirada de Onel,
sus ojos y sus manos parecían envejecer con la tarde. Sólo el hombre quedaba
pegado a su silla como si ya fuera un objeto más en ese ambiente irrefutable.
A veces llegaba por la ventana abierta un ruido extraño de afuera. —Yo la he comprado —dijo el hombre con
una voz de vidrio. Y Onel nada. Su mundo estaba allí, pero
también en otra parte, en un lugar indefinido. Tal vez sólo era su mirada lo
que realmente existía de él. Ni siquiera esa sombra pesada le parecía
pertenecer. Todo estaba allí, quieto y tumultuoso como un delirio
inexplicable. No era el tiempo ni la sombra, tampoco el hombre que luchaba
solitariamente; eran los muros, era la casa y también la memoria que lo
mantenía como encerrado en un laberinto. —A mí no me dijeron nada —dijo el
hombre—, sólo me alquilaron la casa, y la compré cuando reuní el dinero que
me pedían por ella. Alguien hizo un ruido detrás de la
puerta. Ni Onel ni el hombre se movieron. A ninguno de los dos les sorprendió
el ruido, era como si los dos estuvieran acostumbrados a oírlo. Onel tenía
las manos sucias y quemadas por el sol al igual que sus pómulos que le
brillaban con el reflejo de la luz. El hombre tenía el rostro marcado por el
cansancio, ese que sólo labra la vida en un hombre desgraciado. El silencio de Onel y la voz del hombre
parecían fundirse en una extraña masa de aire que perforaba las paredes. Onel
no dejaba de observar los rincones de la casa, donde tal vez aún quedaba algo
de polvo del tiempo que le recordaban esas paredes. Nada era confuso en su
memoria. Desde su sitio parecía vigilarlo todo. —A mí me la alquilaron —volvió a decir
el hombre. Ninguno de los dos bebió el agua que
puso el hombre sobre la mesa cuando entró Onel. Lo único que realmente se
movió en la casa hasta ese instante, fueron las sombras, las sombras que
giraban y se agrandaban con lentitud. —Tengo el contrato, se lo voy a mostrar
—dijo el hombre sin levantarse. Esta vez Onel le miró a la cara como
quien busca una duda o una mentira en un rostro, pero no encontró nada, sólo
vio el rostro de un hombre envejecido. —No le estoy mintiendo —dijo el hombre. El tiempo de la tarde se consumía
irremediablemente por la ventana abierta. A veces el viento soplaba fuerte y
hacía balancear el foco que estaba colgado del techo. Otra vez el ruido
entraba como a perturbar el silencio que reinaba entre los dos y sus sombras
respectivas. Esta vez Onel miró hacia la ventana abierta, tal vez no por el
ruido; sino por el viento frío que comenzaba a entrar a la casa. El hombre no
miraba a la ventana sino a Onel que se rascaba la barba crecida. Sólo en ese
instante el hombre se dio cuenta que a Onel no le interesaba nada lo que le
estaba diciendo. Era como si no estuviera allí, sentado, mirando de vez en
cuando ciertas partes de la casa. En realidad lo único que hacía Onel era
mirar, y tal vez recordar otro mundo, aquel mundo enterrado por el tiempo,
que es el pasado. Cuando Onel dejó de mirar la ventana sorprendió al hombre
que lo miraba, éste quedó impresionado, como si lo hubiesen cogido en
flagrante delito. No se dijeron nada, apenas se cruzaron las miradas y
continuó cayendo la tarde. —Esta es nuestra casa —dijo el hombre—,
no estamos usurpando nada. Para Onel había cambiado algo, pero no
sabía qué. Lo sentía cada vez que miraba por la ventana. No era el olor de la
casa, porque desde que entró, entró también un extraño aroma que lo estaba
esperando afuera desde siempre. Aunque para el hombre, Onel era un
extranjero, no lo era para la casa. Quizá Onel era el único sobreviviente a
quien esperaba la casa antes de derrumbarse. Otra vez el ruido extrañamente parecía
entrar y salir de la casa. Súbitamente el hombre se puso a toser como si algo
tratase de ahogarlo. Onel sin decirle nada miraba cómo se debatía el hombre
con la tos. Sólo cuando el hombre se puso de pie, Onel estiró su brazo sobre
el hombro del hombre, tal vez para que no cayera al suelo. Cuando dejó de
toser el hombre, ninguno de los dos volvió a sentarse, quizá presintiendo una
desgracia. El hombre se sirvió un vaso de agua y lo bebió de un golpe. Luego
dejó el vaso en el filo de la mesa sin darse cuenta que al menor movimiento
podría caerse. Onel se quedó parado con las manos en los bolsillos mirando la
puerta por donde entraba el ruido. —No es posible —dijo el hombre. Para entonces ya las sombras eran
inconmensurables, se habían integrado a la incipiente oscuridad. Onel
permaneció con la mirada siempre perdida en algún rincón impreciso de la
casa. Ya no eran las sombras ni los ruidos, eran los pasos de Onel los que se
desplazaban hacia la puerta de la cocina. Parecía que ya no interesaba el
ambiente estático de la sala, quería ver o recordar otras cosas, los otros
muros, los otros muros que ocultaban los muros de la sala. —No es posible —volvió a decir el
hombre. Onel regresó de la cocina con la frente
fruncida como si hubiese viendo la muerte. Lo que vio fueron las cosas
desordenadas de una cocina medio abandonada. Nada de lo que había en ella le
recordaba el pasado o algo que él estaba buscando, algo que él, Onel, deseaba
encontrar con urgencia, algo que podía estar confundido entre todo lo ajeno
que llenaba la cocina o la casa. —Esta es mi casa —decía el hombre mientras
Onel escrutaba todo. Cuando terminó de visitar la casa, Onel
pareció encontrar lo que buscaba. Miró fijamente la puerta bajo la cual
estaba incrustada la herradura. No hacía falta decir o inventar otra cosa.
Todo estaba claro en su mente. —Yo no puedo irme —dijo el hombre
retrocediendo un poco. Onel avanzó hacia el hombre, y éste,
temeroso, siguió retrocediendo poco a poco hasta chocar con la pared cubierta
de polvo negro. No le dijo nada, sólo alargó su mano huesuda para coger un
fierro que estaba colgado al lado de la puerta y con él extrajo la herradura,
y con ella se alejó precipitadamente de la casa, sin decirle nada al hombre,
que espantado lo vio partir hacia el centro de la noche.
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