Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

KONVERGENCIAS LITERATURA

Año I Nº3 Septiembre 2006

 

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POEMAS

 

Porfirio Mamani Macedo (Perú)


 

 

 

 

 

 

ARTE POÉTICA

 

París, mayo 2006

 

Por montes y llanos amargos, recorro este universo,

y por oscuras callejas, solo, sin lamentos me perdí.

Hoy que la luz alumbra de este lado, no de mí,

busco tus huellas y tu rostro, Extranjera Azul,

en silencio por los estrechos días y las largas noches.

 

El tiempo es un dilema y camino por él,

plagado de dudas, como montañas,

de un lado a otro, como barco a al deriva

tanto años, y tantos otros años más, voy

sin puerto, sin bandera, sin horizonte cierto en mis amores.

 

Allá van estos pasos marcados de ceniza,

envueltos de barro, regados de olvido.

Traicionado por sombras sin memoria

que sin piedad me lanzaron una piedra en pleno pecho,

allá detrás de las montañas donde se enroscaron como duros laberintos.

 

Los olivos que de la ventana miran, la miseria

del universo entero, miran también mi pena,

mi furor y mis batallas que solo enfrento.

A veces, estrechado  por el hambre, ando y ando,

despacio, empujado por el viento, para no quedarme en el camino.

 

Desde aquel instante que tu sonrisa imaginé,

al filo de las tardes, Extranjera Azul, te recuerdo,

y te reinvento cada día, para enfrentar el día.

No es sólo mi silencio, son también mis sueños,

los que rugen, en el fondo de este llano amargo.

 

De una puerta a otra puerta, voy atado a mi destino,

buscando a los amigos del camino.

Alguno habrá, me digo yo, mientras ando,

volteando las esquinas de las palabras

aquellas que encierran la otra cara de las gentes.

 

A ambos lados del inmenso río de la vida, crecen:

piedras como árboles, con ojos y con dientes.

Hay que pasar por esta selva oscura, Extranjera Azul,

para ver la luz, para verte, para ver a mis amigos;

ya que por este mundo, mucha gente nublan lo que son.

 

Busco en el desierto de mi pecho herido: una luz, un camino, un sueño,

lejos de las voces arrugadas que pasan por los hilos y los nefastos vientos,

aquellas que se arrastran por el polvo y luego,

muerden como pirañas,

bajo las sombras oscuras donde moran.

 

Ahora no quiero recordar nada de aquello;

pero, me digo, cómo olvidar lo inolvidable,

si en la memoria de los mortales, el olvido no existe.

Entonces vivo, sobre los escombros de los días amargos,

buscando el río que me conduzca fuera de este laberinto.

 

Más allá de las gastadas noches, te miro, Extranjera azul,

como un reflejo en le fondo de mis ojos, y me alegro.

Mañana estaré solo, mirando el horizonte.

Veré un paisaje hermoso y un camino largo como un sueño.

Allí quiero encontrarlos, amigos, para juntos continuar el resto del camino.

 

París  3-6-2006

 

 

LA PALABRA

 

Para mi hija Alba Ondina Manuela

 

I

 

Nada es efímero, ni el dolor ni el placer.

Corremos de una puerta a un árbol solitario,

de un puente a una gruta que guarda el tiempo.

Cada mirada es un descubrimiento perfecto.

La lluvia es el sol que ocultan ciertas nubes.

Nuestra palabra es un grito irreversible en la nada.

Escribimos un nombre de alguien que no conocemos.

Oramos en el templo desierto del olvido

y soñamos con Dios encadenado a su dolor.

Somos peregrinos sin fe por el desierto

y dormimos sobre la blanca arena mirando el universo.

Para existir, a veces, inventamos un amigo,

le damos un nombre y con su recuerdo

nos perdemos en un bosque de palabras que se mueven.

Decimos que venimos de otro pueblo y nos confunden

con la lágrima que dejaron los que se fueron.

No conservamos nada del silencio que nos procuró

la suerte, el destino que no deseamos tener jamás.

Como aquel oscuro pasado, sobre la hierba cruzamos

para alcanzar el recuerdo que dejaron los otros peregrinos.

En una calle encontramos la sonrisa de un desconocido,

luego nos sentamos en una piedra para ver

las huellas que sobre la hierba quedan,

y también tu rostro que en la penumbra esperando queda,

amigo, hermano, la palabra que nos salve.

 


II

 

Entonces, pienso en la palabra que a todos no libera

del miedo, de la sombra que cerca la memoria,

del aire que se filtra por las rendijas del dolor.

 

Pienso en la palabra que a todos nos libera

del dolor que encontramos en este valle.

 

Pienso en la palabra que nos nombra un camino,

aquella que nos muestra la ventana, no el olvido.

 

Pienso en la palabra que me dio un amigo en la frontera,

aquella que abrigó con un pan todo mi destino.

 

Pienso en la palabra secreta que a todos

nos espera en alguna parte, desnuda y sola.

 

Pienso en la palabra que pronunciaron otros hombres,

aquella que abrió las puertas del insomnio.

 

Pienso en la palabra que me dejaste escrita en un árbol

aquella que ya escribieron otras manos en otros muros.

 

Pienso en la palabra destinada por otros al olvido,

aquella que me nombra, un ruido, una cosa, una imagen.

 

Pienso en la palabra que separó las aguas del mar,

aquella que atravesó todo un desierto.

 

Pienso en la palabra que soñamos

en el fondo de una gruta.

 

Pienso en la primera palabra que pronunciamos

con dolor, por este camino que nos lleva a alguna parte.

 

Pienso en la palabra que no pronunciaré un día,

aquella que todo lo nombra, que todo lo revela.

 

Pienso en la palabra que escribí en una carta

a un desconocido.

 

Pienso en la palabra que mide el tiempo,

aquella que destruye los caminos como las noches.

 

Pienso también en la palabra que encontré a orillas de un río,

en aquella que me dio un niño en el alba

para cruzar el ancho día.

 

III

 

No era la noche sino la luz

No el pasado sino el camino que faltaba recorrer

Eran sus manos agarrándose de una rama

Eran voces que rodaban de sus labios

Era su larga cabellera que jalaba el viento

No era la noche sino sus ojos en la noche como luces

No era una estrella sino una ventana abierta:

era su voz que llamaba en el centro de un bosque y también

el ruido de sus pasos que sobre la arena iba dando.

Yo la esperaba cada tarde

al pie de este roble que sombrea mi cansado cuerpo.

No era la duda sino su voz que cortaba el viento,

su voz que refrescaba todo mi cuerpo en el desierto.

Pero hoy que quiero verla no la veo

y así, hacia una sombra que se mueve en el camino yo me acerco.

Hundo mis pasos en el polvo que ha soplado el viento,

jalo mi cuerpo como se jala una roca del camino.

No era la noche sino la palabra que inventa el día

para que todo fuera diferente en el huerto prohibido,

para que los niños no miraran en sus manos

el hambre,

la sed que corría como un río por los cuerpo de los desgraciados.

Era otra sombra que ya nadie quería recordar,

el rostro que ya nadie quería recordar.

No era la noche sino el viento que bajaba o subía al cielo.

Era ella, la palabra, la voz que creo todo el universo

y todas las cosas que en el universo existen.

Era la piedra que en la piedra se formaba.

Eran los mares que impacientes me esperaban.

Eran las flores que miraban nuestros ojos en los prados.

Eran los manantiales que nacían del vientre de la tierra.

No era la noche sino un camino abierto que todos esperaban.

No era el fuego sino la fuente del reposo

allí donde encontraran los desgraciados

agua para lavar sus miserables rostros

que vivieron como huyendo de la vida de los afortunados,

pues nada les dejaron sino olvido, indiferencia y desprecio.

Era la palabra que todo lo guarda y todo lo recuerda.