|
Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número
10 Año III Octubre 2005 |
|
|
LO OBJETIVO Y EL REVESTIMIENTO
CULTURAL José Repiso Moyano |
|
|
|
|
|
Todo lo que se reconoce de la realidad y se demuestra tiene –sí-
validez de realidad, conlleva un respeto racional a que funciona como
realidad con sus propiedades y principios; en cuestión, un respeto a que
forma cosas y que éstas no las forma sin control, a lo loco, a lo que pase,
sino que, de hecho, está capacitada –regida por unas leyes- para formarlas en
función de las propiedades mismas y condiciones de una de sus situaciones, de
uno de sus contextos. Por lo tanto, la realidad “hace” y “hace” con unas posibilidades del
“hacer”, con unas universales y absolutas condiciones. Algunas son: Si “hace”
es que ha de moverse -por obligado-, luego está condicionada al movimiento
(una razón); si “hace” es que algo "está hecho", luego es efectiva
con la existencia de hechos (otra razón); pero, en realidad, no “hace”
cualquier hecho, sino el hecho que le es... coherente, que le es posible ya
dado –ya hecho- su contexto, luego “provee”, dispone al hecho más acorde a su
“prioridad” (a su "a priori"), mejor, a la conformación de sus
capacidades (otra razón). Por supuesto, si algo se “hace” (un "a posteriori")
evidente es que se ha hecho con unos recursos (un "a priori") y con
unas condiciones a esos recursos (pues se presentan vinculados a principios
del movimiento, de reaccionar ante/hacia un mayor o menor movimiento). Si uno -un ser humano- dice que una verdad objetiva deja de serlo en
otro lugar – por ejemplo en... Babia-, digamos, sinceramente está equivocado;
pues si una persona se muere en Japón, se ha muerto como resultado o hecho, y
si otra persona se muere en Uganda, también se ha muerto como resultado o
hecho. Otro asunto, otro tema, otra cosa distinta es el “revestimiento
cultural” con una serie de valores que el ser humano da u ofrece al hecho
para convenirlo socialmente –porque está, claro, en sociedad-, para
vincularlo a una convención. De manera que, el hecho “Un hombre ha muerto”
–en sí un “valor” de utilidad racional, un "valor" sin variantes,
un "valor" racional-, se expone a la emocionalidad de quien advierte
o conoce tal hecho y, además, a unos valores culturales; en tanto que, si ha
muerto por causa de otra persona, lo valora como asesinato y, si ha muerto
por otra causa que no es una enfermedad, lo valora como accidente. Al lado de esto, algo objetivo, el hecho, no significa o implica de
prisa que se encuentre “incondicionado”, sino todo lo contrario, el que ya se
presenta, se sustenta, condicionado por unas reglas de objetividad; pero,
¡ah!, éstas reglas no serán las dadas anteriormente predichas cuya naturaleza
o misión es diferente -no serán las sociales-, sino las que corresponden
al... hecho tras advertirse los prejuicios o los aspectos ajenos a él. Por
ejemplo, la "lluvia como hecho" antes de añadírsele o de
ajustársele un valor social, cualquiera. Por eso, existe una clara distinción entre lo que ocurre y lo que el
ser humano puede - a eso que ocurre- sumarle emocionalmente junto a unos
valores que él necesita. Sí, la realidad no es algo que el ser humano toma en su conjunto,
personificándola e imponiendo el lema de “La Realidad y yo” frente a frente –
a modo de “llego o no llego a la Realidad”, “estoy o no estoy en su esencia o
en su Centro”-. La realidad, de seguida, se conoce –se funciona en ella- por
cada elemento que la integra. Esto es, el que cada integrante no posee -ni
con intención- “toda la realidad” para decir que ya se encuentra
"dentro" de lo que él mismo ha personificado, sino más bien que
“vive” la realidad que conoce "viviéndola" y demuestra; hecho que
garantiza la acción de la diversidad, o sea, el que la realidad es sucesión
de sus integrantes, es participación de “cosas”: no es un enfrentamiento de
una cosa con un Todo personificado o al que obsesivamente se quiere poseer. Con estas consideraciones, no es cierto que los principios que
implica la realidad sucediéndose –para que exista- sean equivalentes –ni en
un ápice- a los que, luego, se añaden como unas reglas sociales o, en el
fondo, como valoraciones subjetivas o emocionales. Conque la razón –que se
remite a reglas inherentes al mismo hecho- no puede equipararse a lo que se
impone después como una regla subjetiva o de creencia: el dogma. El dogma no
tiene nada que ver con la razón. Por ejemplo, ante un hecho cualquiera sólo cabe el admitirlo –con
procedimiento asertórico- o el no admitirlo, con escepticismo. Pues bien, el
admitirlo, el reconocer que es, el advertir que existe porque evidentemente
existe no es algo impuesto por la voluntad: es algo que, aun
inconscientemente, aun contra voluntad, aun contra la creencia, se advierte
como conocimiento, se manifiesta de veras –se quiera o no- como conocimiento,
como un “entender” o un asimilar la realidad. A ver, cuando un científico quiere conocer la realidad de cierta
enfermedad, ahí, sin duda, se somete al conocimiento – no al no-conocimiento-
dejando de lado los valores sociales –se “desviste” de subjetividad- aunque,
después, aplique sus resultados de advertir cómo funciona tal enfermedad a
unos valores sociales. Digamos, da prioridad no al “revestimiento cultural”
que sí existe, sino a lo que hay igual para todos y sustenta asimismo a
aquél: principios, razones de realidad por las cuales la enfermedad...
existe. Al momento, cuando el científico reconoce el cómo "procede"
esa enfermedad, no restringe nada, no sintetiza nada, no ha encontrado nada
que no exista, no añade a la realidad nada. Solamente ha comprendido
"más realidad", por medio de conocimientos sobre ella; por ello, ya
puede actuar más conscientemente sobre ella, claro, con su voluntad que
inevitablemente respetará sus reglas que ha conocido, no que ha pasado de
ellas, no que las ha admitido para olvidarlas. Ya, al actuar, poseerá una conciencia de esas reglas no
fundamentadas precisamente en la creencia o en la cultura, digamos, que
servirán "para" la cultura, para modelar una cultura hacia el
conocimiento, hacia un mayor conocimiento. La cultura, por ende, se despegará
cada vez más de lo “vestido”, o de aquello que conllevaba neto prejuicio o
ignorancia. |
|