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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 6
Año II Abril/Mayo 2004 |
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EL SENTIDO
DE LA REPETICIÓN KIERKEGGARDIANA
María J. Binetti (Argentina)
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Introducción
S.
Kierkegaard ha introducido en el pensamiento filosófico la idea de una repetición (1) espiritual, por la cual
la decisión radical del sujeto libre afirma la novedad absoluta de la
existencia personal y recrea el entero orden real mediante la asunción de lo
otro en la propia identidad espiritual. Esta idea de
repetición –entendida en el sentido que nuestro autor ha querido darle– no
significa la producción inmediata de acontecimientos exteriores, como si se
tratase de un arte de magia destinado concretar a las fantasías subjetivas
(2). Tampoco ella designa, conforme a la interpretación dada por algunos
autores postmodernos, el intento de repetir al infinito la mala finitud de un
flujo indetenible. Así, por ejemplo, para J. Caputo, “la repetición
kierkegaardiana es el primer intento ‘postmoderno’ por tratar de resolver el
flujo, el primer intento no de negarlo ni ‘reconciliarlo’ metafísicamente,
sino de permanecer en él, de tener el ‘coraje’ para el flujo” (3). Según esta idea, la
repetición propuesta por nuestro habría contribuido al desplazamiento de la
metafísica del ser y la presencia en favor de un “inter-esse” siempre en
devenir, revelador de la pobreza de la existencia humana (4) y consecuente con la afirmación de un eterno
retorno sin meta suprema de Unidad (5). En esta línea de interpretación,
Kierkegaard terminaría siendo el pariente más próximo de Nietzsche, y ambos
habrían vencido la ficción de una eternidad ya insostenible (6). Sin embargo,
entiendo no es éste el sentido que Kierkegaard ha querido asignarle a una
repetición que significa para él la posición absoluta del orden real por la
superación trascendente de la subjetividad afirmada delante de Dios. En el
pensamiento de nuestro autor, ella indica la tarea más ardua de la libertad:
su propia acción en tanto determinación ético-metafísica de la subjetividad,
sucedánea –según H. Höffding– de la mediación hegeliana (7), y operadora de
una presencia total ante sí mismo, los otros y el Otro. Sobre esta noción nos
pronunciaremos en las páginas siguientes. La
repetición: segunda potencia de lo real
La
repetición kierkegaardiana se propone como una nueva categoría, en la cual se
cifra ”el interesse de la
metafísica y, al mismo tiempo, el interés en el que la metafísica naufraga;
la repetición es la palabra de orden de toda concepción ética; la repetición
es la conditio sine qua non de todo
problema dogmático” (8). El interés central de la metafísica consiste, para
nuestro autor, en el enlace entre lo ideal, lo necesario, lo eterno y lo
fáctico, lo contingente, lo temporal (9). Conforme con tal interés, la
repetición kierkegaardiana dará cuenta de esta unión, pero no lo hará en
función del orden especulativo –abstracto y conceptual–, sino de la realidad
ético-metafísica del espíritu humano, vale decir, en función de la libertad,
que decide en la fe la realidad trascendente de la existencia. Lo repetido –esto
es: lo re-asumido, re-tomado, reduplicado o bien reflexionado interiormente–
es una realidad tan vieja como nueva; algo que ya existía, pero empieza a ser
de nuevo (10) por la recreación del espíritu libre. En este sentido, asegura
nuestro autor, “la vida es una repetición” (11), cuyo comienzo absoluto exige
estar de vuelta, mediante la reflexión total de la subjetividad posible en la
afirmación actual y necesaria de sí misma, por la cual queda transformado el
universo entero. Conforme con esta idea, J. Colette explica la repetición
como el movimiento por el cual la existencia somete su posibilidad a la
necesidad interior, escapando así al determinismo fatalista (12) y asegurando
una presencia eterna que sostiene el orden real. Sin esta regeneración
espiritual, concluye Kierkegaard, no se vive jamás (13). El existencialista
danés confronta su concepto de repetición con el antecedente griego y moderno
de la misma. En el pensamiento clásico, la repetición pretende efectuar la
recuperación del pasado por la reminiscencia de una realidad eterna inmanente
a la subjetividad (14). En el pensamiento moderno, en cambio, la repetición
no constituye un movimiento real, sino la permanencia en la inmanencia lógica
que mediatiza todos los términos en la indefinición conceptual (15). Mientras
los griegos concebían la existencia como el eterno retorno de lo mismo; el
pensamiento abstracto reproduce al infinito una tautología racional. Es por
eso que, para Kierkegaard, tanto la estética clásica como la especulación
moderna naufragan en el escollo de la repetición y son incapaces de concebir
su dimensión existencial. En oposición a ambas
concepciones –inmanentes y abstractas– el pensamiento kierkegaardiano
sostiene que “la repetición es y siempre será una trascendencia” (16), y esto
significa que ella define el devenir ético-religioso de la libertad,
correspondiente con esa nueva realidad que comienza en el salto absoluto de
la fe. Ni en el ámbito de lo estético ni en el de la legalidad ética general
hay repetición, porque precisamente ésta se produce con el salto absoluto de
la acción libre. De aquí que su paradigma sea Job, quien supo esperar contra
toda esperanza. Cuando lo inmediato le aseguraba una pérdida total, Job creyó
en otra posibilidad, y por su fe recuperó más de lo perdido (17). La enorme relevancia
y la múltiple significación del concepto que describimos aquí inducen a
Kierkegaard a detenerse en su sentido. Efectivamente, explica él, su noción
“aparece por todas partes: 1) Cuando yo debo obrar, mi acción existe antes en
mi conciencia como representación o idea; de otro modo obraría sin reflexión,
cosa que en absoluto es obrar; 2) desde el momento en que debo obrar, me
presupongo en un estado originario íntegro. Ahora viene el problema del
pecado. Aquí se trata de otra ‘repetición’, porque entonces debo retornar a
mí mismo otra vez; 3) al fin, la verdadera paradoja, por la cual yo me
convierto en ‘Singular’; porque si permanezco en el pecado considerado como la
condición general, allí se da sólo la repetición número 2” (18). Intentaré
brevemente precisar los sentidos contenidos en el presente párrafo. Siguiendo
el texto precedente, podemos decir que la repetición es, en primer lugar, la
realización concreta de lo pensado, presente incluso en el Ser divino, porque
“si Dios mismo no hubiese querido la repetición, el mundo nunca habría
comenzado a existir” (19). Lo que otrora fuese el contenido de la
representación intelectual, se repite luego como causa ejemplar de la acción
y forma inmanente de lo creado. En segundo lugar, y
ahora en el dominio de la subjetividad existente, la repetición descubre la
culpa de la libertad en relación con un estado de integridad originaria e
ideal. Conforme con ella se produce la primera reflexión interior, en la cual
el espíritu advierte el elemento negativo que contradice su ser a la vez que
lo impulsa hacia una posible recuperación. Por esta primera reflexión, afirma
Kierkegaard, “el hombre es arrancado de la relación inmediata con Dios; y, por eso, antes es necesario un
movimiento de reflexión, por el cual él sea llevado tan lejos, que la
Providencia pueda agarrarlo fácilmente. En nuestros tiempos, los hombres
permanecen en la primera reflexión, es decir, en la reflexión en la que están
fuera de la relación inmediata a Dios: por eso Dios y el hombre no llegan
jamás a entrar en contacto” (20). La primera reflexión
rompe la relación inmediata entre la subjetividad y el mundo fáctico, y
enfrenta al yo con el vacío de su propia nada. Sin embargo, tal situación es
sólo la condición sine qua non de
una segunda reflexión, obediente al principio de la inversión de los
contrarios, según el cual lo positivo coincide con la negación. En función de
este sentido inverso y reflejo, nuestro autor asegura que “la relación
dialéctica [con Dios] en cierto sentido comienza con la nada, y sólo en un
segundo momento viene Dios. Cuando no dispongo de ninguna realidad inmediata
debo siempre dar por mí mismo el primer paso” (21). cuando el primer paso descubre
la nada, Dios obra lo que resta. Hasta
aquí, la repetición se mostró como un movimiento de sustracción, que aparta
al hombre de lo finito, arrojándolo a su interior abstracto y vacío. La
subjetividad aprehende en esta primera repetición la excelsa educación de lo
infinitamente posible, pero no llega a dar el salto de lo posible a lo real,
y permanece aún en el latido oculto de su gestación. Separada del contacto
inmediato con el mundo y enfrentada al fondo más profundo de su fantasía, la
libertad descubre la infinita posibilidad de su poder, pero hará falta una
nueva repetición para que ella arriesgue el salto de la decisión real. La decisión es así
el tercer sentido –analogado principal– de la repetición kierkegaardiana, que
nuestro autor explica de este modo: “entonces surge la libertad bajo la forma
superior en la cual ella está determinada por relación a sí misma. Aquí todo
se produce nuevamente, y se ve aparecer lo directamente contrario del primer
punto de vista. El interés supremo de la libertad es precisamente entonces
provocar la repetición; todo lo que ella teme es que el cambio tenga la
fuerza de turbar su esencia eterna. Aquí surge el problema: ¿la repetición es
posible? La libertad misma es ahora la repetición” (22). El hecho de que la
libertad cumpla el sentido propio de la repetición significa que es ella el
sujeto y el objeto, el acto y el contenido, el principio y el fin de la
reflexión interior, vale decir, el repetir de su posibilidad originaria en su
novedad actual, la idea consciente de sí misma recreada de la nada por la
pura acción espiritual. La afirmación libre
del yo y la asunción concreta de su identidad son de este modo la auténtica
repetición, determinada por Kierkegaard como “la segunda potencia de su
conciencia” (23), posterior a la ruptura de la conciencia inmediata y vacío
abismal de la primera reflexión. La segunda potencia del yo ha conocido las
posibilidades infinitas de su libertad y salvado la ambigüedad de su poder
por la presencia una de lo mismo. La posición de sí mismo como sujeto
absoluto retoma así el designio primigenio de la creación divina, recreando
un poder que la caída original hubo derrocado. Pero la novedad
repetida del yo hace nuevas también todas las cosas, supera la perspectiva
del tiempo bajo el cielo de la eternidad y eleva lo real a la intensidad
infinita del ser libre. De aquí que Kierkegaard aproxime su noción a lo que
Aristóteles llamó “Das-was-war-seyn” (24), vale decir, a lo esencial,
atribuyendo la comparación a la restitución original de lo real o a la
reposición del fundamento constitutivo del ser libre, por la cual, siendo la
repetición un movimiento hacia delante, toma sin embargo una dirección
retrospectiva, para restaurar la integridad originaria, originalmente perdida.
La restitución de la
integridad original significa para la razón representativa y conceptual el reconocimiento de su docta
ignorancia, como punto de llegada del conocimiento (25). Pero la ignorancia
significa también fe, con las siguientes precisiones: la madurez es la
ignorancia socrática, bien entendida en su modificación por el espíritu del
Cristianismo: en el campo de la inteligencia, ella equivale a lo que en el
campo ético-religioso es el ‘segundo nacimiento’: el volverse niños. [...] la
ley es ésta: ‘una profundidad ascendente en comprender siempre más que no se
puede comprender’. Retorna aquí todo el espíritu de la infancia, pero a la
segunda potencia. Quien ha alcanzado
esta madurez tiene ingenuidad, simplicidad, maravilla (...)” (26). Si no fuera
posible este retorno, si el espíritu de la infancia no pudiera retomarse y la
razón renunciar a su definición abstracta, el vino de la vida está derramado. La dimensión
ético-religiosa de la subjetividad salvaguarda el valor humano, indicando una
repetición cuyo deber impera: “a la inmediatez se puede por cierto volver una
segunda vez; pero el ‘inconveniente’
del sistema consiste en creer que se pueda volver una segunda vez sin
ruptura. A la inmediatez se llega una segunda vez sólo éticamente; la inmediatez
misma se convierte en la tarea, ‘tú debes’ alcanzarla.[...] si no puedo
recuperar la inocencia, todo está perdido desde el principio; porque el
principio en la vida espiritual consiste en el hecho de que cada uno de
nosotros ha perdido la inocencia [...] puedo definir el segundo nacimiento
como la inmediatez ganada éticamente. La ética, o más bien la realidad ética,
es la clave: y luego, desde allí, se puede pasar a la realidad dogmática”
(27).La repetición es así lo incondicionalmente imperado, de modo tal que
tanto su deber como su realidad indican una cuestión de fe, inexplicable ante
la razón argumentativa. Que la síntesis de lo ideal y lo fáctico sea posible,
que el tiempo y la eternidad, lo finito y lo infinito puedan encontrarse es
lo que se debe creer, en la superación libre del orden real. Para
abreviar lo dicho hasta aquí, podría indicarse la repetición como la doble
reflexión por la cual el espíritu
recupera la condición original de su subjetividad íntegra y pura. Pero
la existencia kierkegaardiana, constituida de cara al Trascendente, no se
realiza en la reposición inmanente y directa de su identidad sintética, sino
a través de un salto que afirma la
Diferencia. En orden a ella, la repetición constituye la segunda vez del
espíritu, interceptada por un abismo desde el cual “toda la vida y todo su
interés recomienzan, no a través de una continuidad inmanente con lo que la
ha precedido, cosa que sería una contradicción, sino mediante una
trascendencia que separa la repetición del orden anterior [...]“ (28). El
orden anterior –a saber, el de la inmanencia– resulta para el hombre el
camino más fácil. La repetición, por el contrario, es su mayor dificultad, y
sin embargo el único modo de no perder el tiempo y lo finito. Por estar
comprometida con la Diferencia, la repetición es la paradoja absoluta de lo
otro convertido en sí mismo y de lo mismo frente al Otro. Conforme con el
Poder creador, la paradoja repite la Diferencia absoluta restituyendo la
identidad del espíritu humano. Y seguirá repitiéndola hasta en la Eternidad,
en el seno de una unión que guarda la diferencia como estructura de la acción
libre trascendente de cara a Dios. No obstante, y más
acá de su trascendencia, la repetición está igualmente comprometida con la
dialéctica inmanente a la subjetividad y, en este sentido, ella determina la
síntesis de un tiempo eternizado y una eternidad temporalizada, de una
finitud infinita y una necesidad en devenir. Quizás sea en función de tal
dialéctica inmanente que H. Höffding ha pensado la repetición kierkegaardiana
como el equivalente de la mediación hegeliana (29), tratándose aquí de
opuestos relativos, coexistentes en una instancia superior, capaz de guardar
las diferencias en y para la identidad personal. En el sentido de la
diferencia irreductible entre el hombre y Dios, cabe decir –como quiere J.
Colette– que la repetición kierkegaardiana supone la discontinuidad de una
nueva creación, y se establece como lo contrario, no sólo de la mediación
hegeliana, sino también del eterno retorno nietzscheano (30). En efecto, si
hay algo en lo que Kierkegaard se aparta tanto de Hegel como de Nietzsche, es
precisamente en esta afirmación de la Trascendencia divina, cuya Unidad
inmutable rescata el devenir de la mala infinitud y salva la finitud de lo
imposible. La repetición del
tiempo en la eternidad, junto con la alianza de lo finito y lo infinito se
realizan en la fe, de donde es ella, para Kierkegaard, la única heredera
legítima del mundo, y el espíritu más religioso es quien posee el paso más
firme sobre lo temporal (31). Más aún, la tarea temporal asignada al yo
verdaderamente libre jamás se convierte en un trabajo rutinario o tedioso,
porque la repetición, actuada en la interioridad, recupera cada vez la
siempre nueva originalidad de lo mismo y vuelve en todo hasta el yo
primigenio (32), sin permitir jamás que la subjetividad caiga en la
dispersión o en la fragmentación de su ser, y anclando siempre su vida en el unum inconmovible, sujeto a la ley de
la continuidad. En la unión con lo infinito y eterno, lo contingente y
temporal adquiere nuevas dimensiones y una suerte de acrecentamiento,
conforme al cual nada es rutina y todo
es original. La repetición es el
deber más serio de la libertad, porque su contenido no reside en los
múltiples las posibilidades mundanas, sino en la única posibilidad absoluta de la existencia personal. Ninguna
tarea ni mérito ni función exteriores al hombre serían capaces de concederle
la seriedad que sólo el grado de su reflexión interior, esto es, que
únicamente la intensidad de su libertad puede concederle. Lo serio es el
cenit de la subjetividad: la originalidad de la relación consigo mismo, que
decide al yo frente al Eterno. Por eso se trata siempre de una repetición
asida a la eternidad. Conclusión
Establecida en lo eterno, la
repetición inaugura la historia humana, o mejor, la historia de la propia
libertad, que atravesará la existencia sujetada, por una parte, al elemento
metafísico, eterno y permanente de su ser, y anclada, por la otra parte, a la
determinación casual, contingente y accidental del yo. Un texto del Diario afirma a este respecto que “la
historia es una unidad de metafísica y de casualidad. Es realidad metafísica,
en cuanto ésta es el anillo eterno de la existencia, sin el cual el mundo de
los fenómenos se desvanecería; es casualidad, en cuanto para cada
advenimiento existe siempre la posibilidad de la producción de una infinitud
de otros modos: esta unidad desde el punto de vista de Dios es la Providencia,
desde el punto de vista de los hombres es la historia” (33). La síntesis
histórica, sostenida en la alianza de la fe, se afirma en el instante
trascendente de la decisión (34), para asumir desde allí el progreso de su
devenir interior. Sin tal determinación trascendente, “la inmanencia de la
conciencia íntima del tiempo no resiste la prueba de la existencia y de la
libertad” (35), porque, efectivamente, el tiempo es para Kierkegaard una
cuestión de libertad, y donde se trata de la libertad, se habla el lenguaje
de la Diferencia. La eternidad que da comienzo a la
historia no designa una realidad puramente ideal y abstracta, sino concretada
por una asunción múltiple y temporal, de manera tal que, como recuerda J.
Colette, lo “no histórico” constituye para Kierkegaard ”lo histórico no
histórico” (36), vale decir, la forma libre de lo temporal, la forma misma
del yo, materializada en lo finito. Por la repetición del tiempo, la
eternidad obtiene una historia, tanto como el tiempo quiere ser por ella el
móvil reflejo de Quien siempre será tan sólo imagen. Para concluir,
quisiera destacar que Kierkegaard mismo decidió repetir en su alma aquellos
exiguos y a la vez inmensos acontecimientos que definieron su vida, a saber:
la áspera relación con su padre, la lucha contra la iglesia oficial danesa y
la masificación y, especialmente, su vínculo amoroso con Regina Olsen. La
profundidad espiritual desde la cual nuestro autor existió en tales
acontecimiento –comenta C. Fabro– lo apasionó (37) a tal punto que ellos se
convirtieron en “ ‘esencias puras’, realidades absolutas que [...] describen
las categorías de la vida del espíritu, su génesis y su significado. Estas
categorías, cortadas por una perspectiva histórica tan exigua, son lanzadas
en la turbina de un movimiento infinito, llevadas ‘hasta lo más hondo, a la
profundidad de 70 000 brazos’!” (38). La vida de
Kierkegaard se decidió al ímpetu de esa fuerza absoluta, que imprime a cada
paso el abrazo de lo Eterno. Él se confiesa incapaz de lo inmediatamente
inmediato y espiritualmente obligado a medirlo todo una experiencia
trascendente, única capaz de consolidar la vida personal, única capaz de
vencer las ilusiones ópticas y de ofrecer a lo real aquella morada interior
que alberga lo absoluto. Por eso para nuestro autor, sólo “vive quien se relaciona a la idea y
vive de modo primitivo. Todo el resto es ilusión óptica. En la muerte la
ilusión desaparecerá por completo, como en una comedia terminada” (39). La existencia del danés
asumió de este modo el sentido ideal y primitivo de un ser, que su propia
repetición le descubrió. NOTAS
(1) El término danés utilizado por Kierkegaard
para designar la repetición es Gjentagelse:
compuesto del prefijo gjen (re,
nuevamente, de nuevo) y el verbo tage
(tomar, coger, conquistar). (2) Parecería ser ésta la interpretación de H. Lefebvre,
quien, caracterizando la posición de Kierkegaard como un existencialismo mágico (cf. H. Lefebvre, El existencialismo, Lautaro, Buenos Aires 1948, pp. 132 - 133). (3) J. Caputo, Radical
Hermeneutics. Repetition Deconstruction and the Hermeneutic Project, (4) Cf. J. Caputo, Radical Hermeneutics..., cit.., p. 35. (5) Cf. G. Deleuze, Difference and Repetition, trad. P. Patton, (6) Para esta aproximación cf.,
por ejemplo, J. Wahl, Études kierkegaardiennes, 2ª ed., J. Vrin,
Paris 1949, p. 207, 243; T. Adorno, Kierkegaard,
trad. R. J. Vernengo, Monte Avila, Venezuela 1969, p. 137; cf. G. Deleuze, Difference and..., cit., pp. 5-8. (7) Cf. H. Höffding, Soeren Kierkegaard, trad. Fernando Vela, Revista de Occidente, Madrid 1930, p. 70. (8) Soeren Kierkegaard, La répétition, en Oeuvres complétes de Soeren Kierkegaard, trad. P.-H. Tisseau y E. M. Jacquet-Tisseau, 20 vol., Editions de
l' Orante, Paris 1966 ss., vol. V, III 212 (en
adelante OC, V, III 212); cf.
también Le concept d’ angoisse, OC, VII,
IV 322. (9) Cf. Soeren Kierkegaard, Diario, trad. C. Fabro, 3ª ed., 12
vol., Morcelliana, Brescia 1980-1983, fragmento de 1840,
vol. III A 1, III, p. 9, n. 654 (en adelante Diario, 1840, III A 1, III,
p. 9, n. 654). (10) S.K., La répétition, OC, V, III 212. (11) S.K., La
répétition, OC, V, III 194. (12) Cf. J. Colette, Histoire et
absolu: Essai sur Kierkegaard, Desclée, Paris 1972, pp. 92-94. (13) Kierkegaard explica que “por no haber
realizado este periplo antes de comenzar a vivir, nunca se logra vivir”
(S.K., La répétition, OC, V, III
195). (14) Cf. S.K., La
répétition, OC, V, III 193. (15) Cf. S.K., La
répétition, OC, V, III 247-248. (16) S.K., La
répétition, OC, V, III 248. (17) Cf. S.K., La
répétition, OC, V, III 258-260. Abraham, quien recuperó en la fe lo que
voluntariamente se dispuso a perder, es otro paradigma de la repetición. (18) S.K., Diario 1843, IV A 156, III, p. 93, n. 928. (19) S.K., La
répétition, OC, V, III 195. (20) S.K., Diario 1849, X1 A 330, V, p. 226, n. 2260. (21) S.K., Diario
1848, IX A 242, V, p. 31, n. 1882. (22) Soeren Kierkegaard´s
Papirer, ed. P. A. Heiberg, V. Kuhr y E. Torsting, 2ª ed., 20 vol.,
Gyldendal, Koebenhavn 1909–1948, IV B 117. (23) S.K., La
répétition, OC, V, III 29. (24) S.K.,
Diario 1843, lV A 156, III, p. 93, n. 928. Das-was-war-seyn –anota C. Fabro– es la traducción literal del Das-was-war-seyn
–aristotélico, entendido como la esencia del ente o el contenido
preciso de su definición. (25) Cf. S.K., Diario
1849, X2 A 72, VI, p.
173, n. 2578. (26)S.K., Diario
1849, X1 A 679, VI, p.
134, n. 2516. (27) S.K., Diario 1849, X1 A 360, V,
p. 233, n. 2279. (28) S.K., Le
concept d’ angoisse, OC, VII, IV 322. (29) Cf. H. Höffding, Soeren Kierkegaard..., cit., p. 70. El autor justifica su interpretación en el hecho de que la repetición
“asegura en la realidad nueva lo adquirido anteriormente, que no subsiste, en
absoluto, por sí mismo” (H. Höffding, Soeren
Kierkegaard..., cit., p. 107). (30) Cf. J. Colette, Histoire et..., cit., p. 256. (31) Cf. S.K., Crainte
et tremblement, OC, V, III
101. (32) Cf. S.K., Le
concept d’ angoisse, OC, VII, IV 459. (33) S.K., Diario 1840, III A 1, III, p. 9, n. 654. (34) Cf. J Colette, Histoire
et..., cit., p. 110. (35) J. Colette, Instant paradoxal et historicité, en Mythes et représentations
du temps, Centre Regional de publication de Paris - Editions du
Phénoménologie et Herméneutique, Paris 1985, p.
118. (36) J Colette, Instant paradoxal..., cit.,
p. 118. (37) C. Fabro, Conversazione con Cornelio Fabro, en “Aquinas”, 49 (1996), p. 462. (38) C. Fabro, Diario,
I, p. 26. (39) S.K.,(Diario 1854, XI1 A 121, X,
p. 135, n. 3904. |
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