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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año I Nº 3 Septiembre 2006 |
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CARTA DE BATALLA POR UNA NIÑA MALA A propósito de la novela: Travesuras de la niña mala, del escritor peruano Mario Vargas
Llosa. Alfaguara, 2006. John Jairo Junieles
(Colombia) |
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Las cartas de amor, si hay
amor, deben ser ridículas. Fernando
Pessoa Todos
somos huérfanos del pasado. Aprendemos a vivir a la sombra de la memoria,
mientras deambulamos por este difuso y ajeno presente, que en realidad es un
estado de exilio. Pero algunos no se resignan, y procuran dejar testimonio de
su travesía por más corriente que haya sido su existencia, más aún si
mediante esos anales también salvamos del olvido las cosas que amamos. El
lector de Travesuras de la niña mala
se pregunta en dónde termina el libro de cuentos y empieza la novela. Quizá
en términos formales, lo más logrado de esta novela de Mario Vargas Llosa,
está en aprovechar lo mejor de los dos
géneros, y hacer una solución de líquidos narrativos con apariencia
inseparable, que nos hace sentir frente a un universo autosuficiente de 375
páginas. En la
elección del material, y en los criterios organizadores de ese magma creativo
de Travesuras de la niña mala,
Mario Vargas Llosa parece adoptar los principios fenomenológicos de Husserl, para quien el conocimiento de los fenómenos es
absolutamente cierto porque es intuitivo. En ese sentido nada externo a la
realidad novelada la afecta. Al momento de ser abordado por la crítica, “el
texto queda reducido a ejemplificación o encarnación de la conciencia del
autor. Todos sus aspectos estilísticos y semánticos son aprehendidos como
partes orgánicas de un total complejo, cuya esencia unificante
es la mente del autor.” (1) El ser
humano siempre ha estado en crisis, y gracias a la búsqueda de salidas para
ella se ha desarrollado social y científicamente. Pero nunca como en nuestro
tiempo experimentamos el vértigo de caer cuando aún estamos a orillas del
abismo. Con esta novela el escritor peruano oficia como un Ovidio desacralizador del amor, explorador de las formas del
amor contemporáneo, emociones asentadas en códigos y tráficos vitales
colectivos aceptados, que gozan de una intensidad diferente a los referentes
tradicionales: inmediatez y simultaneidad afectiva, ausencia de compromisos
derivados del vacío y el temor a la muerte. El amor en los tiempos del
hedonismo radical, esa doctrina que proclama como fin supremo de la vida la
consecución del placer. Cuánto
le hubiera gustado al escritor Juan Carlos Onetti, leer estos cuarenta años
de amor itinerante entre Ricardo Somocurcio y la
niña mala. Ricardo y su feliz vía crucis de gozosos y dolorosos, en su
obsesión por poseer a esta inasible mujer que cambia de identidad tan
fácilmente como de gafas. Onetti, en desarrollo de la lectura, habría
recordado aquella filosa línea rilkeana, que
resultaba tan fiel a su noción del mundo: “Lo bello es apenas el comienzo de
lo terrible.” Nuestro
narrador hila los ajetreados caminos de su memoria mediante siete capítulos,
cada uno de los cuales corresponde a una ciudad diferente que prevalece, y
también a una forma particular de sociedad, de vivir y percibir el convulso
mundo del siglo XX: Capítulo
1: Las chilenitas. Es posible
imaginar a Mario Vargas Llosa releyendo a Los
jefes, Los cachorros y La ciudad y
los perros, sus libros sobre los días azules de su juventud limeña, para
ambientarse temáticamente buscando recobrar un tono, los matices de una voz
vinculada al alma de esa época, y de esa manera poder escribir este primer
capítulo en que recorremos de nuevo a la festiva Lima, del verano de 1950; de
manera especial el barrio Miraflores, cuando
descubrimos a la niña mala: “Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950. Cojinoba Lañas le cayó por
primera vez a una chica –la pelirroja Seminauel—y
ésta, ante la sorpresa de todo Miraflores, le dijo
que sí. Cojinoba se olvidó de su cojera y andaba
desde entonces por las calles sacando pecho como un Charles Atlas.” (2) En
este primer capítulo, asistimos a la idealización de un mundo, a la fundación
de los mitos íntimos y los horizontes vitales de Ricardo Somocurcio,
así como de su generación. “Desde que tenía uso de razón soñaba con vivir en París.
Probablemente fue culpa de mi papá, de esos libros de Paul Féval, Julio Verne, Alejandro Dumas y tantos otros que me
hizo leer antes de matarse en el accidente que me dejó huérfano”. (P.15) “…Se rió de buena gana cuando me preguntó por mis “planes a largo
plazo” y le respondí: “morirme de viejo en París”. (P. 41) Este
ámbito inaugural del primer capítulo configura un personaje que vive en
presente, como los animales, en ese estado inocente, edénico, propio de la
infancia y de una adolescencia en la que aún el peso de la existencia no se
hace sentir del todo: Valses, polcas, mambos y huarachas.
Esa dimensión del tiempo que en la memoria de quienes la vivieron seguirá
estando “más allá del mundo y de la vida” (Pag.
10), un estado mental gregario de, casi, absoluta confianza en el mundo. El
narrador-protagonista revive su entrega panteísta: “Aquel fue un verano fabuloso. Vino Pérez Prado con su orquesta de
doce profesores a animar los bailes de carnavales del Club Terrazas de Miraflores y del Lawn Tenis de
Lima, se organizó un campeonato nacional de mambo en la Plaza de Acho que fue
un gran éxito pese a la amenaza del cardenal Juan Gualberto Guevara,
arzobispo de Lima, de excomulgar a todas las parejas participantes.” (P. 9) Un
estado de entusiasmo (arrobamiento) generacional que surge porque quienes lo
viven aún no son sujetos de la Historia social de su comunidad. Sólo son
protagonistas de su historia personal. Aún están al margen de esa Historia
que, tarde o temprano, les impondrá pragmatismos, roles y obligaciones,
originados en esas estructuras sociales que, en muchas de sus novelas, han
sido objeto de representación, crítica y denuncia por parte de Vargas Llosa. Tal vez el autor, consciente de ese idilio
mental que se vive con el mundo a esa edad, no introduce (como sí lo hace en
el resto de la novela) las referencias a las transformaciones sociales y
políticas de su país y del mundo. El
tono memorioso de primera persona, su razón de ser, será comprendido
cabalmente cuando lleguemos a la última página de la novela, cuando las palabras de la niña mala crearán un efecto
de eterno retorno, que dará sentido al carácter autobiográfico de la novela. Ese parlamento
final de la niña mala, aportará a la novela un efecto de verosimilitud
interna, dando piso a la forma que se adoptó para contar esta historia de
amor en tiempos globales: “Ahora que te vas a quedar solito, puedes aprovechar, así no me
extrañarás tanto. Por lo menos, confiesa que te he dado tema para una novela.
¿No, niño bueno?” (P. 375) El
narrador comercia la realidad con voces y perspectivas. En Travesuras de la niña mala, no se
reproduce una subjetividad particular, aunque el hilo conductor sea una voz
en primera persona (aire de sinceridad que despierta empatía); nos topamos en
algunos momentos con ese narrador tribal de Los cachorros (relatos, 1967), que vincula sus propias
experiencias con las de su generación : “Hubo tal recomposición sentimental en el barrio que andábamos aturdidos.”
(P. 9) La
novela logra contagiar al lector de una nostalgia por un mundo no vivido,
pero que tiene simbologías comunes con ese mundo que sí se vivió. Vargas
Llosa sabe que las experiencias humanas giran en torno a paradigmas universales,
vivencias trascendentales que se percibirán de una manera distinta,
influenciadas y matizadas por ambientes y circunstancias variables, pero
vividas con el mismo ardor en diferentes rincones del mundo. Capítulo
2: El guerrillero. El París mítico,
sartriano, de la primera mitad de los años sesenta.
Reaparece la niña mala, o más bien reencarna en vida. En este capítulo
parecemos reencontrarnos, en el personaje de Paúl Escobar, con aquel
entrañable Alejandro Mayta de otra novela de Vargas
Llosa: Historia de Mayta,
que ha sido objeto de una disección formal y funcional por parte de María
Elvira Luna Escudero-Alie, que nos parece relevante traer a colación, pues
responde a todas las características que también hallamos en la vida de Paúl
Escobar. La investigadora nos ilustra: “Según La Poética de Aristóteles, hay cuatro elementos a tener en
cuenta para que un personaje sea
considerado trágico: 1) Que sea moralmente bueno, 2) Que sea
"adecuado", es decir correcto, justo, consecuente, 3) Que ame la
naturaleza humana, y 4) Que sea consistente. Alejandro Mayta,
de acuerdo con estos postulados, es un personaje trágico porque sus acciones,
aunque profundamente erradas, están motivadas por ideales de igualdad y
justicia; es entonces, un hombre bueno moralmente porque tiene buenas
intenciones e intenta construir un mundo mejor para todos. Mayta también cumple con el segundo requisito de ser
“adecuado” pues es justo, correcto y consecuente, en el sentido de que no
desea engañar a nadie, y menos a sí mismo; su corrección llega al extremo de
obligarlo a cambiar de partido político al menor escollo o viso de traición a
sus ideales y sistema de valores. Con respecto al tercer requisito, el de
amar a la naturaleza humana, sin duda podemos decir sin vacilar que Mayta también llena esta condición, pues todo lo que hizo
en la vida, fue con el propósito explícito y exclusivo de mejorar la
condición humana. El cuarto requisito, el de ser consistente, también es una
de las características resaltantes de Mayta; él fue
en todo momento consistente consigo mismo, fiel a sus creencias, a su sistema
personal de valores que intentó enmarcar en un contexto mayor, más
representativo, sin lograrlo. La coherencia de Mayta,
su radicalismo y su afanosa búsqueda de la utopía perfecta, no le permitieron
nunca mantenerse por mucho tiempo en un partido político; al menor indicio de
traición a los ideales revolucionarios, Mayta se
apartaba del partido, o era apartado de él. Siempre fue un ser de las
sombras, de los márgenes; un verdadero marginal.” (3) El
personaje de Paúl Escobar (personaje
real, históricamente hablando, que hizo parte de las danzas incaicas en las
que también bailó Vargas Llosa, cuando joven, como nos muestra una foto de
entonces) encarna toda esa generación
de jóvenes rebeldes latinoamericanos, creyentes en una salida revolucionaria
armada frente a las injusticias sociales de sus países. Algunos lectores
radicales esperarían una crítica fiera por parte de Vargas Llosa en voz del
narrador, o sirviéndose de algún personaje incidental, conociendo la posición
ideológica del escritor; por el contrario descubrimos un tono de lamento, que
nos conmueve, por las pérdidas humanas de esa generación, que fueron muchas y
significativas en toda Latinoamérica. En el caso colombiano, recordamos
inevitablemente la experiencia del cura guerrillero Camilo Torres, tan
semejante a la suerte de Paúl Escobar, el revolucionario peruano. Capítulo
3: Retratista de caballos en el swinging London. El Londres psicodélico del “Peace and Love”, segunda mitad
de los sesenta. Invitación a revalorar históricamente la experiencia de la
rebelión pacífica del hippismo y su revolución de
las costumbres desde el pacifismo. El peruano Juan Barreto, retratista de
caballos. En este personaje Vargas Llosa parece personificar la picaresca
latinoamericana en la vieja Europa. Este período representará, en palabras de
la niña mala: “esa muerte lenta rodeada de caballos” (P.177) Capítulo
4: El trujimán
de Chateau Meguru. Tokio,
años ochenta. Las caras ocultas del amor, la relación de la niña mala y el
enigmático Fukuda: el ventrílocuo sexual. El
sadomasoquismo como una expresión atentatoria de la dignidad humana, pero
igualmente una elección individual legítima. Conocemos ese memorable sefardí
que es Salomón Toledano, practicante al igual que Ricardo Somocurcio,
de esa “profesión de fantasmas” como bautiza Toledano a los
intérpretes-traductores de idiomas. Toledano se hace una pregunta que nos
recuerda a Juan Carlos Onetti; en realidad parece un homenaje velado al
escritor uruguayo, tan celebrado por Vargas Llosa: “¿Qué huellas dejaremos de
nuestro paso por esta perrera?” (P.152) Capítulo
5: El niño sin voz. De nuevo París,
la disolución de la Unión soviética. El paraíso de la amistad con los Gravoski: Elena, Simón y Yilal.
Una amistad a la peruana, a la latinoamericana, sin indiferencias, como sólo
se puede entender en esta parte del mundo. Confidentes y testigos de la
pasión de Ricardo por la niña mala. Capítulo
6: Arquímedes, constructor de rompeolas.
Un personaje con implicaciones dramáticas sorpresivas. Un naipe inesperado en
la baraja de la trama narrativa, por medio del cual conocemos los estímulos
sociales, las motivaciones psicológicas de un personaje que sólo descubrirán
aquellos que lean la novela. Arquímedes
es para Vargas Llosa, la oportunidad de recordarnos la existencia de esos
hechos y situaciones de la realidad, que nos causan extrañeza por ser
inexplicables. Arquímedes es un reflejo de ese “realismo mágico” que hace
parte de una zona reconocible de su novelística. El peruano siempre ha sentido respeto por
lo saberes y tradiciones ancestrales, siempre y
cuando no condenen a los pueblos a la inmovilidad histórica y atenten contra
la libertad individual (recordemos su novela El Hablador). El
misticismo, la magia, o como quiera denominarse, que surge de esa relación
ancestral, irrompible, entre el ser humano y la naturaleza. Arkímedes responde a las preguntas que la ciencia y la tecnología no pueden
plantearse, porque son de otra naturaleza, exigen ese conocimiento intuitivo
y pedestre que tal vez es una resonancia, un reflejo antiguo de nuestro
origen, en esa zona espiritual heredada de cientos de generaciones y su
relación con el universo del que somos parte. El azar, esa respuesta sin
pregunta, tan presente en la vida de todo ser humano, aparece como un
estimulador de situaciones en diferentes circunstancias de esta novela: “Por una de esa extrañas conjugaciones que trama el azar, resulté,
en los años finales de los sesenta, pasando muchas temporadas en Inglaterra y
viviendo en el corazón mismo de swinging London:
en Earl´s Court.” (P.94) Capítulo
7: Marcella en Lavapiés.
El Madrid de la movida en los ochenta y el barrio Lavapiés.
El amor a pesar de la indignación y el amor propio, la fidelidad a las viejas
pasiones: ¿Quién no aprende a amar sus viejas costumbres? Poniendo nuestras
palabras en la voz de Salomón Toledano, sobre la pasión por la niña mala, nos
atrevemos a decir: “No es culpa de la niña mala si la sigues queriendo,
Ricardo, es culpa tuya. Ella es una vocación y un destino”. Hay en
los capítulos de la novela una alternancia que no riñe con su unidad,
capítulos que sirven de contrapeso entre los asuntos de fondo. El autor,
preocupado por el lector en su naturaleza más “masiva”, es incluyente, respeta
el pacto con este que ha tenido la literatura desde siempre, y es que la
historia nunca debe caer en lo tedioso. De La ciudad y los perros, Conversación en la
catedral, y La casa verde, recordamos la fantástica demostración
artesanal de cambios de voces con vasos comunicantes insospechados, la
alteración del tiempo y su aparente linealidad, los datos escondidos que nos
revelan sorpresas, la yuxtaposición psicológica de ambientes. Todo para
involucrar de manera activa al lector y generar una reacción psicológica,
producto de una experiencia real en lo leído que repercuta en su conciencia
del mundo. Ese
contrapunto entre los capítulos nos recuerda la forma adoptada por Vargas
Llosa para El pez en el agua (memorias,
1993); naturalmente estableciendo las diferencias de bulto entre el género de
memorias de aquel y la concepción novelesca de la obra que nos ocupa. Digamos
lo obvio: Cada género exige una actitud narrativa acorde con las intenciones
del texto. En esta ocasión hay una integración más sutil entre lo real
histórico y lo real ficticio, generando una ambigüedad que contribuye a uno
de los aspectos que a Vargas Llosa siempre le ha preocupado, como escritor y
analista literario: el poder de persuasión, que permite que sea verdad eso de
que: existen otros mundos, pero están en éste: “Para dotar a una novela de poder de persuasión es preciso contar su
historia de modo que aproveche al máximo las vivencias implícitas en su
anécdota y personajes y consiga transmitir al lector una ilusión de su
autonomía respecto del mundo real en que se halla quien la lee.” (4) En relación con este aspecto, es curioso que Vargas Llosa apele en
un momento de la novela a justificar sus propias decisiones creativas,
persuadiendo de manera directa, que es la forma más riesgosa de buscar
credibilidad en el lector, y sin embargo lo logra mediante una sola idea: “¿Era posible semejante coincidencia? Sí, lo era. Ahora no me cabía
la menor duda.” (P. 318) El
autor peruano perfila algunos personajes con cruzadas individuales apasionantes.
Criaturas verbales que no tienen nada de secundarios: Paúl Escobar, Ataúlfo Lamiel, quien es tío de Ricardo, y en cuya voz
descubrimos cómo la poesía está siempre presente en las obras de Vargas
Llosa: “Tomaba pastillas para la presión y la dentadura postiza debía
incomodarle pues todo el tiempo estaba moviendo la boca como si quisiera
encajarla mejor en sus encías. Pero se le veía encantado de conocer por fin
París, un viejo anhelo. Miraba las calles, los muelles del Sena y las viejas
piedras arrobado, repitiendo entre dientes: “Todo es más bello que en las
fotos”. (P. 159) Juan
Barreto, Salomón Toledano, Fukuda, los Gravoski: Elena, Simón, y el enigmático Yilal, también Arkimedes; son
personajes de relatos o cuentos que podrían ser autónomos, pero cumplen una
función distensionante dentro de la trayectoria
novelística. Es a través de estos cuentos, de estas ramas, que llegamos al
tronco novelístico; y en la densidad de su follaje nos perdemos. No son ellos
convidados de piedra del decorado narrativo, o excusas para reconstruir un
periodo histórico a través de sus vicisitudes, o, simplemente, sirven para
avivar la curiosidad por la suerte del amor entre el niño bueno de Ricardo y
la niña mala. Quizá
el mejor ejemplo de la autonomía de estos personajes sea Salomón Toledano, de
quien recordamos su humor: “¡Qué terrible haber malgastado tantos años,
dinero y espermatozoides en amoríos mercenarios! “(P. 163). Sus periplos
vitales causan expectativas, tiene una consistencia de carácter que lo mantiene
en igualdad de condiciones con respecto a los personajes del hilo principal;
oxigenando la narración, evitando que esta caiga en lo monotemático y
reiterativo. La
fuerza de identidad de estos personajes, poseen la persuasión suficiente para
hacernos olvidar, por algunos momentos el epicentro trágico de la obra. Da la
impresión que Vargas Llosa nos dijera: la historia de amor de estos dos está
teniendo efecto; pero el mundo a su alrededor sigue andando. El
erotismo presente en la novela, como en la vida misma, es un componente que
aporta instantes debidamente calculados, que contribuyen a estrechar la
distancia con el lector, llevándolo a un plano intimista de complicidad, de voyerismo: “No me apartaba los labios cuando yo se los buscaba; pero no hacía
el menor movimiento de respuesta, se dejaba besar con indiferencia, y, por
supuesto, nunca abría la boca para que yo pudiera sorber su saliva. También
su cuerpo parecía un témpano cuando mis manos le acariciaban la cintura, los
hombros, y se detenían en los duros pechitos de botones erectos.” (P.36) Sobre
los personajes centrales de la novela, hacemos algunas consideraciones.
Ricardo Somocurcio sabe del fuego con el que juega:
¿Su interés por la niña mala hubiera sido igual, si ella hubiera aparecido en
su vida sin la máscara de chilenita, es decir, como una peruanita más?,
¿hasta qué punto ella es responsable de despertar la pasión que por ella
siente Ricardo?, ¿ha dado pie largo para que ocurra ese encantamiento? Borgianamente hablando, cada quien inventa sus dioses,
pero el amor es una religión cuyo dios es falible; doloroso aprendizaje de
nuestro políglota héroe. ¿Qué
tanto hay en Ricardo del Alberto poeta de La
ciudad y los perros? El espíritu originalmente inquieto e inconforme del
ser humano, domesticado por las convenciones sociales, por su acomodo a las
estructuras burguesas, parece representado en la figura de Ricardo Somocurcio. Pero hay un grado de complejidad en los
personajes de Vargas Llosa, que nos impide caer en maniqueísmos. Es así como
reconocemos en Ricardo una rebeldía particular, una sublevación íntima, la
rebelión de ser fiel a una pasión que va en contra del sentido común y hasta
del amor propio: “¡imbécil!” se llamará a sí mismo incontables veces. En vez
de entregarse a una relación amorosa rutinaria, previsible y anodina, Ricardo
goza y padece su propia orgía perpetua, su utopía particular: la niña mala.
Él insiste en serle fiel a ella, que tiene las peores credenciales para ser
objeto de semejante culto, pero en realidad está siendo fiel a sí mismo. No
sólo le atrae ella, sino lo que ella representa: la aventura constante, el
vértigo de la incertidumbre; una elección vital incapaz de imaginarse para sí
mismo, y que vive gracias a ella. La
niña mala aparece cada cierto tiempo para socavar las bases de su existencia
(el aprendizaje del ruso no sacia la sed del alma), pero regresa a su vez
para recordarle que hay otras formas de vida posible. Lo dice Simón, el belga triste, vecino y
amigo de Ricardo: “¿Ustedes se han dado cuenta lo mediocres que son
nuestras vidas comparadas con la de ella? (P.238) La
niña mala es más que un alias, o el lenguaje figurado y humorístico de una
personalidad. Responde a un santo y seña personal significativo para el
doliente de sus amores, Ricardo. Ese apelativo nos recuerda al usado por
Oliveira para bautizar desde su mirada al objeto de su amor: La Maga; en Rayuela, de Julio Cortázar. La
niña mala es: fría, egoísta, mezquina, envidiosa, camaleónica, pero sobre
todo: ingrata. Todo eso sin despeinarse. Pero es también un espíritu
combativo, inconforme, que no está de acuerdo con cierto destino natural al
que pareciera ser dirigida por las circunstancias. Ella quiere afirmar su identidad, no
asumirá esa actitud contemplativa, de aquellos que siguen el rumbo de la
corriente que se los traga en su curso. Inconscientemente, es una militante
activa de la indignación frente a proyectos de vida intolerables para el
espíritu humano. Es allí donde recordamos otro referente, la Urania Cabral, de La
fiesta del Chivo, otro personaje femenino memorable que cobra vida
gracias a las ardides de Vargas Llosa. La
niña mala rompe las resistencias de esa sociedad, que sigue siendo la misma de Madame Bovary, ejerciendo su función amedrantadora,
donde la pasión humana es castrada. Nuestra héroe tiene una existencia
auténtica que no deja de ser muchas veces inmoral y antisocial: “Para conseguir lo que se quiere, todo vale –me repuso en el acto,
muy resuelta.” (P. 33) Muchos
escritores escriben para vivir mediante sus ficciones todas las vidas
posibles. Mario Vargas Llosa traslada al personaje de la niña mala esa
aspiración, que en el caso de ella es sobre todo un recurso de salvación ante
el efecto de sus “travesuras”; una necesidad que convierte a su vida en una sucesión
de máscaras de supervivencia: la chilenita, la camarada Arlette,
madame Robert Arnoux, Mrs.
Richardson, Kuriko. Como
lectores imaginamos una introspección
de esta criatura verbal: “Cuántas muertes tendré que vivir para poder
olvidarme que sólo soy una muchacha llamada Otilia”. Pero la niña mala jamás
diría eso en un soliloquio, por que sería la variante de una huachafería, ese
peruanismo referente a los galanteos, los piropos de cortejo que se le dicen
a la mujer. Ella
es objeto de amor, y el amor es eso, un fuego que regocija en noches
invernales, pero se nos olvida que también puede quemar. Una emoción humana
contradictoria, que no responde a ninguna lógica, aunque es sabido que
algunas conductas despiertan o avivan otras; la indiferencia, por ejemplo. El
amor no es un negocio de
reciprocidades, en él siempre está en juego la posibilidad de los desencuentros e incomprensiones, pero
también la felicidad. La
novela ejerce entonces su papel crítico, con respecto a la tradicional
mitología amorosa, un conjunto de hábitos y usos heredados que fueron
convirtiéndose en una restricción a la espontaneidad. La novela rescata, para
honor de la niña mala, el sagrado derecho de la libertad individual. La
voluntad de no ceder a los chantajes emocionales producto de la sublimación a
un sentimiento fundado –entre otras muchas cosas– en la huachafería; que por
momentos convierte a Ricardo Somocurcio, en una
especie de joven Werther (con intento de suicidio
incluido). Entretanto
la niña mala, por algunos momentos, gracias a la idealización de Ricardo, y
la conciencia por parte de Vargas Llosa de un lenguaje consecuente con la
intimidad mental del personaje, parece entrar a ser parte de la misma estirpe
de la Lolita, de Nabocov;
y recordarnos la consigna de Fernando Pessoa, de que las cartas de amor, si
hay amor, deben ser ridículas. Leamos esta confesión de Ricardo Somocurcio, tan afín al tono usado por Humbert Humbert, el personaje
de Nabokov: “Porque ella era la mujercita más delicada y más bella de la creación:
mi reina, mi princesita, mi torturadora, mi mentirosita, mi japonesita, mi único amor.” (P.179) “Tenía la cara más fresca y más joven que la víspera. Una
adolescente de cuarenta y pico años. Me basto verla para que se me disipara
la desazón. Ella misma me alcanzó los labios para que la besara, cosa que no
solía hacer, siempre era yo el que le buscaba la boca. “ (P.184) Nosotros
también tuvimos nuestra educación sentimental, parece decirnos Vargas Llosa,
quien en su novela hace exaltación artística del melodrama, de la
huachafería. Realza la presencia innegable de una tradición de cursilería en
la identidad social latinoamericana; en realidad un valor común a muchas culturas. Vargas Llosa sabe que
las radionovelas y telenovelas han congregado más a las naciones que las
banderas e himnos marciales impuestos por el oficialismo. El melodrama, esa
subcultura apasionada, que durante décadas ha impuesto y devaluado muchos
valores en nuestra sociedad. Finalmente,
para este lector, Las Travesuras de la niña mala tienen un parentesco balzaciano con Mi
siglo, novela del alemán Gunter Grass, en cuanto a la aspiración por parte de ambos
escritores de servirse de la novela para exponer un panorama, o gran fresco
de la tragicomedia humana en la historia del siglo XX. Pero el autor alemán
apela a una apuesta formal más fragmentaria en su presentación, a elementos
combinados de forma “más experimental”; y, por supuesto, es el reflejo de
otra sensibilidad. Ojalá
en un futuro Estas travesuras de la
niña mala, de Mario Vargas Llosa, junto a El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez,
hagan parte de una colección de novelas mediante las cuales se pretenda
exponer conjuntamente, gracias a su mirada trascendente sobre lo real, una
historia colectiva de la educación sentimental latinoamericana, de la que
seguramente harán parte: La traición de
Rita Haiworth de Manuel Puig, Rayuela, de Julio Cortázar, las
crónicas de Carlos Monsiváis, varias páginas de la
obra de Guillermo Cabrera Infante, Tomás Eloy Martínez, Sergio Ramírez,
Guillermo Arriaga, así como muchos cuentos del
brasileño Rubem Fonseca; entre otros títulos. La repercusión en nuestro espíritu que deja Las travesuras de la niña mala, es la de haber vivido una
experiencia integral. Sensación del lector de haber vivido otra vida a la par
de los protagonistas. Testigos de un hombre que pierde su “dignidad” para
vivir un amor que enriquece su patética vida. Estas páginas son una
invitación a buscar la salvación entre nosotros, con la fe en un humanismo
renovado, fundado en esa otra divina trinidad de la que tanto se ha abusado
por los poderes de turno: igualdad, libertad, y fraternidad. Un segundo
Renacimiento que tenga a la justicia y el amor entre los seres humanos como
principio y fin; así como cuestionar la tiranía de las convenciones,
prejuicios y mentiras en que se funda la vida social. Luego
de lo fundamental, nos queda una inquietud extraliteraria,
que carece de importancia real, salvo para el propio Vargas Llosa. Una
curiosidad compartida, tal vez, por algunos lectores fieles, que se despierta
cuando leemos la críptica dedicatoria de la novela: “A X, en memoria de los tiempos heroicos” una intriga azuzada, seguramente sin premeditación, en
una entrevista reciente al escritor peruano: “Se especula que uno de sus
modelos para Ricardo Somocurcio (personaje de
Travesuras de la niña mala) fue el escritor Luis Loayza.
¿Es verdad? (M.Vargas
Llosa, ríe a carcajadas): Luis Loayza es un gran
amigo de infancia, pero de ninguna manera ha servido de modelo para Ricardo Somocurcio. ¡Estoy seguro de que Lucho ha tenido amores
apasionados, pero nada (que yo sepa) que se parezca al de Ricardo por la niña
mala! ¿Loayza
tampoco es el "X de sus tiempos heroicos", como dice la dedicatoria
de la novela? No, el X es un X. Eso vamos a
dejarlo a los biógrafos Si es que los tengo, a ver si lo descubren.” (5) La
naturaleza oscura de la dedicatoria invita a la especulación, al juego investigativo, que para muchos puede
resultar, razonablemente, una discusión bizantina. Pero son estos detalles, y
otras cosas, lo que contribuye a fundar las mitologías personales de un
creador. Todos
tenemos un equis, o una equis a quien agradecer, y por alguna razón personal
no podemos divulgar. En este caso, X puede ser cualquiera, el amoroso Julio
Cortázar, o Julia Urquidi, la primera esposa de
Vargas Llosa, a quien él ha agradecido con justicia, en algunas entrevistas,
por su fe en La ciudad y los perros.
Incluso
X puede ser Gabriel García Márquez, a quien podemos imaginar junto a Mario
Vargas Llosa, muchos años atrás frente a un plato de sopa, discutiendo a Luz de agosto, del maestro Faulkner,
en un estrecho y frío apartamento parisino. Hermanados por su fe en la
literatura, esa vocación común que aún exige eso: Heroísmo. Recuerdos y
afectos que debieran prevalecer sobre los desencuentros, la vanidad, y la
intransigencia. No es por lo que es que seguimos siendo amigos de alguien,
muchas veces es a pesar de lo que ese alguien es. Esa X, en la dedicatoria de
la última novela de Mario Vargas Llosa, representa en última instancia:
gratitud; esa que también sentimos los lectores por su novela. Notas: (1) Terry Eagleton.
Una introducción a la teoría literaria.
Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 1998. Pag. 78. (2) Mario
Vargas Llosa. Travesuras de la niña
mala. Bogotá, Editorial Alfaguara, 2006. (3) María
Elvira Luna Escudero-Alie. De la
ficción, la revolución y la tragedia (estudio comparativo entre:
Pálido Cielo, de Alonso Cueto, y la novela Historia de Mayta,
de Mario Vargas Llosa). Revista Espéculo número 30, Universidad
Complutense de Madrid (4) Mario
Vargas Llosa. Cartas a un joven
novelista. Barcelona, Editorial Planeta,1997. (5) Enrique
Planas. Creo que soy algo fetichista.
Entrevista a Mario Vargas Llosa. Diario El Comercio, Perú, 25-05- 2006.
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