|
Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año II Nº 4 Primer Cuatrimestre 2007 |
|
|
LA PALABRA ERNESTO IANCILEVICH (ARGENTINA) |
|
|
|
|
|
I. En
poesía, el decir es un hacer. El decir
del poema es el hacer de la palabra, movimiento centrípeto, actividad
contemplativa que reconoce en la propia vida del poeta el material y la
fragua, el atanor y la llama. Vivir
que se expresa en el decir. Decir que es experiencia de vida. El
decir, hacer de la palabra viva,
expresa, en lo abierto del
poema, lo abierto de la experiencia poética. Palabra:
esencia de la letra. Sentido: estructura del signo. Desde un punto de vista
profano, la poesía es género
literario. Desde una perspectiva
sagrada, la literatura es una especie de poesía. Visión interna y versión
externa de lo mismo. En la versión de lo múltiple, la visión de lo único. Los
desplazamientos semánticos corresponden a itinerarios espirituales: transgresión lingüística y transmutación poética. II. Aun
cuando apreciaciones metafísicas nos
acerquen, espiritualmente, a su sentido, no menos cierto resulta admitir que la
construcción de un poema exige
el conocimiento y la práctica de nociones técnicas, el dominio de la
gramática y la sintaxis, los cánones de versificación, el adecuado manejo de
recursos estilísticos y la asimilación de un legado, que permite al poeta de
cada época el reconocimiento de un
linaje tradicional en el que, más que de paternidades e influencias, debiera
hablarse de hermandades y confluencias. Desconocer esta realidad significaría
bogar por la mera espontaneidad, tan apartada del metódico cultivo como la efusión emocional lo está del recogimiento interior. En el
arte y en la vida, el sentimiento estimula, y el sentimentalismo sofoca; lo
sabe el poeta que burila, en los macizos del sí, cada palabra, y medita, en los huecos del no, cada pausa. Con
diferencias sutiles, no siempre claras y distintas, la experiencia poética se
emparenta con la mística. Por su expresión, la metáfora acerca, en lo
visible, lo invisible, en esta orilla, la otra. De tal modo, se
aprende, en la palabra, la enseñanza del silencio. Ambos, místico y poeta,
avanzan y regresan, sin saber, comprenden. Ninguno de ellos clausura el
habla: la intima; y, en esa intimidad de lo abierto hacia adentro, palabra y
silencio conversan. Conciencia divina y ciencia espiritual ponen al
poeta y al místico en contacto con lo supraindividual, indeterminado y mistérico,
merced a una intuición intelectual que, necesaria y recursivamente,
se vale de imágenes sensoriales, del erotismo verbal, para sugerir las formas
sagradas del éxtasis. Acaso en el poeta, esas formas asuman la figura de la palabra originaria; en el místico,
dibujan la plenitud de vacío que
habita el silencio. Como hermanos de
un mismo padre, en un punto se separan. En
el recuerdo de las palabras de
Hölderlin, imaginamos su reencuentro: Die Linien des Lebens sind verschieden,/Wie
Wege sind, und wie der Berge Grenzen./ Was hier wir sind, kann
dort ein Gott ergänzen/ Mit Harmonien und ewigem Lohn und Frieden.
(Las
líneas de la vida son diversas,/como caminos son,
como los límites/ que separan montañas. Lo que somos/ aquí tal vez un Dios
allá lo integre/ con armonía y paz y eterno premio.) (i) III. La
intensidad de la palabra, en el decir concentrado, nos remite al
centro; también nos hace traspasar la periferia del lenguaje (y del mundo). La
poesía es un decir concentrado
porque hace centro en la palabra: decir
concentrado en la palabra esencial. Más
allá de las circunstancias históricas por las que ha atravesado su manifestación,
la poesía se revela epifanía de la palabra. Porque nadie escribe un poema,
nadie puede adueñarse de él. La poesía escribe el poema, el poeta lo traduce,
lo transmite. Apenas cincela lo que sobra, desnuda lo necesario. O lo
intenta, y, en todo caso, lo demás no es su asunto. En ese
camino de regreso, aun en aquellos malabares lingüísticos donde resulta arduo
desbrozar el ornamento de la estructura, íntimamente respira esa búsqueda
profunda de la palabra que dice. Por
inconmensurable, no sabemos qué es la poesía, aunque la tentación de
definirla sobrevuele nuestras cabezas. Pero tenemos poemas y hay poetas. En
los momentos de privilegio, unos y otros se conjugan, se entregan a lo
inconmensurable. En esos instantes de santidad, la luz de un dios ilumina la
oscuridad de la noche. El
poema nos enseña un camino. Su decir
es un ir de camino. En nuestra época, y en
el final de un ciclo, el poeta
se esfuerza por enseñar el
camino del habla, bajo los modos vitales del salto, la fuga o la entrega. En los
extremos de la palabra, donde se
palpa el silencio, habla el pensar.
Por fuera, en la periferia de sus bordes,
todo es un conjunto de grados
del olvido. El
poema es playa verbal, huella sustancial, palabra del viento. En él, ser y no-ser se contemplan; nada hay en su
cruce que no sea mirada. Una mirada en la mirada, que funda presencia, allí,
donde todo es ausencia. Poema de la poesía, avatar en el decir
concentrado. Experiencia y expresión
fundidas en la palabra intensa del decir concentrado. Sonido del sentido,
pensar y hablar se identifican, saber y sentir se penetran, decir y hacer se
transparentan. En los momentos más
intensos del lenguaje, el pensar habla y la palabra piensa. IV. El poema busca la palabra
necesaria. Un artificio hecho de otras palabras circunstanciales y lábiles sostiene esa arquitectura esencial única e
insustituible. De otro modo, el poema
se ahondaría en una verticalidad sin forma ni figura, y no habría
texto. La redacción de un poema, su artíficis, sitúa al poeta en el balanceo de
lo posible y lo imposible. El soporte material de la palabra necesaria lo constituye todo
ese conjunto de técnicas recursivas con las que hilvana, traduce y transmite,
en principio, a sí mismo, luego, a otros, una experiencia no comprendida del
todo, una vívida percepción de lo real que no puede explicar: percibir lo invisible
para decir lo inefable. Lo imposible adentra y desborda lo posible; en su incompletitud, el texto se abre a lo no determinado. Pero un texto se redacta con palabras humanas, epígonos de
la palabra esencial, reminiscencias, anamnesis
de imágenes especulares, señas que muestran, así como ocultan, el camino a lo
abierto, cerrado en la secreta guarda de lo pleno. El poema, además de artificio, habilita una
contemplación de la verdad. Si algo de auténtico valor se descubre en él no
es sino el valor de la escucha poética
en la voz que el poeta le
presta, como sostén que la referencia
o guía conductiva. Sin este andamiaje material, no habría poema. Ello acontece en el arte, y lo sabe el
artista. El lenguaje verbal, de entre todos los que habita el hombre, es el
que más austeramente lo habilita para sentar la costumbre o transgredirla,
rotular límites o roturarlos, conservar o crear, cerrar o abrirse. Sin devaluarse en lo nuevo, la palabra que ilumina anuncia lo
antiguo: el habla es el demiurgo de la
noche. V. Los
primeros pensadores de Occidente nos sumergen en la tradición de una
sabiduría supra-individual, anterior en grado sumo,
perenne en grado abso soluto. Si el no-ser sostiene el ser, en los macizos de la manifestación de lo
griego podemos vislumbrar aquello que le excede, aquello que no es Occidente,
pero que, de manera gestante, provoca
lo griego y el pensar de Occidente.
En los huecos del no-ser, en la otra orilla de la manifestación, el
pensar alcanza su origen, también su destino. El círculo –forma sagrada por
excelencia- se patentiza en una línea que avanza cuando regresa. Los ritos
circulares, siempre cerrados a los ojos profanos, se abren hacia adentro. En
la guarda de lo cerrado, hay lo abierto. En intimidad con lo abierto, la ausencia
transustancia presencia. En
poesía, a falta de cualquier definición válida, su comprensión íntima nos viene
de una experiencia de lo abierto. Reconocemos la palabra como cáliz de
silencio, presencia de lo que está ausente. Y percibimos el habla como metáfora
de realidad. Lejos de pretender constituirse otredad, la palabra poética
ensimisma el habla en su naturaleza metafórica. Por ello, no resultaría erróneo
afirmar que la metáfora baña en sus aguas tanto a la palabra como al pensar. Por
su gracia, la palabra poética y la
poética del pensar se contemplan. Poetizar y pensar dicen, en cuanto se
contemplan. El giro ontológico de un pensador vuelto a la
poesía no desmiente el pensar, lo confirma. Antes de Heidegger, lo supo
Nietzsche. (i) Hölderlin, Johann Christian Friedrich:
Himnos tardíos y otros poemas. Selección, traducción y prólogo de Norberto Silvetti
Paz. Buenos Aires: Sudamericana, 1972. 205 p. (Colección Obras Maestras Fondo
Nacional de las Artes)
|
|