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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año I Nº 3 Septiembre 2006 |
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EN
TORNO A LA POESÍA Ernesto Fernando Iancilevich (Argentina) |
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1. Los cinco niveles
ontológicos de la poesía ¿Es la poesía
algo discernible o más bien paradójico: un mostrarse y un ocultarse? Si pudiéramos sospechar lo segundo, habría
que indagar en qué sentido es la poesía un mostrarse y en cuál un ocultarse. Se muestra esto que se nos presenta ante la vista: el fenómeno. Así, la poesía,
en su aspecto fenoménico, aparece en cuatro niveles ontológicos: 1) lingüistico (acontece
en la lengua), 2) literario (se ubica como
género en la literatura), 3) histórico
(se sitúa en la historia de la
literatura), 4) crítico (interroga
su propio hacer).
Por cierto que el cuarto estadio no excluye los tres precedentes, sino que los conserva y
proyecta, al modo de interrogación provisional, en su ir
hacia la visión. ¿Qué es lo
que, en rigor, se oculta, sino aquello que, depositándose por entero en la alteridad,
se ensimisma? Se habla de lo difícil
para nuestro entendimiento, a saber, el carácter oculto que despliega la
verdad, aun siendo desocultamiento. Dificultad de
lo paradójico. Porque si bien es
propio de la verdad mostrar al ente, como una luz que lo ilumina, también le es natural ocultarse en él, como lo
absolutamente otro del ente. ¿Es posible
afirmar que lo oculto es lo menos obvio y
también la más acuciante presencia, al
punto que entrama toda la existencia? Ciertamente,
por su mínima obviedad existencial,
insinúa manifestación y huída: manifestación
en las causas y huída en su ir
hacia el origen. En el ámbito
originario desaparece ante la vista. Se precisa un
concentrado ejercicio para advertir el cuerpo de lo ausente, un esforzado
ensimismamiento para saber ser junto a
lo faltante. La existencia, como precipicio de muerte o renuncia, como salto
o entrega, inicia al hombre en el camino de
regreso a sí mismo a través del complejo habitar
interrogante. El quinto grado
ontológico de la poesía es el metafísico; allí acaece cognoscitivamente
en la visión. Conocer
es un dar a luz lo oculto, un nacer del
ello.
Acontece el despertar de la poesía en la órbita gnoseológica: particular
encarnación de lo oculto en el hacer iluminado. La poesía, como
iluminación, suscita el hacer iluminado o poetizar, habilitado para
recibirla. Se puede hablar de una actualización de lo poético, un poner en
acto o manifestar lo poético en cuanto potencia de lo oculto. Los cuatro
primeros grados ontológicos resultan el propiciar anticipatorio de una
potencia de lo oculto, un nacer del ello de lo oculto en el acá del poema.
2. En poesía, la palabra conoce La palabra
poética -sujeto del poema- descubre y
se descubre. Descubre al nombrar las cosas, afirmando sus cualidades,
volviendo, por el decir, el habla a uno de
sus momentos instanciales. Se descubre al
ser puesta en obra, al ser traída del
verbo a la voz del poema. En
este descubrir y descubrirse, la palabra, en poesía, conoce y vincula el habitar humano con
el morar originario. Así, el poema es vínculo y conocimiento en la palabra,
pero no cualquiera arrojada caprichosamente por el desborde de lo espontáneo,
sino donación de la gracia, gratuidad de la palabra que el poeta cultiva en
la paciente escucha que obedece. Esta
unión vindica el habla y lleva al poeta a la fundación del lenguaje por la preparación y
cuidado de la lengua, que se
encamina, por el hacer de quien la vela, en la voluntad del habla: en sus
finales, a sus inicios de silencio. Lejos de anularse, el habla queda
concentrada en el decir del poema y
las taciturnas del poeta: cuando el poeta se entrega al dictado
poético en el decir concentrado del poema, retira u voz personal en el callar
de silencio. Decir (mostrar)
y callar (ocultar) constituyen los dos momentos en el sentido del habla. En
un continuus, el movimiento pendular entre ambos es
uno y el mismo. 3. La linde ¿Qué esperar
del poeta? La entonación de la pregunta insinúa una exigencia pocas veces cumplida, bien porque
se espera demasiado mucho, bien porque se espera demasiado poco de él
y su hacer. En la pretensión de
comparar al poeta con el sabio
iluminado resuena tal grado de disparate
como en la de reducirlo a la condición de salvaje exaltado, sin
atenernos a la simulación que circula bajo el sello de efusión sentimental u
ocioso palabrerismo. El poeta
pareciera acatar lo suscitado en el pensar: el sentido único de significados
múltiples y las aporías que conlleva su paradójico curso. Le obedece pero no
lo comprende más que en orden a los merecimientos que, en cada época, el
pensar ha sabido ganar; vale decir, el poetizar del poeta no se adelanta al
pensar del pensador, sino que lo traslada, lo descoloca para ubicarlo en otra
orilla. Habita esa otredad, la del sentido, que,
lejos de poder entender y explicar razonando, abraza y comprende viviendo. En
un hombre confiado a tan entrañable oficio, la gracia que en él sobreabunda
es ignorancia de quien perpetra la acción, avanzando en zona franca.
Ignorancia no por déficit de conocimiento sino por exceso, por un conocimiento que le excede y proyecta más
allá de sí, que lo suelta y extralimita. El poeta
comparte el horizonte de verticalidad del pensador y el místico. Sin ser ni
el uno ni el otro, vela la oscura tierra en la noche oscura. Acaso por ello,
tanto el pensador como el místico vuelven la mirada hacia él cuando quieren
nombrar profundidades y altitudes,
porque es propio del poeta arrebatar
de lo profundo los latidos de la tierra
y de lo alto los nombres
de lo desconocido. 4. El poetizar El poetizar lo
poético de la poesía lleva al poeta, en su hacer, a un asir esencial.
Esta prestancia ontológica nos informa de cierta fiabilidad de que esta
disposición abierta del poeta al decir o mostrar de las cosas pareciera ser
merecedora, algo así como una empatía
cuyas claves podríanse explorar en el hacer poemático de cada época en que, alejando notoriamente su poematizar de convenciones literarias, auténticos poetas se han mostrado no fuera
del alcance de la crítica, en tanto
indagación rigurosa, sino de los vaivenes de la moda y el mercadeo. El verso
-tenencia del poema en su deseo de ir hacia-
encamina el lenguaje como nombrar que nos acerca, en presencia del poema, a lo
poético de la poesía. El verso habla de lo que no está y habita
en lo que no dice. La poesía, como lo no asequible y ponderable, nos
falta; tenemos el poema, traducción de la experiencia del hombre en cuya
reconditez lo poético se dona. El poetizar cultiva ese don, lo ampara y
acrecienta, y, al hacerlo, ensancha los límites del mundo, forja la obra
llamada poema. En su nombrar, el poetizar vislumbra la íntima relación que el hombre desarrolla con lo
otro, centro de otredad que quiere y no quiere decir su nombre:
manifestación y huída cuyo poder o energía, a la vez, muestra y oculta
realidad. 5. El pensar y el poetizar Las afinidades
entre el pensar y el poetizar aparecen
en las raíces del preguntar reuniente: ascesis y trascendencia. Por la ascesis nos entonamos en la
gravedad del sí. Afirmar es fundar suelo,
sostener por entre lo disgregado, aceptando agradecidamente lo
que nos ha sido dado. Se agradece la gratuidad del don y, a partir de allí,
se mora el habitar, por la fundación de lo posible. La ascesis nos
acerca la ganancia de un haber
aceptado. Vivir se hace posible sólo
cuando se acepta la vida, esto es, la vida tal y como se le ha dado a
uno. Negación de
negación, la afirmación del sí, lejos de disolver el no, lo contiene y abriga, decide su trascendencia. El no de
la renuncia voluntaria y hasta el de la privación negante no disgregan ser,
lo concentran, no aminoran sentido a la vida, lo intensifican, acercan lo
faltante en la quita de lo sobrante. La
trascendencia se muestra transparencia. Llevarse (trascender) es tenerse en lo
otro hacia donde se es llamado, en el borde mismo en que uno se
abandona y pone a merced de lo
otro.
Este llevarse entraña una aquiescencia
de lo
otro en uno, un ponerse abierto de lo otro en los términos
existenciales de uno; esto se nombra transparencia y, a sabiendas del desocultamiento que promueve, transapariencia.
Ascesis y
trascendencia son tan propios del pensar como del poetizar, mutuamente solicitados en el preguntar reuniente.
En esta disposición vital se
patentiza la obediente escucha de uno
hacia lo otro que le excede, pero que, de un modo pregnante, lo forma y educa. No nos viene fácilmente el preguntar reuniente, pues es lo menos obvio
a la existencia, no va en dirección a ninguna salida ni
suministra útiles para el progreso. El pensar y el
poetizar no se avienen al desafío mundano; su consistencia no es la pre-meditación
del rendimiento (saber
de subsistencia) sino la meditación de la
espera (saber de asistencia). Meditación de la espera significa
permanencia en la guarda, disponibilidad y cuidado. Más que en ninguna otra
actitud, el hombre alimenta en la espera la firme calma de ánimo, porque no
sólo espera lo absolutamente otro de sí, también se espera a sí mismo, se
aguanta. Recurriendo a
la pregunta inicial ¿es la poesía algo discernible o más
bien paradójico?, debiéramos preguntarla –pensarla y hacer- la- desde la ascesis y
hacia la trascendencia a que el preguntar reuniente nos convoca. El pensar o
mirar esencial y el poetizar o hacer
esencial conforman la habilidad que permite al hombre sostener su
condición en el haber de ser y nada. Esa habilidad esencial lo remite a la altitud
y, en su correr o pasar de una parte a otra, a la fundación del habitar humano. 6. El preguntar El poetizar o
hacer esencial nos retira del mundo para comprenderlo, y, cuando nos devuelve
a él, su ingreso lo cumple por el nombrar. Y no se trata, entonces, de acosar
las cosas con la mirada, sino de acatarlas en la contemplación, callar en su
presencia, escucharlas y obedecer, mostrándolas
en todo cuanto ellas
tienen para decir.
El nombrar, entonces, es callar que transparenta el decir de las cosas. En la
distinción agustiniana entre causa y origen encontramos género propicio para
el desenvolvimiento de los contenidos enunciados en nuestra pregunta inicial ¿es la poesía algo discernble
o
más bien paradójico?, si es que estamos dispuestos a revisar los
términos de la disyunción, sabiendo aceptar
como posible, al preguntarlo separadamente, lo
paradójico, en tanto referencia al origen, a la nada. En este retroceso, el
pensar y el poetizar, por mutuo deseo, se revelan preguntar en
verdad. Retroceso que va de lo discernible en la causa a lo
paradójico en el origen. En esta clase
de preguntar se pregunta no sólo metafísicamente, sino, ante todo, por la
justificación de la metafísica. Y acaso acontezca en virtud de los márgenes o
fronteras de la metafísica, de lo que ellos reservan y propician en lo
hermético. 7. Meditación de
la espera La excepcionalidad de auténticos
poetas acompaña la extrañeza que el
poetizar provoca en sociedades orgullosas por demás de sus propias
fuerzas constructivas, optimistamente
confiadas en seguridades que ellas construyen y sobre las cuales porfían.
Allí se desatiende lo sugerido por cada obra de arte, el dictado de sus voces
múltiples, desentendiéndose del humano escuchar taciturno. Cuando la
experiencia del misterio –en la audición de lo inefable y contemplación de lo invisible- estremece
la existencia del hombre, éste,
en comunión con lo otro cuya energía o poder lo anima y sostiene, se
trasciende: no un cuerpo
estático, construido por versátiles presencias, sino extático,
fundado en el consecuente dinamismo de la ausencia. La
profundidad y lejanía en que se dispara el
preguntar en verdad, más
concentradamente que los méritos de nuestras fuerzas constructivas,
nos acerca la experiencia de lo faltante, no bajo formas de penuria frente a
lo inalcanzable, sí con alegría ante lo absolutamente otro por descubrir. 8. Un aforismo Del sánscrito,
indirecto testimonio del indoeuropeo, nuestra matriz lingüística occidental,
nos ha llegado del siglo XV a.C. una
sentencia referida a la poesía. En 1938, el simbolista francés René Daumal la exhumó en un artículo publicado en la revista
Mesures. El aforismo dice: "La poesía es una
palabra cuyo sabor
es la esencia"
En esta
oración gramatical y espiritual resplandeciente de sugestión descansan con
simplicidad los elementos poéticos. Analicemos sus
contenidos, descomponiendo el enunciado en dos segmentos proposicionales.
La poesía es una palabra sabor es la
esencia
1
2 Del segmento 1
abstraemos: la poesía
una palabra
Confrontemos el artículo
determinado que presenta el
sustantivo poesía y el
indeterminado que precede al sustantivo palabra. ¿Qué se dice
de poesía?
Pues, algo indefinido, no determinado. El alcance de la poesía se verifica
en el cuerpo de lo no determinado: una palabra.
Del segmento 2 abstraemos: sabor
la
esencia Sabor
se
atribuye a una palabra por mediación del
pronombre relativo cuyo. Sabor remite a impresión
sensible. Pero advertimos que se dice sabor
es la esencia. Si esencia
apela a comprensión intelectual, nos encontramos ante
una aparente contradicción, porque de algo sensible -sabor-
se predica lo inteligible –esencia. La
paradoja sabor-saber habla de cruce y encuentro; y, como síntesis, de
lo diferente sumido en lo mismo. Se sabe algo cuando se percibe la sensación
que nos provoca y también cuando se
comprende el concepto que lo evoca. Esta ambivalencia no determina, enseña.
Las señas muestran el camino del preguntar. Saber de sabor y saber
de esencia van de camino y se acompañan en el preguntar reuniente. La impresión
sensible y la comprensión intelectual habilitan, en tanto heterogéneas,
el despliegue de lo mismo: lo humano del habitar del
hombre, en el sabor que percibe su temperamento
sensible y en el saber que concibe su carácter intelectual. Sinergia de saberes, pulsión de sentido, en la paciente espera del
poeta. Cuando éste no puede callar, expresa, arroja
al mundo, en la patente emergencia del poematizar,
la cosa llamada poema. El poema
regresa la mirada al poematizar del poeta. El poematizar, al poetizar del hombre. Y el poetizar
abandona la mirada a la contemplación de lo poético, a los ojos sin mirada y
al decir de silencio. ¿Es la poesía
algo discernible o más bien paradójico? El
camino de nuestra pregunta, ahora menos inocente y hasta peligroso, pareciera
erguirse en lo angosto: ¿es la poesía algo o
acaso su total ausencia, el vacío que
congela el salto? Bibliografía
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