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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 1
Año I Septiembre 2002 |
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HOMENAJE DE KONVERGENCIAS : THOMAS MERTON DESDE ERNESTO CARDENAL |
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Sin
duda en el caso de Ernesto Cardenal su vida y su obra pública y literaria son
fecundas, polémicas según quien juzgue, sorprendente y profunda siempre. Fundador
de Solentiname, la comunidad hispanoaborigen en la isla del mismo nombre,
perseguida por el dictador Somoza. Sacerdote católico suspendido en sus
funciones litúrgicas a raíz de participar como Ministro de Cultura del
entonces gobierno sandinista en Nicaragua, al que luego renunció y criticó
muy fuertemente. Autor
de poemarios como El evangelio en Solentiname, Homenaje a los indios
americanos, Salmos, donde escribe bajo los antecedentes de un Whitman, de
un Ezra Pound. Traductor del propio Merton, de Allen Ginsberg (lo que
significó nada menos que beber de la raíz del beatnik norteamericano).
Escritor que abandona la literatura para modelar en barro y realizar las
tareas cotidianas del monasterio mientras estudia en Gethsemani. Escritor que
retorna con poemas tales como Oración por Marilyn Monroe, que sacude a
lectores aún hoy. O Cántico Cuántico, y Cántico Cósmico, con
hondas raíces en Teilhard de Chardhin, las eucaristías romanas de las
catacumbas, y la dimensión histórico-social del cristianismo. Ya en
el otoño de su vida, ha comenzado a publicar su biografía, Vida Perdida,
llamada por él mismo así, como lo contara a Pablo Gómez Cersósimo en un
reportaje: "Cristo
dice que quien quiera conservar su vida, la perderá. Pero el que pierde su
vida por él, la salvará. En esos dos sentidos es que la aplico a mi caso.
Cuando quise conservar mi vida sin entregarla a Dios, la perdí. Considero que
eso fue una vida perdida. Después la entregué a Dios". Y luego agrega: "Y esa
renuncia y ese sacrificio han significado el haberla ganado. Lo mismo sucede
cuando yo renuncié al lago de Nicaragua,y después pude tener una comunidad en
una isla del lago. De joven renuncié a la política –no a la política del
poder, que nunca me ha interesado, sino a la política de las ideas y los
cambios- y Dios me puso en medio de una revolución. La más importante
renuncia que tuve fue la del amor humano y el matrimonio, pero mal que bien
he tenido un matrimonio con Dios. Que es –Dios- muchacha de las muchachas,
como le ha llamado Fernando González, un filósofo y novelista místico
colombiano. El también dice que Dios es la belleza que no envejece; el que
tiene siempre dientes juveniles". Del
primer capítulo del primer volumen de Vida Perdida, llamado Vuelo,
hemos extraído los siguientes fragmentos, que trazan su encuentro con Thomas
Merton: "(...)Aterrizamos
en Louisville, Kentucky, y allí tomé un bus de la Greyhound que salía después
del mediodía hacia el pueblito vecino al monasterio. Debo confesar que en
esta última etapa del viaje iba ligeramente nervioso. Me preguntaba si no
estuviera haciendo una locura, pero también pensaba que yo ya estaba
embarcado en esa aventura y que dichosamente ya era tarde para volver atrás.
Me tranquilizaba la certeza de que Dios me llevaba de la mano y él sabía a
dónde iba. Pero también me tranquilizaba el panorama que veía desde la
ventanilla del bus. Era una tarde de primavera y todo lo veía muy alegre. En mi
interior yo experimentaba la situación dramática de que ya dejaba el mundo y
su civilización, pero la apariencia era de todo lo contrario; un viaje muy
tranquilo como si yo fuera a un Country Club o un hotel de montaña: unos
muchachos entrando a drugstores con sus amigas, otro tirando con un rifle,
otros llevando botes en trailers. (...)el
chofer me hizo una seña en una parada que se llamaba New Haven. Una señora se
acercó al bus a preguntar quiénes iban al monasterio. Ella era dueña de la
farmacia que era al mismo tiempo la estación del bus, y me dijo que era la
encargada de arreglar los viajes al monasterio. (...) Llegó una señora que me
llevó en auto al monasterio. La entrada era muy bella al fondo de una alameda
de grandes árboles. La señora se despidió de mí en el portón cuando un
hermano llegó a abrir, y entré a un jardín lleno de pájaros. Tras ese jardín
había otro portón con un letrero grande que decía: God Alone. Entré
con cierto escalofrío. (...)
Al poco rato llegó a hablarme Thomas Merton. Se me presentó con mucha
humildad, y no me dijo su nombre sino tan sólo: "Yo soy el maestro de
novicios". Igualmente el Abad se había referido antes a él sin mencionar
su famoso nombre. Después que yo había llenado todos los requisitos exigidos
junto con la solicitud de ingreso, me escribió informándome que había sido
admitido, y agregaba: "Tendrá de maestro de novicios uno que también es
poeta, en cierto sentido, y estudió como usted en la Universidad de
Columbia". Lo cual me había llenado de gozo doblemente: primero al saber
que mi maestro de novicios sería Thomas Merton, a quien yo le había leído
prácticamente todos sus libros, e incluso traducido; y segundo porque eso yo
no lo había sabido antes de pedir mi admisión, y era una garantía de que yo
no había escogido ese monasterio buscándolo a él sino a Dios. En su último
libro él había escrito que seguramente lo enviarían a una nueva fundación. El
que aún estuviera allí y además fuera el maestro de novicios era algo
inesperado. Había sido nombrado maestro de novicios como un año antes que yo
llegara. (...)
Lo primero que Merton me dijo fue que el P.Abad le había encargado que me
dijera que una condición para que yo entrara al noviciado era que renunciara
a escribir. (...)
Mucho tiempo después me contaría Merton que cuando el Abad recibió mi
solicitud de ingreso, se la dio a él para que me contestara rechazándola.
Algunos latinoamericanos habían llegado antes y casi no habían durado nada.
El Abad pensaba que las diferencias de clima, idiosincracia, etc., hacían que
este monasterio no fuera propio para los latinoamericanos, y en caso de que
debieran regresarse sin tener con qué, los pasajes en avión serían una carga
para el monasterio. Pero cuando Merton recibió mi solicitud, sintió – según
me dijo- muy claramente en su interior una especie de voz que le decía:
"Hay que recibirlo. Es muy importante que él venga aquí". Eso hizo
que contraviniera la orden expresa del Abad, y así fue que a mí me llegara
una aceptación de ingreso". Hasta
aquí, Ernesto Cardenal. Pero estamos hablando de Thomas Merton. Lo que
significa evocar el desierto de Gethsemaní, Kentucky, USA, y un monje
ermitaño allí, haciendo cerámica de barro, estudiando, solitario,
perteneciente a la orden de Trapa. Escribe poemas para el coro de la iglesia,
y otros poemas también, de índole personal e intimista. Comienza a ser
conocido fuera de los círculos eclesiásticos, y posteriormente se interesa
por los textos de origen asiático, especialmente buddhismo zen, sufismo e
hinduísmo. Y en mucho el taoísmo. Escribe Gandhi y la No-Violencia,
por ejemplo, donde su tema central es la acción de la no-acción, lo que lo
lleva a admirar los métodos sociales de Martin Luther King. Viaja y a trata
con estudiosos y líderes espirituales, como D.T.Suzuki –quizás la mayor
autoridad en zen para Occidente- y hasta con el propio Dalai Lama. Su muerte
llega poco después del encuentro con los círculos institucionalmente más
altos del buddhismo tibetano, en Thailandia, cuando en la carpa donde dormía
tiene un accidente con un ventilador y fallece electrocutado. En Argentina es
conocido tempranamente, y es recordado siempre su encuentro con Miguel
Grimberg, director de la mítica Mutantia, que nos dejó como recuerdo
entre otras cosas esa foto en la abadía de Gethsemani en febrero de 1964. Por
esos tantos hechos que se nombran, y quizás más por los que no se nombran y
se sugieren, es que realizamos este pequeño homenaje a Thomas Merton desde
Ernesto Cardenal, con el poema que éste escribiera en la muerte de aquél. Daniel
López Salort
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