Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 13 Año IV Septiembre 2006

 

portada

 

 

 


 

Edición

4to. Aniversario

EL IDEAL DEL ARTE EN HEGEL:

SER ACTUAL PARA LA CULTURA DE SU PRESENTE.

Correcciones a una interpretación establecida.

 

Javier Dominguez Hernández (Medellín, Colombia) 


 

 

 

 

 

El siguiente texto fue presentado al CONGRESO COLOMBIANO DE FILOSOFÍA, abril 19 a 22 de 2006, Sociedad Colombiana de Filosofía, Universidad Jorge Tadeo Lozano.

 

Quizá lo primero que debe tenerse en cuenta para abordar este tema en la filosofía del arte de Hegel, es que el Ideal es el arte mismo; no hay un ideal ubicado históricamente fuera del arte, respecto al cual éste debiera orientar su producción. Por su mismo concepto, el Ideal es la realización de la Idea en la historia, es la configuración en el arte de aquello que para nosotros constituye lo verdadero en sentido absoluto, es decir, que aunque sean contenidos de cultura humana que han tenido su origen en una experiencia histórica concreta y determinada, su relevancia mantiene abierto su significado para nosotros, a pesar de los cambios históricos, que también van influyendo en su concepción, y en el caso del arte, en sus configuraciones y sus prácticas. El interés de Hegel en el Ideal del arte, nada tiene que ver por tanto, ni con una estética normativa, ni con una historia de concepción formalista del arte, cuyo interés sería poder determinar formas intemporales representativas de sus logros culminantes. Es útil adelantar esta afirmación, pues la idea dominante sobre Hegel, es que es un clasicista, lo cual quiere decir, que el arte en general culminó para Hegel con la belleza lograda en la escultura de lo griegos, que el arte precedente fue una aspiración a esa belleza, y el arte posterior, incluido el nuestro, es su decadencia. En realidad, la teoría de Hegel sobre el Ideal está ajustada a la concepción fundamental de su filosofía del arte, cuyo interés recae enfáticamente en la función histórico-cultural del arte, en que el arte ha de ser arte “para nosotros”. Hegel tuvo esta concepción del arte desde su juventud, y sin abandonarla, la fue madurando hasta las Lecciones de Estética de Berlin, dictadas en cuatro ocasiones entre 1820 y 1829. El interés persistente de Hegel en la función histórica del arte es una buena muestra de su concepción del arte en el horizonte de la praxis humana; esta preocupación la compartió Hegel con sus contemporáneos los Románticos, pero a diferencia de la resacralización del arte que muchos de ellos emprendieron, llegando incluso a demandar una estetización de la política, una especie de consagración de la nación a la gracia del arte y a su presunto poder renovador de la vida social,(i) Hegel mantuvo su interés práctico por el arte en los términos de “arte para nosotros” hoy, y eso quería decir, para nosotros modernos, para nosotros con nuestra mentalidad, nuestra formación y nuestra cultura seculares.(ii)

 

Según la tesis fundamental de Hegel, el arte realiza plenamente sus posibilidades, cuando le trasmite al hombre una autoconciencia histórica, cuando el arte en cuanto concepción intuitiva del mundo, le da al hombre una respuesta a sus necesidades de sentido y orientación en él. Esta función histórica culturalmente omniabarcante sólo la logró el arte en el pasado en el mundo griego clásico, es decir, antes de que apareciera en él la inquietud racionalista que trajo consigo la sofística, cuyo debate tuvo consecuencias decisivas para la política, la religión, la educación y la filosofía. Fue el arte, o como dice Heródoto, fueron Homero y Hesíodo, los poetas, quienes le dieron a los griegos sus dioses,(iii) su religión, y con ella su orientación ética y su tradición. Hegel denomina esta función histórica del arte Kunstreligion, “Religión-arte”, o como se ha impuesto en las traducciones, “Religión del arte”. La religión del arte fue el mundo de una humanidad histórica donde el arte, el culto y toda la cultura en general articularon el todo inseparable de su modo de vida. Tras el cristianismo y la cultura que este forjó durante la Edad Media, y en especial en el mundo moderno, donde el cristianismo se secularizó en sus instituciones, el arte ya no pudo cumplir más esta función orientadora omniabarcante, sobre todo, ya no podía pretenderlo con la anterior inmediatez. El arte no pierde por ello su relevancia, y aunque desde el punto de vista del ethos de la cultura queda limitada, gana relevancia en una dimensión como la de lo estético, que carecía de autonomía en las culturas anteriores. En la mentalidad del mundo moderno, la necesidad legitimadora de la razón es un sobreentendido, y una cultura de la intuición y la sensibilidad como el arte, ya no se impone por sí sola. La reflexión, la moral y la legalidad son las que orientan la acción humana, y si el arte aspira a ello, ya no puede ignorar la mediación del juicio autónomo y reflexivo. La mediación del significado del arte para el hombre moderno requiere, según Hegel, del “conocimiento científico”, y con ello se refiere tanto a la Historia como a la Filosofía del arte, tan brillantemente cultivadas por el propio Hegel. La tarea de estas ciencias es “acompañar la intuición” que es el arte, e involucrarse en su cultura de la sensibilidad y su historicidad. Para el mundo humano de la vida, el arte siempre tendrá para Hegel una ventaja frente a la filosofía, pues ésta, al igual que las ciencias, pertenece a la cultura del entendimiento. Entre esta cultura y la del arte, particularmente bajo la forma de la poesía, existe una gran diferencia: propio de la concepción poética es demorarse en lo particular, a la cultura prosaica del entendimiento, en cambio, la apremia el paso a lo universal y general. La filosofía del arte no puede renunciar al pensamiento, pero debe acompañar sin precipitación esta demora del arte en lo particular.(iv)

 

El gran interés de la filosofía en el arte es su función histórico-cultural; con ello gana especial importancia la Historia del arte para la filosofía, sin embargo, la relación con el arte difiere en ambas.(v) La Historia del arte es una disciplina científica de índole investigativa, y aunque para Hegel constituye un conocimiento necesario, en razón de su objetividad mantiene un carácter descriptivo diferente al interés de la filosofía del arte en la historia del arte. Para la filosofía del arte, tal como la conocemos en sus Lecciones de estética, la historia del arte es la historia de la repercusión de las obras de arte en la consciencia de los hombres en épocas y culturas determinadas. La filosofía del arte no aborda por tanto las obras con la objetividad de la historiografía, sino como quien responde a una pregunta o a una demanda de atención. El lugar y su exposición, su representación o ejecución, su lectura, incluso la misma crítica de arte que se ocupa de ellas y es tan decisiva en el proceso de la recepción, deben animar el conocimiento histórico en aras de la actualidad de las obras cuando ello es posible. La filosofía del arte en Hegel es, desde el ámbito de la recepción del arte, un agente activo en el proceso de la Formación o de la asimilación cultural en la que las obras mantienen actualidad y relevancia. El peso de su interés en el arte es lograr la articulación del significado de las obras en el saber que podemos compartir y que las legitima como prendas suyas, como logros intuitivos que valen de por sí. Esta reflexión no es por tanto especulación extrañadora, es más bien una especie de exposición a la experiencia de las obras de arte, a la aplicación de sus pretensiones frente al público, la época y frente a uno mismo, y debe estar por tanto fortalecida en el sistema o la conceptualidad de la filosofía. El papel de ésta en la presentación del arte queda determinado entonces por la necesidad de articular dicha presentación de modo sistemático e histórico. A esta necesidad responde el plan básico de las Lecciones de Estética o Filosofía del arte de Hegel: una primera parte dedicada a la investigación conceptual de la esencia del arte, en cuyo centro está la determinación del Ideal; una segunda parte dedicada a la caracterización del desarrollo histórico del arte como determinante de cultura, en cuyo centro está la doctrina de la formas del arte, la simbólica, la clásica y la romántica. Estas formas del arte no son categorías estilísticas, sino concepciones intuitivas del mundo, racionalidades históricas que determinan los contenidos y las formas de todo su arte. Hegel mantiene esta división hasta 1826, pero la atención al desarrollo de las artes particulares (arquitectura, escultura, pintura, música y poesía) ha cobrado tal importancia y extensión en sus exposiciones, que para las Lecciones de 1828/29, la última vez que las dictó, esta temática pasó a constituir una tercera parte del plan, y así lo editó Hotho en el texto que se ha convertido para nosotros en las Lecciones de Hegel. La primera edición se hizo entre 1835 y 1838, y la segunda y definitiva en 1842. Esta edición recibió críticas de otros oyentes de Hegel, pero se impuso, y sólo en la actualidad se le ha podido discutir su fidelidad a Hegel de un modo documentado, gracias a la publicación de las notas del propio Hotho, correspondientes al año de 1823, y a la publicación de notas de otros oyentes de las Lecciones de 1820/21, 1826 y 1828/29.(vi)

 

El intento de actualización de la filosofía del arte de Hegel no es una estrategia meramente académica para compensar el esfuerzo de los nuevos investigadores, que ha deparado para sus Lecciones de estética un inmenso aparato crítico y de archivo.(vii) Es cierto que los materiales, inéditos hasta hace poco, le restan a la edición de Hotho la exclusividad que como fuente directa de las enseñanzas de Hegel se le había reconocido desde 1842, cuando Hotho consideró definitivo el trabajo de edición que emprendió con sus notas como oyente de las Lecciones del maestro. Ante el hecho inmodificable de carecer de un texto directo de Hegel, y de no disponer de las notas de otro oyente que tenga el orden y la envergadura del que editó Hotho, quiérase o no, su edición permanecerá como fuente referencial, sea para marcar diferencias o para fortalecer las exposiciones y apreciaciones que puso en boca de Hegel. Este mero aspecto de la revisión actual tiene de por sí el interés crítico-filológico que hace parte de la disciplina científica que demanda la cultura filosófica en el trabajo de interpretación de sus textos. Lo importante en el asunto es que en el debate estético filosófico, Hegel nunca se ha dejado excluir, y frente a los temas actuales de discusión en la filosofía del arte, la posición de Hegel reafirma su interés. La teoría del Ideal, sujeto de debates polarizados, casi siempre contra Hegel, representa uno de esos aspectos.

 

El pluralismo del arte actual parece colocar de entrada una cuestión como la del Ideal en el pasado. La asociación inmediata que se hace frente a dicha noción es la de pretender volver a prescribir para el arte una práctica normativa, como si ese pluralismo fuese una ofuscación que debiera corregirse. Pero no es ese el sentido de la cuestión, ni era ese el interés de Hegel en su época, al poner en el centro de su filosofía del arte la cuestión del Ideal. En una época de polarizaciones políticas y mistificaciones religiosas con el arte, como fue el periodo romántico, sobre todo en Alemania, al cual la misma filosofía del arte le debe su origen y la distingue de la estética, que es de espíritu ilustrado y dieciochesco, el aporte de Hegel consistió en determinar para el arte en una cultura como la moderna el lugar del arte en el saber y las expectativas de su tiempo. El pluralismo actual del arte responde a las necesidades de la época, entre ellas algunas del arte mismo; volver a mirar a Hegel no intenta corregir las realidades del arte hoy, sino disponerse, quizá mejor, a los modos como el arte pretende mantenerse relevante. Pero como la doctrina de Hegel ha sido tan desfigurada por la tradición interpretativa que se apoyó en el texto de la edición de Hotho, y hoy contamos ya con otras referencias que en muchos puntos la cuestionan, una depuración de su doctrina del Ideal desvela un Hegel renovado.

 

Teniendo en cuenta que para Hegel el Ideal es el arte mismo en sus realidades históricas, el marco de las Lecciones de estética resulta ser la etapa final de una concepción filosófica que Hegel ha madurado desde su juventud. Cómo realizar la razón y la libertad en la historia fue la preocupación constante de Hegel, para lo cual, la dimensión política de renovación social e institucional que implicaba la Revolución Francesa fue el estímulo juvenil. Inicialmente, a la luz del pensamiento kantiano de la belleza como símbolo de la moralidad, expuesto en el parágrafo 59 de la Crítica del Juicio; del giro que le da Schiller a la concepción kantiana del ideal de belleza en la figura humana como moralidad en lo externo (parágrafo 17), que Schiller convierte en libertad en lo externo, y de una conversión de esta idea en la meta histórica de un proceso de formación en la libertad y para la libertad, en el proyecto de una humanidad ideal, que Schiller bosqueja en las Cartas sobre la educación estética del hombre; finalmente, estimulado por el pensamiento temprano romántico de su generación, de una mitología de la razón, sugerido por Herder y abrazado como programa en el círculo de románticos de Jena, Hegel ubica en dicho marco su propia concepción: “tenemos que tener una nueva mitología, pero esta mitología tiene que estar a servicio de las ideas, tiene que transformarse en una mitología de la razón.” (viii) Este “monoteísmo de la razón y del corazón, politeísmo de la imaginación y del arte” lograría una religión sensible que uniría de nuevo al filósofo y al pueblo llano, y al transformar las ideas en “ideas estéticas, es decir, en ideas mitológicas”, por fin, los ilustrados y no ilustrados podrían darse la mano en un destino común.(ix) Esta es para Hegel la primera concepción del Ideal como la Idea en lo concreto y la existencia, en la mediación de la razón y la libertad en la historia. Ciertamente es una concepción cifrada en una gran confianza en la mancomunidad del poder de la religión y el arte para una educación del pueblo, que Hegel todavía concibe de un modo comunitario y muy idealizante, pero es un pensamiento que Hegel no abandonará, sino que irá madurando hasta las Lecciones de estética. Puede decirse que esta maduración consiste en una diferenciación racional y progresiva de los conceptos del saber y la historia. Los cambios más importantes con respecto al concepto del Ideal tienen que ver con la concepción del saber como sistema, y con la ubicación del arte y la religión en él, en una confrontación con la concepción del sistema en la filosofía de Schelling. Hegel culmina esta fase en la Fenomenología del espíritu en 1807. La reflexión histórica que acompaña el pensamiento del sistema de la filosofía obliga igualmente a Hegel a separar el poder orientador de la religión y el arte en el mundo de la vida, en el gran cambio que hay entre la cultura antigua, la cultura medieval, todavía acuñada en su mentalidad por el cristianismo, y la racionalidad mundana que caracteriza la cultura moderna. Esta fase incluye la ubicación del arte en el sistema, tal como queda expuesto en la primera edición de la Enciclopedia de la ciencias filosóficas, de 1817, hasta el rompimiento de la reciprocidad entre el arte y la religión que ocurre en la cultura moderna, a favor de la preeminencia de la filosofía como racionalidad definitiva de la época. Hegel procesa tardíamente este pensamiento en su sistema. Como saber de síntesis, la preeminencia de la filosofía no consiste en una superioridad que deslegitima formas del saber como el arte y la religión, que pueden satisfacer el ánimo, sino en que debido a la libertad del concepto, el saber de la filosofía debe justificar lo verdadero por explicaciones más vinculantes para la universalidad de la razón que las que proporcionan el arte y la religión, las cuales se apoyan en la inmediatez de la intuición y la sensibilidad, en la representación y la creencia. La verdad del arte y la religión es atendida de hecho en el saber de síntesis que es la filosofía, pero esta no sacrifica por ello la libertad de su pensamiento.

Las Lecciones de estética de 1826 proporcionan un aporte considerable en la constatación, no sólo de la separación del arte y la religión en el mundo de la vida del individuo moderno, sino de la pérdida de sustancialidad en el alcance de ambas como poderes orientadores de  cultura; de ser ejes del ethos común como había sido en épocas anteriores, arte y religión pasan en la cultura moderna al ámbito de la formación o de la Bildung, lo cual quiere decir, pueden mantener sus pretensiones en la esfera privada de la conciencia, pero la legalidad se pone por encima de ellas en la esfera pública. En tal sentido, estas Lecciones de 1826 son una preparación de las correcciones que Hegel emprende en la reedición de la Encilopedia en 1827, donde modifica la parte correspondiente a la doctrina del espíritu absoluto (parágrafos 556-563), que luego aplica con toda propiedad en las Lecciones de 1828/29. En ellas desaparece definitivamente la reciprocidad entre la obra del arte (Kunst-Werk) y la del Estado (Staat-Werk), que era una resonancia de la representación juvenil del Ideal como mitología de la razón para la educación del pueblo. En la cultura moderna, la vida de la comunidad queda suplantada por la de la sociedad, una organización más abstracta, cuya configuración es impensable sin la del Estado y las instituciones. La sustancialidad del arte en la determinación de la cultura en estas condiciones es insostenible, y más aún, pretender que el poder del arte podía reforzarse si se ponía de nuevo al servicio de la religión. Esta es la posición que Hegel madura y defiende en sus Lecciones de estética, contra la política cultural promovida por los románticos, representada en la Universidad de Berlin por su colega teólogo F. Schleiermacher, quien dictaba también lecciones de estética, y era la posición que en la vida y la opinión públicas defendía, entre otros, F. Schlegel. La sobria y lúcida posición de Hegel sobre el Ideal del arte, es que su tarea en la cultura y la sociedad, aunque imprescindible, es histórica y finita, pues siempre está referida a un contexto histórico cambiante, y como Ideal, como arte del presente, él mismo cambia y tiene que cambiar, pues el arte perdería su relevancia cultural si, como pensaba Schiller, le diera a época lo que aplaude y no lo que necesita. Ni Alemania ni Europa estaban ya para la restauración del viejo orden político y religioso. A ello se debe el silencio de Hegel, en primer lugar, frente a la pintura devota de los Nazarenos, que representaban el arte “nacional, cristiano y patriótico” que celebraba la Alemania de su momento, el silencio, en segundo lugar, frente a la pintura de un artista tan distinto a ellos y tan alejado de las esferas del poder, ese sí un artista con un simbolismo profundamente religioso, como C. D. Friedrich, en cambio el entusiasmo de Hegel por una pintura del pasado y aparentemente inactual, como la recién descubierta pintura de los holandeses. Para Hegel era una pintura mucho más actual y moderna, por colocar los ideales en la vida burguesa del más acá, por abandonar la coacción del significado, tan apremiante en el arte de los románticos, como si el arte pudiera ser todavía la confesionalidad nacional, y por ocuparse de la pintura misma como arte, en ese solazarse de los artistas holandeses en el dominio de los medios, sobre todo del color. Para Hegel era un arte con la consciencia de ser arte, un rasgo indiscutible de modernidad mucho más cercano a las expectativas del presente con arte.

 

Una relectura de las Lecciones de estética

 

Las Lecciones sobre la estética de Hegel, tal como las conocemos en el estado en que Hotho las dejó en la segunda edición en 1842, deben ser releídas, la doctrina del Ideal en particular. No contradice los planteamientos de Hegel, pero les da una exposición que pone otros énfasis y lo debilitan como filósofo del arte, acercándolo más bien a una estética y a una crítica del arte de gusto clasicista y por lo tanto inactual.

 

Que el Ideal es el arte siempre, este pensamiento queda consignado en la forma como define Hegel la tarea del arte, que además constituye su fin sustancial superior en la historia, y en cuya resolución el arte es y ha sido libre: “el arte está llamado a desvelar la verdad en forma de configuración artística sensible, a representar aquella oposición reconciliada (el mundo humano de las necesidades y la finitud, y el mundo del pensamiento y la libertad), y tiene por tanto su fin último en sí, en esta representación y este desvelamiento mismos.” (x) En la época de Hegel y el romanticismo, el Ideal es la idea en cuanto lo bello artístico. No nos debemos dejar desorientar por esta prestancia de lo bello en la representación inmediata del arte, pues la presencia del término obedece más a una inercia de la estética dieciochesca que sí se centraba en la belleza de las formas, que al propósito de los artistas o a la expectativa del público con lo bello en cuanto tal, que ahora se comprendía de un modo más interno, menos dependiente de la forma externa. Igualmente queda consignada la lógica propia del arte como forma del saber, una lógica dentro de la particularidad de la intuición y la representación, más precisamente, la lógica de una cultura de la sensibilidad, diferente a la lógica metafísica de la idea en la universalidad discursiva de la cultura del pensamiento. Según Hegel, “la idea en cuanto lo bello artístico no es la idea como tal que una lógica metafísica tiene que aprehender como lo absoluto, sino la idea en cuanto progresivamente configurada como la realidad efectiva y asociada a esta realidad efectiva en unidad inmediatamente correspondiente. Pues la idea como tal es ciertamente lo en y para sí verdadero mismo, pero lo verdadero sólo según su universalidad todavía no objetivada; pero la idea en cuanto lo bello artístico es la idea con la determinación más precisa de ser realidad efectiva esencialmente individual, así como una configuración individual de la realidad efectiva con la determinación de dejar que la idea se manifieste esencialmente en sí. Con esto queda ya formulada la exigencia de adecuar completamente entre sí la idea y su configuración como realidad efectiva concreta. Así concebida la idea en cuanto realidad efectiva configurada conforme a su concepto es el ideal.” (xi) Esta concepción del Ideal como existencia de la idea, como idea viva y realizada en lo sensible como su apariencia para el espíritu, es lo que pierde perfil en la edición de Hotho cuando formula el Ideal o lo bello artístico como “la apariencia sensible de la idea” (xii) La pérdida más drástica que esta formulación induce, pues desfigura el auténtico pensamiento de Hegel, y esa ha sido una de las peores inercias que siguen pesando como un lastre sobre su filosofía del arte, es que la formulación pone el énfasis en la dirección de la idea a la apariencia, mantiene por lo tanto una jerarquía platonizante entre idea y apariencia, insostenible en Hegel, e inhibe en cambio la novedad de su pensamiento sobre el arte, cuyo trabajo consiste, no en sensibilizar la idea, sino en hacer de lo sensible apariencia, y en tal ocupación con lo sensible, en hacer de la apariencia verdad.

 

No puede pasarse por alto que en otros pasajes de la Introducción de la Lecciones, anteriores a la formulación de lo bello artístico como la apariencia sensible de la idea, Hegel ha defendido ya el carácter de verdad de la apariencia del arte, de la apariencia que es el arte. Hegel hizo dicha defensa para responder a una objeción sobre la presunta indignidad del arte como objeto de la filosofía, pues según se afirmaba, por ser la apariencia el medio del arte, la filosofía, cuya ocupación máxima es la verdad pura, desnuda y sin tapujos, no debía prestarle atención al arte en tanto filosofía del arte. En contra de ese escrúpulo platónico y moralista en la concepción de la verdad, Hegel reivindica la necesidad de la apariencia para la esencia, enfatiza la peculiaridad de la apariencia en el arte como una apariencia producto ella misma de la actividad espiritual, y cuando el arte alcanza en una cultura su máxima determinación, cuando le da el sello a su ethos y la autoestima a su pueblo como autoconciencia, sólo en esa circunstancia del mundo y la cultura, Hegel equipara el arte a la filosofía y la religión, las otras formas superiores del saber del espíritu.(xiii) Debe destacarse también que la edición de Hotho consigna fielmente el pensamiento hegeliano de que en la apariencia del arte la alienación del espíritu en lo sensible no es en absoluto algo negativo sino positivo, pues el espíritu está en ella en lo suyo, y en cuanto espíritu pensante, estando en lo sensible sabe distinguirse y no se falsea. (xiv) Finalmente, la sensualidad del espíritu en la apariencia del arte aparece también en pasajes donde Hegel elogia en obras de arte particulares esa elevación de lo sensible a pura apariencia, para que sea ella la que lo cope a uno como receptor del arte y lo demore junto a la obra, admitiendo incluso que la seriedad de los significados pasen a segundo plano, como ocurre muchas veces en la pintura(xv), en la autonomía que logran la música instrumental, el canto y el mundo de la ópera(xvi), o en la ejecución artística para el caso de los músicos y los actores de teatro(xvii). Sin embargo, a pesar de su importancia, estos aspectos hegelianos tan genuinos han caído en el descuido, debido al sobrepeso de la definición de lo bello artístico como apariencia sensible de la idea. Esta formulación que es de Hotho, más no de Hegel, ha determinado la desconfianza y la crítica dominante a su filosofía del arte. Como apariencia sensible de la idea, el arte queda de entrada en desventaja frente a la filosofía; la superioridad de la filosofía no queda satisfecha si no somete a la discursividad del concepto la intuición del arte, y por la misma razón, la necesidad del arte, que para Hegel tiene sus raíces en la racionalidad misma del hombre y es por lo tanto una actividad irreductible,(xviii) queda desvirtuada.

 

La revisión de la estética de Hegel llevada a cabo en la actualidad ha vuelto a poner en el primer plano la concepción del Ideal como realidad, existencia y vitalidad de la idea, o como la idea en concreción histórica, y ha recuperado además el planteamiento hegeliano de que el arte mismo en sus realidades históricas cambiantes ha sido el Ideal en acción, es decir, que tal acontecimiento no ha quedado reducido solamente al arte de la forma clásica de los griegos, otra de las persistentes desfiguraciones que ha padecido Hegel.(xix)La necesidad de estas correcciones se ha hecho confrontando las notas conservadas de los oyentes de Hegel, las más importantes de las cuales son las que el propio Hotho tomó del  maestro  en sus Lecciones de 1823, referenciales para su concepto de la edición posterior. Si uno se atiene a tales notas, en vez de la fórmula de lo bello artístico como la “apariencia sensible de la idea” que Hotho consigna en la edición de 1835 (la fórmula tampoco aparece en ningún otro de los oyentes de Hegel), lo que enfatiza la exposición de Hegel es la forma de aparecer la pura apariencia sensible en el arte. El planteamiento es desarrollado por Hegel en la exposición que le dedica al destino que tiene el carácter sensible del arte, cuya síntesis es, que la obra de arte existe para el hombre, pero específicamente para su sentido, es decir, para su interior, para la sensibilidad que tiene que ver con su ánimo, su subjetividad o su espíritu, que es en realidad la sensibilidad gracias a la cual puede encontrarse como hombre en el mundo humano, no meramente como cosa en el conjunto de las cosas o de los objetos. Este “sentido” del hombre no podría estimularse y responder si la obra de arte no fuera también una cosa perceptible y distinguible, pero esto sensible de una obra de arte aparece tal cual, no para la mera percepción sensorial sino “esencialmente para el espíritu; éste debe encontrar una satisfacción mediante este material sensible.”(xx) Ante lo sensible del arte tampoco respondemos con el deseo, con la necesidad de consumirlo o transformarlo como ante un sensible particular y concreto, sino como pensantes. El interés del arte roza el interés de la inteligencia, y como ella, en su consideración de los objetos los deja existir libremente, pero no con el objetivo de conocer lo universal de las cosas sensibles como es el interés de la teoría. “El arte” –dice Hegel- “no hace esto, no pasa por encima de lo sensible que se le ofrece, sino que tiene como su objeto esto sensible como inmediatamente existe.”(xxi) En este punto sintetiza Hegel lo que estrictamente hay que hacer valer en su doctrina sobre el Ideal y el carácter sensible del arte: “No nos queda nada más que decir, que la superficie sensible, el aparecer de lo sensible en cuanto tal, es el objeto del arte, mientras que la distribución externamente sensible de la materialidad concreta es para el deseo. Pero por otra parte, el espíritu no desea el pensamiento, lo general, la estructuración de lo sensible, sino que lo que desea es lo sensible particular, abstraído de la armazón de la materialidad. El espíritu sólo desea la superficie de lo sensible. De este modo, lo sensible es elevado a apariencia en el arte, y el arte está por lo tanto en el medio, entre lo sensible en cuanto tal y el puro pensamiento; lo sensible en él no es lo inmediato en sí autónomo de lo material, como piedra, planta o vida orgánica, sino que lo sensible es para algo ideal, pero tampoco lo abstracto ideal del pensamiento. Es la apariencia sensible pura y en forma más aproximada la configuración.”(xxii)

 

La clave para entender el énfasis de Hegel en la forma de aparecer lo sensible en el arte es la concepción del arte como representación de una representación. La necesidad de concretizarla es lo que empeña al arte en representar perceptiblemente la apariencia de la vitalidad, sobre todo de la vitalidad espiritual, de hacer corresponder la apariencia sensible al concepto, y de retrotraer las carencias de la naturaleza a la verdad, a lo que toca las inquietudes del espíritu, en una palabra, a que frente a las representaciones que nos ofrecen los productos del arte, el espíritu se encuentre en lo suyo.(xxiii) Pero lo notable en el pensamiento genuino de Hegel sobre el arte, es que gracias a su forma de saber sensible, su tarea la resuelve en una manera de pensar que no abandona nunca la sensibilidad, y por ello se mueve de lo sensible a la apariencia de lo sensible, y no en esa dirección descendente y pedagogizante de la idea a su sensibilización o ejemplificación en la apariencia sensible. Se está muy lejos de la metafísica platónica para pensar con tanta solvencia la apariencia del arte como la existencia de la idea, como la idea activa e influyente en la historia, como arte con reconocimiento e influjo en la cultura. Pues si el arte es una forma del saber, y en cuanto tal no puede darse sin otras, y cada una tiene su propia cultura y evolución, la cultura de la sensibilidad a la que pertenece el arte cambia con las otras y se ajusta sin perder actualidad. Este proceso complejo del juego de los saberes en la historia de la cultura, es al auténtico piso de la explicación en que se apoya Hegel para explicar la historia de las formas universales del arte, la simbólica, la clásica y la romántica.(xxiv) Dentro de las artes particulares, la pintura es la que del modo más ostensible deja reconocer el trabajo del arte con el hacer aparecer en el medio de la apariencia. Su desarrollo histórico la refina tanto como arte, que para la cultura moderna, en la que según Hegel el lugar por excelencia de la pintura es una institución pública como el Museo, “lo más conforme a fin para el estudio y el goce pleno de sentido será por tanto una ubicación histórica.”(xxv) Hoy ha perdido preeminencia este criterio de exposición museal, pero su interés en Hegel consiste en que en 1830, cuando se inauguró el Museo Real de Berlin, este era el criterio de avanzada, y Hegel había participado en los debates al respecto, antes de la apertura del Museo al público. Su convicción de que para más disfrute estético la colección debía estar expuesta con criterio científico, estaba íntimamente ligada a la idea de que la historia de la pintura como arte, ante todo era una historia de la cultura misma, una historia en la que se podía apreciar, por un lado, la función cambiante de la pintura en la sociedad, y por el otro, la liberación moderna de la pintura hacia un arte con consciencia propia, algo análogo a lo que ocurrió en el siglo XX con la pintura pura, cuando esta se redujo a sus medios básicos, el color y el plano, y la representación y la figuración se tornaron secundarios. El criterio de Hegel para la exposición de la colección en el Museo Real, pero también para la exposición del desarrollo histórico de la pintura en sus Lecciones era el siguiente: “se comienza con temas religiosos en una concepción todavía típica, con ordenamiento arquitectónico, simple, y una coloración sin elaborar. Luego el presente, la individualidad, la viva belleza de las figuras, la profundidad de la intimidad, el encanto y la magia del colorido van penetrando cada vez más en las situaciones religiosas, hasta que el arte se vuelve a la vertiente mundana, capta la naturaleza, lo cotidiano de la vida ordinaria o lo históricamente importante de acontecimientos nacionales del pasado y del presente, retratos y cosas por el estilo hasta lo más pequeño e insignificante, con el mismo amor que se había consagrado al contenido religioso ideal, y en esta esfera sobre todo alcanza no sólo la más extrema perfección pictórica, sino también la concepción más viva y el modo más individual de ejecución.”(xxvi)

 

Este caso de la pintura ilustra bien cómo ha realizado el arte su función histórica. El hecho de que en la cultura moderna el lugar óptimo para su lugar en ella sea la institución pública del museo, y no el palacio ni el templo, muestra claramente que el poder de orientación del arte en el ethos común de la cultura no ha desaparecido, pero se ha modificado. Al pasar la pintura de los lugares del poder político y religioso a un lugar público del patrimonio cultural para el disfrute general, el poder de orientación del arte ha dejado de ser determinante y de contenido; en tal sentido su función se ha restringido, pero ocupa un lugar nuevo de libertad para el disfrute estético y el juicio reflexivo. Hegel define la función histórica del arte en el mundo moderno como formación formal (formelle Bildung), como formador de cultura, en dos sentidos: como cultura es inconcebible sin el arte, pero a la vez  el arte ya no puede demandar en ella la función orientadora determinante que antes tuvo y se le reconoció. Ya no es asunto del arte en la cultura moderna hacer de mediador o receptor de contenidos de orientación histórica que deban regir la praxis del ciudadano moderno e ilustrado, sin embargo, en un sentido cercano a la concepción schilleriana de la educación estética del hombre, el arte sigue siendo, por su accesibilidad para cualquiera, un medio esencial de formación para la razón. La restricción del arte al pasar de ser determinante de cultura, a ser sólo elemento de formación en ella, consiste en que la recepción del arte para el hombre moderno ya no es poderosa e indiscutida, sin reflexión y apreciación, sino que las propuestas de orientación, de concepción y de  intuición del mundo que aparecen en las obras de arte, pasan por la confrontación autónoma, libre y racional. Su función es motivar a la reflexión, no a sustituirla por mandatos, y para ello están abiertas para el artista moderno todas las posibilidades de configuración.(xxvii) Lo sublime y lo bello caracterizaron el Ideal del arte de la forma simbólica y clásica; en el arte de la forma romántica, que para Hegel incluye lo que para nosotros hoy es arte de la cultura moderna, el Ideal del arte queda abierto y es una empresa riesgosa. Ya en Hegel se habla de este arte como arte de la disolución del Ideal, pero no porque no lo tenga, sino porque el principio de este arte es la subjetividad libre del artista, de modo que la determinación de los contenidos y las formas de la obra de arte quedan a su disposición, a la disposición de su humanidad con la humanidad; sublime, bello, no bello, ahora son opciones. Hegel criticó el principio de la ironía romántica de tanta actualidad en su momento, pero no por la ironía en cuanto tal, que si no puede faltar en la vida, menos puede faltar en el arte. Se la criticó a algunos artistas contemporáneos por asumirla como programa artístico, lo cual constituía para Hegel un programa suicida para el arte. Defendió en cambio un arte del humor objetivo, pues aunque en él prime el principio moderno de la subjetividad del artista, esta subjetividad del humor objetivo no es soberana, ni se pone por encima de la humanidad, sino que participa de ella.(xxviii) Esta concepción de la función del arte no está históricamente superada, mantiene su actualidad.

 

Notas

 

(i) Dos textos representativos enmarcan esta aspiración romántica, el primero es de Novalis, de 1799, publicado por F. Schlegel en 1826, titulado La cristiandad o Europa, en: Novalis. Los aprendices de Sais. Cuento simbólico. La cristiandad o Europa. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004, pp. 97-120. El segundo texto es de J. F. Overbeck, concebido entre 1830 y 1840, paralelo a la ejecución y entrega de la gran pintura que lleva su mismo título, a la ciudad de Frankfurt a. M. en 1840. Se titula El Triunfo de la religión en las artes. En: La religión de la pintura. Escritos de filosofía romántica del arte. Edición de P. D’Angelo y F. Duque. Madrid, Akal, 1999, pp. 164-172.

 

(ii) En el amplio numeral 3. de la primera parte de la Lecciones sobre la estética, dedicado a Lo bello artístico o el Ideal, Hegel se ocupa expresamente de La exterioridad de la obra de arte ideal en relación con el público, y retoma el tema en las lecciones sobre la poesía, en el aparte sobre la poesía dramática, bajo el título Relación de la obra dramática con el público, seguido de La ejecución externa de la obra de arte dramática. Cfr. Hegel, G.W.F. Lecciones sobre la estética (Según la segunda edición de H. G. Hotho de 1842). Madrid, Akal, 1998, pp. 191-203, pp. 842-846, pp. 846-854.

 

(iii) Heródoto, Historias, Libro II, 53, cit. por Hegel en varios pasajes de las Lecciones . Cfr. Lecciones sobre la estética, op.cit. p. 327. Este motivo de Heródoto tuvo especial importancia desde Herder en el Sturm und Drang, hasta F. Schlegel en el temprano romanticismo de Jena. Concretamente, estimuló en ellos la exigencia de una nueva mitología como correctivo ético-estético de la cultura racionalista de la Ilustración. Este pensamiento, común tanto para el Romanticismo como para el Idealismo alemanes en sus inicios, se va modificando con el incremento de la reflexión histórica y la coyuntura política, y termina oponiendo a Hegel y los Románticos. Hegel la abandona completamente y pronto como propuesta para la cultura moderna.

 

(iv) Cfr. Hegel, G.W.F. Lecciones sobre la estética, op.cit. pp. 708-713.

 

(v) La filosofía del arte de Hegel coincide en el tiempo con la consolidación de la Historia del arte de corte romántico decimonónico, en particular con la “Escuela de Berlin”, uno de cuyos fundadores es H. G. Hotho, el editor de las Lecciones de estética de Hegel. Esta es la época, además, de la consolidación de los museos con un concepto historicista de exposición de las colecciones, en cuyo debate al respecto participó el propio Hegel, al menos para el caso del Museo Real de Berlin, construido por F. Schinkel e inaugurado en 1830. Aunque Hegel ubica su posición con respecto al concepto del arte entre el concepto “erudito”, el de la Historia del arte, y el especulativo de la Idea, pero ya no en sentido platónico sino en el suyo propio, la Historia del arte estaba mucho más cercana a su filosofía del arte que en la actualidad. Hegel puede hacer todavía un elogio de esa disciplina que no casa ya con  los estándares actuales de su metodología. Hegel formula así el elogio y la justificación de la Historia del arte: “cada obra de arte pertenece a su tiempo, a su pueblo, a su entorno, y depende de particulares ideas y fines históricos y de otra índole, por lo que la erudición artística requiere una gran cantidad de conocimientos históricos y al mismo tiempo muy específicos por cierto, pues la naturaleza individual de la obra de arte se refiere precisamente a lo singular y precisa de lo específico para su comprensión y elucidación. Esta erudición en fin precisa no sólo, como todas las demás, de memoria para los conocimientos, sino también de una aguda imaginación para retener las imágenes de las configuraciones artísticas en todos sus diversos rasgos, y primordialmente para tenerlas presentes en la comparación con otras obras de arte.” (ibídem, p.16). La cultura artística histórica es necesaria, además, porque el juicio estético de gusto se queda cada vez más corto ante el cosmopolitismo que las ciencias del arte exigen de por sí. Propio de esta mentalidad es, no el abandono de lo bello como criterio del arte, pero sí su diferenciación interna con el concepto de lo característico. Una importante consecuencia del paso de este concepto al primer plano del interés, es el reconocimiento de lo caricaturesco y lo feo como categorías estéticas genuinas (ibídem p. 18s.). Planteamientos como estos, tan notorios en Hegel, desautorizan la usual caracterización de su estética como “clasicista”, y por lo tanto como inactual. 

 

(vi) Dos libros recogen en la actualidad la información de esta revisión y la integran en sus exposiciones de la filosofía del arte de Hegel: W. Jaeschke. Hegel Handbuch. Leben, Werk, Schule. Verlag J. B. Metzler, Stuttgart-Weimar, 2003, y el más importante y especializado en el tema de la estética,  A. Gethmann-Siefert. Einführung in Hegels Ästhetik. Wilhelm Fink Verlag München, 2005.

 

(vii) Esta es la apreciación de R. Bubner, representante de una de las interpretaciones establecidas de la estética de Hegel. Según Bubner, sobre Hegel ya está echado el juicio histórico, nada sustancialmente nuevo puede cambiarlo; retoques estimulan la expectativa juvenil para justificar la carrera académica, mas no el conocimiento experimentado de los mayores. Cfr. R. Bubner. Überlegungen zur Situation der Hegel Forschung, en: Hegel-Studien Bd. 36. W. Jaeschke, L. Siep (Hrgs.), Felix Meiner Verlag Hamburg, 2001, pp. 43-60.

 

(viii) Hegel, G.W.F.  Primer programa de un sistema del idealismo alemán. En: Escritos de juventud. México, Fondo de Cultura Económica, 1984, p. 220.

 

(ix) Ibídem.

 

(x) Hegel, G.W.F. Lecciones sobre la estética. Op.cit. p.44. El paréntesis es mío, alude a la exposición de Hegel que precede el pasaje citado.

 

(xi) Ibídem, p. 56s.

 

(xii) Ibídem, p. 85.

 

(xiii) Ibídem, pp. 9-14.

 

(xiv) Ibídem, p. 15.

 

(xv) Ibídem, p. 607.

 

(xvi) Ibídem, p. 688ss.

 

(xvii) Ibídem, pp. 691-693 y p. 846s.

 

(xviii) Ibídem, p.31s. y  p. 233s.

 

(xix) La Introducción a la estética de Hegel de A. Gethmann-Siefert, la exposición más representativa en este sentido (v. nota 6), se ha servido de las siguientes notas de oyentes de Hegel actualmente publicadas: 1.) W. von Ascheberg. Vorlesung über Philosophie der Kunst. Berlin 1820/21. Eine Nachschrift. I. Textband.  H. Schneider (Ed.). Peter Lang, Europäischer Verlag der Wissenschaften, Frankfurt am Main, 1995. 2.) H. G. Hotho. Vorlesungen über die Philosophie der Kunst. Berlin 1823. A. Gethmann-Siefert (Ed.). Felix Meiner Verlag Hamburg, 1998. 3.) P. von der Pfordten. Philosophie der Kunst. 1826. A. Gethmann-Siefert y J.-I Kwon (Ed.). Frankfurt am Main, 2004. 4.) F.C.H.V.von Kehler. Philosophie der Kunst oder Ästhetik. Berlin 1826. A. Getmann-Siefert y B. Collenberg-Plotnikov (Ed.). Wilhelm Fink Verlag München, 2004. Y se ha servido además de 10 manuscritos aún no publicados, enumerados en: Cfr. Nota 6, op.cit. p. 371.  

 

(xx) Hegel, G.W.F. Vorlesungen über die Philosophie der Kunst. Berlin 1823. Nachgeschrieben von Heinrich Gustav Hotho. Hrsg. von A. Gethmann-Siefert. Felix Meiner Verlag Hamburg, 1998 (Studienausgabe 2002), p. 18.

 

(xxi) Ibídem, p. 20.

 

(xxii) Ibídem. p.20s. Los resaltados son míos.

 

(xxiii) Ibídem, p.69s.

 

(xxiv) La idea de que lo verdadero puede ser conocido de diversas maneras, y de que los modos del conocimiento deben ser considerados sólo como formas, la desarrolla Hegel en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Parágrafo 24 Nota 3. Cfr. Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften I., En: G.W.F. Hegel. Werke 8. Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main, 1970, pp. 86-91. Esta misma idea la refiere Hegel al arte en sus Lecciones de 1826: el arte es “simplemente una forma (entre otras), por medio de las cuales el espíritu se trae a sí mismo al aparecer”, y su característica es traerse al aparecer, al mundo y a la vida de la consciencia, como apariencia. Cfr. G.W.F. Hegel. Philosophie der Kunst oder Ästhetik. Nach Hegel. Im Sommer 1826. Mitschrift F.C.H.V. von Kehler. Hrsg, von A. Gethmann-Siefert u. B. Collenberg-Plotnikov. Wilhelm Fink Verlag München, 2004, p. 3.

 

(xxv) Hegel, G.W.F. Lecciones sobre la estética, op.cit. p. 632.

 

(xxvi) Ibídem.

 

(xxvii) Gethmann-Siefert, A. Einführung in Hegels Ästhetik. Op.cit. p. 352s.

 

(xxviii) Para la crítica de Hegel al principio de la ironía de los románticos, cfr. Lecciones sobre la estética, op.cit. pp. 49-53. Para sus planteamiento sobre el arte de la forma romántica como arte de la disolución del Ideal, refiriéndose con ello al arte de su momento, Cfr. pp. 435-447. En el mismo aparte, al final, Hegel hace el elogio del arte del humor objetivo. Véase para ello el pasaje sobre El final de la forma artística romántica, pp. 441-447.