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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 9
Año III Junio 2005 |
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EL
SENDERO DEL CAMPO (DER FELWEG) Martin Heidegger
Traducción
y nota: Sobine Langenheim y Abel Posse (Argentina) Publicado
en La Prensa, 12 de Agosto de 1979. |
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Corre desde el portón del jardín hacia el Ehnried.
Los viejos tilos del parque del castillo lo siguen con su mirada por encima
de la muralla, ya cuando reluce claro hacia Pascuas entre los sembrados
nacientes y los prados que despiertan, ya cuando se pierde, hacia Navidad,
detrás de la colina cercana, bajo las nevadas. Al llegar al crucifijo
campestre dobla hacia el bosque. Al bordearlo saluda al roble alto a cuyo pie
hay un banco de rústica carpintería. Sobre él había, a veces, algún escrito de
grandes pensadores que una joven inhabilidad trataba de descifrar. Cuando los
enigmas se agolpaban sin salida el sendero del campo ayudaba, pues guiaba
serenamente el pie en lo sinuoso, a través de la amplitud de la sobria
campiña. De vez en cuando el pensamiento vuelve a
aquellos escritos - o hace sus propias tentativas- y retoma la huella que el
sendero traza a través de los campos. Éste queda tan próximo del paso del que
piensa como del paso del campesino que en la madrugada sale a guadañar. Frecuentemente -con los años, el roble del
camino induce al recuerdo de los juegos primeros y del primer elegir. Cuando
-a veces caía bajo los golpes del hacha un roble en medio del bosque, el
padre se apuraba a buscar a través de la foresta y los soleados claros, la
madera que se le había asignado para su taller. Allí operaba lenta y
cuidadosamente en las pausas de su trabajo, al ritmo del reloj de la torre y
de las campanas, pues ambos sostienen su propia relación con el tiempo y la
temporalidad. De la corteza del roble cortaban los niños
sus barcos que, provistos de remo y timón, navegaban en el arroyo Mettenbach
o en la fuente Schulbrunnen. En los juegos, los viajes a través del mundo
llegaban todavía fácilmente a su meta y lograban encontrar de vuelta las
costas. La ensoñación de aquellos viajes permanecía envuelta en un brillo
entonces todavía apenas visible, pero que existía sobre todas las cosas. Ojo
y mano de la madre delimitaban su reino. Era como si su tácito cuidado
abrigara toda esencia. Aquellos viajes del juego no sabían aún de
las travesías en las cuales toda orilla queda atrás. Pero, en cambio, la
dureza, y el perfume de la madera del roble empezaban a hablar más
perceptiblemente de la lentitud y constancia con las cuales crece el árbol.
El roble mismo decía que sólo en tal crecimiento está fundamentado lo que
perdura Y fructifica: que crecer significa abrirse a la amplitud del cielo y
-al mismo tiempo- estar arraigado en la oscuridad de la tierra, que todo lo
sólidamente acabado prospera sólo cuando el hombre es de igual manera ambas
cosas: dispuesto a la exigencia del cielo supremo y amparado en la protección
de la tierra sustentadora. Eso es lo que sigue diciéndole el roble al
sendero que pasa con seguridad a su lado. El camino recoge todo lo que tiene
sustancia en su entorno y le aporta la suya a quien lo recorra. Los mismos
sembrados y ondulaciones de la pradera acompañan al sendero en cada estación
en una siempre cambiante vecindad. Sea que las montañas de los Alpes se
sumerjan en el crepúsculo sobre los árboles; sea que -donde el sendero salta
sobre la ondulación de la colina- ascienda la alondra en la mañana estival;
sea que el viento del Este llegue atormentado desde la región donde está la
aldea natal de la madre; sea que un leñador cargue al anochecer, rumbo a la
cocina del hogar, su haz de leña; sea que regrese el carro de la cosecha
balanceándose en los surcos del camino; sea que los niños recojan al borde
del prado las primeras flores de primavera; sea que la niebla mueva sobre la
campiña durante días su lobreguez y su peso: siempre y en todas partes rodea
al camino del campo el consejo alentador de lo mismo: Lo sencillo conserva el enigma de lo perenne
y de lo grande. Sin intermediarios y repentinamente penetra en el hombre y
requiere, sin embargo, una larga maduración. Oculta su bendición en lo inaparente
de lo siempre mismo. La amplitud de todas las cosas crecidas, que permanecen
junto al sendero nos otorga mundo. En lo tácito de su lenguaje, Dios es
recién Dios, como lo señala Meister Eckhardt, ese viejo maestro de la vida y
de los libros. Pero el consejo alentador del camino del
campo habla solamente mientras haya hombres que, nacidos en su ámbito, puedan
oírlo. Ellos son siervos de su origen pero no sirvientes de maquinaciones. Cuando el hombre no está en el orden del
buen consejo del camino del campo, trata en vano de ordenar el globo
terráqueo con sus planes. Amenaza el peligro que los hombres de hoy
permanezcan sordos a su lenguaje. A sus oídos llega sólo el ruido de los
aparatos que toman por la voz de Dios. El hombre deviene así distraído y sin
camino. Al distraído lo sencillo le parece uniforme. Lo uniforme harta. Los
hastiados encuentran solo lo indistinto. Lo sencillo escapó. Su quieta fuerza
está agotada. Disminuye rápidamente, por cierto, el número
de aquellos que conocen todavía lo sencillo como su propiedad adquirida. Pero
los pocos serán en todas partes los que permanecerán. Gracias a la suave
fuerza del sendero del campo, podrán alguna vez perdurar frente a las fuerzas
colosales de la energía atómica, artificio del cálculo humano y atadura de su
propia acción. El buen consejo del sendero del campo
despierta un sentido que ama lo libre y que trasciende, en el lugar adecuado,
la turbia melancolía hacia una ultima serenidad. Combate la necedad del mero
trabajar que efectuado sólo porque sí, fomenta únicamente la inanidad. En el aire del sendero del campo, que cambia
según la estación, prospera la sabia serenidad, cuyo aspecto parece a veces
melancólico. Este saber amable es la serenidad campesina (1). No la adquiere quien no la posea.
Los que la poseen, la tienen del sendero del campo. Sobre su senda se
encuentran la tormenta invernal y el día de la cosecha; el ágil
estremecimiento de la primavera y el calmo morir del otoño; se contemplan
mutuamente el juego de la juventud y la sabiduría de la vejez. Pero en una
sola consonancia, cuyo eco el sendero del campo lleva y trae silenciosamente
consigo, todo queda armonizado. La sabia serenidad es un portal hacia lo
eterno. Su puerta gira en goznes que han sido alguna vez forjados de los
enigmas de la existencia por un herrero conocedor. Desde el Ehnried regresa el sendero al
portón del jardín. Pasando por la última colina, su estrecha cinta conduce
por una llana hondonada hasta la muralla de la ciudad. Brilla opaco en el
resplandor de las estrellas. Detrás del castillo se eleva la torre de la
iglesia de San Martín. Lentamente, casi con retardo, resuenan once campanadas
en la noche. La vieja campana cuyas sogas frecuentemente frotaron manos de
niño hasta calentarse, tiembla bajo los golpes del martillo de las horas,
cuya cara sombría-graciosa nadie olvida. El silencio se vuelve aún más silencioso con
la última campanada. Alcanza a aquellos que en dos guerras mundiales fueron
sacrificados antes de tiempo. Lo sencillo se ha vuelto aún más sencillo. Lo
siempre mismo extraña y libera. El consejo alentador del sendero del campo es
ahora muy claro. ¿Habla el alma? ¿Habla el mundo? ¿Habla
Dios? Todo habla de la renuncia en lo mismo. Esta
renuncia no quita. La renuncia da. Da la inagotable fuerza de lo sencillo.
Ese buen consejo hace morar en un largo origen. (1) Das Kuinzige,
palabra dialectal campesina que indica astucia o serenidad, provenientes de
la sabiduría receptiva y observadora del campesino. |
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