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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 4
Año II Agosto/Septiembre 2003 |
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HEIDEGGER UN
PENSADOR INSOSLAYABLE Arturo
García Astrada (Argentina) |
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APENDICE EL
PLANETA TIERRA EN EL FIN DE UNA ERA* (págs.179-185) *A
través de este artículo (que fuera publicado en La Gaceta de San
Miguel de Tucumán el 23 de Agosto de 1998) deseo hacer conocer mi modo de entender
el hecho de que estamos viviendo en el fin de una era, hecho que tiene
radical importancia en la interpretación de Heidegger que realizo. Este
artículo es el resultado de un buscar antecedentes y de un meditar sobre algo
de lo cual todos somos testigos, protagonistas y víctimas: la crisis de
nuestra época. Época deriva del griego epokhé, que significa poner
entre paréntesis y detener algo de mayor extensión. Ahora bien, la infinitud
de la Realidad Última y Total –cualquiera sea el nombre que demos a lo que en
verdad es inefable- y su infinito ir aconteciendo no se muestra total y
simultáneamente en ningún momento determinado, en ningún momento finito.
Muestra algo de su infinitud y oculta el resto; es decir, en su mostrarse
practica una epojé. El resultado de esta epojé es una época. La
realidad se va mostrando, pues, epocalmente y esto supone una época que nace
y, como todo lo que nace, también muere. La
idea de que toda época termina no es nueva en la historia del pensamiento. El
primitivo ya tenía conciencia del comienzo y del fin de un período temporal y
de que en su transcurso todas las formas vigentes en él se iban gastando.
Producido el desgaste final, esas formas vuelven a la unidad primordial, a la
cointidentia oppositorum donde sus límites y sus individualidades se
disuelven. Se retorna, pues, al Caos previo a la creación. Luego hay
un nuevo acto cosmogónico de creación y surge un nuevo mundo. El primitivo
veía este proceso de fin y de regeneración como un ciclo siempre repetido, o
sea que postulaba el eterno retorno. La misma actitud encontramos en
venerables tradiciones de sabiduría como la persa, la hindú, la china, la
egipcia, la griega, la azteca, etc. El
Grecia el eterno retorno no es ya sólo una tradición mítica sino el resultado
de un lúcido pensar y del ejercicio de la razón. Está ya presente en el más
antiguo de sus fragmentos filosóficos, el de Anaximandro, hasta su
culminación en Aristóteles, quien su libro De Generatione et Corruptione
explícitamente afirma el eterno retorno. En Occidente la teoría del eterno
retorno se eclipsó casi totalmente. Recién fue Nietzche quien la reactualizó
de modo brillante. Algunos historiadores, Mircea Eliade entre ellos, afirma
que en la tradición judeo-cristiana no se da la idea de eterno retorno, lo
cual, es más o menos aceptable. Sin embargo podemos advertir admirables
excepciones tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En
el Eclesiastés leemos: "Lo que fue, eso será. Lo que ya se
hizo, eso es lo que se hará". Y en la Segunda Carta de San Pedro,
éste habla de "un mundo anterior al nuestro". Para
los griegos la eternidad iba donándose temporalmente en forma rítmica y
acompasada. A cada uno de los lapsos o compases con que la eternidad se va
midiendo, los griegos, adoptando una teoría originada en la Persia posterior
a Zoroastro, llamaron eón, de una duración de poco más de 2000 años
cada uno. En esta teoría de la sucesión de los eones, había cambios
profundos en el paso de uno a otro pero no, necesariamente, un apocalipsis,
en el sentido no sólo de revelación, sino también de destrucción total y
nueva creación. Sin embargo, en uno de esos pasos se produciría un
apocalipsis. Ciertamente nadie puede saber cuándo acontecerá tal cosa. Para
limitarnos sólo a Occidente, en lo que se refiere a cambios apocalípticos,
recordemos a Empédocles, recordemos el fragmento 30 de Heráclito, recordemos
a Platón quien en El Político, 296 c, dice: "En este universo que
es el nuestro, ora la divinidad conduce al conjunto de la revolución
circular, ora lo abandona a sí mismo...". Y a continuación Platón nos
dice que el cambio de dirección va acompañado de terribles cataclismos
destructores, de los cuales se suceden nuevas y eternas regeneraciones.
Recordemos los textos apocalípticos del judaísmo tardío de los profetas
Ezequiel, Zacarías y Daniel, la ya citada carta de San Pedro y,
fundamentalmente, el Apocalipsis de San Juan. En el Popol-Vuh, verdadero
Génesis de los indios quichés, hay una magnífica descripción
apocalíptica del diluvio. Esta
teoría de una periódica y eterna destrucción y reconstrucción, se ha
instalado también en la problemática actual de la ciencia. Y es curioso que
se haya instalado en ella a raíz de lo que parecía más contrario a una
repetición cíclica: la idea de la irreversibilidad del tiempo –sugerida desde
el segundo principio de la termodinámica-. Esta idea, llamada también la flecha
del tiempo, es desarrollada por Prygogine –premio Nobel- y se basa en una
nueva interpretación del Big Bang. El rechaza la singularidad de éste
y, por tanto, de un origen único del universo, lo que hace concebible que
"otros universos hayan precedido al nuestro y puedan sucederle".
Nuestro universo, dice, no sólo se encamina hacia un proceso de entropía sino
que procede de un proceso entrópico anterior. Podríamos seguir acumulando
testimonios que hablan de que todo lo que nace en el tiempo, en él también
muere. Podríamos escuchar lo que dice la física; lo que dice la astrofísica;
lo que dice la astrología, cuando basándose en la teoría de la procesión de
los equinoccios formulada por Hiparco de Micea (190-120 a.C.) afirma que
estamos en el fin de una era y entrando en otra; lo que dice la tradición
hindú cuando designa a nuestra era como el período final del Kali-Yuga,
o sea, el fin tenebroso de un Manvantara que, para esta tradición,
significa el ciclo completo de una manifestación del universo. El
cambio de era anterior al nuestro coincidió con el fin del Imperio Romano y
el nacimiento del cristianismo. De ello han pasado 2000 años y, por tanto –a
pesar de todas sus diferencias- estamos en una situación semejante. A ese
cambio Roma lo vivió dramáticamente; y estaba muy extendida la creencia de
que podría estarse frente a un cataclismo. Creían vivir la Edad de Hierro,
la última de las edades mencionadas por Hesíodo. Dos grandes poetas de esa
época asumieron una de las dimensiones esenciales del poeta, la de vate, y
cantaron esa situación: Horacio y Virgilio. De Horacio son estos versos:
"Aunque el mundo cayese hecho pedazos / impávido permanecería ante sus ruinas".
Lo que Virgilio dice en la Égloga IV es asombroso. Con
estos antecedentes vengamos a esta época. Lo primero que tenemos que
reconocer es que la humanidad no registra en su memoria histórica una
situación tan grave como la nuestra. Los hechos que configuran nuestro
presente no tienen ningún antecedente en la historia. Desde el siglo pasado
las mentes más lúcidas de Europa vienen dando testimonio de esta crisis
terminal. Recordemos a Hegel, Feuerbach, Goethe, Nietzche. Ahora escuchemos a
Heidegger en Gelassenheit: "Ningún hombre, ningún grupo humano
... Ninguna organización solamente humana es capaz de ejercer dominio sobre
la época". Y en Superación de la metafísica leemos: "Antes
que el Ser pueda acontecer en su verdad original... debe el mundo ser forzado
a su desmoronamiento ... Después de un largo tiempo de este hundimiento
acontece el súbito instante del comienzo". Desde el ámbito de la poesía
una descripción apocalíptica encontramos en T.S.Elliot, uno de los grandes
poetas del siglo. La encontramos en La tierra yerma que escribiera en
1922. Para
terminar hagamos una reflexión filosófica sobre lo que hemos estado diciendo.
Un más extenso y fundado desarrollo del tema lo he realizado en mi libro Uno-Todo
(Almagesto, Buenos Aires, 1996). La Realidad Última y Total de la que
hablamos al iniciar esta meditación es el Uno-Todo, más allá del cual
nada hay y, por tanto, nada lo puede causar o fundar o destruir. No depende
de nada exterior al él, es aballio solutum, o sea absoluto. Si nada lo
funda es infundado y ello significa que el fundamento del Todo es el Todo
mismo. Este Todo no es estático sino que infinita y eternamente está
aconteciendo. Pero en este infinito acontecer no puede mostrar o donar su
totalidad en ningún momento finito. Por eso va donándose epocalmente, y así
va fundando los diversos mundos. Cada mundo fundado tiene un principio y
tiene un fin. Principio, en griego, se dice arkhé y permítaseme –por
los motivos que se verán- que siga utilizando esta palabra. El arkhé
de un mundo, de una era rige toda la extensión de esa era. En
torno a él se estructura todo un sistema de conceptos, de valores, de leyes,
de instituciones, de costumbres, etc. Desde este mundo, con mayor o menor
libertad nosotros esbozamos nuestras repuestas al reto que él nos lanza y
adecuamos nuestra praxis. El telos de una era está en función de su arkhé
y por ello nuestra teoría y nuestra actividad y nuestra ética tienen su
horizonte de comprensión y de justificación desde el arkhé y el telos
hasta llegar al momento del resquebrajamiento total. Esa es una época –para
decirlo con palabras de Nietzche- es la que "el desierto crece".
Con los mundos pasa como con la vida: así como el nacimiento supone la
muerte, así el arkhé lleva en sí mismo lo aparentemente opuesto a él,
su an-arkhé. Resulta, entonces, que el arkhé que ha
cohesionado, estructurado y regido una era, al final se transforma en un principio
de anarquía. Cada mundo con su respectivo arkhé nace, se proyecta
y muere, pero el Fundamento queda y de las cenizas del anterior puede fundar
un nuevo mundo. Se trataráa del mismo Uno-Todo: igual, si se acepta la
teoría del eterno retorno; distintamente estructurado se si acepta la teoría
de la flecha del tiempo. |
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