Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 7 Año III Agosto/Septiembre 2004

 

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 LA NADA ETERNA

Vicente Fatone (Argentina)

 


 

 

 

 

     Para el filósofo, procedemos de la eternidad  en que contemplábamos las esencias eternas, y a ella volveremos; para los ascetas, somos de la misma naturaleza que del atman supremo y en él disponemos de refugio inviolable; para el apóstol, somos del linaje del Altísimo, y con él colaboramos y en él somos todo uno. Esas convicciones han venido rigiendo a través de los siglos, y a pesar de todos los desfallecimientos escépticos y de todas las preocupaciones cínicas, la vida del homus religiosus tanto de Oriente como de Occidente. Y todas pueden resumirse en la imagen, también antigua, según la cual el hombre es “como nave de mercader, que trae su pan de lejos”.

     Hubiera podido no haber nada; pero hay algo: este universo. Y en el universo estamos nosotros, seres privilegiados con conciencia de sí mismos y con conciencia de este universo. Existimos; pero antes no existíamos; y un día dejaremos de existir. Somos un episodio entre dos nadas: el episodio de la conciencia, que también hubiera podido no darse, y que, sin embargo, se dio. ¿El universo es, a su vez, un episodio entre dos nadas? La aventura humana ha de terminar: la Tierra rodará en los espacios, como rodaba antes, cuando aún no existíamos; y rodará con absoluta indiferencia por el breve episodio del que no conservará la menor huella; o dejará de rodar, y se disgregará en los espacios, cuando causas internas o externas rompan el equilibrio que la sujeta a este pequeño sistema del cosmos; y se romperá el equilibrio de todos los sistemas, y volverá a reinar el caos primitivo que fue necesario para que surgiese una estrella. Pero algo subsistirá, aunque sólo sea ese caos. Ya no habrá un orden de los astros; ya no existirá el hombre capaz de sobrecogerse de admiración ante ese orden y ante su propia existencia; pero seguirá habiendo algo, y con ese algo subsistirá el misterio, que es el misterio del ser.

     Aunque antes no hayamos sido, y aunque luego habremos de dejar de ser, somos; y, por eso solo, el misterio del ser es nuestro propio misterio. Intentar descifrarlo es nuestra más alta aventura; y no es simplemente aventura nuestra: es la más alta de todas las aventuras posibles porque es la aventura del ser que intenta descifrar su propio misterio. Nuestro episodio humano ha agregado eso al ser: la conciencia de su misterio, y el esfuerzo por resolverlo. No somos el ser; somos seres. Pero no hay, junto a los seres, otro ser más, que venga a aumentar su número. El ser no es un ser, es el ser. Y, tradicionalmente, ese ser que no es un ser ha sido llamado Dios; y ha sido llamado, también, Uno, Tao, Brama, Nirvana, Fana. (“Los sabios lo llaman con distintos nombres a lo que es uno”, dice un viejo texto oriental; “Zeus, si es que con ese nombre quieres ser llamado”, dice un viejo texto occidental).

     Los seres no son el ser; el ser no es ninguno de los seres. Pero el ser vive en los seres, y los seres viven en él. Ninguna intimidad más estrecha que ésa. Por ello, el misterio del ser es el misterio, también, de nuestra relación con él, ya que en él “vivimos, y nos movemos, y somos”, según las palabras que los filósofos griegos oyeron repetir a Pablo de Tarso en el Areópago.

     Seres insertos en el ser: eso somos. Todas nuestras búsquedas son figuraciones de la búsqueda única que las hace posibles; y de ahí el “Consuélate: No me buscarías, si no me hubieses encontrado”. Seres itinerantes, terminamos por descubrir que todo viaje es un regreso: como el Simurg de la alegoría persa, al fin del viaje nos encontramos con nosotros mismos. Todo vuelo es el vuelo del Único hacia el Único. Ninguno de nuestros hallazgos es el hallazgo; y por ello estamos condenados a repetir la letanía: “No es esto; no es esto”. Ninguna de nuestras pérdidas es la pérdida; y por ello podemos siempre prestar oído a la antigua advertencia: “Sólo perece lo perecedero”. Y, así, en esta búsqueda, vamos aprendiendo a morir todas las muertes del “esto” y del “aquello”, y a comprender las palabras del profeta: “Seré tu muerte, ¡oh, muerte!, y también las palabras del poeta: “Ya que mi vida ha muerto, sé tú, muerte, mi vida. Y las del ángel: “No temas: no morirás”.

     Esta es la más honda experiencia del hombre en su búsqueda de Dios. Toda otra experiencia es provisional, rectificable, caduca, porque es experiencia de algo siempre sujeto a corrupción y muerte. Y Dios, o lo divino, no es algo; por ello, quienes han conocido esa experiencia han renunciado a la palabra “Dios”, a la palabra “divino”, y han preferido hablar de la “nada eterna”. Al acceder a traducir en palabras su experiencia –palabras que, por ser tales, han de referirse siempre a algo- no han podido sino enunciar paradojas como la de Suso: “Allí no se sabe nada de nada; allí no hay nada; allí no hay ni siquiera allí”.

     Esta es la experiencia después de la cual se advierte que cualquier conquista es un fracaso; que todo “algo” es una blasfemia; que todo error reside en la afirmación de “algo”; que todo mal procede de la voluntad de “ser algo”. En esa experiencia se descubre que lo que es no se limita a ser eso que es, siempre amenazado de muerte, sino que es, además, otra cosa, absolutamente diferente, al amparo de todo riesgo.

     La más alta conquista exige una derrota definitiva; la plenitud de la vida, una oquedad de muerte; el goce, sequedad; la sapiencia, insipiencia; la palabra, silencio; la solidaridad, soledad; la acción, contemplación. Paradoja del compás de dos puntas, que describe su círculo perfecto porque permanece quieto en su centro. Paradoja –e ironía- de la eficacia creadora que se cumple en el tiempo sólo porque tiene su fundamento en la pura impotencia de la eternidad. Misterio tremendo, sí; pero sencillo, tan sencillo como el misterio análogo del universo, pues ¿qué es el universo sino un gran experimento en el imperturbable vacío del espacio?

 

Este texto pertenece a El Hombre y Dios, publicado originalmente por Ed.Columba, Colección Esquemas, 1963.