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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año I Nº 1 Enero 2006 |
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REVELACIONES DE UN CRONOPIO Conversaciones con Cortázar Ernesto González Bermejo (Uruguay) |
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EGB: La presencia de lo fantástico es un elemento
que aparece en gran parte de tus cuentos ¿se puede definir lo fantástico? JC: Con lo fantástico pasa como con la poesía que, según algún
humorista, era “lo que se queda afuera después de definir la poesía”. Por
ejemplo ese esfuerzo muy grande que hizo Todorov en su libro L’introduction
au fantastique a mí me parece muy satisfactorio. Es útil tal vez como instrumento de trabajo
pero, después de terminado el libro, mi
sentimiento de lo fantástico no ha sido explicado, no ha encontrado
solución. Renuncio a definir lo fantástico. En La
vuelta al día en ochenta mundos y en Último round hay algunos
ensayitos míos donde trato de encontrar caminos hacia lo fantástico,
comentando mis cuentos o los cuentos de otros pero nunca pretenden ser
definiciones. Todo lo que se puede hacer –y eso, sí
puede valer la pena- es tratar de buscar la noción de lo fantástico,
satisfactoria para alguien como tú o como yo y la que, por lo contrario, no
nos satisface. EGB: ¿Por
ejemplo? JC: Por ejemplo: mientras hay un público inmenso que admira los cuentos
fantásticos de Lovecraft –público que se sentirá horrorizado por lo que voy a
decirte-, a mí no me interesan en absoluto porque me parece un fantástico
totalmente fabricado y artificial. Lovecraft empieza por crear un decorado
que ya es fantástico –pero anacrónico, parece cosa del siglo XVIII o XIX-;
todo sucede en viejas casas, en mesetas azotadas por el viento o en pantanos
con vapores que invaden el horizonte, y una vez que consiguió aterrorizar al
lector ingenuo, empieza a soltar unos bichos peludos y maldiciones de dioses
misteriosos, que estaban muy bien hace dos siglos cuando eso hacía temblar a
cualquier pero que actualmente, por lo menos a mí, carece de todo interés. EGB: Entonces,
¿para lo fantástico... JC: ...es algo muy simple, que puede suceder en plena realidad
cotidiana, en este mediodía de sol, ahora entre tú y yo, o en el Metro, mientras
tú venías a este rendez vous. Es algo absolutamente excepcional, de acuerdo, pero no tiene por qué
diferenciarse en sus manifestaciones de esta realidad que nos envuelve. Lo
fantástico puede darse sin que haya una modificación espectacular de las
cosas. Simplemente para mí lo fantástico es la
indicación de que, al margen de las leyes aristotélicas y de nuestra mente
razonante, existen mecanismos perfectamente válidos, vigentes, que nuestro
cerebro lógico no capta pero que en algún momento irrumpen y se hacen sentir. Un hecho fantástico se da una vez y no
se repite; habrá otro, pero el mismo no vuelve a producirse. En cambio,
dentro de las leyes habituales, una causa produce un efecto y, dentro de las
mismas condiciones, se puede conseguir el mismo efecto partiendo de la misma
causa. Estiro la mano y muevo esta mesa,
cincuenta veces. Pero el hecho fantástico se da una vez porque evidentemente
responde a un ciclo, a una serie de acciones e interacciones que escapan
completamente a nuestra razón y a nuestras leyes. Y sin embargo se llegan a
sentir como presente, pero por la vía intuitiva y no por la racional. EGB: Esas
entrevisiones de lo fantástico de que me hablabas ¿desde cuándo se producen
en vos? JC: Desde niño. Yo acepté eso de entrada; lo fantástico me fue familiar
desde muy pequeño; formaba parte, evidentemente de algo que podríamos llamar
hipersensibilidad. No ponía en duda las cosas. Como te
habrás fijado, los niños son muy lógicos, contrariamente a lo que la gente
piensa. Tienen una gran imaginación y un gran sentido del juego y, al mismo
tiempo, un gran rigor lógico. Desean que las cosas queden bien explicadas, no
les gusta un margen muy grande de incertidumbre, como no sea en el juego. Si les contás un cuento de hadas donde
suceden las cosas más descabelladas, lo aceptan en la medida en que es un
cuento de hadas, pero no les digas que eso le sucedió a la tía Irene porque
no se lo creen o tendrías que darles pruebas muy concretas. Para mí,
curiosamente, desde muy pequeño, leer una novela fantástica o leer una novela
histórica suponía la misma operación mental; lo hacía con la misma
credulidad. Eso que Coleridge llama “la suspensión de la incredulidad”, es decir,
que en ciertos momentos la inteligencia se niega a ser incrédula y aceptar
algo de lleno era en mí de niño un fenómeno permanente. Nunca fui incrédulo. Eso hacía que a
veces fuera bobo porque podía aceptar las cosas más absurdas que me contaran.
En el plano ordinario no era tan bobo y no me daban gato por liebre. Esos
groseros engaños que pretenden practicar los grandes con los niños no
funcionaban conmigo. Pero, lo verdaderamente fantástico, el gran fantástico,
eso sí. No había la menor duda de que era una cosa aceptable, viable y que
podía darse en cualquier momento. Entonces es bastante lógico que cuando
entré en un plano de escritura esa aceptación se mantuviera en la medida en
que el niño sigue viviendo en el adolescente y en el adulto. EGB: Quizás
ese sentimiento se haya trasladado, como algo muy importante, a tu literatura. JC: ¿Y vos creés –es una pregunta que te
hago- que si yo no hubiera conservado esa porosidad que tiene el niño sería
el escritor que vos conocés? EGB: Evidentemente
no. Creo que finalmente para vos la literatura debe ser un juego, un gran
juego. JC: Me parece muy justo tomar ese camino porque nos lleva a una
tentativa de definición de lo lúdico. Lo lúdico no como una visión trivial,
infantil (en el sentido que dan los adultos a la palabra infantil), sino como
una actividad profundamente seria en sí, su sistema de valores, y que puede
dar una gran plenitud a quien lo está practicando. En este sentido la literatura fue
siempre un ejercicio lúdico para mí; vos tenés razón. No creo haber cambiado
esencialmente de actitud entre aquel niño que hacía un juguete con el
“meccano” y se pasaba horas inventando una nueva grúa, un nuevo camión, con
todo el placer que eso suponía, y el hecho de inventar un “modelo para armar”
en la escritura. Hay una equivalencia en la que los años no han mordido; no
me han cambiado en ese plano. EGB: ¿Y
la literatura como juego? JC: Me parece el más serio de todos. Si hiciéramos una escala de
valores de los juegos, que fuera de los más inocentes a los más refinadamente
intencionales, creo que habría que poner a la literatura (a la música, al
arte, en general) entre los de expresión más alta, más desesperada (sin dar a
esa palabra un valor negativo). Estos párrafos pertenecen al texto citado en
el título, Colección Conversaciones, Ed. Contrapunto, Buenos Aires, 1986.
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