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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 2 Año I Enero 2003 |
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EL HOMBRE, ESE OLVIDADIZO. Jean Lauand Traducción: Larisa
Diéguez |
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¡El
hombre es un ser que olvida! (1) Si
preguntásemos a la milenaria tradición del pensamiento por los fundamentos
filosóficos de la educación, los antiguos nos darían esta sentencia – tan
simple – para meditar: "El hombre es un ser que olvida". En occidente, entre los griegos (de
Hesíodo a Aristóteles, de Safo a Platón) encontramos constantemente un
extraordinario papel dado a la memoria (a veces personificada en Mnemosyne),
en la antropología se da – 500 años antes de Cristo – con el poeta griego
Píndaro. Su Himno a Zeus – un poema que es, al mismo tiempo, un
tratado de educación–, parece (2) presentar todas las características de una
de las mayores obras prima de todos los tiempos. La escena
descripta por Píndaro es clara: Zeus resuelve intervenir en el caos. Toda la
confusión de deformidad va, entonces, dando lugar a la armonía y al orden:
Cosmos. Y cuando finalmente, el mundo alcanza su estado de perfección
(estrenando la tierra, los ríos, los animales, el hombre ...), Zeus ofrece un
banquete para mostrar a los demás dioses, atónitos ante tanta belleza – a su
creación ... Pero, para
sorpresa general, uno de los inmortales pide la palabra y apunta a Zeus un
grave e inesperado defecto: están faltando criaturas que bendigan y reconozcan
la grandeza divina de ese mundo. ... ¡Pues el
hombre es un ser que olvida! El hombre, el que fue favorecido por la
divinidad con el fuego del espíritu, el hombre, al final, salió mal hecho,
mal acabado, él tiende al embotamiento, a la insensibilidad ... al olvido! Es a partir
de esa constatación – de esa trágica constatación de nuestra condición
(también ella, hoy, olvidada ...) que se edifica toda la educación occidental. Las musas (hijas
de Mnemosyne), las artes, son una primera tentativa de Zeus para remediar esa
situación, ellas fueron dadas por la divinidad al hombre como compañeras,
para ayudarlo a recordar ... Y es por esa razón que los grandes pensadores de
la tradición occidental consideraban los descubrimientos: traer de vuelta
algo ya visto, ya sabido, pero que por esa alienante tendencia para el
olvido, no permanecerá en la conciencia. Así, la misión profunda de la
educación no es la de presentarnos lo nuevo pero, algo ya experimentado y
sabido que, sin embargo, permanecería inaccesible: precisamente el que se
expresa con la palabra recordar. Si esa
"manera de olvidada de ser" es tenida, como decíamos, en occidente,
por una característica básica del ser humano, en la tradición oriental (del
próximo al extremo Oriente: nítidamente en Confucio, por ejemplo) tal
consideración es todavía más radical. En la lengua
árabe, desde tiempos inmemorables, la propia palabra para designar el ser
humano es Insan – deriva dek verbo nassa/yansa, olvidar – y significa: aquel
que olvida. No es de
extrañar, pues, que, en el Corán (20, 50–52), Dios se presente – en
contraposición al hombre – como "Aquel que no olvida". Y lo mismo
ocurre en la tradición judía, cuando, por el profeta, el propio Dios dice: "¿Puede
acaso, una mujer olvidar su bebé de pecho? ... Aunque ella se olvidara. Yo no
me olvidaría de usted" (Is. 49, 15).- Cabe aquí una
observación sobre el lenguaje. En diversas lenguas, el recordar, el memorizar
está asociado no ya (no sólo ...) a un proceso intelectual, pero al corazón:
saber de memoria es en inglés, by heart; en francés, par coeur; y olvidarse
de alguien, en italiano, é scordarsi, salir del corazón ... Recordemos
–sabemos de colores– lo que está en nuestro corazón. Tomás de Aquino, el gran
pensador de Occidente, explica, agudamente, la razón profunda de recordar y
de olvidar: él hace una unión entre amar y recordar: ¡inolvidable es lo que
amamos! Y así, comentando el Salmo 9 y hablando de Dios como el único que no
se olvida, dice: Illud quod aliquis cum studio et diligentia facit, non
obliviscitur quin illud faciat; Deus autem studiosus est ad salutem hominum:
et ideo nom obliviscitur (In Ps. 9, 8) ("Lo que no se olvida es
precisamente lo que se hace con solicitud y amor. Ahora, Dios ama con
solicitud el bien del hombre; por lo tanto, él no lo olvida"). Y
así, un tanto inesperadamente, la tradición clásica en educación, la
pedagogía del recordar, se revela también una pedagogía del amor. NOTAS (1) A lo largo de este tópico, seguimos los capítulos de
Michèle Simondon Mnémosyne, mère des Muses en La Mémoire
et l'Oubli dans la Pensée Grecque jusqu'à la fin du Ve. siècle avant J.C.,
Paris, Société d'édition Les Belles Lettres, 1982; de Bruno Snell Pindar's
Hymn to Zeus en The Discovery of the Mind - The Greek Origins
of European Thought, Cambridge, Harvard Univ. Press, 1953; y, sobre
todo, de J. Pieper Nur der Liebende singt, Schwabenverlag, 1988,
p.35 y ss. (2)
El poema sólo fragmentariamente llegó a nosotros... |
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