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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 6
Año II Abril/Mayo 2004 |
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LOS MITOS QUE SE TORNAN IDOLOS
Mircea Eliade (Rumania)
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En el vocabulario religioso “ídolos” e “idolatría” han tomado desde
hace mucho tiempo un sentido peyorativo. El término “ídolo” denota un
objeto natural o una obra fabricada
por el hombre y adorada después como un “dios”. La “idolatría” equivale pues
a la veneración de objetos naturales (piedras, árboles, etc.) o
manufacturados (estatuas, imágenes, etc.). Dicho de otro modo, el culto de
los ídolos representa una forma aberrante, infantil y hasta demoníaca de la
vida religiosa. Estas
interpretaciones peyorativas fueron oportunamente utilizadas por los profetas
hebreos en su polémica contra los cultos cananeos. Oseas
denuncia la incompatibilidad del culto de los ídolos con el verdadero culto
de Yahvé. Isaías prohíbe el uso de los ídolos de oro y de plata, y Ezequiel
despedaza la serpiente de bronce. Uno de los principales argumentos de los
profetas del siglo VII contra los dioses de los paganos es que esos “dioses”
son de piedra, de madera y de metal. Los profetas describen con ironía su
fabricación: “De su oro y de su plata se hicieron ídolos
...” (Os, VIII, 6). Evidentemente, los profetas identifican las imágenes
con los dioses que ellas representan. Fingen no ver la diferencia
entre un “dios” pagano y su representación material. En finde
cuentan los profetas quieren recordar al pueblo de Israel que Yahvé no puede
y no debe ser representado por imágenes. La denigración de la “idolatría” se
impuso doquier, triunfó el monoteísmo bajo su forma judía, cristiana o
musulmana. Pero una tal concepción peyorativa no nos permite comprender la
significación original de los “ídolos”. Cierto, Moisés y los profetas habían
hecho caducar las formas religiosas anteriores, el “paganismo”, que era una
religión de estructura cósmica. Pero el hecho de que ese tipo de experiencia
religiosa haya sido superado por el triunfo del monoteísmo profético no
implica su inautenticidad. En efecto, en los
niveles arcaicos de la cultura, lo sagrado se supone que se manifiesta tanto
en los objetos naturales (piedras, plantas, etc.) como en los diversos
sectores del cosmos (cielos, astros, aguas, etc.). La mayoría de las
religiones arcaicas (“primitivas”) y orientales (Cercano Oriente antiguo,
India, China, etc.) conocían, de una u otra manera, la veneración de lo sagrado
manifestado directamente en la naturaleza. Pero esto no implica ni la
“idolatría”, ni el “fetichismo”, ni el “naturismo”. La veneración de un árbol
sagrado o de una piedra sagrada no quiere decir que se venera el árbol en
sí mismo o la piedra en sí misma. Al contrario, son adorados
justamente porque han cesado de ser “objetos naturales”, porque
manifiestan algo distinto: lo sagrado. La veneración de las
imágenes o, si se quiere, el culto de los “ídolos” se explica por el mismo
principio: las imágenes representan figuras divinas, o incorporan su
sacralidad. La India fue, y lo es aún, el país de
los ídolos por excelencia. Pero el genio religioso indio ha interpretado la
multiplicidad y variedad fabulosa de las imágenes como una consecuencia de la
libertad y a la vez de la misericordia divina. Todos esos
dioses y diosas de varias cabezas, con innumerables brazos o de rasgos animalescos, etc., resultan del hecho de que la divinidad
consiente en dejarse aprehender como “forma” o como “figura” por sus
adoradores. Lo que equivale a decir que las “imágenes” de la divinidad son
consideradas como la consecuencia inmediata de un acto de libertad de caridad
divinas. El gran metafísico y
teólogo indio Sankara escribía que “el Señor
Supremo puede asumir, si quiere, una forma corpórea constituida por Maya (es
decir por la ilusión cósmica, a fin de recompensar a sus piadosos
adoradores”. Los teólogos vishnuítas han ido más
lejos aún. Han interpretado la veneración popular de los objetos materiales
del culto (los ídolos de Vishnú, las piedras y las
plantas "sagradas", etc.) no como una prueba de la incapacidad del
espíritu humano de elevarse a la altura de Dios, sino, al contrario, como la
prueba a la vez de la libertad de Vishnú de
mostrarse bajo cualquier forma, y de su compasión respecto a los
hombres. Como lo escribe Lokacharya: "Aunque
omnisciente, Vishnú se muestra en los objetos
materiales del culto (arca) como si estuviera desprovisto de
conocimiento; aunque espíritu, se muestra como si fuese material; aunque el
verdadero Dios, se muestra como si estuviera a disposición de los hombres;
aunque todopoderoso, se muestra como si fuera débil; aunque sin
preocupaciones, se muestra como si necesitara ser cuidado; aunque inaccesible
(a los sentidos), se muestra como tangible". El culto popular d las
imágenes y objetos materiales es interpretado por los teólogos vishnuítas como una prueba de la condescendencia divina
en mostrarse a los hombres, en dejarse captar por los sentidos,
y ello con el riesgo, de parte de Dios, de ser transformado en
"ídolo", de ser confundido con los objetos materiales que él había
santificado con su presencia. Por otra parte, los "ídolos" se
esfuerzan siempre por revelar la "irreductibilidad" de los dioses,
el hecho de que no pertenecen al mundo de los humanos. Las imágenes de los
dioses ponen en evidencia su extrañeza, su extravagancia, su libertad de
tomar cualquier forma. Esas figuras ilustran un dato general de la
experiencia religiosa, a saber que lo divino comporta, en su propio modo de
ser, lo terrorífico, lo excesivo, la trascendencia del bien y del mal, en
suma, que es soberanamente autónomo con relación a los principios y a los
valores humanos. Todo está claramente indicado en las imágenes de los seres
divinos provistos de una cantidad de miembros. La policafelía
expresa en términos plásticos que el dios es capaz de ver en varias
direcciones a la vez, que es omnividente y,
por lo tanto, omnisciente. Los seres divinos tricéfalos son muy
frecuentes en los monumentos tracios y celtas, y la policefalía
divina estaba ilustrada por la estatuaria de los eslavos paganos. El cuerpo
sembrado de ojos significa también la omnividencia,
especialmente la omnividencia y la omnisciencia de
las divinidades celestiales. Nut, Horus, el Bas panteo, son representados, en Egipto, cubiertos de ojos,
como Argos en Grecia. En la India, la iconografía ha intentado hacer evidente
la omnipotencia divina multiplicando los brazos de los dioses, sobretodo de
las divinidades que rigen los ritmos cósmicos (Siva,
Kali). El budismo mahayana
difundió ene l Tibet, en China y en Japón, los
tipos iconográficos de los dioses de innumerables brazos, a veces con manos
provistas de ojos (Tara en el Tibet, Kwannon en el Japón). Cuando la estatuaria
griega alcanza la perfección formal de la época clásica, y cuando los dioses,
desde mucho tiempo antropoformizados, son
representados como tipos ejemplares de la belleza humana, el genio del
artista logra aún salvaguardar el "modo de ser divino" en la
estructura misma de la imagen. La perfecta serenidad, la sonrisa misteriosa,
los ojos muy abiertos y sin cejas, indican que se trata de personas que
trascienden el modo de ser de los humanos. Una técnica semejante se elaboró,
por influencias griegas, en la estatuaria búdica. La imagen del Buda expresa
la beatitud y la serenidad de aquél que ha conocido la iluminación suprema,
de aquél que ha trascendido definitivamente la condición humana. En parte
alguna el genio del artista religioso ha sido puesto más a prueba que en la
Grecia antigua, en el Asia budista y en la Europa cristiana. Aunque
contemplado desde puntos de vista distintos, el problema central era el
mismo: ¿cómo hacer resaltar, a través de una figura lo más cercana posible al
hombre, la concepción que se tenía de la divinidad?.
Los griegos se afanaron en exaltar la belleza del cuerpo humano,
aunque cuidándose de transfigurarla. Para los budistas, el problema era un
poco más fácil, pues el Buda, aunque hecho superior a los dioses, había sido
un hombre. Se trataba, esencialmente, de expresar iconográficamente la transmutación
de la condición humana por la iluminación. Para el artista cristiano, el
problema era, y lo es aún hoy, prácticamente insoluble. Pues no se ha
descubierto medio alguno para significar, plásticamente, que Dios estaba oculto
en el Cristo histórico. Por tal razón, las verdaderas obras maestras
cristianas no muestran a Jesún proclamando su
mensaje, sino al Cristo crucificado o resucitando, o al Cristo en gloria,
juez y cosmócrata. Pues todas esas epifanías cristológicas podían ser expresadas plásticamente. ¿Pero
cómo expresar el misterio de la Encarnación antes que fuera develado? ¿Cómo
expresar el simple hecho de que Dios se había ocultado en un cuerpo humano y que,al hacerlo, se había tornado
por completo irreconocible en tanto que Dios? ... Publicado originalmente en: Janus. El hombre, su historia y su porvenir. Nº4,
Enero-Marzo 1966, Hacette, Buenos Aires. |
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