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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número 9
Año III Junio 2005 |
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EL ALMA Y LA SOMBRA Blanca H. Parfait (Argentina) |
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Si el camino filosófico revela siempre un problema, nada mejor que
tomar como guía de nuestro pensamiento una pregunta compleja que reza así ¿podemos establecer un parámetro
común para el darse de una piedra o de
una sinfonía, es decir, todos los entes se nos muestran de la misma manera?,
¿son los entes objetos equivalentes o
existe una diferencia que es – si es que la hay- precisamente lo que llamamos
su distinción?
Intentar
una respuesta nos lleva, cual laberinto, a otra pregunta ¿es equiparable el
ente al objeto? El que los entes
puedan ser comprendidos como objetos, es decir el hecho de que puedan darse
como si fueran sinónimos, implica un
fondo de comprensión que es el que les proporciona su sentido.
Por ello, quizás, necesitemos no una equivalencia, sino una diferenciación
entre el ente y el objeto pues los estamos utilizando sin un despeje
semántico previo. Sabemos que el concepto de objeto, en
tanto idea unificadora, supone siempre una uniformidad de todo lo percibido,
pero sabemos también que ello es solo posible porque, en esa percepción
subyace, ya, una comprensión niveladora de los entes, es decir, un fondo que
guía la mirada, que orienta el pensar. Quizás necesitemos horadar el suelo
sobre el cual se dibujan los entes para encontrar su sentido, ya que, como
dice Husserl: “Pertenece a las trivialidades comprensibles- de- suyo que se
encuentran antes de todo conocimiento científico y de todo cuestionamiento
filosófico, el que el mundo es, siempre de antemano es, y que toda corrección
de una opinión, de experiencia o de lo que fuera, ya supone el mundo
existente” (1) Despejar el enigma que encierran estas
últimas palabras nos lleva a cambiar el eje de nuestra pregunta inicial porque
ella, ya, supone el mundo. La interpretación tradicional, en tanto parte de
los entes como algo ya dado, está presuponiendo una comprensión, un mundo.
Recomenzamos pues, preguntando ¿qué se entiende por mundo? La noción de mundo, como
lo muestra la analítica existencial
heideggeriana, se delinea a partir del ser del Dasein. El mundo es una estructura ontológico-
existencial. La estructura ser-en-el-mundo nos remite a la existencia del
ente que somos cada uno de nosotros ya que esa ligazón de mundo y Dasein nos
revela su existencia como noción
espiritual. Mundo es el armazón o el tejido o la red de significaciones que
nos lleva a comprender toda existencia como relación, mas no a una simple
relación de una cosa con la otra, o un estar junto una con otra sino a una
relación que es significada por un
contexto. Las relaciones mismas toman su sentido en el marco o en el
horizonte que configura su mundo. El mundo es entendido como un existencial, temporal,
histórico y, en cierto sentido, intemporal. El comprender esta ambigüedad –
que es connatural a toda relación- es la que nos puede posibilitar el sentido
de la misma. Con ello queremos significar que todo sentido es derivado de una
comprensión- no intelectual- sino existencial y es sólo posible por ella.
No es que haya un sentido previo que
adjuntamos a las cosas, sino que lo que las cosas son es precisamente eso, un
sentido. Comprender los entes, verlos como tales es, no construirlos, sino
constituirlos. Constituir es darles el sentido, comprenderlos en tanto
aparecen. El mundo esclarece las
relaciones de sentido, mas aun, las inaugura pues lo que llamamos el sentido
surge desde el corazón del mundo. La instauración de ese sentido es, dijimos,
histórica. Por ello si queremos vislumbrar el sentido con que fue comprendido
un ente sólo lo podemos hacer si previamente despejamos el camino que su
propio mundo le fue adjudicando, si podemos
desentrañar las distintas instauraciones de sentido que se fueron
superponiendo. Se nos podría objetar que
instauración de sentido puede entenderse como
una categoría intelectual y, por ende, el sentido mismo lo sería, mas
dejamos debidamente aclarado que todo conocimiento presupone ya un mundo y
que el saber intelectual es sólo una forma derivada que está enancada en otra
comprensión primaria que es la comprensión pre - ontológica del ser en el
mundo. Todo conocimiento supone
ya el mundo como dado, pero el mundo
al que aludimos es ese mundo inestable de la vida, el de la experiencia
primera, por eso, como el conocer pretende
el mundo como estable, - porque no puede haber conocimiento de lo
siempre moviente como lo vislumbraron tanto Heráclito como Parménides - todo
conocer está presuponiendo como condición suya un temple estable, está
anticipado por lo inamovible, por la actitud contemplativa, por una teoría,
tal como los griegos la entendieron. El comprender
fenomenológico no es un comprender, insistimos, intelectual, sino que es un
abrirse a la existencia, pues todo comprender nos lleva a un interpretar lo
que los entes son en tanto interpretados. Con ello queremos significar que
interpretar algo es comprenderlo en sus propias posibilidades y que esa
interpretación es temporal, histórica. Por ello hoy quisiéramos
mostrar un camino, el camino de la comprensión de un ente, para, a través de
él, revelar los mundos que obraron
como instauración e interpretación de
sentidos. Tal vez me recuerden porque he
conocido la gloria y el fango,
he transitado por lo etéreo y lo subterráneo, me han colocado alas,
algunas veces negras, otras blancas, con las que me he elevado hasta el
empíreo, mas también, a veces, me han negado la existencia – ¡ ah, esos materialistas!
- que no han cesado, obstinadamente, de hurgar el cuerpo buscándome sin
encontrarme para poder proclamar así, su triunfo sobre mí. ¡Qué paradoja,
buscarme para negarme! Pero yo he seguido mi camino, he inspirado cuentos de
amor y de sangre y hoy, sin saber ya qué hacer, los desalmados pretenden
equipararme ya a una pura nada, ya a un elemento físico. ¿Es que nunca
cesarán los hombres de denigrarme?
Pero también, debo reconocerlo, algunos todavía sueñan conmigo y sigo
inspirando, de mil maneras, a los hombres sensibles. He permanecido junto a ellos, me he
resistido a dejar solos a los hombres porque ¿qué sería de ellos sin mí?
¿Podrían, sin más, conservar la preciosa individualidad de su yo? ¿Cómo
podrían hablar de su interioridad, de
su espiritualidad, sin mencionarme? Claro que no fue éste mi primer
sentido, ya lo saben, sino que pertenecí, por largo tiempo, a la corriente de
la vida, fui una fuerza impulsora unida a Eros que se multiplicó en la naturaleza. Ya lo habrán intuido, soy
Psiquis, el alma, y quisiera
recorrer, nuevamente, la senda plena de altibajos que tuve que realizar y los
mundos que me cobijaron para encontrar, instituir y transmitir el sentido que ostento, hoy,
en la civilización de Occidente. En Homero, les recuerdo, me mencionan muchas veces. En el
canto IX dice el aedo “pero no es posible prender ni coger el alma
humana para que vuelva, una vez que ha
salvado la barrera que forman los dientes” (2), en el canto XIV me
desprendo del hombre a causa de una herida cuando dice que “el Atrida hirió
en el ijar a Hiperénor, pastor de hombres: el bronce atravesó los intestinos,
el alma salió presurosa por la herida y la oscuridad cubrió los ojos del
guerrero” (3) y es también una herida la que anticipa mi viaje en el canto
XVI, cuando Patroclo, “sujetándole el pecho con el pie, le arrancó el asta;
con ella siguió el diafragma, y salieron a la vez la lanza y el alma del
guerrero”. (4) Siempre junto la muerte, desciendo al Hades en el canto
XVI, “Apenas acabó de hablar, la
muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al
Hades, llorando su suerte porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven” (5) y luego, en el canto XXII, estoy presente en Patroclo “ Entonces vino
a encontrarle el alma del mísero Patroclo, semejante en un todo a él cuando
vivía, tanto por su estatura como por sus hermosos ojos, como por las
vestiduras que llevaba; y poniéndose sobre la cabeza de Aquileo le dijo estas
palabras: ¿Duermes Aquileo, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras
vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que
pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los
difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con
ellas; y de este modo voy errante por
los alrededores del palacio, de anchas puertas, del Hades”. (6) Homero, tanto como la
filosofía, me pensó siempre como una parte del cosmos, para ellos pertenezco a la naturaleza y,
admitiendo mi existencia, explicaban el movimiento y la vida, mi consistencia
era liviana como el aire o caliente como el fuego, era una materia liviana y
sutil, una hylé como todo lo que existía. Mas Homero recreaba las
creencias que, desde siempre, habían alimentado su imaginación y es en el
mito donde se esclarece mi origen. Se los
contaré tal como fue
conservado y transmitido, varios siglos más tarde, por Apuleyo. El cuenta que
nací demasiado bella, tanto, que los hombres se atrevieron a confundirme con
Venus y fueron olvidando su culto para ofrecérmelo a mí. Comprenderás que
esto no halagó a la diosa, sino que, por el contrario, la irritó y decidida a
todo, juró vengarse. Para ello encargó a su hijo mi destrucción diciéndole:
“Te conjuro por los lazos del cariño materno, por las quemaduras con sabor a
miel de tus antorchas: venga a tu madre... concédeme tan solo una cosa... haz
que esta joven se enamore perdidamente del último de los hombres... de un ser
abyecto”. (7) El oráculo de Apolo
Didimeo había vaticinado para mí unas bodas de muerte, un himeneo con
alguien, no de estirpe mortal, “un monstruo que tiene alas y vuela por el
éter, que siembra desazón en todas partes, ante quien tiembla el mismo
Júpiter, se acobardan atemorizadas las divinidades y retroceden horrorizados
los dioses y los ríos infernales y las tinieblas del Estigio”. (8) Esperé a mi esposo sobre
una roca que, después de un sueño, se transformó en un palacio lleno de
riquezas, viandas exquisitas y vinos deliciosos como el néctar; oía voces y
músicas, pero no veía a nadie. Fui la esposa de alguien a quien no ví y que
desapareció con las primeras luces del día. La naturaleza hizo que el hábito
se transformara en placer. Impulsada por el recuerdo
del oráculo, mi propia desconfianza se transformó en inquietud y quise verlo.
Aproveché una noche en que estaba sumido en profundo sueño y, provista de una
lámpara, me acerqué a su lecho y lo
contemplé. Ante mi vista estaba Cupido, en todo el esplendor de su hermosura
y la llama que alimentaba mi lámpara, como reconociéndolo, aumentó su
resplandor. A sus pies descansaban el arco, el carcaj y las flechas, sus
símbolos y sus armas a la vez. Tomé una de sus flechas y quise probar su
aguda punta mas me herí y de mi dedo brotó la sangre. Así, por mi propio
impulso heríme de amor y quedé presa de
él. En un descuido, una gota de aceite hirviendo cayó sobre el hombro
derecho del dios, despertóse y, viendo descubierto su secreto, desapareció en
el aire, sin decir una sola palabra. Desolada por su partida,
pedí a Démeter, a Hera, mas me dejaron sola en mi ansiedad pues le debían
muchos favores a Venus. Algunos me ayudaron en las penosas tareas que ella me
impuso y casi muero cuando crucé la laguna Estigia y visité a Perséfone quien
me sumió en profundo sueño. Solo por la intervención del dios de los dioses
pude despertar y fue él quien cambió mi condición de mortal para que Venus me
aceptara como esposa de su hijo. Mas no quiero cansarlos
con más detalles, solo recordarles que así, adquirí la inmortalidad y fui
semejante a los dioses. Perteneciente a la naturaleza, pero casi inmaterial,
sutil como pneuma, anhelando lo
perdido, deseando, por la herida infligida por mí misma lo que antaño poseía,
he alimentado la imaginación de los hombres y, en el mito, bebió seguramente Homero.
Pero fue
la filosofía platónica la que produjo en mí un cambio porque me
comprendió, no solamente como un momento de la naturaleza, sino que me
unió a la inmortalidad pero para ir
separándome, lentamente, de la physis.
Por eso podrán encontrar distintas formas de mí misma según el diálogo que
lean. En la Apología el filósofo me
recuerda a la luz de las creencias
comunes a los griegos porque dice que “el morir es una de dos cosas: o
bien no se existe ni se posee sensación de nada o bien, como algunos dicen,
se produce una transformación del alma, y un cambio de morada desde este hacia otro lugar”. (9) En el Fedro se enlaza mi nombre al eros y es él el que me anima. Soy un
complejo- no un elemento simple como lo fui en el Fedón- formado por un
cochero y dos caballos, uno representa la inclinación hacia los placeres, por
eso es negro y el otro, blanco, se dirige a lo social y lo político. Tanto
los caballos como el cochero tienen deseos, es decir, sienten, por eso soy,
de alguna manera, toda un sentir, pero el cochero, que es una parte mía
siente en tanto razón y los caballos
sienten en tanto son solamente pura tendencia, puro deseo. Esta es mi
estructura en el hombre, por ello él está siempre en lucha consigo mismo.
Esas tres partes en las que me ha dividido Platón corresponden a la
estructura que él mismo me dibujó en la República
¿recuerdan? Ahí buscando la justicia
en la ciudad, conformó a ésta por
medio de tres virtudes o funciones que le serían propias, la templanza, el
valor y la prudencia y, a éstas las hizo privativas de los distintos tipos de hombres que pueblan
las ciudades, y enseñó que la justicia deriva de la armonía entre las partes
y que, cada “cada cual no debe tener más que una sola ocupación en la ciudad,
ocupación para la cual su naturaleza le haya dotado más convenientemente” (10). Así también ahora el hombre
resultará armónico o disarmónico si sabe o no conservar a cada una de mis
partes en el lugar que le conviene, o, como él lo dice, en aquel lugar que la
naturaleza le ha otorgado: la parte del cochero será la racional y las de los
caballos serán la irascible - que estará representada por el caballo blanco-
y la concupiscible - la que
corresponde al caballo negro- o, si lo quieren así, el caballo bueno y el
caballo malo. Juntas las tres nos encontramos frente al nous que es también un
elemento vital, pasional, en suma “erótico” y que está alejado de la seca
razón en la que después me convirtieron. Pero no quiero adelantarles nada,
sino simplemente recordarles cuál fue mi camino, por ello vuelvo a lo que
Platón hizo de mí: un alma caída en un cuerpo. Pero, afortunadamente, me dio
las alas para que pueda elevarme porque “la función natural del ala es la de
elevar lo pesado hacia lo alto, hacia donde habitan los dioses” (11) Las almas de los hombres desean llegar hasta lo
supraceleste, pero es el caballo malo, el que, díscolo, se contenta con lo
menos y no desea realizar ningún esfuerzo de perfeccionamiento, el que me
inclina siempre hacia abajo y, en muchos casos, no puedo ver la morada de los
dioses, sucede entonces que el camino
se hace muy dificultoso y las alas caen rotas en el continuo intento de
ascenso y lucha de las unas con las otras. Escasamente he podido ver algo,
algunas veces, algo de lo que es eternamente bueno y verdadero, de la Idea,
de lo que está en la llanura de la verdad, de mi alimento favorito, aquel que
nutre mis alas y me lleva a la
verdadera realidad. Sabrán que sin ver la verdad, o, por lo menos, algo de
ella, no puedo encarnarme en un hombre pero también tengo que decirles que a
veces, “quedo entorpecida por el peso de una carga de olvido y de maldad” (12) y así pierdo las alas. Pero
recuerden, soy griega, por lo tanto, siempre perteneceré a la vida. Soy,
entre ellos, siempreviva, no eterna como las Ideas, soy, tal vez, algo
intermedio entre los dos mundos, de algún modo estoy siempre en el universo y
sigo siendo parte de él. Aristóteles me dio el
mismo sentido, soy forma y causa del cuerpo pero, tal vez, a costa de perder
mi inmortalidad pues perezco con el cuerpo, y se conserva la forma que, como
principio, no puede desaparecer. Pero, tal vez, necesite
más precisión esta afirmación mía porque para el Estagirita todas las formas
vivientes se diferencian por el alma pues ésta es la que configura la
materia. La clase inferior de alma
es la vegetativa (tò pherptikón)
que consiste en la asimilación y la reproducción, en los animales se añade el
alma sensible (tò aisthétikón) y en el hombre se añade
el alma racional o nous. Mientras
las funciones animales del alma perecen con el cuerpo, el nous, como independiente de él, le llega desde el exterior y no se
corrompe junto a él. El alma animal es sólo la posibilidad de la razón. En el
fondo, habrán comprendido que hay dos nous,
uno que es posibilidad – nous patetikós
o intelecto pasivo- y un nous
poietikós-, un intelecto activo.
El nous parece ser al alma como ésta es al cuerpo. Tanto Platón como
Aristóteles me han concebido con una parte racional y otra irracional, ésta
es mortal y la primera inmortal, pero el problema que surge en Aristóteles es
el de la inmortalidad personal, ya que parece estar anulada en su doctrina. Los estoicos también
restringieron mi inmortalidad, porque, para ellos, sólo duraba hasta la
conflagración, el gran fuego
purificador, momento en el cual
todas las cosas volvían al alma divina del mundo, todas, salvo Zeus, el
supremo. Para la Stoa soy libre en
cuanto pertenezco al alma del mundo y no lo soy en tanto estoy supeditada al
todo. Pareciera ser que mi destino es la complejidad. De todos modos, siempre
fui para los griegos algo objetivo. No tuvieron ellos la posibilidad de
encontrar un sentido a aquello que todo hombre conoce por sí mismo, su
interioridad. Tal vez en la noción que tuvieron los estoicos de un saber
moral en cuanto los hombres toman
posición frente a los problemas de su existencia, únicamente en ese
saber de los valores es que, tal vez, se pueda iniciar mi sentido como alma
entendida psicológicamente. Es en la concepción del alma que tiene la
filosofía con Filón – en la que el
alma es introducida por Dios en la materia y con Plotino, en donde el alma es un débil reflejo del
ser racional- y en las que se
patentiza que ambos están influidos por los modos orientales del pensar, en
donde comienza una nueva transformación de la manera de concebirme. Estaba alboreando un
nuevo mundo cuando empecé a librarme del cuerpo, de la materia, para poder
encerrarme en mí misma, para ser el haz de reunión de todos mis contenidos,
para comenzar a ser el centro de mi propio yo. Los tiempos alumbraron
las ideas de Tertuliano y San Agustín y éste, especialmente, es el que va a
comenzar a dibujar mi nuevo sentido. “No salgas de ti mismo; vuelve a ti
mismo; en el hombre interior habita la verdad”, (13) escribió el obispo de Hipona. Él anhelaba conocer la
divinidad que con la sola razón no le era dada. La razón necesitaba de la fe.
El conocimiento de Dios, que es la única aspiración del hombre sólo es posible si nos
adentramos en nuestra propia interioridad, ahí reside la certeza de lo
sentido, la claridad de la verdad. Es claro que puedo dudar de la existencia
del mundo exterior, pero no de la propia existencia de mi duda, mi propia
actividad pensante es el indicio de la interioridad de cada hombre. Es el
alma la que se anuncia con el anhelo de su propia interioridad. Nuestra
propia alma es nuestra guía, nuestro maestro, el que nos hace conocer ya que
todo conocimiento no es sino la ocasión de hacer florecer aquello que habita
en nuestra alma. El alma es el camino hacia las verdades que no son creadas
por el hombre, sino solamente descubiertas por éste. Sólo en Dios están los
modelos de las cosas, el hombre, mortal al fin, solamente se puede gratificar
con el alumbramiento de ellas, alumbramiento que, en última instancia depende
sólo de Dios, sólo podemos pensar en tanto la luz de nuestra alma nos indica
que Dios está en nosotros, que está presente en nuestra interioridad y que
podemos producir en nosotros las imágenes de las cosas. Comprenden que así, partiendo de la duda, se llega a la primacía de la
certeza y ella está en mí misma ya que lo exterior es solamente el escenario
de lo interior. Habrán observado, sin
duda, unas relaciones y algunos cambios. Ya no soy partícipe de las ideas, o
estoy ahora, como en Platón cerca del mundo de las ideas, vecino a éstas, sino que las ideas están
dentro de mí, soy, de algún modo, intuición de Dios que es el creador de las
ideas. Es Él el que hace las cosas, éstas han dejado de ser copia de las
ideas y son ahora elementos creados por Él. La primacía metafísica está ahora
en mi propia interioridad, soy el eje a partir del cual se llega a Dios, es la experiencia interna la que da ahora la
pauta de la verdad. En ese camino de esclarecimiento personal, por esa
pequeña brecha abierta, respiraré hasta la modernidad, escoltada por los
místicos y los victorinos. Lo subjetivo comenzó a
insinuarse, pero el sentido total no pudo florecer porque el mundo todavía no
estaba preparado para ello, la simiente permaneció soterrada. Las fuerzas aristotélicas
fueron demasiado fuertes y las concepciones de la antigüedad acerca de mi
propia naturaleza hicieron prevalecer
su peso, aunque, es verdad, no lo hubieran podido hacer si el mundo hubiera
instaurado ese nuevo sentido de mí misma, pero, ya les he advertido que era
necesario el cambio del mundo y éste no se había producido todavía. Las luces
que comenzaban a titilar se fueron ocultando y la estructuración del
estagirita ordenó nuevamente las concepciones. Seguí siendo el alma
inmaterial, seguí persistiendo como la forma sustancial del cuerpo. Pero
tuvieron que mantenerme como inmortal, esa inmortalidad personal que el
cristianismo me había otorgado. Fue San Tomás el que
intentó armonizar las doctrinas objetivistas del mundo antiguo con la nueva
visión agustiniana, en la que ostento la sustancialidad sólo por ser espíritu
y, por ello, soy separable del cuerpo e inmortal, como se los he recordado. Nuevamente los
materialistas, que trajeron las doctrinas atomistas de Demócrito, sostuvieron que el alma es una especie de
receptor de las imágenes de las cosas que penetran en ella a través de los
sentidos. Me convirtieron en un recipiente, en una vasija colectora de
impresiones, en fin, en una tablilla en la que se graba el conocimiento de
las cosas. Todo el universo posee almas, las plantas tanto como los animales,
el alma de los hombres marca solamente
el tránsito de lo puramente animado a lo específicamente espiritual. Mas ese
intento de volver a lo que la antigüedad instauró tenía sus días contados. La semilla comenzó a
brotar nuevamente con Duns Scoto, con él volví a ser la fuente de la sensación y del querer. Creo que fue en
este punto en el que se libró la batalla
del conocimiento, propio de la antigüedad, contra el querer, propio de
los nuevos tiempos. La teoría nominalista de
Guillermo de Occam aportó lo suyo porque fue su pensamiento el que permitió
separar lo representado de lo en sí. Ya saben que él sostuvo que las
sensaciones no son reproducciones de las cosas sino que tienen, simplemente,
un valor simbólico, pues son signos de éstas. Así es que se puede separar lo
puramente psíquico de lo objetivamente “representado”, es decir que lo
exterior a la conciencia es distinto de ésta, cada elemento es heterogéneo. Por este resquicio
nominalista lo interior se comienza a distinguir de lo exterior, se trata de separar lo exterior de lo interior
y, así, voy conquistando mi propio
espacio. La concepción mecanicista
va madurando lentamente y los tiempos están listos para que Descartes
separara la res extensa de la res cogitans. Mas es necesario
observar que esta res cogitans es,
todavía, algo que se define como “...
una sustancia cuya esencia o naturaleza toda es pensar, y que no necesita,
para ser, de lugar alguno, no depende de cosa alguna material; de suerte que
este yo, es decir, el alma por la cual soy lo que soy, es enteramente
distinta del cuerpo...” (14)
Comprenderán que así fui logrando mi propia independencia, claro que, para
Descartes soy todavía una “cosa que duda, entiende, concibe, afirma, niega,
quiere, no quiere y, también, imagina
y siente”. (15) Fui, así, subjetividad y
conciencia, pero a costa de un nuevo enigma: la comunicación con el cuerpo.
La experiencia interna adquiere primacía y es no sólo la más importante, sino
la única. Todo conocer es, primero, conocer interno. Conocer es, ahora, reflexionar, el saber es saber de lo interior, visión
que se aprehende inmediatamente. En esta nueva fase,
asombrados con el descubrimiento, no supieron deslindar lo propiamente
psicológico, es decir, las representaciones de mi interioridad, con la aprehensión
de lo inteligible, con lo propiamente metafísico Se entremezclaron el
concepto con la evidencia interior y
esta nueva confusión va preparando el camino al psicologismo del siglo
XIX. Será propio del mundo de
la modernidad y de su concepción del sujeto la noción de apariencia, de fenómeno, como
perteneciente al mundo de la conciencia. Las cosas, el mundo exterior, se
transforman en fenómeno de un sujeto que contempla, el mundo se desdobla en
mundo en sí y mundo como representación. Una ojeada al idealismo de Berkeley les señalará el sentido que se
esboza entre las almas y las cosas. No hay cosas, no hay sino un mundo de la representación, un
mundo para el alma que no es producido
sino por Dios. Toda la naturaleza es un signo que debemos leer, y
descubrir sus leyes es adentrarse en el espíritu de Dios. Toda la naturaleza
es psíquica, espiritual. Este camino abierto por
el idealismo va a establecer sólo dos cosas: el yo y el mundo, pero un mundo
que deja de ser objetivo y se vuelve subjetivo. Sólo existe el yo y el no-yo.
Es el idealismo alemán el que desarrollará este sentido nuevo. Habrán
escuchado, sin duda, el eco de Fichte ya que, para él, solamente es el yo y las cosas son
únicamente un campo para que el yo se pruebe a sí mismo. Pero el péndulo del
destino me vuelve de un lado para el otro, hoy me quieren comprender como haz
nervioso, la omnipotente ciencia me ubica nuevamente en el cuerpo, sin
comprender que, por más que me perciba como un nervio o me asiente en un
órgano, o donde quiera, ellos, los científicos, siempre tendrán que contestar
el por qué y no el cómo es posible ¿Cómo pueden explicar por qué reacciono de
distinta manera en los distintos hombres si la base corporal es la misma? Ese
enigma que planteo al hombre de
ciencia, ese problema siempre candente que él no puede responder es, hoy, el
alimento de mi eternidad. Habrán advertido, sin
duda que he recorrido la historia buscándome porque no soy un nombre, ni
un concepto, soy un sentido, soy lo
que el mundo ha instaurado como comprensión de mí misma. Pero, finalmente,
debo confesarlo, he sido siempre como una sombra, porque ¿qué otra cosa han
pensado de mí cuando los griegos me imaginaron como humo, como mímesis, como pálido reflejo de lo que
es el hombre en la vida o cuando siglos más tarde encontraron mi sentido
en ser representación que no es sino
una sombra más. Sea objetivamente
comprendida o lo sea subjetivamente, sea imagen o representación, sigo siendo
una sombra. ¿Será ése mi sentido
propio? El camino de mi sentido
está unido a la sombra, soy siempre yo y mi sombra o, tal vez, yo como
sombra. Es quizás por esto que no es extraño que la sensibilidad de espíritu
propia de los artistas trate de encontrar respuesta, en su propio estilo, a
dilemas metafísicos presentes en nuestra cultura. Yo soy uno de ellos. Y si
el artista lo hace, es porque trata de que aflore, una vez más, el problema. Como una sombra aparezco
en un cuento afiligranado de Oscar Wilde en el que retoma el problema porque
nos habla de la diferencia esencial
entre el mundo de los hombres y el de los animales. El escritor esboza su
respuesta en El pescador y su alma. Sucedió que el joven pescador atrapó con
sus redes a una sirena a la que dejó volver al mar con la condición de que, a
su llamado, cantara una canción para que los peces acudieran a sus redes. Entonaba ella todas las tardes sus
canciones que hablaban de las colosales ballenas o de los argonautas o de los pulpos que mueven sus múltiples
brazos negros, y los peces acudían a
la superficie del mar y llenaban las redes del pescador. Pero la fascinación
de la sirena no obraba solamente en los peces sino también en el pescador,
que no pudo resistirse a su encanto. El joven pescador escuchaba extasiado a
la sirena y, embrujado por su voz, descuidó su pesca por pensar en ella.
Comprendió entonces que estaba enamorado y quiso por esposa a la sirena. Ante tal proposición la sirena
mueve la cabeza y esboza su rechazo porque cómo podría casarse con alguien
que tenía un alma ¿cómo sería el alma del joven? De lo que estaba segura la
pequeña sirena es que, a causa del alma, era el joven distinto de ella. Si la
quería era necesario que se desprendiese de su alma. El pescador no duda y se dispone a
desembarazarse de su alma lo antes posible pero ¿cómo hacerlo? Pide ayuda a
la sirena quien lamenta no poder ayudarlo porque los habitantes del mar no
tienen alma. El joven entonces, recurre al hombre sabio del pueblo, al cura,
para que lo ayude a desprenderse del alma, porque, razona, que para qué
quiere su alma si no puede tocarla,
verla ni conocerla. El hombre de Dios, justamente indignado, le responde que esa petición le
ha sido infundida, sin duda, por Satanás, o que ha bebido algún filtro mágico
porque el alma es lo que más aprecia el hombre y vale más que todo el oro del
mundo. Con esa idea, se dirige el joven al mercado y ofrece su alma en venta,
pero los mercaderes se ríen de él y le dicen que su alma no vale ni un cobre.
El joven pescador, asombrado, reflexiona
acerca del valor de su alma que vale tanto oro para el cura y ni un
cobre para los mercaderes. Decide, entonces, consultar a una
hechicera quien le da la fórmula mágica para deshacerse de su alma: para ello
sólo tenía que cortar en una noche de luna, la sombra que proyectaba su
cuerpo. Porque la sombra es el cuerpo del alma, cuerpo leve y etéreo que no
por ello, deja de ser distinto del alma. El pescador pudo, así, desprenderse
de su alma. Pero debo abandonar al pescador
a su suerte que, como se imaginarán, no fue, de ninguna manera buena, quizás
porque el hombre no puede vivir sin alma. También lo entendió así Richard Strauss
cuando en su ópera La mujer sin sombra,
traduce, con la finura de sus
colores orquestales y la caracterización vocal, el inspirado cuento de Hugo
von Hoffmannstahl y nos ofrece el mundo poético e imaginario de la sombra
como símbolo de lo propiamente humano, es decir, del alma. Allí el rojo halcón grazna desde el
aire, premonitoriamente: la mujer no proyecta sombra y el emperador será
convertido en piedra. El señor de los espíritus, Keikobad, que
está buscando a su hija, pregunta si la emperatriz proyecta sombra. Mas la
emperatriz es un hada a quien el emperador capturó bajo la forma de una gacela y su ahora esposa es reclamada por
el mundo de los espíritus, al que ella, sin duda, pertenece. La emperatriz no
tiene sombra, lo que es el signo de que no pertenece al mundo de los hombres
y, como ansía quedarse, le dan tres días para conseguir una sombra. Sus desesperados esfuerzos la llevan a
la pobre choza de un tintorero que vive, miserablemente, con su mujer y sus
tres hermanos, uno tuerto, otro cojo y el tercero jorobado, símbolos de la
miseria humana. La nodriza de la emperatriz promete riquezas y felicidad a la
mujer del tintorero, a condición de que se desprenda de su sombra, es decir,
de su humanidad. Es claro que, si lo hace, nunca podrá volver a pertenecer al
mundo humano, con sus desgracias y sus glorias. La mujer del tintorero duda. Mientras esto sucede la emperatriz sueña
con una fuente de agua dorada que le promete la sombra deseada si bebe de sus
aguas y, al instante, ve en sus sueños al emperador entrando en una roca y
cerrándose, detrás de él, la puerta. Intuye, entonces que se acerca la hora
del cumplimiento de la sentencia. Despierta y busca desesperadamente la
cueva, entra y se niega a beber del agua de la fuente que le promete la
ansiada sombra. Ve al emperador petrificado, salvo un ojo que mueve con
desesperación tratando de encontrarla. La emperatriz quiere pertenecer al
mundo de los hombres pero ¿puede hacerlo mediante el engaño a la mujer del
tintorero y la desgracia de la pobre pareja? Decide no engañar y su renuncia
obra el milagro: una sombra se extiende a sus pies. Ahora es una mujer, a
través de la sombra fluye el alma, la vida misma. El emperador revive, ya
pertenecen al mismo mundo. Los amantes se han transformado.
Comprendieron lo que significa el amor que los une cual indisoluble lazo, y
cantan a dúo que ahora que se han encontrado no se separarán jamás. A los demás sólo les
queda observar el rostro que tiene la felicidad. ¿Por qué será que he estado presente y
ausente al mismo tiempo, que he sido yo y mi sombra, que los mundos me han
negado y aceptado? Bella y etérea me he deslizado, mas aún,
ayudada por mis alas, he volado de un mundo al otro. ¿Será, tal vez, porque ese destino
estaba ocultamente escrito en las letras de mi nombre? Porque sin duda
ustedes recordarán que yo, psique,
soy el alma, pero también soy la mariposa. NOTAS
1.- Husserliana, VI, 112 s 2.-
Homero, Ilíada, IX, 409 3.-
Homero, Ilíada XIV, 518 4.-
Homero, Ilíada XVI, 505 5.-
Homero, Ilíada XVI, 858 6.-
Homero, Ilíada XXII, 64 7.-
Apuleyo, El asno de oro, trad.
Felipe Payró Carrió, Barcelona, Edicomunicación, 1998, p.107 8.-
Apuleyo, El asno de oro, p. 109 9.- Platón, Apología,
40 c 10.-
Platón, República, 433 11.-
Platón, Fedro, 246 f 12.-
Platón, Fedro, 250 13.- San
Agustín, De vera religione c 39 14.-
Descartes, Discurso del método, IV 15.-
Descartes, Meditaciones, II
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