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LA
IRREVERSIBLE DIFERENCIA EN JACQUES DERRIDA José
Repiso Moyano |
 
La
“estructura” es para Jacques Derrida un organismo no completamente
ontológico sino presente, funcional. Ésta va naciendo junto a la
cultura, junto al lenguaje, junto al desarrollo social de los seres
humanos y, desde fuera, no es posible determinar el momento preciso,
pues, tal complejidad supone una creación en parte deslindada entre la
relación ser humano-naturaleza. Digamos que la “estructura” obedece
a un “centro” de utilidad epistemológica o referencial pero, al
mismo tiempo, no evita ni puede evitar las infinitas transformaciones
posibles de los conceptos que derivan al acontecimiento desde el cual se
mira, se mira aún con una nostalgia de ideal o de mito el “centro de
la totalidad” de la “estructura”, que no es sino una equivalencia
a la realidad fluyente.
Así pues, un acontecimiento y otro se encuentran encima –de una forma
irreversible- de todas las conformaciones –transformaciones- dadas,
encima para seguir un mismo “juego” de desprendimiento aunque, a su
vez, de “redoblamiento” referencial (“las transformaciones quedan
cogidas en una historia del sentido cuyo origen siempre puede
despertarse en forma de la presencia”).
Ante esta ausencia de “origen” concreto, de
falta de fijación de lo que se desarrolla, Derrida se posiciona
escéptico considerando prejuzgadamente que los conceptos debieran estar
inmóviles para “alumbrar” ese origen, esa identidad que para él
–en un último término- es inalcanzable. El prejuicio deviene ora por
la influencia de Nietzsche, ora por la influencia de Heidegger
–mayormente-; en uno los conceptos de verdad se sustituyen por los de
“juego interpretativo” (1),
en otro se destruyen –por una egolatría existencialista- ontológicamente.
Al signo anarquizante le transfiere la causa de esta desvirtuación
–según él- del conocimiento; puesto que el signo significante se
remite a su significado diferente y, así, no puede superar la oposición
entre lo sensible y lo inteligible. Éste se presenta como el gran
problema, el no lograr borrar la diferencia entre significante y
significado (Derrida inventa el gran obstáculo del lenguaje), o sea, en
el fondo la diferencia entre naturaleza y cultura. Por analogía
discursiva “su” prejuicio nace ahí, en que la naturaleza-cultura ya
no puede ser una “estructura”, sino que es lo que él
“elucubra”, lo que a él le “conviene” filosóficamente,
obsesivamente el hecho cultural.
Dicho eso, ahora bien, el hecho cultural –que para esto sí conceptúa-
¿dónde está?, ¿en un mundo?, ¿en este mundo?, ¿en qué mundo? Se
puede afirmar sin duda que se refiere a este mundo, que está hecho aquí,
en esto que llamamos mundo en general, lo que corresponde a decir sin
titubeos en esta realidad o… en esta naturaleza. Sí, es una ya
evolucionada relación ser humano-naturaleza la cultura y, por tanto, el
lenguaje “espontáneamente” lo corrobora; de ahí que éste sea
libre, emanando siempre de ese hecho-relación y, ¿cómo no?, adaptándose
a todos los “nuevos” acontecimientos.
Cierto es que, por este camino, el lenguaje es una conformación
inteligible –un orden por sí mismo-, pero siempre inferida por una
suma de conocimientos, o sea, inferida por cierta maduración de la
experiencia del ser humano con y en su entorno.
Por eso el lenguaje no, no nace “al lado” –como compañero o
amigo- de la realidad “inventándola”, jugando a “crear”
realidad –como un dios- o interpretándola, no, sino –desde un
principio e inevitablemente- conforme a la realidad, viviéndola; por lo
que la realidad más bien “interpreta” al lenguaje al ser ella quien
de verdad lo protagoniza o lo vive o lo deriva, sobre la base evidente
de que está la realidad “antes” del lenguaje y ella y sólo ella,
digamos, lo permite.
Por supuesto, existe esa condición y sobreexiste además un progreso
innegablemente en ella misma en tanto que el lenguaje no conoce, el
lenguaje no vive, el lenguaje no experimenta nada (2)
-el lenguaje no se va de paseo-. De hecho el lenguaje podría
interpretar si se adaptara a un guión original o a una referencia
“fija” o estable –porque se interpreta sobre lo que “ya” se
encuentra determinado o hecho-, pero no es así. Lo que sí es o existe
es que el lenguaje evoluciona al par o con la realidad, luego es
inmanente a ella considerando asimismo que en ella “está” el ser
humano.
En este sentido, se interpreta lo que es esquivable -lo que sí o no con
voluntad se puede interpretar-; y tal hecho no ocurre con la vida pese a
quien pese puesto que, la vida, es una acción fehaciente del vivir la
realidad, un estar en ella, un ser ella misma -más claramente-. Derrida
–con respecto a lo que aprobó Lévi-Strauss- habla de la vida como si
fuese una exclusión del hecho esencial, como si fuese un dilema
naturaleza-cultura que sólo consigue, en efecto, disociar los elementos
que la esencializan, infravalorando el mismo soporte gnoseológico, el
que “reconoce” que la vida es… conocimiento se tire por donde se
tire y, en coherencia, cultura, pura cultura o modelo de una organización
natural –o que ha de partir y sobrellevar lo natural-.
Bien, los conceptos no emulan sino lo que se vive; los conceptos
“viven” y por ser “más vida” justifican a corto o largo plazo
un cambio o una adaptación ineludible, pues, tienen por obligado que
conformar o actualizar más conocimientos o mejores conocimientos debido
a o por razón de que no son logotipos sobre algo que se encuentra
plenamente dado, no son guiones en los cuales lo vivido ya está hecho,
señalado o preestablecido por un desenlace.
Un concepto, eso, es una expresión vital –no inerte- que cuenta con
que es vital de un modo extendido y no se proyecta él mismo como un
ente interreal, únicamente lo proyecta la realidad –desde un
principio-; por lo tanto “beber” y “bebida”, entrambos, son
elementos o componentes de una acción vital ya se digan de una forma o
ya se digan de otra, pero existen “evolutivamente” con una adquisición
de un nivel de conciencia.
También habló Derrida del método con “escepticismo”, luego
conceptuaba sin darse cuenta una acción vital de la cual se engendraba
su pensamiento o filosofía, es decir, reconocía ni más ni menos ese
concepto como insoslayable, como existencial; no obstante, lo extrapoló
a otra concepción vital, a la del “ser es diferencia”, advertencia
que conllevaba o implicaba una conciencia –en suma- de la realidad.
Desde luego, quizás el principal error de Derrida haya consistido en
eso, en esa manida u obsesiva búsqueda hacia atrás en su afán por
estructurar de igual manera –haciendo tabla rasa- lo que antes se
determinaba como más primario para el ser humano y lo que “ahora”
es en complejidad o es en una natural complejidad.
Sí,
cierto es que todo signo ha tendido hacia una sobreabundancia de
significados; lo que ocurre es que es un hecho natural con la misma
naturalidad que los seres vivos han tendido hacia la hibridación (las
primeras células comportaban un significado que nunca “ahora” podrán
comportar, porque la realidad “de vida” es más compleja). Sí, el
error estriba en acopiar conceptos para estructurarlos –o pretender
estructurarlos- en una realidad que ha progresado, que “ahora” es
distinta en gran parte. Claro, esto no excluye al concepto ni lo niega,
sino al forzado acomodo racional que se pretende.
Y
este error reiterado así lo muestra contundentemente Lévi-Strauss:
“Cualesquiera que hayan sido el momento y las circunstancias de su
aparición en la escala de la vida animal, el lenguaje sólo ha podido
nacer todo de una vez”.
Ante esto es deducible cierta visión “mesiánica” o de abracadabra
-algo imposible en la realidad- que revirtió en el hilvanado
pensamiento estructuralista hasta nuestros días.
(1)
Para interpretar primero ha de existir un guión original o un hecho ya
delimitado para interpretar y, puesto que ese guión no existe de forma
estable en la vida –en cuanto a su multitud de estados o
circunstancias y condiciones de libertad que las varían-, el ser vivo
“vive” la realidad.
(2)
Siempre se interpreta lo que está al lado, lo que nos exige una guía a
voluntad, una interpretación; en cambio la vida –y el conocimiento
intrínseco en ella- se “vive”, no es una exigencia, ni siquiera
algo esquivable como lo es toda interpretación.
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