|
Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
KONVERGENCIAS LITERATURA Año II Nº 4 Primer Cuatrimestre 2007 |
|
|
LA NOVELA
INDIGENISTA, DE ANTONIO CORNEJO POLAR BERNAT CASTANY PRADO (ESPAÑA) |
|
|
|
|
|
Según Cornejo Polar, después de que en los años veinte y treinta el
indigenismo tuviese un importantísimo papel “como núcleo concentrador de
vastas fuerzas ideológicas y estéticas”, a partir de los años cuarenta se
producirá un rechazo general “casi sin matices ni discriminaciones”. Es por
ello que en este libro intentará realizar, desde los años ochenta, una
interpretación de conjunto lo más objetiva posible. El autor dice escoger entre muchas otras concreciones culturales indigenistas,
la novela, porque considera que es una de las expresiones más características
del indigenismo y porque cree que el estudio de las relaciones entre ésta y
la sociedad peruana es especialmente esclarecedor en lo que respecta a los
vínculos que engarzan el plano de la producción literaria con el proceso
histórico de la sociedad nacional. El indio, heterogeneidad y
conflicto. Cornejo Polar comenzará el primer capítulo retomando la distinción
que José Carlos Mariátegui realizó en sus Siete
ensayos sobre la realidad peruana, entre literatura indigenista y
literatura indígena. Según el autor, esta diferencia pone de relieve dos
cosas. Primero, la heterogeneidad de los elementos y fuerzas que constituyen
el movimiento indigenista; segundo, el carácter no orgánicamente nacional de
la literatura peruana y la necesidad de crear un sistema crítico que dé razón
de dicha peculiaridad. Ciertamente, ambas características son aplicables a otras
literaturas latinoamericanas –literatura gauchesca, negrismo centroamericano,
indigenismo andino, mexicano o guatemalteco, realismo mágico- que también
sufrieron, en su mayor parte, la ruptura de la Conquista y la heterogeneidad social
generada por la importación de esclavos. Según Cornejo Polar, en “todos estos
casos se trata de literaturas situadas en el conflictivo cruce de dos
sociedades y dos culturas”. Con todo, este libro se centra exclusivamente en la
novela indigenista peruana. Teniendo en cuenta que este libro trata de comprender las relaciones
existentes entre la novela indigenista y la sociedad peruana, se nos revela
como algo necesario reflexionar acerca de la composición de esta última. Según
el autor, la polémica sobre el carácter de la sociedad peruana no está
clausurado. Las posiciones en discusión son, básicamente, dos. Una afirma la
unidad de la sociedad peruana como sociedad capitalista; la otra, la dualidad
de la misma, señalando que existe un orden capitalista en la costa y uno
feudal o precapitalista en la sierra. Para Cornejo Polar ambas posiciones
están muy cercanas ya que la tesis unitaria admite “la coexistencia de
niveles sociales en distinto grado de desarrollo.” Debemos tener en cuenta, sin embargo, que la división de la sociedad
peruana no es sólo socioeconómica, sino también cultural. “Aunque cada vez
con menos claridad, en razón del creciente proceso transcultural, sigue
siendo relativamente fácil distinguir entre un sistema históricamente
dependiente de la cultura impuesta a partir de la Conquista y otro que
corresponde, en consonancia con su propio desarrollo histórico, a las
culturas nativas.” (6) Claro está que el autor no se está refiriendo al mitológico
deslinde entre una cultura “occidental y cristiana” y otra “incaica”, ya que,
sin llegar a fusionarse, ambas culturas se interpenetraron. Para José María Arguedas,
por ejemplo, lo que llamamos cultura “india” es el resultado del largo
proceso de evolución y cambio que ha sufrido la antigua cultura peruana desde
el tiempo en que recibió el impacto de la invasión española. Siendo así que “la
vitalidad de la cultura prehispánica ha quedado comprobada en su capacidad de
cambio, de asimilación de elementos ajenos”. (cit. en 6). En todo caso,
concluye Cornejo Polar, tanto en lo social como en lo cultural “el polo de
desarrollo más dinámico corresponde a la cultura occidental –o mejor,
occidentalizada.” (7) Según el autor, la interpretación dualista del Perú acabó
imponiéndose en la imaginación popular del país. Sobre esta base, el
indigenismo, que presupone y necesita para su existencia una imaginación dual
de la sociedad, elaboró en los años 20 y 30, sobre esta idea precientífica y
popular, un discurso en el que irá introduciendo progresivamente conceptos
científico-sociales e ideológicos. Este primer indigenismo, prosigue el
autor, se realizó en una época en la que la realidad del país era más simple
y en la que todavía no habían despegado las ciencias sociales, de ahí que su cosmovisión
sea más “maniquea”. Las comillas indicarían que dicho maniqueísmo no era tal
respecto a la realidad, mucho más polarizada, de aquel momento. A la hora de pensar la obra de Mariátegui, el autor no se preocupa
tanto de establecer si su visión del país era dualista o unitaria como de ver
de qué modo impactó en los indigenistas. (11) Dos fueron las ideas mariateguianas
que más influyeron en la imaginación indigenista. La primera, la de la
dualidad de la historia y el alma peruana, tesis que se axiologizó y
jerarquizó, hasta llegar a afirmar que el “verdadero Perú” era el indígena
(cf. González Prada, Luis E. Valcárcel, grupo Orkopata...). Axiología que,
según Cornejo Polar, también subyace en las principales novelas indigenistas.
(12) El duradero impacto de esta tesis
puede comprobarse en el hecho de que, todavía en 1968, Arguedas hablase de
“la división del país en dos universos”. La segunda idea mariateguiana que tuvo un importante impacto en la imaginación
indigenista es aquella que afirma que el auténtico indigenismo ha de tener un
fuerte carácter reivindicativo. Mariátegui criticaba el indigenismo evocativo,
“falsamente histórico la mayoría de las veces”, para elogiar el indigenismo
combatiente. Si bien el tipo de combate que defendía no era aquél que propugnaba
una restauración cultural imposible, sino un conjunto de transformaciones
concretas que tuviesen como objetivo, antes que nada, la justicia. Su
marxismo, sin embargo, fue poco atendido por el indigenismo. El indigenismo de los años veinte y treinta, prosigue Cornejo Polar,
se inscribe dentro del vasto movimiento anti-oligárquico. A veces trasciende
ese nivel y adquiere un vuelo de signo socialista, pero la mayoría de las
veces se limita a su espacio: semifeudal, serrano, de lucha contra la
oligarquía. Este otro nivel más extenso explica que existiese un “indigenismo
oficial”, de corte liberal, que pensaba que el capitalismo era imposible sin la
previa modernización de la zona andina. Este tipo de indigenismo derivó
rápidamente en un cierto paternalismo. Según Angel Rama, el indigenismo es el resultado del ascenso de
grupos minoritarios de la clase media baja que empezaron a emplear las
reivindicaciones indígenas como refuerzo y legitimación de sus propias
demandas sociales. Utilizaban, quizás inconscientemente, una causa indígena
con la que podían sentirse solidarios pero que, sobre todo, les servía de
máscara. “Esas multitudes, dice Rama, por ser silenciosas, eran si cabe más
elocuentes y, en todo caso, cómodamente interpretables para quienes disponían
de los instrumentos adecuados: la palabra escrita.” (cit. en 15) Cabe tener en cuenta, en todo caso, que el indigenismo, como el
criollismo, se inscribe en un movimiento identitario más amplio al que Jean
Franco llamará “nacionalismo cultural” y que consiste en la construcción de generadores
de identidad cultural –nacionalismo, folklore, paisaje, reivindicaciones
sociales- diferentes a los europeos. Si bien es cierto que su escritura se realizaba en Lima, la
extracción social de la mayor parte de los indigenistas solía ser la clase media
baja de origen provinciano. Así, cuando Ángel Rama habla de la
“heterogeneidad del indigenismo como hecho social”, se está refiriendo al
hecho de que los escritores indigenistas, que viven en la ciudad, suelen
vivir la política como el enfrentamiento entre una burguesía moderna
proimperialista y una clase media radical, aliada con “el pueblo”, al que
pertenecen, pero que al escribir piensan también en los problemas de la
sierra, que era un mundo de tipo semifeudal, agrario, con una realidad
sociopolítica radicalmente diferente a la de la ciudad. Mariátegui vio con
lucidez “la contradicción de la base social del indigenismo” al distinguir
entre literatura indigenista y literatura indígena. En el caso de la literatura indigenista, Mariátegui y Cornejo Polar
consideran que el indigenismo es
ininteligible sin una cierta relación de base con la ideología socialista
pero lo cierto es que esto no se ve ni en la práctica literaria –a excepción
del Tungsteno de Vallejo- ni en la
reflexión indigenista –a excepción, claro está, del mismo Mariátegui-. Después de haber analizado la heterogeneidad social del indigenismo,
Cornejo Polar pasa a analizar su heterogeneidad cultural, que considera más
profunda. Según él, el indigenismo debe comprenderse como la movilización de los
atributos de una cultura –la “occidental”- para dar razón de otra distinta
–la indígena-. Para empezar, el mundo indígena es interpretado, en primer
lugar, por la cosmovisión cristiana y, luego, por teorías o ideologías
europeas como el positivismo y el marxismo. Por otro lado, la revelación del
mundo indígena se procesa mediante formas adscritas al sistema literario de “occidente”,
tanto en lo que respecta a lengua como a técnicas narrativas, géneros, etc. Lo
cierto es que, hágase lo que se haga, frente a la imposibilidad social de
actualizar literariamente la oralidad quechua, toda actividad indigenista,
por la sencilla razón de ser escritural, acaba siendo una operación de
“traducción” cultural. Un tercer factor de heterogeneidad cultural en el
indigenismo es que el destinatario de su discurso no es el indio sino el público
urbano. El autor finalizará este capítulo concluyendo que son dos las
condiciones de existencia del indigenismo. Primero, que haya una diferencia,
de la que se tiene conciencia, entre el mundo indígena y el universo en el
cual el indigenismo es producido. Segundo, que dicha diferencia no sea sólo
de tipo social sino también de tipo cultural. De este modo, si el país se
homogeneizase algún día social o culturalmente, el indigenismo desaparecería. La producción de la novela
indigenista. Para Cornejo Polar las crónicas de indias prefiguran la
heterogeneidad cultural sobre la que surgirá el indigenismo. En ellas vemos dos
elementos “occidentales” –el productor y el lector- y un elemento “americano”
–el referente-. De este modo, la peculiaridad del referente quedará velada
por la intromisión de otras formas de realidad y otros códigos culturales
tales como la lengua, las metáforas básicas o las cosmovisiones filosóficas
“occidentales” como, por ejemplo, el neoplatonismo del Inca Garcilaso de la
Vega. Parece, pues, que la novela indigenista vivirá, en la escritura misma,
una situación de heterogeneidad análoga a la de las crónicas. En lo que respecta al indianismo peruano, Cornejo Polar afirma que
se trata de un movimiento cultural que incopora el sistema estético e
ideológico del romanticismo. Así, pues, el indianismo se caracterizará por su
exotismo; por su incapacidad para tematizar o comprender los niveles básicos,
socioeconómicos, del problema indígena; y por su escaso vigor reivindicativo,
que será remplazado por una conmiseración casi retórica. Cornejo Polar pondrá como ejemplo de las carencias de este tipo de
indianismo una novela como Aves sin
nido, de Clorinda Matto de Turner. En ella, dice, se siente la capacidad
de la autora para imaginar soluciones colectivas –sólo personas individuales
pueden escapar a su destino de miseria y en la medida en la que dejan de ser
indios-; y una escasa profundidad en el examen de la realidad social. Tanto
es así que dicha autora nunca hablará del principal problema socioeconómico
de la sierra, el gamonalismo, y su diagnóstico general se limitará a ser de tipo
“moral”: el problema no reside en una injusta estructura socioeconómica sino en
la perversión moral de los señores o “notables”. Por otro lado, la novela se ve cruzada por una contradicción básica
que presentará al indio como bueno, noble y víctima, pero que afirma, por
otro lado, la necesidad de civilizarlo. De este modo entran en conflicto dos
esquemas representativos y en última instancia irreconciliables: el del “buen
salvaje” (reelaborado por el romanticismo) y el del hombre primitivo (elaborado
por el positivismo). Así, el elogio de la inocencia indígena es al mismo
tiempo una suerte de elegía y de proclama: “algo así como una tierna
despedida de un mundo históricamente insostenible y una apasionada arenga
para que ingrese a un nuevo nivel de desarrollo” (42). La paradoja o mala fe
reside en que para que el indio se salve debe dejar de ser indio. A pesar de las muchas limitaciones de la propuesta de Matto de
Turner, una novela como Aves sin nido suponía
un gran avance en la tematización y concienciación de la cuestión indígena.
Avance que se detendrá con un modernismo que optará por la mera evocación
histórica dando lugar a obras en las que prima claramente el pasado incaico
sobre el presente indígena (que resume tan bien un lema como “incas sí,
indios no”). Por otro lado, en el descriptivismo de un indígena que quedará
incorporado de forma colorista y pasiva al paisaje, se esconde una suerte de
escamoteo de la realidad humana y social. El modernismo llegará a ver la supuesta “tristeza del indígena” como
una dimensión de la naturaleza o de la esencia nacional y no como un
resultado de la historia o de la situación socioeconómica. Esta perspectiva
no implica sólo un determinismo geográfico –superficial e interesadamente
apolítico- sino también una perfecta adecuación con ese orden internacional
que asigna a Hispanoamérica el rol de proveedora de materias primas, naturaleza
o autenticidad. (44-45) Para Cornejo Polar, los Cuentos
andinos (1920) y los Nuevos cuentos
andinos (1937), de Enrique López Albújar, suponen la primera gran
apertura psicológica del indigenismo peruano. El mismo Ciro Alegría afirmará
que López Albújar fue el primero en crear personajes indígenas “de carne y
hueso”. (49) Con todo, Cornejo Polar considera que el espesor psicológico de
los Cuentos andinos tienen unos
límites que, quizás, se deben al hecho de que su autor fuese juez.
Ciertamente, López Albújar siempre muestra a los indios en situaciones
relacionadas con el delito y en ningún momento consigue trascender el
análisis de casos meramente individuales. Sin embargo, prosigue el autor, esta
idea violenta y negativa del indio tiene un aspecto positivo ya que el indio deja
de ser ese ser inerte, casi mineral, que aparecía en muchos textos
indigenistas, para pasar a ser un ser vivo y activo. Tanto es así, dice
Cornejo Polar, que puede verse el bandolerismo representado en Los caballeros del delito (1936),
también de López Albújar, como un antecedente de las rebeliones indígenas.
(50-51) La profundidad histórica del
indigenismo. A mediados de los años treinta la novela indigenista llegará a su plenitud.
Durante esa época se entremezclará con otros movimientos estéticos –poesía
nativista, música indigenista- y con la reflexión científica e ideológica –Mariátegui-.
Las dos figuras más importantes serán Ciro Alegría (1909-1967) y Jose María
Arguedas (1911-1969). Según Cornejo Polar, en la elección misma del género novelístico se
ve la heterogeneidad del indigenismo. Ciertamente, la novela está más ligada
a la burguesía y al ámbito urbano que al mundo agrícola indígena y a sus
formas narrativas más habituales: la épica, los mitos y las leyendas. Recordemos que para Cornejo Polar son heterogéneas aquellas obras
literarias en las que uno o más de sus elementos constitutivos corresponden a
un sistema sociocultural que no es el que preside la composición de los otros
elementos puestos en acción en su proceso concreto de producción, creando de
este modo una zona de conflicto. Noé Jitrik hablará de la “fractura de la
unidad entre mundo representado y modo de representación”. El realismo mágico
de García Márquez, por ejemplo, representa el mundo indígena o rural
colombiano utilizando un género literario ajeno a dicha realidad, la novela,
y técnicas modernas que vienen de Faulkner y la nueva narrativa. (60-62) Mariátegui no sólo diferencia entre literatura indigenista y
literatura indígena sino que llega a afirmar que esta última no es tal
literatura o, en todo caso, no existe todavía, ya que no es escrita. Pero
para Cornejo Polar ésta es una idea muy restringida de la literatura y
debemos aceptar que la literatura indígena nunca ha dejado de producirse en
un curso paralelo al de la literatura peruana en lengua española. (64) La heterogeneidad de la novela indigenista se da en cuatro niveles.
El primero es el de la instancia productiva y hace referencia al hecho de que
en el mismo proceso de escritura se utilicen sistemas de valores y
convenciones, cosmovisiones y teorías ajenos al mundo indio. El segundo nivel
es el del género literario escogido, la novela, ajeno a la cultura y la
tradición literaria indígena. El tercer nivel es el del circuito de
comunicación, que margina al indio y se dirige fundamentalmente a un lector
urbano. El cuarto nivel es el del referente, que sí corresponde al universo
indio y es el que crea la heterogeneidad de la novela indigenista. Cabe
destacar la condición dependiente, en cierto modo pasiva, del referente indígena:
“él soporta un proceso de enunciación narrativa que social y culturalmente no
le corresponde y debe ofrecerse a la comprensión de lectores ajenos y
distantes”. (65-66) Con todo, en la novela indigenista se producirá una cierta “reacción
del referente ante el proceso de producción que se le impone desde fuera”
(67). Un buen ejemplo de lo que Cornejo Polar da en llamar “impacto del
referente” es el hecho de que en la novela indigenista no se perciba la primacía
de lo individual, tan habitual en la novela “europea”, de corte liberal, sino
que dominen los personajes colectivos o simbólicos. Otros “impactos del
referente” serían el uso de la alegoría o la incoherencia y la fragmentación,
que no deben ser vistas como imperfecciones o descuidos formales sino como la
plasmación narrativa de la heterogeneidad. Vemos, pues, que no sólo el
escritor adapta el referente para poder narrarlo sino que también se ve
obligado a adaptar el proceso mismo de producción. (70) Tres son las principales peculiaridades formales de la novela
indigenista producidas por el mencionado impacto del referente. La primera, de
corte narrativo, haría referencia al hecho de que la novela indigenista haya
asimilado el sistema narrativo, más aditivo que secuencial y estrechamente
relacionado con el modelo cuentístico, de la literatura indígena. Tal sería
el caso, por ejemplo, de La serpiente
de oro, de 1935, y de Los perros
hambrientos, de 1939, de Ciro Alegría, obras en las que las historias son
relativamente independientes y que al final configuran un sentido más
paradigmático que secuencial. Esto se debe al uso de modelos populares –el
cuento es el género principal para los indios- y a la vigencia de una
conciencia más mítica que histórica del tiempo. (71-72) La segunda
peculiaridad de la novela indigenista sería la incorporación de canciones
indígenas –la lírica quechua es muy rica- y un fuerte sentimiento del paisaje.
Y la tercera haría referencia al hecho de que la novela indigenista hace un
uso habitual de mitos o se estructura siguiendo un tipo de pensamiento
mítico. Recordemos, por ejemplo, cómo el final de Todas las sangres (1964), de Arguedas, a pesar de ser apocalíptico,
implica la fundación de un mundo nuevo. Con todo, Cornejo Polar es consciente
de que es necesario distinguir entre las categorías míticas universales y las
propiamente quechuas. Claro está que el referente –el mundo indígena- no sólo influye en la
forma sino también en el contenido o en la cosmovisión de la novela indigenista.
Distingamos, primero, entre las diferencias existentes entre las concepciones
del temporales propias de los “occidentales” y aquellas propias de los “indígenas”.
Las primeras percibirían el tiempo desde una perspectiva histórica mientras
que las segundas lo harían desde una perspectiva mítica. Teniendo en cuenta
que, por lo menos en su forma original, el género de la novela exige para su
constitución una conciencia histórica del tiempo, en oposición, por ejemplo,
a la conciencia mítica que alienta las construcciones épicas, es normal que
la novela indigenista se vea forzada a contorsionarse para armonizar en su
seno ambas concepciones temporales. En toda novela indigenista es fácil
identificar el intenso esfuerzo del autor por modificar el referente e
incorporarle una forma de conciencia temporal que le es ajena, esto es, por “historificar
el mito” (75-76). Así, en El mundo es
ancho y ajeno (1941), de Ciro Alegría, en un primer momento los indios
interpretarán lo que les sucede míticamente para pasar luego a interpretarlo teniendo
en cuenta las dinámicas sociales e históricas que los envuelven. También en Todas las sangres el protagonista descubrirá,
gracias a sus viajes, la alternativa revolucionaria –histórica- fuera del
mundo indígena. Con todo, en este tipo de novelas siempre se puede sentir una cierta
“nostalgia contradictoria” que nace del hecho de que la conciencia histórica
rompe el admirable mundo antiguo, presidido por sabias normas y amparado en
una densa y coherente cosmovisión mítica. Si no se viese amenazado por la
sociedad nacional y los gamonales, el orden indígena, parece decir, sería
perfecto, pero al verse atacado, se ve obligado a aceptar “ese mismo
instrumento –la historia- para imaginar otro proceso: el de la liberación del
pueblo indígena”. Claro está que asumir esto es doloroso porque amenaza su mundo
mítico. (79-80) En el tramo final de este libro, el autor se propone analizar, a la
luz de la evolución narrativa de José María Arguedas, las relaciones del
indigenismo con el nacionalismo y el universalismo. Según Cornejo Polar, la narrativa de Arguedas se
constituye como un ininterrumpido proceso de ampliaciones. En un primer momento, un libro como Agua, de 1935, concebiría el mundo andino como una realidad
insular y bimembre en la que se opondrían indios y terratenientes. En un
segundo momento, formado por novelas como Yawar
Fiesta, de 1941, Los ríos profundos
y El sexto, de 1961, se
produciría una primera ampliación en virtud de la cual a la realidad
representada en Agua se añade un
término de relación: el mundo occidentalizado de la costa. De este modo una
nueva oposición sierra/costa se añadiría a la primera oposición, que no por
ello desaparecería. Una novela como Todas las sangres protagonizaría una tercera y
última ampliación en la que se incorporaría una nueva dimensión conflictiva
que tampoco borraría las anteriores: la que enfrenta al país todo con las
fuerzas del imperialismo. El nuevo universo discursivo incluiría a todo el
mundo. En cada uno de los momentos de
este proceso, José María Arguedas parece tomar conciencia de que la realidad
que ha tratado de esclarecer no puede ser explicada en sí misma y que sólo
puede serlo si se la relaciona con una estructura mayor. Ciertamente, el
autor de Yawar fiesta es capaz de
conservar la vigencia de los conflictos interiores, incluso cuando éstos
quedan englobados dentro de una problemática de mayor alcance. Su obra,
prosigue Cornejo Polar, demuestra, por un lado, que el indigenismo y el
regionalismo no son la antítesis del nacionalismo y el universalismo y, por
el otro, que el universalismo no debería ser tomado como un concepto
inmaterial y abstracto. La obra de Arguedas sería el mejor ejemplo de que es
posible conseguir “una universalidad concreta e histórica” (80-84). El autor se pregunta, sin
embargo, si este indigenismo expandido hasta confundirse con el mismo mundo sigue
siendo indigenismo. Como dijimos, la ampliación extrema del espacio de
representación no significa que el primer ámbito, indígena y andino,
desaparezca. Antes bien, el peso de la representación sigue recayendo sobre
el espacio tradicionalmente adscrito al relato indigenista. Además, estas
novelas siguen teniendo como perspectiva fundamental la reivindicación y
revalorización del mundo y cultura indígena. Es decir, en ellas lo indígena
no es un elemento más ya que en la axiología que toda novela implica, como
parte del sistema ideológico que representa, se prefieren los valores
socioculturales indígenas. Por otro lado, esta ampliación responde a la
progresiva integración nacional del Perú, integración que obliga a examinar
el mundo indígena en relación con estructuras sociales cada vez más amplias. Ahora
bien, como dicho proceso está lejos de contemplarse, la novela indigenista
sigue teniendo sus razones de ser. (85-87) A modo de conclusión, Cornejo
Polar afirmará que la novela indigenista no es sólo representación del mundo
indígena sino también un “ejercicio cultural que se sitúa en la conflictiva
intersección de dos sistemas socioculturales, intentando un diálogo que
muchas veces es polémico y expresando, en el nivel que le corresponde, uno de
los problemas medulares de la nacionalidad: su desmembrada y conflictiva
constitución”. No se trata sólo, pues, de un testimonio literario del mundo
indígena sino de “la representación literaria más exacta del modo de
existencia del Perú” y, en sus formas más extendidas, del tercer mundo y del
mundo mismo. Asimismo, la novela indigenista no sólo se limita a enunciar
esta problemática sino que la encarna en su forma, en su estructura general y
en su significado. (88) BIBLIOGRAFÍA Abellán,
José Luis, La idea de América, Madrid:
Istmo, 1972. Anderson,
Benedict, Imagined communities, Arguedas, José María, El zorro de arriba y el zorro de abajo, Buenos Aires: Losada,
1971. Balibar,
Ettiene y Wallerstein, Immanuel, Race,
Nation, Class: Ambiguous Identities, Bartra,
Roger, Wild men in the looking glass, Bokiba, André-Patient, Écriture et identité dans la littérature africaine, Paris:
L’Harmatan, 1998. Carpentier,
Alejo, El reino de este mundo,
Barcelona: Edhasa, 1992. Connor,
Walker, Ethnonationalism, Cornejo Polar, Antonio, La
novela indigenista, Lasontay, Lima, 1980 De
Lucas, Javier, Globalización e
identidades, Barcelona: Icaria, 2003. Delgado,
Jaime, Introducción a la historia de
América, Madrid: Cultura Hispánica, 1957. Fernández
Retamar, Roberto, “Algunos problemas teóricos de la literatura
hispanoamericana”, en Para el perfil
definitivo del hombre, La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1995,
190-220. Fuentes,
Carlos, El espejo enterrado, México
D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1992. García Canclini, Néstor, “Narrar la multiculturalidad”, Revista de Crítica Literaria
Latinoamericana, XXI n. 42, 1995, 9-20. ---------, Culturas
híbridas, Buenos Aires: Paidós, 2001. Hechter,
Michael, Internal Colonialism, Hobsbawm, Eric, “Introducción: La invención de la
tradición”, en La invención de la
tradición, Barcelona: Crítica, 2002, 7-21. Inca
Garcilaso de la Vega, Comentarios
reales de los Incas, Buenos Aires, 1943. Legras,
Horacio, “Criollismo e indigenismo literarios”, en Latin American Literatures: A comparative History of Cultural
Formations, Mario Valdés y Linda Hucheon (eds.) <
http://www.georgetown.edu/faculty/hl/Toronto.htm> Leoussi,
Athena S., ed., Encyclopaedia of
Nationalism, New Brunswick/London: Transaction Publishers, 2000. Maalouf, Amin, Les
identités meurtrières, Barcelona: Grasset et Fasquelle, 1998. Montero,
Susana, La cara oculta de la identidad
nacional, Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2003. O’Gorman, Edmundo, La
invención de América, México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1958. Rama, Ángel, Transculturación narrativa en América Latina, México: Siglo XXI, 1982.
|
|