Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 8 Año III Enero 2005

 

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EL BÚHO EMPRENDE EL VUELO AL ATARDECER

Valentina Dupont (Argentina)

 


 

 

 

 

Quisiera comentar la impresión que me causó esta convocatoria a pensar: sentí que no era una propuesta fría, meramente intelectual sino que venía con una cierta carga emocional -¿algo de desesperación quizá?- ante el carácter implacable de secuelas de acontecimientos catastróficos en los cuales se halla involucrada la decisión humana. La  propuesta me impulsó a una reflexión sobre el hombre, porque creo que de eso se trata, se trata de nosotros. Si todo pensar es un recordar, quizá debamos recordar ciertos rasgos que por tan presentes están ausentes y, recordar también nuestras posibilidades…

 

La tarea de la filosofía y de los pensadores hoy no parece diferir de la misión que los acompañó desde su nacimiento: emprender le vuelo al atardecer, esto es, después de las gestas guerreras griegas, después de que Sócrates bebiera la cicuta, después de la hegemonía eclesiástica medieval, después de las revoluciones industriales, de la aparición del capitalismo, de la presencia histórica del proletariado, del planetarismo técnico junto con el capitalismo global, después de las caídas de la torres gemelas, de la tragedia de Atocha, de la guerra de Irak, de la matanza en Breslan, de las decapitaciones. Hoy gozamos del privilegio de verlas cómodamente apoltronados en nuestro sillón favorito, quizá en medio de un saping, cuando antes debíamos molestarnos en ir a la plaza, en medio del polvo, del griterío, del sudor y del hedor, poniéndonos en punta de pies para ver rodar la cabeza, que caía rápidamente: la velocidad de la guillotina ahorraba dolor al condenado. Hoy, que medimos el tiempo en nanosegundos, el cuchillo, sin embargo, no realiza su labor con tanta rapidez, elevando a un paroxismo el dolor físico y moral de la víctima. Instantes antes de ser decapitado en Irak, el inglés Bigley, después de reconocer que el premier británico Blair no había escuchado los pedidos de ayuda que le había dirigido, dijo: “soy un hombre simple, que quiere vivir una vida simple”, en el momento en que el cuchillo tocaba su piel. Hoy ese patetismo nos llega a todos, deviene un hecho público, que aparece y desaparece con la vertiginosidad de toda “noticia”.  Quizá sea ésta, la vertiginosidad de la comunicación, la diferencia esencial entre “antes” y “ahora”, pues pareciera que, la violencia, la codicia, la ambigüedad, la tergiversación, en una palabra, el miedo, son algo ínsito en el hombre ¿Acaso no se condenó a Sócrates por corromper a la juventud y no adorar a los dioses de la ciudad? Cuestiones de interpretación, de perspectiva, de estrategias de poder, tanto entonces como ahora. Sin embargo, sentimos que lo que ocurre hoy no tiene parangón. ¿Será esta sensación sólo un espejismo, fruto de la instantaneidad y dispersión de “las noticias” o tendrá la gravedad que tanto Nietzsche como Heidegger le atribuyeron?

 

Hace más de un siglo Federico Nietzsche anunció premonitoriamente, entre otros efectos de lo que él llamó nihilismo decadente o nihilismo de la debilidad para diferenciarlo de su nihilismo extàtico o pesimismo de la fuerza, “la larga serie de demoliciones, de destrucciones, de ruinas y de caídas que presenciamos –ya Nietzsche las presenciaba en su tiempo-, agregando, ¿quién adivinaría hoy lo suficiente para ser el maestro y el adivino de esta enorme lógica del terror (Logik von Schrecken), el profeta de unas sombras y una oscuridad que no tuvieron quizá semejante en la historia?” (Gaya Ciencia, V, af 343.) Visión que Heidegger confirmara  más de medio siglo después al anticipar la ya inminente devastación de la tierra. En ese momento, en su Introducción a la Metafísica (cursos dados en 1935 y publicados bajo el nombre mencionado en 1953), su autor se refiere a la tenaza bajo la que se encuentra Europa –“siempre en atroz ceguera y a punto de apuñalarse a sí misma”-, tenaza constituida  entonces por Estados Unidos y Rusia, y hoy por Estados Unidos y China, que, escribe Heidegger “metafísicamente vistas, son la misma cosa –el juicio de Heidegger parece seguir válido hoy para China: la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey, en Francia – nosotros podemos decir: una ejecución en Irak- y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo sea sólo rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórial  (Geshichte) haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación –nosotros podemos acotar: Schwarzeneger como el gran hombre del estado de California-; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares –podemos agregar: cuando el golpe de gracia para inclinar al electorado de la primera potencia mundial lo da el supuesto enemigo número uno de esa misma potencia y de su mandatario ahora reelecto, cuando se administra Prozak a los perros y se modifica la genética de los gatos para eliminar en ellos el gen causante de la alergia en buena parte de la población humana mundial- entonces, justamente entonces volverán a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué? - ¿hacia dónde? - ¿y después qué?” ¿No son éstas las preguntas que nos convocan hoy?

 

Continúa más adelante Heidegger: “Todo esto trae aparejado el hecho de que esta nación, en tanto histórica, se ponga a sí misma, y, al mismo tiempo, ubique el acontecer histórico de Occidente, a partir del centro de su acontecer futuro, es decir, en el dominio originario de las potencias del ser. Justamente si la gran decisión de Europa no debe caer sobre el camino de la aniquilación  sólo podrá centrarse en el despliegue de nuevas fuerzas histórico-espirituales nacidas en su centro”.

 

Jacques Derridá (La filosofía en la época del terror, Diálogos con Jürgen Habermass y Jacques Derrida, por Giovanna Borradori, Bs. As., Taurus, 2004) denomina este camino de aniquilación proceso autoinmune, aclarando que un proceso autoinmune es ese extraño comportamiento del ser vivo que, de manera casi suicida, se aplica a destruir, él mismo, sus propias protecciones, a inmunizarse contra su propia inmunidad. El autor desarrolla este concepto de proceso autoinmune aclarando que ve tres momentos en dicho proceso  El primero muestra que las fuerzas destructivas vienen desde el interior del objeto expuesto a la agresión. El segundo muestra lo traumático del acontecimiento que inflige una herida al tiempo corriente de la historia, pues la herida permanece abierta por el terror ante el porvenir. No es una agresión pasada y terminada, sino que lo peor está por venir. El tercer momento se manifiesta en el hecho de que las defensas trabajan para regenerar, a corto o largo plazo, las causas del mal que pretenden exterminar.

 

Por otro lado, Derridá, en la obra citada, al ser interrogado con respecto al papel de Europa en una posible actualización para mejorar el Derecho Internacional, responde que tiene fe en la posibilidad de “esta cosa imposible e indecible desde el punto de vista del saber, de la ciencia y de la conciencia” que es una organización internacional con fondos propios, ejército propio y decisión propia. Con respecto a Europa dice “querer esperar que en “Europa” o en cierta tradición europea se de la posibilidad de un discurso y de una política diferentes para salir del doble programa político-teológico”, e insiste en que lo desea pero no lo ve: “No veo nada en los hechos que pueda dar lugar a una certeza o a un saber. Simplemente algunos signos para interpretar.” Agregando “Si hay responsabilidades por asumir y decisiones por tomar, responsabilidades y decisiones que merezcan estos nombres, ellas pertenecen al tiempo de un riesgo y de una fe. Más allá del saber.” Y nos lleva más allá del sujeto: “Si yo decido porque yo sé, en los límites de lo que yo sé y sé que se debe hacer, entonces desarrollo un programa previsible y no hay decisión, ni responsabilidad ni acontecimiento.” En cuanto a Europa, continúa diciendo que habla en una determinada noche, y a partir de un determinado número de signos, que él descifra, a los que apuesta y espera. No está seguro de nada, sobre todo no de Europa o de la Comunidad Europea tal como ella existe o se presenta de facto. Derridá se halla mucho más próximo que Heidgger a ese hipotético momento del posible despliegue de fuerzas histórico-espirituales mencionado y deseado por el maestro de Friburgo, sin embargo su escepticismo es grande.  

 

La afirmación heideggeriana de que la única vía para evitar la aniquilación de Europa, suponiendo que esto fuera posible, es el despliegue de nuevas fuerzas histórico-espirituales nacidas en su centro, sólo puede sostenerse dentro de la concepción planetaria de la técnica, que todo parece confirmar como válida. ¿La globalización de la economía no es quizá la manifestación más notoria de tal fenómeno? El diario La Nación de Buenos Aires, en su revista dominical del 10 de Octubre próximo pasado, trae en la tapa la fotografía de un rostro femenino que ejemplifica la “belleza global” –una nueva estética global se ha puesto en marcha- ciertamente no ya el rostro de ojos claros y cabello rubio –Michael Moore diría: la belleza “tipo” del estúpido hombre blanco. Si este carácter planetario no presentara grieta alguna, sería válido afirmar que las fuerzas histórico-espirituales capaces de detener el tránsito hacia la aniquilación no podrían sino provenir del centro de Europa, como el maestro de Friburgo no sólo lo ve sino que lo desea, al privilegiar su nación alemana.

 

Ciñéndome a esta perspectiva, quisiera traer ante nuestra mirada y enfocar por un momento algunas nociones caras a nuestra filosofía si bien, por cierto, también intempestivas, que parecen desempeñar un papel central en la reflexión sobre el hombre y su toma de decisiones: la hybris, u orgullo y desmesura, la obstinación, la obediencia, la renuncia a sí mismo, el querer de la voluntad. En primer lugar me remito brevemente a esa percepción tan profunda como acertada de uno de los rasgos más propios del hombre detectados por el mundo griego: la  hybris, el orgullo, la desmesura. Hesíodo (Erga, 202) menciona como causa de la creciente desdicha de los hombres en la edad de hierro en la cual le toca vivir, el progreso de la hybris y de la irreflexión. La experiencia que los mortales llaman “buena fortuna” se torna fácilmente en el más profundo dolor en cuanto los hombres se dejan seducir por la hybris. Pronto o tarde sobreviene el castigo cuando la acción contraria al derecho sobrepasa los límites. Esta idea, concebida originariamente de un modo concreto en oposición a dike, y limitada a la esfera terrestre del derecho, se extiende de pronto a la esfera religiosa del hombre frente a la divinidad. “La fortuna de los hombres es mudable como los días. No debe por lo tanto el hombre aspirar a lo más alto”. Quien así habla es el Agamenón de Esquilo que, en la plenitud de su fuerza y de su dicha, se halla sin embargo perturbado constantemente por el miedo a incurrir en la hybris. Agamenón está imbuido de la idea de Solón según la cual la saciedad conduce a la hybris y ésta lleva a la ruina. Tucídides, como pensador político, consideraba que la hybris, es decir la inclinación a confeccionar planes ilusorios sin fundamento en la realidad, es algo permanente y esencial a la psique humana. En esta línea se hallan los lamentos del coro en  Prometeo encadenado   que se resigna, diciendo: “¿Has visto la raquítica y fantsmagórica impotencia que mantiene encadenado al linaje humano? Platón en Las leyes  denuncia la acumulación ilimitada de poderes en quien regentea un estado, diciendo que esa acumulación no es un fin es sí mismo y que, en cambio, es una fuente de hybris. Esquilo, en Los Persas , se adentra en el alma del hombre a través de la acción desmedida del joven Xerxes que creé que todo lo puede; en palabras del fantasma de Darío, su padre muerto, Xerxes “quiso atar el Helesponto como se ata un esclavo” por eso allí “dio su flor la soberbia y su espiga el crimen. Las lágrimas regaron la mies que luego fue recogida”. Los lamentos del coro, de la madre de Xerxes, de su pueblo ante tanta muerte son desgarradores. Pero en el lamento de  Xerxes, que ve todo esto y lo reconoce, está el germen de su grandeza.    

 

Un rasgo que parece estar de tal manera ligado a la hybris que en cierto modo se manifiesta como su contracara es la obstinación. Hegel, en la Fenomenología del Espíritu, en su célebre desarrollo de la dialéctica del señor y del siervo, en la parte final, subtitulada “el temor”, menciona la obstinación –Eigensinn- de la conciencia que no ha pasado por el temor primario absoluto, el temor a la muerte. Este temor es el que hace estremecer cuanto hay de fijo en la conciencia, debiendo ésta debe sobreponerse a él. Esa conciencia natural, sigue diciendo Hegel, cuyos contenidos totales no se han estremecido, pertenece aún en sí al ser determinado, su sentido propio –Eigene Sinn-, es obstinación -Eigensinn-   una libertad que sigue manteniéndose dentro de la servidumbre.

 

Muchos se han estremecido ante el temor a la muerte, quienes lo han enfrentado y están aún en su sano juicio –me refiero a las experiencias durante las guerras-, se cuentan por cientos de miles, quizá millones. Los que han experimentado ese temor radical, formarán en algún momento una masa crítica con peso suficiente para inclinar la balanza hacia la toma de decisiones no basadas en la obstinación? Reconstruir las torres gemelas en Manhattan sería un caso concreto de obstinación. Por cierto que el mundo económico-financiero de Nueva York requiere esa torres, sin embargo no faltan allí medios de ningún tipo para encontrar una solución diferente; la voluntad auto-afirmativa y el orgullo parecen jugar un papel decisivo en la reconstrucción. La obstinación puede así aparecer como libertad, pero no es tal, es servidumbre. La alternativa sería dejar el ground zero como tal, para que diga su palabra y exprese todo lo que tiene que expresar, permitiendo así el surgimiento de lo nuevo. 

 

El largo tratamiento del tema de la muerte que hace Heidegger en Ser y Tiempo  es una valorización  de la presencia de la muerte en el Dasein como factor fundamental para una existencia propia. La cotidianeidad, esto es, la existencia del uno, anónimo, para quien su muerte, sí, llegará algún día, pero mientras tanto quienes mueren son los otros –el Iván Illich de Tolstoi-, es la tierra abonada para que germine la obstinación. Heidegger no la menciona, mas escribe lo siguiente: “el ser relativamente a la muerte hace comprender al Dasein que le es inminente como posibilidad extrema de la existencia renunciar a sí mismo” (# 53). Renunciar a sí mismo… La más difícil de todas las renuncias, mejor dicho la única renuncia merecedora de tal nombre, pues es el yo el que se obstina en seguir siendo, que se aferra a lo que es, o más bien, a lo que creé ser. Renunciar a sí mismo es la erradicación total de toda posibilidad de obstinación y es, en este contexto, el precursar la muerte lo que la posibilita.

 

Estas líneas de Heidgger  son de Ser y Tiempo, no del Heidegger posterior a veces llamado “místico”. La renuncia a sí mismo es el factum con que todo Dasein se ha de encontrar, quiéralo o no, desde Soros a Maradona. Tanto se ha estudiado la finitud en Heidegger, sin embargo, este concepto de la renuncia a sí mismo tiene otra contundencia; mientras que el primero repercute sobre todo intelectualmente, la renuncia a sí mismo gravita en la existencia, así es como a continuación de las líneas citadas escribe su autor “al conducirse relativamente a la muerte el Dasein ha de aguantársela en cuanto posibilidad, agregando, el Dasein se conduce entonces con respecto a ella esperándola, está a su espera”. ¿Qué hybris, qué obstinación podrían aguantar esta espera? 

 

Heidegger reconoce su deuda con su maestro, Meister Eckhart, en Der Feldweg (El camino del campo) de 1948, refiriéndose a él como: “Aquel en cuya cercanía aprendimos a leer y a vivir”, también en el Comentario a Serenidad (Pour servir de commentaire a Sérénité,Paris, Gallimard, 1982) donde lo llama “un antiguo maestro del pensar”.  A nuestros ojos una denominación casi contradictoria para un místico, o ¿por qué no habría un místico de ser el maestro por excelencia del pensar, si de lo que se trata es de un pensar no obstinado, desligado del querer?

 

En la tercera prédica de su obra titulada Deutsche Predigten und Traktaten,, Prédicas y tratados alemanes, que lleva por nombre “De las personas que no renuncian a sí mismas y que están llenas de su propia voluntad”, Meister Eckhart sostiene la necesidad de la renuncia a sí mismo. Necesidad por cierto desde la perspectiva del vínculo del hombre con dios –Meister Eckhart fue predicador dominico en el siglo XIII-, sin embargo mi intención, al referirme a ella en este contexto, y dentro del marco provisto por la frase deHeidegger recién citada, es mostrar la posibilidad de esa renuncia, tal como la describe Eckhart, fuera del contexto religioso estricto y como algo que atañe al hombre como su propiedad más originaria. En sus prédicas, realizadas durante las comidas y dirigidas a sus discípulos, él respondía a sus inquietudes y a sus cuestionamientos. Así es como en la prédica mencionada les dice que la gente se lamenta de ser demasiado rica o demasiado pobre, de no habitar en el lugar adecuado, de no hacer lo conveniente, de que necesita vivir en el extranjero o en un claustro –seguramente quejas recibidas de sus mismos discípulos- a lo que responde que, de verdad, en esos comentarios está metido el yo por todas partes, y que fuera de eso no hay nada. Es la voluntad propia lo que está por todos lados, así se den ellos cuenta o no; es más, no surge intranquilidad o descontento alguno en nosotros que no se origine en la voluntad propia, advirtámoslo o no, esto afirma el hermano Eckhart, sosteniendo que no son las cosas y las personas las que dificultan la acción, sino que somos mucho más nosotros mismos en las cosas los que causamos la dificultad, pues nos relacionamos equivocadamente con las cosas. Por ello amonesta a sus discípulos a comenzar primero por ellos mismos y renunciar a sí mismos, agregando que las personas que buscan la paz en las cosas exteriores, sea en las ciudades o en los trabajos, en la pobreza o en la humillación, buscan de un modo completamente equivocado. Caminan como uno que ha errado el camino, cuanto más se aleja tanto más se adentra en la errancia, ¿Qué hacer? Se pregunta el Vicario de Tühringen, y responde: renunciar primero a sí mismo, quien renuncia o se deja a sí mismo deja todo; aunque conserve un reino, riquezas o lo que fuere, ha dejado todo. Tal es el pensamiento de quien Heidegger considera maestro del pensar y del vivir. Interesante, también, es señalar el particular énfasis que pone el prior de Erfurt  en la necesidad de llegar a ser el que se es. “Mensch, werde wesentlich!, erkenne dich selbst und werde, wer du bist! ¡Hombre, deviene tu esencia, conócete a ti mismo y llega a ser él que eres! (Si bien Nietzsche reconoce en Píndaro su deuda por el subtítulo de su Ecce Homo, es llamativa esta coincidencia) Esto es, continúa Eckhart: cumple y perfecciona tu esencia más profunda y verdadera. Desciende por el camino del desasimiento (Abgeschiedenheit) y de la dejación o renuncia (Gelassenheit) hacia la profundidad del propio fundamento de tu ser, donde puedas atravesar las estériles envolturas y cáscaras de tu pequeño yo”. Claro que para Eckhart allí habita dios, y la fuerza de dios.

 

         Tanto Hegel como Meister Eckhart se refieren a la obediencia. Hegel lo hace en el texto mencionado cuando señala que sin la disciplina del servicio y de la obediencia, el temor por el que atraviesa la conciencia se mantiene en lo formal y no se propaga a la realidad consciente de la existencia. Meister Eckhart  lo hace en el primer tratado de la obra citada, tratado titulado “De la verdadera obediencia”. Si bien por cierto allí se trata de la obediencia a dios y de la manera como dios entra en quien obedece renunciando a sí mismo, mi deseo es presentarla, tal como lo hice con la renuncia a si mismo, fuera de todo encuadre religioso, como una alternativa cotidiana a la obstinación. El tratado de Eckhart es breve y muy sustancioso La obediencia es la otra faz de la Gelassenheit y de la renuncia a si mismo. Dios entra en quien se abandona a sí mismo. Desde la perspectiva de esta comunicación, por así llamarla, laica, podemos decir, siguiendo a Heidegger, que dejarse a sí mismo, esto es, renunciar a sí mismo no es cosa de votos, de conventos o de órdenes religiosas, sino que atañe a la esencia del hombre, a su posibilidad más propia, a la única posibilidad que con certeza sabe dejará de serlo para transformarse en acto: su muerte. 

 

En donde con frecuencia se ha visto el vínculo de Heidegger con Meister Eckhart es en esa noción recién mencionada, cuyo término alemán es Gelassenheit, traducido al francés como Serenidad y luego también al español de la misma manera, y que obra de título al discurso pronunciado por Heidegger en 1955, en conmemoración del músico suabo Conradin Kreutzer. Entre 1944 y 1945 Heidegger describe un encuentro entre un sabio, un erudito y un profesor, publicado en parte como comentario a Gelassenheit o Serenidad, mencionado más arriba. En él, Heidegger en su búsqueda de la esencia del hombre, comienza señalando la necesidad de no dirigir la mirada hacia el hombre. Pues, si lo que caracteriza la esencia del hombre es el pensar, también la esencia del pensar sólo podrá percibirse si dirigimos nuestro percibir a algo otro que el pensar, ya que el pensar, tradicionalmente se ha entendido como un representar, esto es, un querer y, agrega Heidegger, Kant también concibió el pensar de esta manera dado que lo caracterizó como espontaneidad, resumiendo así  siglos de filosofía occidental: pensar es querer y querer es pensar. Avanza luego el escrito hacia esa afirmación casi mística en boca de uno de los dialogantes: quiero el no querer, que su autor intenta aclarar diferenciando un primer sentido del no querer que aún designa un querer de un segundo sentido que designa aquello que permanece enteramente ajeno a toda especie de voluntad. Una vez arribados a este punto del diálogo, el sabio, a cuyo cargo estuvo esta enunciación del querer el no querer, aclara que no fue suya sino de la noche que acababa de caer sobre ellos y que los constreñía dulcemente a recogerse. El erudito, coincidiendo con él agrega que ella, la noche, les deja tiempo para considerar estos temas, pues hace más lento su caminar. En otra instancia posterior del encuentro, en que se trata de la aparición del nombre Gelassenheit, los dialogantes hacen hincapié en que el nombre Gelassenheit no es la ocurrencia de ninguno de ellos, sino que simplemente advino. En ambos casos, la intención es mostrar la ausencia de sujeto, no hay un yo que se arrogue la autoría ni del hallazgo del querer el no querer ni del hallazgo del nombre Gelassenheit. Más avanzado el encuentro, su autor contrapone esta ausencia de yo en el querer el no querer con el proyecto matemático moderno que se funda en la relación del hombre como “yo” con la cosa como objeto.

La conversación entre el profesor, el sabio y el erudito continúa en un esfuerzo arduo por liberar el pensar del querer, instancia que requiere un pensar que no sea representativo, marco ligado a su vez con las nociones de horizonte y de trascendentalidad que serán, por así decirlo, reemplazadas por comarca y libre lejanía –los participantes, ante las dificultades en que se encuentran para comprender lo que a veces uno de ellos quiere expresar, dicen: no me lo puedo representar, cayendo así en el modelo  que buscan superar. El camino es engorroso, mejor dicho, no hay tal camino,  sino que se intenta abrirlo a machetazos. No podemos sino hacernos eco de ese intento, puesto que parece irnos la vida en ello si nos atenemos a los anuncios de Nietzsche y de Heidegger con respecto al imperio de la lógica del terror, al consecuente aquelarre de la tierra y a nuestra propia experiencia del presente que confirma esos anuncios, todos enmarcadas dentro y, por así decirlo, herederos del pensar ligado al querer. Eh aquí otro rasgo crucial del hombre que somos, quizá el rasgo por excelencia, que de tan encarnado se ha tornado invisible: el hombre que piensa queriendo, que piensa en función de su querer. ¿No se nos hace imperiosa la tarea de acotar la voluntad y con ello el sujeto de su querer?

 

Pareciera que el pensar liberado del querer es de muy difícil acceso –sino inaccesible- al pensar en tanto tal. ¿No nos dice Nietzsche acaso que “nuestro cuerpo es nuestra gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, y que detrás de nuestros pensamientos y sentimientos se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido, que se llama sí-mismo, y que habita en nuestro cuerpo, que es nuestro cuerpo? También afirma que hay más razón en nuestro cuerpo que en nuestra mejor sabiduría. Nuestro sí mismo se ríe de nuestro yo y de sus orgullosos saltos. ¿Qué son para mí esos saltos y esos vuelos del pensamiento? Se dice. Un rodeo hacia mi meta” (Así habló Zaratustra, “De los despreciadores del cuerpo”). Nuestro pensar no puede ponerle límites a nuestro querer –ya lo vio Descartes-, el cuerpo sí puede, no sólo puede sino que de hecho lo hace constantemente. ¿Cuántas de nuestras llamadas “enfermedades” habituales y cotidianas contemporáneas no son sino el límite que nuestro cuerpo pone a nuestro querer obligándonos a renunciar a él? ¿No será entonces la escucha del cuerpo –el todavía gran olvidado- la que finalmente nos permita, por no decir obligue al querer el no querer?    

                 

El breve paso por este pequeño muestrario de rasgos del hombre desde la perspectiva de aquellos grandes que los percibieron y pensaron: la hybris, la obstinación, la renuncia a sí mismo, la obediencia, el querer el no querer, buscó resaltar aquello que de alguna manera insiste en permanecer tácito, callado, y a la vez sugerir alguna perspectiva que contribuya a ese despertar de nuevas fuerzas histórico-espirituales con que Heidegger soñara y que nos permita girar la rueda en un nuevo comienzo.

 

(Ponencia al Congreso Internacional de Filosofía, Sociedad Argentina de Filosofía, Córdoba, Argentina, Noviembre 2004)