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Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo. ISSN 1669-9092 |
Número
10 Año III Octubre 2005 |
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EL ESCEPTICISMO EN LA OBRA DE JORGE
LUIS BORGES Bernat Castany Prado (España)
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1.- Introducción: En primer lugar, me gustaría exponer algunas de las cuestiones metodológicas a las que
me enfrenté antes, durante e, incluso, después, de la escritura de este
trabajo. Quiero
señalar, por ejemplo, que el objeto de mi estudio no es el “Borges real”, al
que considero inalcanzable, nouménico,
porque, entre otras razones, creo imposible distinguir en una obra literaria cuándo
el autor real habla y cuándo lo hacen sus criaturas; y porque afirmar que
Borges fue escéptico supone postular una identidad continua y cohesionada
contra la cual abundan los argumentos. Así,
pues, el objeto de mi estudio es la obra de Borges, que he considerado, al
modo empirista, como una serie de fenómenos literarios en los que es posible
hallar constantes ordenables en interpretaciones de mayor o menor coherencia.
Sin
embargo, la posición antibiográfica puede llevarnos a absurdos como, por ejemplo,
analizar Si esto es un hombre de
Primo Lévy sin tener en cuenta las circunstancias bajo las que fue concebido.
Mi posición, pues, ha sido ecléctica y ha tratado de elaborar una
interpretación basada en lo textual que utilice como refuerzo conjeturas
psicológicas, sociológicas e históricas. Otra
cuestión previa a la que me he enfrentado es la del estatus intelectual de
Borges. Se ha discutido mucho sobre si éste era filósofo o literato. Creo que
la mejor manera de solucionar este problema es salirse fuera de las
coordenadas que lo plantean; esto es, del actual momento filosófico.
Ciertamente, antes del advenimiento de la modernidad, los “géneros
literarios” en los que se vehiculaba la filosofía eran extremadamente
variados. Recordemos, entre otros, los poemas de Parménides o Lucrecio, los
aforismos de Heráclito o Solón, los diálogos de Platón o Cicerón, las
memorias de Jenofonte o San Agustín, los tratados de Plutarco y los ensayos de Montaigne. La
modernidad, sin embargo, le impuso a la filosofía un estilo apodíctico y una
estructura sistemática. A partir de ese momento los autores que, llevados por
su desconfianza en las capacidades racionales, escribieron en los límites
entre la filosofía y la literatura, se vieron reducidos a ser “meros” literatos.
Pero la posmodernidad inició un proceso de rescate de las formas premodernas
de enunciación filosófica. En este sentido la obra de Borges, como la de
muchos otros escépticos “contemporáneos”, liberada totalmente de las
supersticiones cientificistas de la filosofía moderna, sirvió de bisagra
entre la premodernidad y la posmodernidad. Creo
que dicha historización puede ayudarnos a disolver el falso dilema de si
Borges era filósofo o literato. Asimismo, este enfoque me ha reafirmado en la
idea de realizar un análisis interdisciplinario de la híbrida obra de Borges,
teniendo en cuenta que no se puede, si no es con gran pérdida, imponer
divisiones ajenas al espíritu de los textos. En lo que atañe al estado de la cuestión no hará falta decir que la
cantidad de estudios que ha suscitado la obra de Borges no es sólo
inabarcable sino también extremadamente variada. Lo cierto es que podría
aplicarse a la crítica borgeana el tropo de la discordancia que tanto usan
los escépticos para subrayar que ante la variedad de opiniones no tenemos un
criterio que nos guíe. Podría elaborarse toda una serie de “antinomias de la
crítica” que mostrasen cómo cientos de estudiosos defienden cosas
radicalmente opuestas. Cabe señalar, sin embargo, que dichas contradicciones
no empobrecen, ni mucho menos, la fértil ambigüedad de la obra que estudian.
Espero que mi trabajo contribuya a enriquecerla. Ciertamente
se han estudiado muchos aspectos filosóficos de la obra de Borges pero apenas
existen estudios intensivos de su generalmente aceptado escepticismo. Cabe
señalar, sin embargo, que dicha desatención no sólo se limita a la obra de
Borges, en particular, sino también a la filosofía y a la literatura en
general. Una de
las razones principales de dicha desatención puede ser que hoy día gran parte
de las ideas escépticas han pasado a formar parte del sentido común. Otras
pueden ser su carácter oral; su rechazo por parte de la iglesia católica; y
el hecho de que la filosofía moderna naciese, en manos de Descartes, como una
reacción contra el escepticismo de Montaigne. Este vacío teórico me ha llevado a escribir una
primera parte de corte diacrónico que tratase de depurar el término
“escepticismo”, de establecer su historia y de mostrar el conocimiento que
Borges tuvo de ella. 2.- El escepticismo Para comprender qué es el escepticismo es necesario tener en cuenta
que los conceptos olvidados pierden
definición y acaban siendo meras caricaturas de lo que eran cuando se los
discutía de forma activa. La erosión conceptual sufrida por el escepticismo
explica que con el tiempo éste haya pasado a ser sinónimo de nihilismo, de
ateísmo, de mero juego de palabras, de temperamento o de opción inhabitable y
suicida. He intentado disipar estos prejuicios, que también yo tenía, mostrando
que dicha filosofía fue, desde un principio, compatible con una posición
fideísta; que está formada por dos momentos, uno destructivo y otro
constructivo; que no pueden ser meros juegos de palabras aquellos argumentos
que los grandes filósofos dogmáticos han tratado de refutar una y otra vez a
lo largo de dos mil cuatrocientos años; que no puede ser sólo una cuestión
temperamento que Enesidemo o Hume atacasen el concepto de causa, tiempo o
individuo; y que, en sus diversas formulaciones, el objetivo del escepticismo
no es el nihilismo sino la consecución de la felicidad concebida en términos
de serenidad o ataraxia. Es difícil ensayar una definición sincrónica del escepticismo debido
al gran número de aportaciones que se han producido en sus más de veinticinco
siglos de historia. Asimismo, el hecho de que el escepticismo piense siempre
a la contra de las demás doctrinas implica que su morfología se adapta a los
dogmatismos de cada época particular. Por esta razón he realizado una breve historia del escepticismo en
la que se estudian los precursores que éste construyó así como los períodos
clásico, medieval, renacentista, barroco, ilustrado y posmoderno. También he
visto que Borges se interesaba por doctrinas no europeas afines al
escepticismo como el budismo y sus ataques contra la idea de causa,
individualidad o materia y cierta tradición coránica y sus exhortaciones a
permanecer dentro de los límites cognoscitivos impuestos por Allah. 3.- Borges y el escepticismo Antes de estudiar la obra que nos ocupa sería importante tener en
cuenta aquellos elementos de la condición hispanoamericana, de la condición
contemporánea y de la biografía de Borges que puedan haberlo puesto en
contacto con dicha tradición o, por lo menos, haber favorecido la creación de
una actitud escéptica. En lo que atañe a la condición hispanoamericana podemos afirmar que
la enorme influencia que tuvo el positivismo en hispanoamérica nos permite
explicar el rechazo de Borges contra la filosofía especulativa; que la aguda
conciencia de no tener un criterio de identidad nacional pudo suponer un
caldo de cultivo contra todo tipo de esencialismo; y que la condición
periférica de dicho continente pudo conllevar ventajas de las que Borges se
mostraría consciente al afirmar que el ser “europeos nacidos a contramano nos permite ser
europeos y no sentirnos trabados por límites geográficos y políticos.” Al
hablar de la condición contemporánea de Borges me refiero al hecho de que
éste se educase un momento de inflexión filosófica siendo así que todo cambio
de paradigma –sea científico, artístico o filosófico, si es que pueden
producirse por separado–, provoca un sentimiento de provisionalidad e
incertidumbre, especialmente afín al escepticismo. En lo que respecta a la biografía de Borges parece que fue su padre,
Jorge Guillermo Borges, “devoto de Montaigne y de William James”, quien le
enseñó las paradojas de Zenón de Elea que, según él mismo confiesa,
“socavaron sutilmente mi tranquilo universo”. Asimismo, Borges dice haber
heredado de su padre “la amistad y el culto de Macedonio Fernández” de quien
afirmará que “era esencialmente escéptico.” En sus lecturas Borges frecuentó autores escépticos –Sexto, Agripa,
Montaigne, Bayle, Hume, William James, Mauthner- o autores que, por lo menos,
poseían un momento crítico o destructivo de alta intensidad, –Berkeley,
Schopenhauer, Nietzsche-. También es digno de ser citado el enorme interés
que el autor de Ficciones pareció mostrar hacia la tradición
humanística, en general, y hacia la tradición hispánica y la tradición
inglesa, en particular. Las
principales características del humanismo son el pluralismo, la ausencia de
sistema, la variada curiosidad, el diletantismo, la tolerancia, el sentido
del humor y la legibilidad. No es casualidad, pues, que Montaigne –tan
admirado e imitado por Borges- sea considerado a un mismo tiempo padre del
escepticismo moderno y epítome del humanismo. Asimismo,
según Borges, España es un país donde “los escritores sinceros se han
mostrado siempre escépticos o tristes.” Por ello he analizado de qué modo
dicha filosofía juega un papel fundamental en el pensamiento de muchos
literatos de lengua española como Quevedo, Cervantes, Saavedra Fajardo,
Gracián, Baroja o Machado y cómo dicha tradición pudo influir en el pensamiento
y escritura de Borges. También
la tradición inglesa o norteamericana tuvo una gran importancia en un Borges
que afirmaba haber sido, “quizás sin saberlo, un poco británico.” La cultura
humanística marcó profundamente la formación y desarrollo de la filosofía
inglesa que durante siglos parece haber sido refugio del espíritu humanista,
pluralista y escéptico que la modernidad buscó eliminar. Esto explicaría la
enorme afinidad que Borges dice sentir hacia figuras como Bacon, Hume, Thomas
de Quincey, H. G. Wells, Samuel Johnson, Carlyle, Chesterton o Huxley. 4.- La obra de Borges y el
escepticismo A continuación estudié de qué modo el escepticismo se muestra en la
obra de Borges. Distinguí entre huellas filosóficas –ideas, actitudes, argumentos–
y huellas literarias –en el estilo, en la narración y en el imaginario–. Las
huellas filosóficas no pueden ser premisas ni dogmas concretos puesto que el
escepticismo no es tanto una doctrina como la negación de todas ellas. Nos
hallamos, pues, ante actitudes que he decidido agrupar según su participación
en el momento destructivo o constructivo del proceso escéptico. Muchos
críticos han subrayado el carácter crítico de la obra de Borges. Juan José Saer,
por ejemplo, afirmó ver en ella una “agresividad orgánica”. En efecto, dicha
obra presenta las actitudes generales del momento destructivo escéptico: el
antisistematismo, el antidogmatismo y el rechazo de toda especulación
metafísica. Claro
está que dicha voluntad de destrucción suele tener un objeto ya sea la
fiabilidad de los sentidos, la fiabilidad de la razón, la validez del
lenguaje como herramienta de conocimiento o las esencias. Buena
parte de la obra de Borges trata de destruir nuestra confianza en las
capacidades representativas de los sentidos. En ella hallamos huellas de los
diez tropos de Enesidemo, de los equívocos sensoriales de Carnéades, Sexto o
Montaigne así como de las numerosas situaciones en las que los personajes de
Cervantes, Gracián, Shakespeare o Chesterton sufren alucinaciones visuales y
auditivas. Cabe
añadir que, para los escépticos, el obstáculo no reside sólo en la limitación
de los sentidos sino también en la ilimitación e inestabilidad del objeto que
se busca conocer. Idea que comparte Borges, quien describe la realidad como
un hecho infinito, cambiante e inasible desde unas categorías fijas e
inmutables. También
la obra de Borges busca convencernos de la precariedad y limitación de la
razón humana. Una de las estrategias principales consiste en mostrar la
ignorancia de los más preparados para sugerir que la humanidad en general,
está todavía más alejada del conocimiento. No es casual, pues, que los
relatos de Borges estén repletos de filósofos, teólogos, científicos y
literatos excéntricos que fracasan en sus febriles búsquedas. Otra de estas
estrategias consiste en mostrar los límites de la razón haciéndonos topar con
lo inimaginable y lo impensable, lo que explica que Borges busque enfrentar
al lector con lo que él mismo dio en llamar “ideas imposibles.” Asimismo, para Borges el lenguaje no puede representar fielmente la realidad por la sencilla razón de que la realidad no es verbal. Todo vocabulario, por ejemplo, es una clasificación del universo en contra de cuyas rigideces se complace en atentar, como sucede en el famoso ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”. También tratará de imaginar un lenguaje perfecto, divino, que le sirva para mostrar, por contraste, las limitaciones del lenguaje humano. Tal es el caso de “Funes el memorioso”, “El Aleph”, “La escritura del Dios” o “El Golem”. El cuarto objetivo de los ataques escépticos es el esencialismo.
Solemos decir que son “esencialistas” aquellas doctrinas filosóficas que
afirman que las esencias, ideas o especies son las verdaderas realidades
mientras que los particulares tienen un estatus ontológico inferior. Son
cuatro las estrategias básicas que los escépticos suelen utilizar para
desencializar un concepto. La primera consiste en hallar contraejemplos
que las problematicen; la segunda consiste en historizarlas para mostrar que
no son eternas ni inmutables; la tercera consiste en relativizarlas mostrando
que en otros lugares o tiempos no son vigentes, de modo que no pueden ser
consideradas universales; y la cuarta consiste en extraer todas las
consecuencias de sus premisas implícitas hasta llegar a algún absurdo. Jorge
Luis Borges utilizó constantemente estas cuatro estrategias para atacar
esencias como las de identidad personal, nación, causalidad, divinidad,
tiempo, progreso o realidad exterior. Ya
dije anteriormente que el momento constructivo del escepticismo suele ser
menos brillante y original que el destructivo. Sin embargo, aunque también
Borges se fijó más en el aspecto crítico de la tradición escéptica, hallamos
en su pragmatismo, en su elogio de la tranquilidad, en su irónica humildad y
en su bonhomía conversacional una cierta respuesta constructiva que nos
indica que el autor de Ficciones no
se quedó varado en el nihilismo. 5.- Huellas literarias En la introducción al apartado “Huellas literarias” he estudiado
cómo Borges no es, en absoluto, el único escritor en haber mostrado en su
quehacer literario una fuerte influencia escéptica. Como ya dije anteriormente, al ver el enorme número de escritores
“clásicos” que pertenecen a esta tradición empecé a sospechar una íntima
relación entre el escepticismo y el clasicismo, no en el sentido dieciochesco
del término, claro está, sino en el sentido más general que designa a
aquellos escritores cuya lectura, a través de los siglos, parece no agotarse.
Esto me llevó a estudiar las razones del alto grado de potencialidad estética
del escepticismo. Desde
un buen principio el escepticismo se vio como una técnica para brillar en la
conversación o en la escritura. Lo cierto es que, al no afirmar nada, el
escéptico exhibe sin peligro alguno la finura de sus refutaciones, ironías,
caricaturas, paradojas y demás artificios retóricos y filosóficos que su
tradición ha ido acumulando. Además
el escepticismo privilegia, como tema y recurso literario, la ambigüedad que,
según autores como Umberto Eco o Frank Kermode, es la principal fuente de riqueza literaria y una de las
características fundamentales de todo clásico. Cabe
añadir a este respecto que aplicado a las relaciones humanas el escepticismo
es enormemente fértil puesto que da cuenta mejor que cualquier otro enfoque
de su complejidad. Además,
al poner en cuestión no sólo la fiabilidad de los sentidos sino también los
conceptos y categorías de la razón, las obras pertenecientes a dicha
tradición literaria poseen una enorme fuerza desautomatizadora que consigue
provocar en el lector sensaciones como la risa, la sorpresa, la perplejidad,
la inquietud o la belleza. Asimismo,
el hecho de que la voluntad cuestionadora del escepticismo afecte también a
todo tipo de doctrina estética hace que los escritores pertenecientes a la
tradición literaria escéptica sean fuertemente innovadores. A
estas razones estéticas se le añade una razón ética: el escritor escéptico,
consciente de la ignorancia del ser humano así como de sus debilidades e
inconstancias, tiende a ser comprensivo y tolerante con sus personajes lo que
parece ser característica principal de clásicos como Cervantes o Shakespeare. No me extrañó,
pues, descubrir que un escritor con tanta conciencia y voluntad de estilo
como Borges tratase de apostar por una clasicidad cuyas características
literarias están estrechamente ligadas al escepticismo. Esto me ha llevado a
estudiar de qué modo dicha actitud filosófica se mostraba en el estilo, la
narración y el imaginario borgeano, sin olvidar que toda característica
literaria es, en sí misma neutra, y “adquiere su particular eficacia sólo por
su enlace con tal o cual actitud particular.” En lo
que respecta al estilo he distinguido entre características formales y
tonales. Entre los recursos formales nos hallamos con la vacilación
lingüística que tiende a provocar en el lector la sensación de inasibilidad o
de inseguridad, tan afín al espíritu escéptico; con el uso de toda una serie
de expresiones de distanciamiento o atenuación de la afirmación –quizás,
acaso, tal vez, es verosímil, ignoro, es dudoso- que contribuyen a generar
una atmósfera de irresolución y vaguedad que todo texto escéptico tiende a
provocar; y con la enumeración caótica que sugiere la irreductible pluralidad
del mundo y supone una perfecta ejemplificación del tropo del desacuerdo. También
la abundancia de citas le sirve a Borges para deshacerse de la
responsabilidad de estar afirmando así como para provocar en el lector una
sensación de insuficiencia e ignorancia que coincide totalmente con la
sensación que todos los textos escépticos buscan causar en sus lectores.
Asimismo, el recurso de la doble negación le permite atenuar sus afirmaciones
y crear una sensación de inestabilidad semántica. El doble discurso o
antilogía, en cambio, que consiste en dar todas las razones a favor y en
contra de una idea sin inclinarse por una u otra opción, busca provocar en el
lector la epoché o suspensión de juicio y la consiguiente serenidad de
espíritu o ataraxia. En lo
que atañe al tono de la escritura de Borges, bastará recordar que los rasgos
típicos del carácter escéptico son la bonhomía, la afabilidad, el buen humor,
la tolerancia y la buena fe
conversacional. Todo ello concuerda perfectamente con el carácter conversado
de la obra de un Borges que llegó a afirmar que “todo libro es un diálogo”. Al
estudiar las huellas del escepticismo en la narración borgeana me he ocupado,
en primer lugar, de los géneros y subgéneros literarios que Borges practicó
habitualmente así como de las modificaciones que éste les infligió; y, en
segundo lugar, de las estrategias narrativas más características de su
escritura. En lo
que respecta a los géneros parto de la idea de que las diferentes doctrinas o
actitudes filosóficas tienden a privilegiar unos géneros narrativos sobre
otros. El neoplatonismo, por ejemplo, favoreció la poesía de corte místico y
la alegoría; el aristotelismo, la descripción demorada y el realismo; la
modernidad, la linealidad argumental y el misterio descifrado racionalmente;
y la posmodernidad, el desorden y el perspectivismo. Los géneros que hallo
que el escepticismo ha privilegiado en Borges son el fantástico, el policial
y la ficción científica. El uso
literario de elementos fantásticos busca sugerir la existencia de misterios a
los que ni la razón ni la ciencia pueden acceder. Pero es en los orígenes del
género donde la literatura fantástica y el proyecto escéptico armonizan
perfectamente. Por un lado, los escépticos siempre tildan de “fantásticas
ficciones” todas las afirmaciones realizadas por los filósofos dogmáticos.
Por el otro, los primeros relatos fantásticos parecen haber surgido como una
reacción contra los excesos del racionalismo, cuyos éxitos científicos habían
ido desencantando la naturaleza
siendo así que, según Caillois, “lo fantástico es posterior a la imagen de un
mundo sin milagros, sometido a una rigurosa causalidad.” En
efecto, los ocho temas específicamente fantásticos que Borges dice haber
hallado –la metamorfosis, la frontera entre la vigilia y el sueño, el hombre
invisible, los juegos con el tiempo, la presencia de seres sobrenaturales
entre los hombres, el doble, el más allá y los bestiarios- problematizan la
definición de conceptos metafísicos como la identidad, la humanidad, la
realidad, la temporalidad, la razón y los sentidos. De este modo, el género
fantástico traduce a la ficción los ataques que el escepticismo dirige contra
dichos conceptos así como contra la excesiva seguridad y rigidez con la que
los dogmáticos dicen comprender la realidad. Recordemos, asimismo, que para
Borges “la literatura fantástica no es una evasión de la realidad, sino que
nos ayuda a comprenderla de un modo más profundo y complejo.” Para el mismo Borges la ficción científica no deja de ser “un género de la ficción fantástica”. Ciertamente nos hallamos con una similar problematización de conceptos metafísicos, filosóficos y científicos así como con una constante queja concerniente a los límites del lenguaje a la hora de describir realidades radicalmente diferentes a las nuestras. Cabe añadir que en su descripción de otros mundos, culturas, religiones, racionalidades y modos perceptivos, la ficción científica nos hace tomar conciencia de la contingencia y limitación de nuestra razón y sentidos así como de lo relativo de nuestras costumbres, leyes y creencias. Lo cierto es que Borges no sólo se interesó por las figuras principales de la ficción científica como H. G. Wells, Olaf Stapledon, Ray Bradbury o Aldous Huxley, sino que también la practicó en relatos como “Tlön, Uqbar, Orbis tertius” o “Utopía de un hombre cansado”. En lo que atañe al género policial, me parece interesante constatar que el primero de sus héroes, Auguste Dupin, era, tanto para Borges como para Poe, su creador, símbolo de la razón. También Nélida E. Vázquez consideraba que este tipo de narración era “producto de una acérrima confianza en la lógica, entendida como instrumento de verdad.” De este modo el detective se nos aparece como un culpable de pecado de orgullo y el relato policial como símbolo del drama metafísico. Este hecho hará que Borges haga fracasar al detective de tal modo que relatos como “La muerte y la brujula” pueden leerse como un castigo contra ese Prometeo moderno que es el detective. En el
siguiente apartado estudié las estrategias narrativas características de la
escritura borgeana que pudiesen revelar una actitud escéptica. Una de ellas
fue la paradoja y el oxímoron como estructura narrativa. Para el mismo
Borges, la ilustre perplejidad que
provocan las paradojas “no es ajena a
los procedimientos de la novela” siendo los ejemplos más destacados El proceso y El castillo de Kafka. No es extraño, pues, hallar en su misma obra
un traidor que es héroe, un perseguidor perseguido, una biblioteca de libros
ilegibles, un minuto que es un año y un Judas que es un Cristo. Coincido con
Jaime Alazraki en que el común denominador de esta constancia estructural es
un relativismo que arranca de un escepticismo esencial y que busca enseñar a
descreer de los absolutos. La mise en abîme o relato en segundo
grado, contribuye a generar una sensación de inseguridad e inestabilidad que
parece combinarse con los demás recursos estilísticos o narrativos utilizados
por los escritores pertenecientes a la tradición escéptica. No es casual que
dos de los ejemplos más ilustres de cajas
chinas provengan de la obra de dos autores estrechamente relacionados con
dicha actitud filosófica: Shakespeare y Cervantes. En la obra de Borges nos
hallamos, por ejemplo, con un relato simbólico dentro del relato principal
(“El milagro secreto”); con un mundo imaginado que acaba adquiriendo
consistencia e invadiendo la realidad (“Tlön, Uqbar, Orbis tertius”); y con un bucle infinito de miradas (“El
Aleph”). Otra de estas estrategias narrativas es la alteración de la presencia autorial. Los escépticos problematizan la autoridad última del narrador, considerado habitualmente como fuente indudable de toda verdad, consiguiendo en la ficción una crisis de criterio equivalente a la que el escéptico siente en la realidad. Como Cervantes, Borges pone en cuestión la omnisciencia del narrador. Tal es el caso de “La biblioteca de Babel”, donde el narrador no sabe si habla el mismo lenguaje que el lector; de “El jardín de senderos que se bifurcan”, que resulta ser la transcripción de una declaración dictada e incompleta; o de “La forma de la espada”, donde se nos relata la historia desde el punto de vista de un traidor que al final resulta ser el mismo narrador. Asimismo,
el final abierto no sólo implica una duda final sino que también contamina de
incertidumbre toda la obra y elimina toda posibilidad de hallar “la interpretación
verdadera”; la elipsis y la paralipsis, estrategias narrativas esenciales del
género policial, le dan ambigüedad al texto y preparan el final abierto; el
final inesperado sorprende las limitadas capacidades de análisis y previsión
del lector; y el perspectivismo puede ser considerado como la traducción a
términos narrativos del relativismo subjetivista de corte escéptico. Una
última estrategia narrativa de influencia escéptica podría ser el uso relato
como reducción al absurdo de doctrinas filosóficas donde a partir de unas
premisas aparentemente evidentes se infieren mundos fantásticos como el de
“Tlön” o el de “La lotería en Babilonia”. También
los temas y símbolos de la obra de Borges forman una constelación lo
suficientemente cohesionada como para poder afirmar que responden, junto con
las demás características aquí estudiadas, a una misma actitud escéptica. En lo
que respecta a los temas nos hallamos con el olvido, que no deja de ser una
de las mayores limitaciones cognoscitivas del ser humano; los estados de
conciencia alterada como el sueño, la locura, la enfermedad y las pasiones
que nos hacen dudar de la existencia de un estado normal de percepción; el
rechazo por la cultura libresca y el estudio excesivo, que concuerda
perfectamente con el convencimiento de que la verdad es inalcanzable; la
teología vista como una mera elucubración sin mayor valor que el estético o
como herramienta conceptual para comprender las limitaciones cognoscitivas
del ser humano; y el infinito, un concepto disolvente que amenaza el edificio
racional. Al
analizar los símbolos traté de no empobrecer con mi enfoque interpretativo la
rica multiplicidad que suele caracterizarlos. Hallé que, desde una clave
escéptica, el más importante de todos los símbolos era el de la búsqueda ya
que el escéptico se presenta como un perpetuo buscador que cree que todavía
nadie ha encontrado una verdad indudable. En Borges dicho símbolo se encarna
en personajes que buscan y no encuentran ya sea un libro (“La biblioteca de
Babel”), un camino (“El jardín de senderos que se bifurcan”), una fórmula
(“El Golem”), una palabra (“La busca de Averroes”), un asesino (“La muerte y
la brújula”), una interpretación (“Tres versiones de Judas”), la muerte (“El
inmortal”) o una visión (“La escritura del dios”). Estrechamente
relacionado con el de la búsqueda está el símbolo del laberinto cuyo uso se
remonta a los inicios mismos de la tradición escéptica que tildó de
laberíntica la oscuridad verbal y conceptual de la filosofía especulativa. En
relatos como “La casa de Asterión”, “La muerte y la brújula”, “El jardín de
los senderos que se bifurcan” o “El inmortal”, el laberinto nos remite a un
mundo inescrutable en el cuál el hombre sólo puede perderse. También
la biblioteca es un lugar en el que los buscadores se pierden. Ésta no es
sólo una amplificación de la imagen de la naturaleza como libro sino también
como símbolo de la acumulación de saber humano. Acumulación que, para el
escéptico, es caótica, errónea y, en todo caso, incompleta. La enciclopedia
es una biblioteca concentrada en la que también los hombres se pierden.
Vemos, pues, que para Borges no sólo la cábala, en particular, sino también
la lectura, en general, es símbolo de los vanos esfuerzos realizados por el
ser humano con el objetivo de descifrar los arcanos del universo. Es
imposible agotar la lista de símbolos escépticos. Faltan, por ejemplo, la
torre circular a la mirada pero cuadrada en la realidad, típico ejemplo
escéptico de cómo la distancia distorsiona la percepción de los objetos; la
torre de Babel, símbolo de los pecados de orgullo –vital o cognoscitivo- que
el ser humano comete una y otra vez a lo largo de la historia; el espejo, que
imperceptiblemente nos deforma; y la ceguera, que nos remite a la
desorientación vital y epistemológica en la que viven los seres humanos. 6.- Conclusión Para concluir quiero indicar que el carácter híbrido de este estudio me ha obligado a tratar desde dos enfoques diferentes aunque complementarios algunos de los conceptos centrales de mi trabajo. Por ello no me gustaría que se tomasen como repeticiones lo que considero relecturas necesarias para una mejor comunicación entre las dos disciplinas que en este trabajo se encuentran. En lo
que atañe a las conclusiones de mi estudio me gustaría señalar que su
brevedad responde al temor de repetir aquello que tanto en la estructura como
en la redacción consideraba haber evidenciado con suficiente claridad. Soy
consciente, con Borges, de que un sistema es la subordinación de todos los
elementos de un universo de discurso a uno solo de esos elementos. El mío,
como todos, se ha visto obligado a simplificar una obra plural y compleja
aunque mi intención nunca fue desentrañar sus misterios sino, solamente, dar
cuenta de ellos. |
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