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1
La vida no es un laberinto, ni un túnel, ni un instante del tiempo. Es un
páramo, un páramo desierto, de-cierto incierto del todo y de la nada. Quizás
sea por eso que cuando estamos en medio de la soledad, una soledad mayor nos
empieza a consumir. Y nos quedamos ahí, atrapados, -como asustados-, en medio
de nosotros mismos, solos, soportando nuestro propio ser, ese páramo desierto
incierto.
2
Cuando recuerdo algo o alguien, alargo el tiempo; es decir, creo de la nada
el instante infinito que se grava en mi memoria, nada que ayer fue un todo en
otro instante. Muevo entonces mis palabras en silencio, y desde ellas, me
convierto también en una palabra alada, que puede viajar en busca de otras
que le den sentido, a lo que apenas si recuerdo.
3
He perdido mis huellas en el tiempo. Camino perdido, casi perdido, inventando
momentos que no surgieron del ayer. Quizás sean sólo atisbos de un futuro que
hoy invento, pero nada más. Si supiera de dónde vengo, si pudiera estar
totalmente seguro, entonces, todo sería igual. De qué me serviría saber quién
soy si de todos modos voy a morir; soy yo, sí, yo, y eso qué. Puede haber
sido otro, y aún así, seguiría siendo yo. Ah, yo y mi yo, yo y lo que soy en
medio de lo que pude ser, yo y la circunstancias de no haber sido otro.
Volteo hacia atrás y ya no veo mis huellas; sólo respiro el polvo que fui
antes de ser éste que sigo imaginando, en medio del camino en que pude ser
también una huella más.
4
Miro la vida y no sé que miro. Todo es igual: vida, muerte, vida... ¿y yo?,
¿en dónde estoy?, ¿en qué parte de ese infinito que en que soy estoy?, ¿estoy
en todo lo que soy?, ¿qué soy?, ¿soy una palabra? ¿una respuesta a mi propia
pregunta?
5
Esperar es torturante cuando lo que se espera es que la vida siga siendo
vida. Se espera sin esperar, sin saber que se espera. Esperar siendo quizás
uno mismo aquello que se espera. Y la muerte, ¿la esperamos... o es ella la
que nos espera? ¿En dónde estamos? ¿Somos el punto, o el espacio blanco en
que nos hacemos presentes? Ah, esperar, siempre esperar, aunque sepamos que
la respuesta siempre será de nuevo una pregunta.
6
Veo un espejo y creo que yo también puedo ser ese que me ve con sus ojos de
oquedad perdida. El momento se detiene, -¿cuándo ha caminado?-, para darle
sentido a mis palabras. Las miradas de los cuatro ojos, que son dos, se
vuelven una, una que reproduce un infinito de ojos que no alcanzan a mirar
desde dentro de los dos que ya son alas. ¿Quién mira a quién? Lo más seguro
es que no sea ninguno de los dos. Pues ambos son sólo el reflejo de algo que
bien pudo ser cualquier otro. Esta mirada que insiste inútilmente en seguir
deteniendo el tiempo, es sólo una circunstancia más de un tiempo que reclama
su propio sentido de reflejos.
7
Amar hasta la saciedad. Existir hasta el cansancio. Vivir hasta que la muerte
sea una feliz promesa. Descubrir hasta que la realidad sea sólo una extensión
de nuestros ojos. Pensar hasta que nos demos cuenta de que en cada día,
dejamos de ser lo que siempre afirmamos que seguimos siendo. Imaginar hasta
que las palabras se nos vuelvan silencios, llenos de retórica existencial.
Soñar, soñar hasta que despertemos dentro de otro sueño en el que podamos
dudar de que estamos dudando.
8
Ayer me desperté en la noche, me levanté, caminé, abrí la ventana, vi la
oscuridad y, después de alargar la imaginación, cerré los ojos; así me quedé
un rato, sabiendo que nada era un sueño, estando consciente de que todo era
realidad, incluso los pensamientos que surgieron dentro de mi imaginación que
aún sigue alargándose.
9
Beber del silencio que también somos a ratos, cuando nos encontramos dentro
de la noche siendo la misma noche. Beber de la oscuridad segura de la noche
para llenarnos de una luz incierta. Y al final, cerrar para siempre los ojos,
sabiendo que nunca dejaremos de tener sed de la noche.
10
Una luz voló junto a mis ojos, su batir de alas inquietas se reflejaron en
mis ojos ciegos, como una sola y pálida sensación que aún creo mirar. Lo que
sueño con los ojos cerrados, es prueba difusa de que mis ojos aún pueden
volar junto a la luz.
11
Caminé hasta mi, me detuve, vi a mi alrededor, todo estaba en penumbras, las
escaleras no iban a ningún lado, los caminos tampoco. Me quedé callado, mis
palabras también callaron. Había huellas por todos lados. Sólo el silencio se
atrevió a alzar la voz. Fue la realidad entonces un estruendoso hilar de
espacios y momentos delirantes que chocaban como locos unos contra otros.
Cuando la razón llegó hasta mi, ya nada tenía sentido, ni siquiera ella
misma. La razón me veía con sus ojos desorbitados, llenos de duda; entonces
supe que ella también se había extraviado. En ese momento terminé de leer en
el periódico acerca de otra guerra más. Y, aunque ya lo había cerrado, los ojos
de aquél muerto que aparecía en la fotografía, aún me seguían viendo.
12
La realidad es que como el tiempo que no tiene tiempo, cada uno de nosotros
somos una y todas las realidades posibles. Cada uno carga su propia
afirmación y su propia negación, en cada instante en que habla matando de
golpe al silencio. La realidad es la misma tan sólo porque puede ser
diferente. Igual que el camaleón, se mimetiza en y desde nuestros ojos. Igual
que el ajolote, nunca completa su crecimiento, siempre está aprendiendo que
se puede subsumir en un infinito segundo; igual que el hombre, siempre está
soñando con ser Dios.
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