Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 9 Año III Junio 2005

 

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 BIBLIOTECA ESENCIAL

Abel Posse (Argentina)

 


 

 

 

 

 

Los siguientes párrafos han sido extraídos de la introducción a Biblioteca Esencial, Emecé, Buenos Aires, 1991:

* El provincianismo de los europeos es grande y explicable, tal vez empiece a cambiar cuando al Comunidad Económica ponga el acento en la comunidad cultural. (Alguna vez pensé que Paz o Sábato, por el estilo universal, abierto e ilimitado de su formación, podrían ser el paradigma de lo que debería ser un escritor europeo comunitario, con capacidad para aceptar todas las literaturas como propias. El arte y el pensamiento son globalmente valederos; ya no explican las visiones parciales).

* En 1973, cuando me encontré con Martin Heidegger y publiqué un largo texto sobre ese  encuentro, me sorprendió que no conociese a Unamuno ni de nombre. Conocía a Ortega y Gasset, sin que me haya parecido que tuviese muy en cuenta su obra. Sólo había leído a García Lorca y creo que a través de una traducción al francés. Algo parecido me pasó en Italia hablando con los autores locales. En estos tiempos de universalización, integración y globalidad, la propia riqueza los empobrece al no poder absorber con naturalidad la de los vecinos. Responden con provincianismo inexplicable al proceso de mundialización, hecho que no ocurre en el campo de la ciencia y de la tecnología, como es lógico.

* ¿Cómo es posible que sobreviva algún género literario ante el tremendo impacto de la estupidización audiovisual difundida comercialmente urbi et orbe?

Cine, televisión, periodismo ilustrado, radio. Sin embargo, el libro, el laborioso libro, sobrevive. Lectores y autores forman una vasta sociedad secreta, o mejor, silenciosa. El escritor, el poeta, ponen los signos orientadores, el cincuenta por ciento de esa realidad imaginativa que renace con cada lector. Todo lector se transforma en cómplice, en autor. El resultado es un nuevo hecho del imaginaire: la misma novela será distinta en cada lector. En esencia todo libro, todo poema, es una máquina para imaginar.

* En suma, en un mundo de sonoro silencio audiovisual, de masificación tecnológica y opinativa, de interesada desinformación política, le lectura, esa callada alianza de autores y lectores que no se conocen, es la verdadera garantía de toda posible libertad y democracia. El creador-lector y el lector-escritor forman esa única “conciencia social reflexiva” de la que hablaba el sociólogo Pitirim Sorokin. Hay lectores excepcionales que recrearon en su mente un mundo más rico que el pensado por el autor. El secreto de la pervivencia de la literatura es precisamente el de ser por esencia un hecho abierto, una realidad semicreada que el lector completa.

* Mallarmé decía que “el propósito del mundo es un libro”. Todo hecho, toda vida, todo pensamiento o descubrimiento, permanecerá en el patrimonio de la humanidad si es que queda escrito o expresado en obra (incluido la oralidad de los bardos y amautas). Hasta los dioses necesitan la palabra poética, la metáfora mística, la parábola. “En un principio fue el Verbo”. Según la Biblia –que quiere decir “el libro”- Dios crea el mundo nombrando sus entes. En él, la aventura del pueblo judío y la aventura del hombre en torno de la presencia o ausencia de Dios, no son más que alternativas de un texto fundamental para la historia de Occidente. Pero también es un libro las enseñanzas de Lao Tsé, cuyos poemas son el dios, más allá de su vida que fue incierta y probablemente mítica. El confucionismo son libros, y Buda es su palabra, al igual que el Corán, que es tan sagrado para sus creyentes que no puede tener traducción a ningún idioma que se teológicamente válida pues sus versículos han sido dictados o revelados por el arcángel Gabriel, en lengua árabe, directamente a Mahoma.

La historia de la humanidad como cúmulo de hechos, experiencias, reflexiones, conocimientos, logros y desastres, no sería más que mera desmemoria. Una breve estela disolviéndose en el mar del tiempo.

Los escandinavos, los vikingos, inventaron la democracia en siglo IX, un verdadero récord. Pero de nada valió porque no supieron contarlo. La experiencia de la Asamblea vikinga nació y murió sin consecuencias entre aquellos hirsutos hombres con cuernos en sus yelmos. Los franceses y tratadistas norteamericanos, grandes y exitosos criptómanos, se anotaron el récord en su favor casi nueve siglos después. Lo mismo pasó con el descubrimiento o los descubrimientos de América de los mismos nobles o simples vikingos: no les valió de nada porque no llevaban un poeta frustrado como Colón, que escribía un minucioso diario, o un Américo Vespucio que le robó el nombre del Continente al genovés por saber escribir mejor o tal vez por el contar con el favor del público snob y refinado de la época, la clase alta de Florencia.

La institución en Suecia del Premio Nobel de Literatura debe estar secretamente vinculada a estas repetidas frustraciones literarias de los nórdicos.

Un ejemplo patético en América es el pueblo maya, uno de los más creativos y doctos. Se transformaron en un pueblo fantasma a partir del momento en que el desdichado obispo Landa ordenó la quema de sus códices. Landa, para acabar cristianamente con los dioses, acabó con la memoria del pueblo; los libros eran sus raíces. Fue algo sistemático. Equivalió a la quema de una verdadera Biblioteca de Alejandría americana, donde se guardaba la existencia de los hombres y de los dioses de esos hombres. Al perder la palabra escrita ese pueblo perdió el ser, el soplo; y hasta el recuerdo de haber sido.

Es en este orden de ideas que Heidegger llega a afirmar que la palabra es “la casa del Ser”.

Diría que la literatura, a su vez, es la casa de la palabra.